BERLÍN / Matthias Pintscher: cuatro guiños musicales a Europa con la Kansas City Symphony

Berlín. Philharmonie. 30-VIII-2026. Blake Pouliot, violín. Kansas City Symphony. Director: Matthias Pintscher. Obras de Neuwirth, Chaikovski y Rachmaninov.
Una de las características que mejor definen al Musikfest Berlin es su asociación, a largo plazo, con agrupaciones y músicos con los que Winrich Hopp diseña cada año las ya más de veinte ediciones que lleva al frente del festival berlinés, promoviendo que muchos de los proyectos musicales más innovadores e interesantes de nuestro tiempo regresen periódicamente a la Philharmonie para dejarnos, como eje fundamental de la programación del Musikfest, un tan necesario como pertinente diálogo entre la gran tradición europea y lo más sólido de la música contemporánea internacional.
Tal fue el caso de la Kansas City Symphony (KCS) en el Musikfest del 2024, año en el que, bajo la dirección de su actual titular, el compositor alemán Matthias Pintscher, la formación kansana llegó a la Philharmonie (en el marco de su primera gira europea) con un programa netamente estadounidense que incluía partituras de Charles Ives, George Gershwin y Aaron Copland, alcanzado un notable éxito ante el público berlinés (como previamente lo habían cosechado en Ámsterdam y Hamburgo), lo que los ha acreditado para volver a formar parte, dos años después, del Musikfest 2026.
Mucho han cambiado las cosas en la escena internacional desde aquella primera visita a Europa de la Kansas City Symphony; especialmente, tras el regreso a la Casa Blanca del actual Presidente de los Estados Unidos, desatando todo un tsunami de trumpantojos y veleidades plutócratas que están llevando lo que ya se conoce como «tecnofascismo» a cotas nunca antes vistas, incluyendo la fuerte polarización entre las élites económicas estadounidenses y lo que en Europa aún queda en nuestra política de humanismo y defensa de las conquistas sociales otrora consolidadas (hoy, en caída libre). En tal marco (o ring cultural), el concierto que en Berlín nos propuso Matthias Pintscher al frente de la KCS supuso todo un guiño musical a Europa, comenzando su programa con una de las mejores compositoras de nuestro tiempo, la austriaca Olga Neuwirth, de quien escuchamos las partituras orquestales Tombeau I (2024) y Dreydl (2022).
Los vínculos de Neuwirth con los Estados Unidos son, a su vez, bien conocidos, pues en California residió durante años, estudiando allí cine y jazz, así como frecuentando los ambientes del punk norteamericano. Muy lejos de todo ello estaba la música de Pierre Boulez, compositor al que Olga Neuwirth dedicó Tombeau I intentando rastrear musicalmente —como señala Martin Wilkening en sus espléndidas notas al programa— una intimidad personal de la que Boulez tan celoso fue toda su vida, estableciendo aquí paralelismos desmitificadores con el Siegfried wagneriano para dejarnos una obra cuya densidad se convierte en una de sus más inconfundibles señas de identidad.

Tombeau I fue estrenada por Matthias Pintscher, de modo que el director alemán posee un conocimiento de primera mano de esta partitura, que trabajó con Olga Neuwirth, presente en la Philharmonie para ser partícipe de ese golpeo inicial que en fortissimo nos espolea al comienzo de la obra: sacudida que poco a poco se va transformando en una textura microinterválica de belleza tan lúgubre como fascinante, atacada sucesivamente por pequeñas partículas que generan constantes transformaciones en la forma, la direccionalidad y los armónicos en los que, como una masa plasmática, se convierte la KCS, cual una vida que se desvaneciese. Es, por ello, que la suerte de grito instrumental que escuchamos en su ecuador podría recordarnos a la pintura de Francis Bacon, a esos rostros que se estiran y convierten en paralelos rictus esfumados, como las propias texturas orquestales de Tombeau I, una pieza cuya electrónica refuerza dichas sombras, restando, cuando las figuras más reconocibles (la propia vida en primer plano) se retiran, las sombras a modo de fantasmagoría, sublimación y recuerdo.
Es, así, que el contraste con Dreydl no podría ser mayor, pues pasamos de las sombras y la muerte al desenfado, el ritmo y el color. Pero, aunque la superficie pueda parecer tan jovial y animada como la peonza que da título a la partitura, en el fondo Dreydl también gira —así lo recuerda Martin Wilkening— sobre «la vida, la finitud y la memoria», teniendo como eje de dicha rotación la canción yiddish Ikh bin a kleyner Dreydl y los versos del poeta Mark Warshawsky. En todo caso, aunque aquí Boulez ya no esté presente, se hace difícil no pensar en su Notation II para orquesta por el vertiginoso ritmo, la exuberancia y el desenfreno de la KCS, ya desde la entrada tan medida de percusión, cuerda en pizzicato y sintetizador. También hay algo de la fascinación de Hans Werner Henze por la música latinoamericana, dada la utilización de los bongos que lleva a cabo Olga Neuwirth, en un desenfadado eco del Boléro de Maurice Ravel.
