BERLÍN / ‘Le Grand Macabre’ inaugura la 22ª edición del Musikfest Berlin

Berlín. Philharmonie. 28-VIII-2026. Sarah Aristidou (Venus y Jefa de la Gepopo), Heidi Melton (Mescalina), Andrew Watts (Príncipe Go-Go), Wolfgang Ablinger-Sperrhacke (Piet vom Fass), Leigh Melrose (Nekrotzar), Karl Huml (Astradamors), Elisabeth Freyhoff (Amanda), Jingjing Xu (Amando), Luke Terence Scott (Ministro del Partido Negro), Kangyoon Shine Lee (Ministro del Partido Blanco). Coro de Cámara de Helsinki. Orquesta Sinfónica de la Radio Finlandesa. Director de escena: Frederic Wake-Walker. Director musical: Nicholas Collon. György Ligeti: Le Grand Macabre.
Cumplen en 2026 los Berliner Festspiele setenta y cinco años de existencia, una efeméride marcada, en tan señalada ocasión, por un nivel de excelencia que los vuelve a situar entre las redes de festivales más importantes de Europa en los ámbitos de la música, el teatro, la danza, la literatura y las artes visuales, con un amplio programa anual que comprende, además de su habitual apuesta por la interdisciplinariedad, citas de referencia internacional en géneros musicales tan diversos como los que protagonizan el Jazzfest Berlin, Maerz Musik o el Musikfest Berlin, entre otros.
Con el Musikfest nos quedamos hoy, pues el 28 de agosto echó a andar su vigesimosegunda edición, que se extenderá hasta el 23 de septiembre y que, de nuevo bajo la dirección de Winrich Hopp, integrará en un ambicioso programa repertorio histórico y música contemporánea, interpretados por algunas de las orquestas, directores y solistas más prestigiosos del mundo, como la Filarmónica de Viena, la Sinfónica de Londres o las principales orquestas berlinesas, de entre las cuales, la Filarmónica de Berlín tendrá una presencia destacada, incluyendo su retrato musical del compositor australiano Brett Dean, que se pondrá, también como director, al frente de los Berliner Philharmoniker, completando una nómina de grandes batutas entre las que figuran Jordi Savall, Sir Simon Rattle, Antonio Pappano, Christian Thielemann o Kent Nagano.
Pero el gran homenajeado del Musikfest Berlin 2026 será Hans Werner Henze, con motivo de los cien años que el pasado 1 de julio se cumplieron del nacimiento de quien fue uno de los compositores más destacados en la escena musical alemana de la segunda mitad del siglo XX; un compositor —como él mismo se definía— «a contracorriente» que nos dejó un importante legado en prácticamente todos los géneros musicales, desde el camerístico hasta un catálogo de óperas por el que, sin duda, Henze será recordado.
Precisamente, proponiéndonos un título operístico alzó su telón la vigesimosegunda edición del Musikfest, con esa tan perturbadora como hilarante distopía (cada vez más real y tangible a nuestro alrededor) que es Le Grand Macabre (1974-77), la única ópera de György Ligeti, que en la Philharmonie escuchamos en su revisión (cantada en inglés) del año 1996, la que en su día dio a conocer discográficamente Esa-Pekka Salonen con su registro para la Sony de 1998.

No ha escondido nunca el Musikfest su deseo de convertirse en un ágora donde reflexionar sobre las cuestiones culturales, políticas y sociales más candentes de nuestro tiempo, de modo que programar El gran macabro hoy supone toda una invitación a bucear (pertrechados con un importante filtro de ética) por las inmundas corrientes (o alcantarillados) de deshumanización, avaricia e Idiotez Artificial que por doquier nos rodean; todas ellas, confluyentes en muchos de los plutócratas y nefandos mandamases que en tantos despachos padecemos en este tercer milenio, desde Argentina a Corea del Norte, de Rusia a los Estados Unidos o Israel, buena parte de cuyos líderes podrían protagonizar, por (de)méritos (im)propios, el texto de Michel de Ghelderode en el que György Ligeti y Michael Meschke basaron el libreto de su «anti-antiópera».
La Orquesta Sinfónica de la Radio Finlandesa (OSRF) es una formación de acreditada solvencia en la música de György Ligeti, como demostró en el soberbio disco que para BIS grabó en 2012-2013 con varias de las obras orquestales del genio húngaro, muchas de las cuales resuenan en ese compendio de la música ligetiana de los años sesenta y setenta que es Le Grand Macabre, ópera que, asimismo, se convierte en toda una puerta de acceso al último periodo compositivo de Ligeti, más lúdico, cromático y cargado de guiños al pasado, incluidos aquéllos con los que una mente tan culta y desprejuiciada como la suya ponía en perspectiva y reinventaba la gran tradición operística europea.
El londinense Nicholas Collon, actual titular de la OSRF, tiene una sólida relación con el repertorio contemporáneo, ya sea con compositores vivos, como Glass, Adès o Lindberg, ya con clásicos como Lutosławski o el propio Ligeti, cuya música ha grabado para el sello Onyx. En Le Grand Macabre, Collon se ha situado en una muy interesante posición intermedia entre la mayor ferocidad y expresionismo de la primera versión de la ópera (la grabada en 1987 por Elgar Howarth para Wergo) y la claridad y primorosa definición orquestal de Esa-Pekka Salonen, convirtiendo a la OSRF en la protagonista de este Macabro berlinés, tanto a sus efectivos sobre el escenario como a los músicos que se han ido desplazando a distintos puntos de la Philharmonie para crear una vivencia totalmente inmersiva del espacio, lo cual ha hecho aún más abrumadores los embistes acústicos que El gran macabro nos lanza por doquier, realzando cada efecto de la partitura y dejando la sensación de estar ante un verdadero trabajo de orfebrería digno de la mente de un genio como lo fue Ligeti, por la capacidad de sorpresa, teatralidad y profundidad artística que los medios desplegados por el compositor húngaro han alcanzado en manos de Nicholas Collon y la OSRF.

