ÁMSTERDAM / Pablo González y la Sinfónica de Tenerife salen del Concertgebouw por la puerta grande

Ámsterdam. Het Concertgebouw. 9-VII-2026. Rafael Aguirre, guitarra. Sinfónica de Tenerife. Director: Pablo González. Obras de Vega, Rodrigo, Falla y Ravel.
Hay conciertos que marcan un hito tanto en la historia de una orquesta como en la carrera de un director. Ésa es la sensación que tuvimos cuantos asistimos al programa que la Sinfónica de Tenerife y Pablo González ofrecieron en su debut, el pasado 9 de julio, en el Concertgebouw de Ámsterdam, dentro de los ZomerConcerten, festival que un día antes había recibido la visita de Gautier Capuçon junto con la Gürzenich-Orchester Köln y Andrés Orozco-Estrada, en un concierto del que ya les hemos dado cuenta en Scherzo.
El rotundo y merecidísimo éxito que, a todos los niveles, cosecharon Pablo González y la Sinfónica de Tenerife se comenzó a gestar ya semanas antes de su concierto en el Concertgebouw, pues su programa, repleto de guiños a la tradición musical española, despertó el mayor interés de un público que, a falta de un mes para el concierto, ya había agotado las entradas, lo que presagiaba el ambiente festivo que hemos vivido en la histórica Grote Zaal del principal auditorio neerlandés.
En medio de tal expectación, el concierto se abrió con Riojana (2022), partitura para guitarra y orquesta de la compositora grancanaria Laura Vega en la que abundan los clichés folclóricos y un ambiente más que propicio para anticipar el resto del programa, con respecto al cual funcionó como una suerte de preludio. Otra cosa es que Riojana sirva como embajadora de la mejor música española actual, de cuyo alto nivel dista muchos enteros, con su populismo y abundancia en un lenguaje manidamente tradicional, pudiéndose destacar en Riojana apenas unos pocos compases confiados a guitarra y cuarteto de cuerda, las cadencias del solista, puntuales detalles en la percusión o el roce final de las cuerdas de la guitarra, buscando un efecto tímidamente textural frente a lo que había sido el recorrido previo de una obra poco imaginativa a nivel tímbrico.

Para que la guitarra de Rafael Aguirre resultase audible en el Concertgebouw (donde el malacitano tocaba por tercera vez), se procedió a una ligera amplificación de la misma, pues, de otro modo, su instrumento hubiese quedado muy en segundo plano frente a la orquesta en una sala que, como señalamos en nuestra anterior crítica de estos ZomerConcerten, presenta una soberbia acústica para obras de gran volumen orquestal (ésa que justifica su fama), pero que con un orgánico menor sobre el escenario (como el de la Sinfónica de Tenerife en la primera parte del programa) o con solistas de instrumentos de menor presencia sonora (como la guitarra) resulta más problemática.
No fue éste el caso (al menos, donde yo estaba sentado, cierto que no muy lejos del guitarrista malacitano, en la undécima fila del patio de butacas), pudiendo así Rafael Aguirre dejar muestras de una técnica exquisita y de un especial mimo al tocar su instrumento, haciendo, como la Sinfónica de Tenerife y Pablo González, que Riojana fuese muy bien recibida por el público neerlandés, que la premió con una gran ovación.
También para guitarra (nuevamente amplificada) y orquesta escribió Joaquín Rodrigo en París su celebérrimo Concierto de Aranjuez (1939), otra partitura que cosechó un éxito realmente importante en el Concertgebouw, con una Sinfónica de Tenerife que mostró un gran equilibrio entre sus secciones, una agradecida flexibilidad y un evidente rejuvenecimiento de su plantilla, que en 2026 incorpora a un buen número de esos jóvenes instrumentistas españoles que hoy forman parte de las mejores orquestas del mundo, haciendo que la Sinfónica de Tenerife, en su vuelta a los escenarios europeos, se presente como una orquesta muy sólida.
A que ese nivel se alcanzase colaboró notablemente la concepción que Pablo González tiene del Concierto de Aranjuez, pues, lejos de tirar de su lado más folclórico y pintoresquista, el director ovetense destacó las conexiones de esta partitura con las corrientes neoclásicas tan en boga en la Europa musical de los años treinta del pasado siglo, reforzando su dimensión internacional y lo más puramente técnico y estructural de la partitura; enfoque que diría plenamente compartido por un Rafael Aguirre en cuya guitarra primó un ataque muy medido y una delicadeza que aborda el Concierto de Aranjuez como una pequeña pieza de orfebrería construida a base de ecos y evocaciones de la historia musical española.