El amor de Ravel por el jazz es algo que Neuwirth comparte y, así, Dreydl se convierte en diversos compases en una auténtica jam session con especial protagonismo para sintetizador (con dos teclados desafinados microtonalmente entre sí, creando un décalage muy bello) y trombón sobre un ostinato extendido al conjunto de la orquesta que porta reminiscencias de una danza ancestral. Y es que, como Tombeau I, Dreydl presenta un material obsesivo y cíclico, girando una y otra vez con una capacidad de inventiva tímbrica, renovación de matices y asombro como el que una compositora del nivel de Olga Neuwirth nos puede regalar. Esos ecos de lo estadounidense se redoblan en los pasajes más tumultuosamente polirrítmicos, en los que viene a la memoria Charles Ives, más, aún, por la sonoridad de los metales en la KCS. Un festín sonoro, por tanto, el que la compositora de Graz nos deja en Dreydl, conformando un bello díptico con Tombeau I que casi rescata la moraleja de Le Grand Macabre un par de días antes, pues, si con la partitura en memoria de Pierre Boulez habíamos estado en los dominios de la muerte, con Dreydl salimos de sus pagos para festejar la vida con un torrente de frenesí, color y desparpajo que dejó en la Philharmonie grandes sensaciones, así como en la propia Olga Neuwirth, que me reconocía estar muy satisfecha con lo escuchado.

La primera parte del concierto se completó con una partitura que, a priori, podría parecer extraña en manos de Pintscher, pero que se convirtió en una nueva celebración de la existencia; máxime, teniendo a un solista como Blake Pouliot. Hablamos del Concierto para violín y orquesta en Re mayor, op. 35 (1878) de Piotr Ilich Chaikovski, partitura cuya interpretación sonó con una calidad, unos detalles y una frescura que no conocía desde la grabación de este concierto por Patricia Kopatchinskaja y Teodor Currentzis (Sony, 2014). La excelencia de lo escuchado en Berlín se conformó, además, desde dos personalidades muy distintas, pero en perfecta sintonía: la de un Pintscher de extrema precisión y firmeza, y la de un Pouliot al que escuchaba por primera vez en vivo y que me ha impresionado por su técnica (digna de las mejores grabaciones de la obra: los Heifetz, Milstein, Óistraj, etc.) y por su desparpajo y creatividad, que directamente conectaría con Kopatchinskaja, moviéndose Pouliot sobre el escenario —como la violinista moldava— entre la danza y lo teatral, mostrando una vivencia totalmente interiorizada del concierto y sus pulsos rítmicos.
Otro aspecto sorprendente es el sonido tan propiamente europeo que Matthias Pintscher ha conseguido al frente de la KCS, con unas maderas de enorme realce en el primer movimiento y una articulación camerística que permite escuchar cada detalle de forma primorosa, utilizando las dinámicas (tanto el solista como la orquesta) para crear una y otra vez juegos de planos y matices expresivos. La sonoridad es, en conjunto, muy moderna y libre, pero desde un respeto a la partitura impecable, con apuntes que nos recordarán a las versiones rusas (uso tan enfático del fagot, por ejemplo, o el poderoso cantabile de las cuerdas), redondeando un sublime Allegro moderato.
El segundo movimiento sonó muy delicado, cual verdadera canzonetta, con bellos diálogos de clarinete, flauta y violín solista en todo el Andante. Como en la grabación de Kopatchinskaja, hay un abismarse al pianissimo que crea momentos de una sensibilidad extraordinaria: cuestión que no se puede abordar de modo tan extremo en cualquier sala, y cuyo planteamiento se benefició de ser expuesto en la Philharmonie, pues permite percibir todas esas modulaciones dinámicas con todo detalle, en otro movimiento de una enorme poética y sensibilidad.
Por el mimo desplegado en la Canzonetta, la entrada del Finale no precisó ser expeditiva en demasía para dejar un buen contraste entre ambos movimientos, primando Pintscher el detalle orquestal y los matices. Las cadencias de Pouliot fueron menos subjetivas de lo que su estilo interpretativo podría hacer presagiar, sonando sobrias y mostrándose muy inteligente el violinista canadiense al saber que sobre su solo entra la KCS, pues son dos organismos musicales que respiran de forma muy distinta, aunque entre Pouliot y Pintscher han obrado la alquimia musical de que la subjetividad y el rigor se hayan unido de un modo tan ejemplar; y es que, de nuevo, tanto en el sonido de las maderas como en los pizzicati de la cuerda, es imposible no recordar las grabaciones rusas de esta partitura, modernizadas con una vivacidad muy actual y una precisión técnica que realmente ha impresionado, acelerando impetuosamente Pintscher a la KCS para poner en pie al público de la Philharmonie y demostrar que, al menos sobre un escenario, Canadá y los Estados Unidos se pueden entender hoy perfectamente.