En ausencia de una puesta en escena propiamente dicha, los rótulos y la narración han creado el espacio mental que a Breughelland nos ha llevado, ya desde la petición al público de su puesta en pie para escuchar su ‘himno’: el preludio a modo de tocata con bocinas de coche que abre el primer acto, tan bien expuesto por la OSRF gracias a su espacialización y al diferente timbre de sus bocinas, lo que le confirió una musicalidad mayor de lo habitual, sin rehuir lo paródico. Dicha tocata dejaba ya a las claras lo cuidadísimo del trabajo orquestal que escucharíamos toda la noche, así como, con la entrada del Piet vom Fass de Wolfgang Ablinger-Sperrhacke, el alto nivel de un elenco vocal que, sin apenas fisuras, y como sostenía el propio Ligeti, es «caricaturizado hasta lo abstruso, de una manera más demoníaca que humorística». Dentro de la distopía apocalíptica que nos ofrece El gran macabro, el Piet vom Fass de Ablinger-Sperrhacke se presentó con altas dosis de humanidad, sin renunciar a sus delirantes ornamentaciones, trinos y retruécanos virtuosístico-beodos, con su sumisión a un Nekrotzar construido por el barítono Leigh Melrose con una presencia escénica entre un Klaus Kinski y un Iggy Pop, histriónico y ubicuo, como la muerte que a Breughelland quiere llevar. Por actuación, poderío escénico y articulación vocal, Melrose se convirtió en uno de los triunfadores de la noche, ya fuese en lo vocalmente más expresionista, ya en sus ecos de la tradición, como sus arias purcellianas en este primer cuadro.
El dúo de Elisabeth Freyhoff y Jingjing Xu, como Amanda y Amando, estuvo notable, aunque algo más limitado por la ausencia de escenografía, de modo que fueron dejando sus buenos destellos vocales (en especial, Xu), moviéndose por distintas balconadas de la Philharmonie en busca de un espacio donde dar rienda suelta a sus ardores. Con ambas en las alturas de la sala, concluyó un primer acto realmente impactante.
En el segundo cuadro del primer acto, y con una teatralidad nuevamente grotesca en la que, sin embargo, no se ha perdido un ápice de excelencia y definición técnica, es obligado destacar al dúo formado por Karl Huml y Heidi Melton como Astradamors y Mescalina; igualmente, dos de los grandes triunfadores de esta versión berlinesa, y por méritos propios, ya que, tanto a nivel actoral como en virtuosismo vocal, su mezcla de sumisión y patetismo (Huml) como de dominación y lujuria (Melton) han sido ejemplares, arrancando desde una nueva tocata que nos dejó en el punto justo para devolvernos a este mundo delirante y paródico, con un soberbio despliegue de coloratura y chocantes contrastes de tesitura, reforzando sus desencuentros.

