SANTIAGO DE COMPOSTELA / Vertixe Sonora clausura el ciclo Latexos con un diálogo histórico a cuatro manos

Santiago de Compostela. Auditorio de Galicia. 19-VII-2025. Vertixe Sonora. Obras de Schubert, Otero Moreira y Bach/Kurtág.
Un año más, el concierto de clausura del Curso Haruna Takebe de la Escuela de Música Play (que en 2025 alcanzó su séptima edición) compartió cartel con Latexos, ciclo que ha cumplido su sexta entrega, con un total de cuatro conciertos de los cuales ya les dimos cuenta, en abril, de la que fue su inauguración: un programa en el que IXOR celebró el primer centenario del nacimiento de Pierre Boulez, incluyendo una de sus obras emblemáticas para solista y electrónica, Dialogue de l’ombre double (1985), partitura a través de la cual también festejamos, de refilón, el centenario de Luciano Berio, pues al compositor italiano dedicó Boulez Dialogue de l’ombre double.
No es, ni mucho menos, frecuente que en los programas de Vertixe Sonora nos encontremos con los grandes nombres de la composición europea del siglo XX (más dado como lo es el ensemble gallego a los estrenos y a la producción musical en tiempo real), y más raro, aún, es que en dichos conciertos se incluyan partituras de siglos anteriores al XX: diálogo histórico que no nos hemos cansado de reivindicar en estas mismas páginas, de un modo muy especial, y por lo que a Santiago de Compostela se refiere, a través de nuestras críticas de los conciertos de la Real Filharmonía de Galicia.
Precisamente, formando parte de dicha orquesta es habitual que escuchemos a la pianista japonesa Haruna Takebe, cuya excelencia queda de manifiesto en el Auditorio de Galicia concierto tras concierto, refrendando una carrera musical que se completa con su trabajo como miembro de Vertixe Sonora, así como con sus recitales en solitario, de entre los cuales ha quedado para el recuerdo el ciclo que, en abril de 2021, dedicó en el Paraninfo de la Universidad a las últimas sonatas para piano de Franz Schubert; ciclo en el que se había incluido la obra que abrió el concierto del que hoy les damos cuenta, la Fantasía en Fa menor, D 940 (1828), partitura para piano a cuatro manos en la que, como en 2021, Haruna Takebe ha vuelto a tener como compañero de teclado a David Durán (igualmente, pianista de Vertixe Sonora).
Juntos, han abordado esta joya pianística compuesta por Schubert en ese prodigio en la historia de la música que fue su último año de vida: meses de una prodigalidad deslumbrante que entre enero y abril nos dejaron esta Fantasía en cuya apertura Haruna Takebe tomó la primera voz, con esa bellísima melodía en fa menor de inspiración liederística desgranada por Takebe con un elocuente cantábile y un fraseo sombríamente emocionado que acentúa su propia gestualidad frente al teclado, mientras que David Durán, como acompañante que es en el comienzo del Allegro molto moderato, se muestra más sobrio y contenido, asumiendo el rol de una segunda voz que, progresivamente, va introduciendo un dramatismo acechante contra el tema lírico tan bien punteado por Takebe, cuya alternancia hacia el fa sostenido menor daría lugar, en los sucesivos Largo y Scherzo. Allegro vivace, a una solidez arquitectónica realmente destacable que ambos pianistas han expuesto con la modernidad que esperábamos de dos intérpretes como ellos, sin escatimar ni la sensibilidad ni la poética schubertiana.
Así, mención especial para un Allegro vivace que han construido entre los ecos de una fuga bachiana, un ejercicio de improvisación y una estructura autogenerada que parecía volver sobre sí misma con furor, aumentando capas dinámicas y acentos, con un uso por parte de Takebe y Durán muy dramatúrgico de los silencios para ir modificando el desarrollo del trío, antes de, con otra insondable pausa de por medio, devolvernos a la sorpresa que en esta Fantasía siempre supone la reexposición del Allegro molto moderato, progresivamente modulado por el dúo de pianistas de Vertixe en su síntesis tonal hacia un silencio suspendido densamente poblado por ecos. La forma en la que el público rodeó a Haruna Takebe y David Durán sobre el escenario redobló esa sensación de cercanía e intimidad, en un ambiente propio de una schubertiada.