Tras su enorme triunfo en Chaikovski, Blake Pouliot (un violinista joven, extrovertido y descollante al que esperamos escuchar en Europa con más frecuencia) nos ofreció, como encore, The Last Rose of Summer, melodía irlandesa de John Andrew Stevenson sobre un poema de Thomas Moore en la que el violín de Pouliot volvió a cantar, con una intimista línea melódica que enriqueció con unos pizzicati y unos armónicos en dobles cuerdas dignos de una técnica a la altura de lo mejor. Deslumbrante.

La segunda parte del concierto prosiguió en territorio ruso, con una espléndida interpretación de la Sinfonía nº 3 en La menor, op. 44 (1935-36) de Serguéi Rachmaninov, que Pintscher dirigió en la versión de 1935, mostrando desde su apertura la misma delicadeza en las maderas y un contundente uso del metal, creando un gran balance orquestal que redobló el incisivo empuje rítmico de esta sinfonía. Estupenda, también, una cuerda con un alto porcentaje de instrumentistas orientales, en la que los violonchelos sonaron con cantabile y hondura en el Lento – Allegro moderato, mientras que el metal (como en Neuwirth) es aquí más americano por su brillo y color. Como señaló Winrich Hopp en su entrevista para Scherzo de 2024, «el Musikfest tiene un cierto carácter agonal» que hace que las orquestas internacionales quieran dar lo mejor de sí en una sala como la Philharmonie, algo que volvió a ser evidente con la KCS, y el gran clímax del Allegro moderato así lo evidenció, completamente electrizante, tanto por impacto en las dinámicas como por la transparencia con la que escuchamos a cada sección, plenas de claridad y un aquilatado balance, rubricando sus virtudes en un final de movimiento muy orgánico, vertical y con un grandísimo empaste en el metal.
Aunque con una entrada algo errática de la trompa, el curso del Adagio ma non troppo fue reconducido hacia la excelencia por Jun Iwasaki, soberbio concertino de la KCS que recibió una merecida ovación al finalizar el programa. Sorprendente, la calidez de Matthias Pintscher en su dirección del melodismo tan propio del Rachmaninov de los movimientos lentos, confiriendo gran realce a arpa y celesta en el acompañamiento de los temas principales de las maderas. No ha escatimado Pintscher, tampoco, ecos de la incandescencia cromática de un Skriabin, lo que ha conferido belleza y una sugerente ambigüedad armónica a este movimiento. También anticipa con rotundidad, en lo más rítmico, al Rachmaninov de las Danzas sinfónicas (1940), con una organicidad implacable y una magistral lección de dirección, tanto al marcar el compás como en el fraseo y en la precisión de sus entradas, bailando Pintscher la música sobre el podio para unificar, con su propio cuerpo, los vaivenes de la orquesta kansana, desde los violines hasta sus seis (soberbios) percusionistas. Igualmente, también nos podría parecer extraño en el director/compositor alemán su subjetivo uso del rallentando, pero no ha dudado en tirar a gusto del mismo en el Adagio para, con una construcción sólidamente camerística, dejarnos un final de movimiento pausado, mistérico y cargado de sombras.
De ahí viene el poderoso contraste con un Allegro marcadísimo desde su inicio, volviendo al Rachmaninov más colorista e incisivo, resultando imponentes los clímax por su estratificación y transparencia, que Pintscher construye, como todo el tercer movimiento, de forma episódica, sorprendiéndonos con su ejemplar visión de un compositor que no le creeríamos tan afín, lo que muestra al director mayúsculo que es y lo importante que sería verlo como titular de una de las mejores orquestas del mundo algún día. Por lo escuchado en el Musikfest, la KCS en camino va de tal nivel, rubricando esta Tercera sinfonía con gran énfasis dramatúrgico y rescatando la creatividad y la elegancia del Chaikovski de los ballets, para finalizar con una apoteosis que ganó para la KCS una nueva ovación en pie a la que correspondieron con un encore de un compositor que ya habían tocado en Berlín hace dos años, George Gershwin, de quien nos dejaron un impecable Love Is Here to Stay (1938) a modo de concierto para violín y orquesta, con un soberbio Jun Iwasaki como concertino o violín-cantante. Como había ocurrido con Pablo González y la Sinfónica de Tenerife el pasado 9 de julio en el Concertgebouw de Ámsterdam, hay conciertos que pasan, por derecho propio, a la historia con mayúsculas de una orquesta. Para la KCS, el de la Philharmonie en el Musikfest 2026 ha vuelto a ser otro de esos días que inspiran a una plantilla y dan solidez a un proyecto tan importante como el conducido por Matthias Pintscher.
La música rusa estará de nuevo presente en el que será el primer concierto de la Kansas City Symphony de vuelta a casa, tras su segunda gira europea. En su regreso al soberbio Kauffman Center for the Performing Arts, Matthias Pintscher pondrá sobre los atriles de la KCS partituras de Luciano Berio, Edgard Varèse y Aleksandr Skriabin, demostrando la voluntad revitalizadora de su dirección y las inmensas posibilidades de ese instrumento llamado orquesta, para el que con tan con tan poca inventiva e inteligencia se suele programar a ambos lados del Atlántico.
Paco Yáñez
(Fotos: Fabian Schellhorn / Musikfest Berlin)


