Herbert Blomstedt: el patriarca de los directores de orquesta que convirtió la vejez en esplendor

“Ni retrospectiva ni gala, sino un concierto”. Así anunciaba la Gewandhaus de Leipzig los conciertos con los que Herbert Blomstedt pensaba celebrar su centenario: la última sinfonía de Haydn y la Sexta de Bruckner en abril y, como colofón, la Quinta de Bruckner el domingo 11 de julio de 2027, día de su cumpleaños, a las once de la mañana, en la sala donde fue Gewandhauskapellmeister entre 1998 y 2005. No podrá ser. El director sueco-estadounidense murió este miércoles 4 de noviembre en su casa de Gotemburgo, a los 99 años y rodeado de su familia, según informó su agencia, KünstlerSekretariat am Gasteig. Desaparece con él el patriarca de la dirección orquestal, el director de mayor edad en activo, que convirtió su longevidad en una nueva etapa de esplendor artístico y que, todavía a los noventa años, dirigía unos noventa conciertos por temporada.
Su último concierto tuvo lugar el pasado 15 de mayo en el Davies Hall, al frente de la Sinfónica de San Francisco, la orquesta que dirigió entre 1985 y 1995. Llegó al podio en silla de ruedas y dirigió sentado la Novena de Mahler. Durante el tercer movimiento, el cuerpo se le venció hacia la derecha y la música se interrumpió mientras le acercaban un sillón. Una vez acomodado, cantó en voz alta el número de compás y la orquesta reanudó la obra como si nada hubiera ocurrido. El Adagio final sonó, según las crónicas, sereno y conmovedor. Al día siguiente, se retiró por consejo médico y David Robertson asumió la dirección de las dos funciones restantes. Una infección de oído le obligó después a cancelar sus compromisos en Tokio, Bamberg y Leipzig. Aun así, mantenía actuaciones previstas para 2027 con la Gewandhaus y la Filarmónica de Viena, de la que era miembro honorario desde 2019.
Blomstedt nació en Springfield (Massachusetts) el 11 de julio de 1927, hijo de un pastor adventista sueco y de una pianista formada en Viena con Moriz Rosenthal. La familia regresó a Suecia cuando él tenía dos años y vivió después en Finlandia y Gotemburgo, donde el joven violinista pagaba sus entradas a los conciertos vendiendo periódicos. De aquel hogar sin cuadros, en el que el arte se consideraba un lujo y asistir a un concierto una “pérdida de tiempo”, heredó dos rasgos que marcarían su vida: la fe adventista del séptimo día, que le impidió ensayar jamás en sábado (pronto decidió que los conciertos eran otra forma de culto), y una dieta vegetariana, sin alcohol ni tabaco, que nunca quiso relacionar con su longevidad. “Hay mucha gente que llega a los noventa fumando y bebiendo”, declaró entre risas en estas páginas, en septiembre de 2017. Su secreto, insistía, era la música.

Su formación fue tan amplia como heterodoxa. Tor Mann le enseñó la técnica en la Real Academia de Estocolmo e Ígor Markévich definió su estilo en Salzburgo, donde compartió clase con Wolfgang Sawallisch y con un Daniel Barenboim de once años. Estudió musicología en Uppsala, música antigua en Basilea, vanguardia en Darmstadt con John Cage y dirección en la Juilliard y, en Tanglewood, con Leonard Bernstein, cuya espontaneidad le fascinaba, aunque nunca lo consideró un buen director desde el punto de vista técnico. Debutó el 3 de febrero de 1954 con la Filarmónica de Estocolmo abriendo con la Suite orquestal n.º 2 de Bach, con una plantilla reducida y sin añadidos románticos. Toda una declaración de intenciones cuando el movimiento historicista apenas existía. “Bach ha sido siempre mi dios musical”, resumía.