Cambiando de piano (debido a la preparación del cordal que requería la siguiente partitura) escuchamos la música de Ramón Otero Moreira (Pontevedra, 1982), uno de los compositores gallegos con los que Vertixe Sonora ha establecido una relación más sólida a lo largo de los últimos años, fruto de la cual han sido los sucesivos estrenos de Lumbre-Fulgor-Extinción (2020), Unha e mil Árbores (2020-21), Solitarias, infindas, as sequoias (2021) y …en una duna de arena del desierto… (2022), partituras, todas ellas, que nos dejaron muy buenas impresiones, como lo hizo la última pieza para piano de Ramón Otero que pudimos escuchar en Santiago, Memoria da luz (2022).
A ellas se suma ahora el estreno de los movimientos primero, cuarto y sexto (el quinto ya había sido estrenado por Vertixe Sonora en Chile) de Se escuchaba próxima la respiración del mar (2023-2024), partitura para piano a cuatro manos compuesta a partir de la novela de Álvaro Cunqueiro Un hombre que se parecía a Orestes (Destino, 1969). Estamos ante una obra trabajada por Ramón Otero con David Durán y Haruna Takebe, buscando resignificar musicalmente las sugerencias que aportan los fragmentos de Cunqueiro que dan título a cada movimiento de la partitura (a través de la fragmentación y la relocalización, creando nuevas relaciones sintácticas en función del contexto en el que se emplacen y de sus vínculos con dichos entramados literarios): algunos, seccionando pasajes consecutivos en la novela para crear estructuras que se ajusten a las series numéricas con las que trabaja Ramón Otero para dar forma, una vez más, a algo tan importante en su estética como el equilibrio entre la unidad y la diversidad de los materiales musicales, a través de un muy sólido desarrollo temporal.
En el primer movimiento, ¿A levante o a poniente?, la preparación con Blu-Tack de la correspondiente cuerda (Si4) genera una indeterminación entre el Si y el Si bemol que será clave en el desarrollo de esta apertura, dando forma musical a la duda expresada por el título, reforzada, a mayores, por una cohabitación entre un lenguaje de alturas y técnicas extendidas que se van interpelando y modificando continuamente a través de la activación del arpa, con glissandi en las cuerdas estriadas, golpeos con una baqueta-martillo de piano y arpegios con varilla, así como con efecto güero en el teclado, convocando ecos netamente lachenmannianos. Esa topología resignificante del Si original (en inicio, ya inestable) hace de ¿A levante o a poniente? un festín del arpegio y las direccionalidades contrapuestas (como las que aquí sugiere el texto de Cunqueiro), sumada una delicada microtonalidad que enriquece los colores del espectro armónico, cual evocando ese sol hacia al que tanto vamos camino de su aurora como de su ocaso.
Para mostrarnos, como lo hace Ramón Otero con Cunqueiro, otra forma de resignificar un texto original, David Durán y Haruna Takebe intercalaron los tres movimientos de Se escuchaba próxima la respiración del mar con tres Játékok (1973-2022) del compositor húngaro György Kurtág, otro enamorado de la música de Franz Schubert, aunque en este concierto lo que escuchamos fue su diálogo con otra figura colosal, la de Johann Sebastian Bach, querencia primerísima de un Kurtág que, a partir de la música del Kantor, compuso una transcripción de O Lamm Gottes, unschuldig, BWV deest en cuya interpretación Takebe y Durán impresionaron por cómo consiguieron que los armónicos del piano evocasen la sonoridad de un órgano, modificando la armonía natural y el timbre del instrumento de un modo tan mágico como, en tempo, suspendido: cual si ese piano-órgano resonase catedraliciamente en el Auditorio de Galicia.