El acompañamiento que de ambos realizó la OSRF fue, nuevamente, idóneo, destacando una sección de teclados en la que, durante toda la velada, la combinación de clave y, especialmente, órgano eléctrico, aportó una sonoridad neogótica (de película de serie B) que casa a la perfección con lo decadente de Breughelland, así como con lo rocambolesco del aparato vocal y su constelación de contrapuntos con los objetos que Ligeti disemina en su partitura (espacializados muy inteligentemente por Collon en la Philharmonie, reforzando la sensación de inmersión ya mencionada y lo tan real, hoy, de ese mundo que presenciamos en Le Grand Macabre: una mirada que, años atrás, era cargada de humor, por la distancia con lo visto sobre el escenario, pero que ahora —así me lo pareció por el ambiente creado en la Philharmonie— se vive con desazón, pues esa abyecta galería de exabruptos y delirios se asemeja, cada vez más, al animalario que, como antes señalamos, (des)gobierna tantos países del mundo en 2026).
Las invocaciones a Venus nos dejaron, asimismo, nuevas espacializaciones de los metales, la aparición de un coro soberbio durante toda la ópera, así como un acongojante contraste en el canto de Karl Huml por su paso de registros agudos propios de un contratenor a graves realmente cavernosos, mostrando la flexibilidad de su voz y la amplitud de sus traumas en relación con una Mescalina que, en su unión con Nekrotzar, nos dejó lo más escatológico de una versión que, tras lo soez, fue capaz de crear contrapuntos de mágico refinamiento, como la contemplación de la llegada del cometa, con unos brillos de sobreagudos cegadores en la OSRF, jugando constantemente (como la actuación de los cantantes y la narración) con lo visto y lo intuido, creando fueras de campo con una eficacia propia del cine de Robert Bresson. Con un trío de Astradamors, Nekrotzar y Piet vom Fass de legítimas reminiscencias barrocas concluyó, entre lo delirante, lo hiperacentuado y a una velocidad de vértigo, un primer acto ejemplar.
El preludio del segundo acto resultó un tanto opacado en los timbres, recordando la narración algo que va perfectamente en línea con ese temor subyacente ya mencionado del público: el hecho de que el conocido como «Reloj del Apocalipsis» nunca había estado tan cerca de una posible destrucción de la humanidad desde su puesta en marcha en 1947. Desde luego, y ante tal escenario, lo que Nicholas Collon le ha echado es humor a raudales; especialmente, en este tercer cuadro, el más político de Le Grand Macabre, con unos ministros blanco y negro (notable, Kangyoon Shine Lee; corto de voz, Luke Terence Scott), cuya galería de sandeces parecía reflejar la política española de este mismo verano (aunque lejos esté de la genialidad y del humor del propio Ligeti).
Frente a ambos, el Príncipe Go-Go de Andrew Watts ha estado soberbio, con una voz perfecta para el papel y una presencia entre lo infantil y un decadentismo enternecedor. De ternuras nada supo Sarah Aristidou como Jefa de la Gepopo, no tan abrumadora aquí como Barbara Hannigan, pero técnicamente espectacular, dejando un virtuosismo para el recuerdo, soberbiamente acompañada por la percusión de la OSRF (instrumentos latinoamericanos incluidos), siendo la sección —con merecimiento— más aplaudida al final del concierto. También los desdoblamientos del metal para acompañar a Aristidou resultaron impecables, como perturbador en extremo fue ver a los pequeños actores de Vokalhenden desplegarse, con uniformes policiales y armas de juguete, por la Philharmonie: niños-militares de tan infausto recuerdo en una ciudad como Berlín.

De nuevo, el Coro de Cámara de Helsinki estuvo soberbio recreando al pueblo de Breughelland, con una concepción de los polirritmos que exigió un segundo director para conducir este eco de Charles Ives, desatando una paralela multiplicación métrica en la OSRF que recordó a partituras paradigmáticas de Ligeti como su Kammerkonzert (1969-70). Con una creciente violencia instrumental, la reentrada de Astradamors y su dúo con Piet volvió a ser realzada con sirenas y trompetas espacializadas que dieron varias vueltas de tuerca al llegar Nekrotzar por las balconadas superiores, en un pasacalles que lo llevó por la Philharmonie seguido de un cortejo instrumental de dejes stravinskianos. Regreso de Leigh Melrose a escena, por lo tanto, abrasivo y paródico, en el que vuelve a impresionar el poderío y la transparencia de la OSRF, así como el continuo intercambio de estos falsos profetas frente al atril en el que han soltado sus peroratas, desencadenando rítmicamente el recuento por parte de Nekrotzar de sus ilustres víctimas ecos de Mauricio Kagel, por lo que antióperas y anti-antiópera aquí se han con-fundido, volviendo a demostrar lo desprejuiciado del humor de György Ligeti.
Ya encaminados a la supuesta destrucción del mundo, vimos en escena un martillo propio de la Sexta sinfonía de Gustav Mahler con el que la percusión redobló la violencia de un pasaje tras el cual la levitación en la que flotaron los personajes se pobló de ecos de la micropolifonía habida en partituras como Atmosphères (1961) o Lontano (1967). En medio de tan encendido estatismo, varios cantantes resucitaron de sus borracheras y cataclismos personales en el patio de butacas, redoblando la impresión de quienes a su alrededor estábamos, confluyendo progresivamente todos ellos en escena para, tras la desaparición de Nekrotzar en un pasaje de cuerdas impecable, dejarnos la moraleja que Ligeti nos regala con su ópera: intentemos disfrutar la vida a fondo, sin pensar en la muerte; cuestión compleja, dadas las lecturas políticas que Le Grand Macabre abrió en Berlín con una interpretación tan contundente como la que inauguró el Musikfest 2026, con un público que, después de tres horas de concierto, brindó una gran ovación a todo el elenco vocal que se redobló para la Orquesta Sinfónica de la Radio Finlandesa y Nicholas Collon, los grandes triunfadores de este Gran macabro de sutil puesta en escena a cargo de Frederic Wake-Walker (más bien, un uso inteligente y eficaz tanto de objetos simbólicos como del espacio de la propia Philharmonie).
Paco Yáñez
(Fotos: Fabian Schellhorn / Musikfest Berlin)