Siguió una carrera construida sin prisa, guiada por una regla no escrita: no permanecer nunca más de diez años en el mismo puesto. Norrköping (1954-1961), cuya orquesta trasladó los ensayos del sábado al domingo para contratarlo; Oslo (1962-1968); la Radio Danesa (1968-1977) y la Radio Sueca (1977-1982) fueron las etapas nórdicas de un director que llegaba a cada país leyendo a sus autores. Tras firmar en Copenhague, por ejemplo, compró las obras completas de Kierkegaard en 22 volúmenes. El salto decisivo llegó en 1975 con la Staatskapelle de Dresde, cuyos músicos lo reclamaban como titular desde su debut, en 1969, con la Quinta de Nielsen. Al otro lado del Telón de Acero y sin simpatía alguna por el comunismo, dirigió durante diez años una orquesta que describía como “energía concentrada, como una central nuclear”. Allí grabó su primera integral de Beethoven (1975-1980) y descubrió a Richard Strauss, que siempre le pareció “tan ingenioso como superficial”. Se marchó en 1985, harto de que el régimen enviara a sus mejores músicos al extranjero para ganar divisas.
En San Francisco (1985-1995) convirtió una orquesta regional en una de las grandes de Estados Unidos. Grabó para Decca sus ciclos de Nielsen y Sibelius y ganó dos premios Grammy, por Carmina Burana de Orff y Un réquiem alemán de Brahms. Tras un breve paso por la NDR de Hamburgo, aceptó en 1998 el reto más ingrato de su carrera: recuperar el prestigio de la Gewandhaus de Leipzig, desgastada tras casi tres décadas bajo la dirección de Kurt Masur. Su receta combinó más Haydn y Mozart como medicina, los segundos violines a la derecha del director y una luminosidad mendelssohniana que no renunciaba a los colores oscuros de la casa. Así devolvió su esplendor a una institución que él comparaba con “un imperio”, y se ganó la medalla de honor de la ciudad. Todas sus antiguas orquestas, de Norrköping a Dresde, lo nombraron director honorario.
Frente a Mahler, que en su juventud le había parecido trivial y cuya música solo llegó a comprender en Dresde, a través de la cultura yidis, prefirió siempre a Bruckner: “Hoy todo el mundo hace bien Mahler. Creo que no me necesitan”. Tras dejar el cargo, se atrevió a grabar la integral bruckneriana con la Gewandhaus (2005-2012), seguida de una segunda integral de Beethoven con la misma orquesta (2014-2017), basada en la edición de Jonathan Del Mar y con los violines enfrentados. Después llegaron Brahms y Schubert, abordados con una frescura muy alejada del dramatismo de sus grabaciones de Dresde. Su verdadera misión, como él mismo la llamaba, fue dar a conocer a compositores poco valorados: Nielsen, Sibelius, Berwald, Hilding Rosenberg y, ya pasados los 85, Stenhammar, cuya música le emocionaba hasta las lágrimas. Dirigía sin batuta, en la que veía un instrumento de poder, como un colega más entre los músicos; respetaba las indicaciones metronómicas de Beethoven sin someterse a ellas y nunca creyó necesaria una interpretación de época, “sino simplemente bien informada”. Lo resumía así: “El compositor sigue siendo siempre la primera y la última autoridad”.
Lejos de retirarse, la vejez fue para él una segunda juventud. Julia Spinola condensó cincuenta horas de conversaciones en Mission Musik (2017, ampliado en 2025), un libro en el que confiesa que “las dudas sobre uno mismo me acompañan siempre” y que el miedo a no estar suficientemente preparado nunca desaparece. Siguió dirigiendo sentado: la Novena de Bruckner en San Florián, con motivo de su 97 cumpleaños; de nuevo en Leipzig, en septiembre de 2025, donde mantuvo al público en silencio tras el último acorde; y la Quinta en Dresde, el pasado enero. En septiembre, Japón le concedió el Praemium Imperiale, último galardón de una larga lista de reconocimientos. Viudo desde 2003 de Waltraud Petersen, deja cuatro hijas, siete nietos y una biblioteca de unos 20.000 volúmenes que donó a la Universidad de Gotemburgo. “Los libros son como mis amigos”, decía. Creía en la resurrección y bromeaba con la posibilidad de encontrarse algún día con Bach, “aunque hasta entonces puede pasar mucho tiempo”. Después de cada concierto decía algo que bien podría resumir toda su carrera: “Sigue siendo siempre un milagro”.
Pablo L. Rodríguez