El cuarto movimiento de la partitura de Ramón Otero, …dijeron que se había convertido en viento vagabundo, destaca por su contraste (en la secuencia en que hemos conocido Se escuchaba próxima la respiración del mar en Santiago) con el primero, sonando hasta kurtagiano, por su laconismo y austera poética, con Haruna Takebe y David Durán tocando de un modo tan entrelazado como virtuosístico y coreográfico para dar cuenta de un movimiento de pedal suspendido y armonías que, por momentos, evocan a Olivier Messiaen, por sus trinos y cromatismos. A mayores, el modo en que entre ambos pianistas apagan las cuerdas sumerge los materiales en una magia de densidades y dinámicas difuminadas de una gran belleza, reforzando la capacidad de Ramón Otero para crear ambientes tan diferentes en técnica y expresividad: sonidos espoleados, como sugiere el título de este movimiento, por vientos y sombras errantes.

De vuelta a los Játékok, en la transcripción de la Sonata a trío en Mi bemol mayor, I BWV 525 (1727), Takebe y Durán no han cargado tanto las tintas en lo tímbrico como en el ritmo y el color, dejándonos una delicada contención que, de nuevo, contrastó poderosamente con el último movimiento de Se escuchaba próxima la respiración del mar estrenado en este concierto, …porque es el camino que hace el sol, en el que los pianistas invirtieron sus anteriores posiciones, pasando David Durán al teclado, en un breve sexto movimiento especialmente incisivo y acerado, en el que se deja ver con más nitidez la influencia de la electrónica en la música de Ramón Otero, con profusión de granularidades y glissandi en el cordal para reforzar lo que el propio compositor dice es «un movimiento muy lento y errático en torno a dinámicas pp». A éstos se suman ataques percusivos que convocan la impronta de un martellato de raigambre bartokiana, multiplicando los diálogos históricos y las influencias bien asimiladas por Otero Moreira hasta el asertivo final con arpegio sffff en el cordal cuyos ecos se van perdiendo en el horizonte, cual camino de luces y sombras proyectadas por el sol, mientras David Durán modula en pedal el progresivo diminuendo de dicho arpegio, firmando un soberbio estreno parcial de una obra, Se escuchaba próxima la respiración del mar, que tocarán en su integridad los mismos pianistas el próximo otoño, ocasión que aprovecharemos para darles a conocer los tres movimientos aún inéditos en España.
Cerró el concierto uno de los más conocidos y hermosos Játékok, el que Kurtág compuso a partir de la cantata Gottes Zeit ist die allerbeste Zeit, BWV 106 (c. 1707). Quienes hemos tenido el privilegio de escuchar en directo a Márta y György Kurtág tocar su transcripción de la Sonatina de esta cantata, pudimos disfrutar de ese abismo de historia viva que aquí ambos siempre desplegaban, con una especial delicadeza y ternura al reforzar en la música de Bach su carácter tan íntimo como intemporal.
En el caso de David Durán y Haruna Takebe, destacó la solemnidad en la apertura, más grave y vertical que en el matrimonio Kurtág, así como los sutiles y refinados rallentandi con los que esfumaron esta Sonatina, meciéndola cual si se acercase y alejase, alternativamente, viajando por la historia, siendo tiempo condensado en estado puro, pues pocas partituras contemporáneas han sido capaces de reflejar la imperecedera vigencia de las grandes obras musicales como lo hace este sublime Játékok.
Ojalá que, como Márta y György Kurtág, David Durán y Haruna Takebe tengan muchas décadas por delante para seguir profundizando en las partituras del venerable compositor húngaro, que justo siete meses después de este concierto, el próximo 19 de febrero, se convertirá en el primer gran compositor europeo que alcance los cien años de edad (qué contraste, con la corta existencia de Franz Schubert): toda una vida marcada por los diálogos y las resignificaciones históricas, como las que Haruna Takebe y David Durán, uno de los mejores dúos de pianistas que podamos escuchar hoy en España, nos ofrecieron en este concierto ejemplar. Esperemos que tanto ellos como Vertixe Sonora se acuerden de celebrar en 2026 como se merece el centenario de György Kurtág (al igual que los de Morton Feldman, Friedrich Cerha y Hans Werner Henze), además de seguir ampliando, como lo llevan haciendo desde julio de 2011, el repertorio de la nueva música, para así actualizar el rico legado que todos ellos nos han dejado.
Paco Yáñez
(Fotos: Manuel González)