Así, en el Allegro con spirito escuchamos un tempo ligero, con una presencia muy reconocible de sus dos temas, mandando la agilidad tanto en la guitarra como en la orquesta, en la que su primera violonchelista lideró los diálogos con un solista que, más que el virtuosismo, privilegió sus diálogos y temas contrapuntísticos con una Sinfónica de Tenerife que asumió ese mismo enfoque dialéctico, con un primoroso cuidado tímbrico y un muy buen balance dinámico, respetando la necesidad de la guitarra de encontrar su espacio acústico en la Grote Zaal amsterdamesa.

Esa misma modernidad fue conferida al Adagio, movimiento lento en el que se rehuyó cualquier enfoque empalagoso, costumbrista o sensiblero, primando el melodismo y lo estructural, por encima de la postal musical en la que este movimiento tantas veces se convierte. Fue, por ello, que los continuos contrapuntos entre guitarra y orquesta han sonado con una belleza intemporal que se agradece, destacando el trabajo de las maderas tinerfeñas, con un cuidado exquisito en volumen y fraseo. También las sucesivas cadencias de Rafael Aguirre merecen una mención especial, por cómo consiguió crear una evocación y un paisaje diferentes en cada una de ellas, multiplicando sus ambientes y aumentando progresivamente la tensión emocional para que las cuerdas finalmente llevasen a su clímax el tema principal del Adagio con gran amplitud y tensión armónica en su afirmación de la melodía de la guitarra.
Si en el primer movimiento habían primado la agilidad y el énfasis; y, en el segundo, la creación de evocadores ambientes; en el Allegro gentile Pablo González procedió a una síntesis de ambos universos, destacando la danza y la pervivencia del pasado musical español, actualizado en el festivo neoclasicismo de este movimiento conclusivo, pleno de gracia y encanto en el Concertgebouw. La culminación del Concierto de Aranjuez, tan virtuosa en el ataque de Rafael Aguirre y en las maderas de la Sinfónica de Tenerife, nos dejó un estupendo sabor de boca y una ovación atronadora, con el público puesto en pie para propiciar, con sus continuos aplausos, hasta dos encores por parte de Rafael Aguirre; ambos, en línea con la rotunda españolidad del programa, así como íntimamente vinculados a su Andalucía natal.
En esa Andalucía, Granada es una de nuestras más sólidas cartas de presentación a nivel internacional, de modo que Rafael Aguirre ofreció un díptico que comenzó con los Recuerdos de la Alhambra (1896), de Francisco Tárrega, tocados de un modo que su alternancia de trémolos y arpegios evocó al laúd y los ecos de la música medieval, de forma tan bella como evocadora. En el otro extremo, frente a la intemporalidad de la partitura de Tárrega, en el arreglo para guitarra de la canción Granada (1932), de Agustín Lara, Rafael Aguirre privilegió lo folclórico y una línea prosódica que hizo del cantabile la esencia de su interpretación, siendo despedido del Concertgebouw con un nuevo éxito que, sin duda, lo conducirá a una cuarta visita a esta sala.
La segunda parte del concierto hemos de ponerla en la estela del programa escuchado un día antes a Andrés Orozco-Estrada y la Gürzenich-Orchester Köln, pues si Le Sacre du printemps había tocado la orquesta alemana, precisamente bajo la influencia de Stravinsky comenzó Pablo González su versión de la primera suite de El sombrero de tres picos (1919), en la que redobló la impronta en Manuel de Falla del genio ruso, enfocando la primera parte de la obra desde lo teatral y un sonido modernista que resulta más fácilmente accesible para un público, como el neerlandés, más acostumbrado en la programación de sus orquestas a Stravinsky que a Falla.
Otro aspecto que destacó de forma muy notable en esta versión de El sombrero de tres picos fue la libertad que Pablo González concedió a sus músicos; especialmente, a unas maderas de gran realce y que muestran el alto grado de complicidad del conjunto insular con el director asturiano. En la percusión también buscó González esos atisbos de caracterización individual que confieren más profundidad a los personajes del ballet, con momentos vigorosos e impactantes, mientras que la cuerda la trabajó más a bloque, con un sonido afilado y punzante de los profesores tinerfeños que apuntaló con criterio los ritmos de la primera suite, destilando gracia y sentido del humor.
Frente a una primera suite que realzó la modernidad y un enfoque internacional en el lenguaje de Manuel de Falla, la segunda suite fue abordada desde lo racial, con una intervención más subjetiva de Pablo González, incluidos unos rallentandi y un uso del legato poco frecuente de un modo tan marcado en algunas de estas danzas, lo que confirió personalidad propia a esta lectura de la Sinfónica de Tenerife y unos efectos que es posible que a quienes estuviesen familiarizados con la partitura les hayan parecido sorprendentes, pero que nos hablan de un acercamiento que combinó esas mayores dosis de espontaneidad (en la segunda suite) con, en general, un fuerte rigor y cuidado en el equilibrio del conjunto orquestal, cosechando director y orquesta una nueva y estruendosa ovación.
Si las corrientes de modernidad europea influyeron a Falla en la composición de un buen número de sus partituras más importantes, en el caso de Maurice Ravel la impronta de lo español también dejó su huella en muchas de sus mejores obras, entre las que se encuentra el archipopular Boléro (1928), otro éxito asegurado en un concierto de este tipo, pero que pone la lupa como pocas obras sobre los atriles de una orquesta, diseccionando su pericia técnica y la integración en el continuo que Ravel despliega de forma tan incansable como arrolladora en su Boléro.
Conscientes de este ‘riesgo’ (máxime, en un sala en la que se han escuchado versiones fastuosas del Boléro —piénsese en las grabadas por Bernard Haitink (Philips, 1975) o Riccardo Chailly (Decca, 1986)—, la Sinfónica de Tenerife afrontó con solvencia y aplomo esta partitura en casi dieciséis minutos en los que las maderas y los metales fueron los grandes protagonistas, con una caja muy delicada desde el primer compás, sin gran realce, apenas concebida como un sutil ritmo sobre el que fueron entrando los solistas. Las cuerdas vuelven a mostrar en la Sinfónica de Tenerife la gran disciplina que hoy aquilatan con Pablo González, y tanto en col legno como en arco la pulsación fue firme y direccional, asumiendo el impulso de la caja para conferir energía al crescendo final, culminando con un fraseo tan bien marcado como contundente en dinámicas este Boléro tinerfeño.
Como era de esperar, tanto por la obra en cuestión como por la sobresaliente interpretación escuchada, el Boléro propició otra ovación monumental, con el público del Concertgebouw puesto en pie, haciendo subir y bajar las escaleras de su Grote Zaal a Pablo González en repetidas ocasiones, hasta que de nuevo se dirigió a su atril para dejarnos un encore de lo más consecuente con lo que había sido el resto del programa: el intermedio instrumental de La boda de Luis Alonso (1897), zarzuela de Gerónimo Giménez.
Inteligente, por tanto, ha estado Pablo González con su propina, pues redobló aún más el ambiente festivo desatado por el Boléro, dejando en La boda de Luis Alonso la versión más netamente española e idiomática del concierto, lanzada a tumba abierta y con los músicos de la Sinfónica de Tenerife ya disfrutando sin tensión en sus rostros de un momento que, como todo este concierto, les quedará grabado en la memoria, pues no todos los días una orquesta se presenta en uno de los auditorios más importantes de Europa, de forma que ese impulso y esa más que evidente comunión con su principal director invitado han de ser aprovechados para reforzar un trabajo con importantes retos y grandes momentos por delante.
Tras casi dos horas y media —y puesto que en clave española hemos estado— tendríamos que decir que la puerta grande del Concertgebouw se abrió para despedir a Pablo González y la Sinfónica de Tenerife, un binomio que, visto lo que nos han ofrecido en Ámsterdam, puede abrir las puertas de cualquier auditorio en Europa con las credenciales que, desde ya, les confiere el haber vivido un triunfo como el que disfrutaron y nos hicieron disfrutar el pasado 9 de julio en los Países Bajos.
Paco Yáñez
(fotos: Chris Thomassen – Sinfónica de Tenerife)


