MADRID / Dudamel: incandescente ‘Séptima’ de Shostakovich con la Sinfónica Nacional Juvenil de Venezuela

Madrid. Auditorio Nacional. 5-XI-2026. Ibermúsica 25-26. Orquesta Sinfónica Nacional Juvenil de Venezuela. Director: Gustavo Dudamel. Shostakovich: Sinfonía nº 7 op. 60 “Leningrado”.
A la tercera fue la vencida. La Sinfónica Nacional Juvenil de Venezuela (SNJV para abreviar, en adelante) se iba a presentar en la serie de Ibermúsica en diciembre del año pasado. El cierre del espacio aéreo venezolano por parte de Trump impidió a la orquesta desplazarse, y el concierto fue aplazado hasta el verano de 2026. Pero los hados estaban nuevamente en contra, y el tremendo terremoto que ocurrió en el país a finales de ese mes obligaron a una nueva suspensión. Finalmente, la gira prevista, que se encuadra en el 50 aniversario de El Sistema, está teniendo lugar en los inicios de este mes de noviembre y coincide, además, con la cumbre Iberoamericana que se celebra en Madrid estos días. El Sistema, como es bien sabido, es el proyecto de formación musical fundado en Venezuela por José Antonio Abreu en 1975 y en el que Dudamel inició su trayectoria. La SNJV que nos ha visitado es un conjunto de jóvenes de entre 14 y 19 años que se renueva de forma continua (una suerte de cantera de El Sistema, una especie de JONDE venezolana, para entendernos), y se ha presentado en el ciclo con el programa previsto, la tremenda Sinfonía nº 7 “Leningrado” de Dmitri Shostakovich.
Shostakovich declaró, en un video filmado (con evidente tinte propagandístico), que la sinfonía estaba inspirada por “los terribles acontecimientos de 1941 [el asedio de la ciudad por los nazis], la guerra contra el fascismo y nuestra próxima victoria”, añadiendo que dedicaba la obra a la ciudad y sus habitantes. Fue bastante después, una vez que la sombra de Stalin quedó atrás, cuando se supo que al menos parte de la obra se concibió antes de esos sucesos, y que, en realidad, la obra retrata de forma devastadora los sufrimientos y horrores de la guerra, pero también, como señala Semyon Bychkov, la capacidad de resistencia (asunto apuntado también por otro director muy conocedor de la obra del ruso, Mark Wigglesworth) del pueblo ruso. En palabras de Bychkov, “Shostakovich fue una suerte de portavoz de humanidad, de la humanidad que vivió ese cataclismo”. Y el propio Wigglesworth cita las palabras de Shostakovich tiempo después: “No tengo nada en contra de llamar a la Séptima la Sinfonía “Leningrado”, pero no trata de la Leningrado sitiada, sino de la Leningrado que Stalin destruyó, una labor que Hitler se limitó a rematar”. Bychkov describe la marcha que aparece tras la introducción, en el primer movimiento, de tinte ingenuo, hasta simplón (oboe y fagot sobre suaves redobles de la caja), el conocido como “tema de la invasión”, como un “dibujo del mal”. “Y el mal es mediocre. No es, como señala el mismo Shostakóvich, una música que dibuje la guerra en sonidos, sino en las desgarradoras emociones que provoca”.
Música, en fin, que nos habla de la luchadora afirmación frente al horror, con muchos momentos profundamente conmovedores. Hay pasajes sobrecogedores, inquietantes (el final del primer movimiento), otros amargamente grotescos, hirientemente distorsionados (la transformación de ese llamado “motivo de la invasión”), otros de rabia, de ira apasionada, de anhelo de supervivencia y triunfo. Incluso el movimiento final, aparentemente exultante, deja entrever aquí ya allá rasgos de una euforia artificial, de amargo trasfondo. El aparatoso y bombástico final ¿es triunfal en realidad? ¿O invita más bien a no olvidar el horror, quizá no del todo vencido? Una vez más hay que apreciar las palabras de Bychkov sobre esa ambivalencia tan propia de Shostakovich: “El régimen escuchaba lo que quería escuchar… y la gente escuchaba lo que era en realidad”.
El mismo Bychkov relataba que, a mediados de los 50, una delegación de la entonces República Democrática Alemana visitó Leningrado. Uno de sus miembros pidió visitar a Karl Eliasberg, que había dirigido la primera interpretación de la obra en Leningrado en 1942, que había sido emitida por radio. El alemán le dijo a Eliasberg: “Yo estaba en el ejército alemán en aquel momento. Cuando escuchamos aquella música, supimos que nunca lograríamos vencer a quienes habían sido capaces de hacer algo como aquello”. En resumen, música del horror… y de la supervivencia. Esa dualidad que siempre presidió la trayectoria del compositor.
Dudamel se presentó con un contingente masivo, bien por encima del centenar de músicos. No llegué a contar todos, pero a vuelapluma creo que había más de las 8 trompas previstas, y en las cuerdas había hasta 10 contrabajos y más de los 16 violines primeros que están previstos en la partitura, aunque evidentemente Shostakovich no hubiera rechazado el incremento.
El maestro de Barquisimeto explicó, antes de iniciar la sinfonía, que querían dedicar el concierto a las víctimas del terremoto que sacudió Venezuela en junio y a las del terrible accidente ferroviario de Urda, con mención especial para una de esas víctimas: la compositora Marisa Manchado. Dirigió, como es su costumbre, de memoria (la tiene privilegiada), con ese gesto nítido y firme tan característico, y aprovechando al máximo, en lo que a expresión facial se refiere, no estar pendiente de la partitura. El comienzo del Allegretto fue tan rotundo como ligero de tempo, con determinación y sin concesiones. El poderío de la enorme orquesta quedó bien patente desde ese comienzo. Fue también evidente que el empaste (nada fácil teniendo en cuenta que se trata de una orquesta joven y con un contingente tan grande) era más que notable. Se adivinaba un trabajo detallado, concienzudo, detrás. El tipo de trabajo que se pueden permitir esas orquestas y que las estrecheces de costes y tiempo impiden en las profesionales.
Encomiable la forma de cantar el Poco più mosso, en el que lució buena clase el solista de flautín, al igual que el concertino. Estupendo el percusionista de la caja que inicia en pp el obstinado ritmo que preside el llamado “tema de la invasión”. Edificó el director venezolano con inteligencia la mezcla de crecimiento y distorsión de ese motivo. Una graduación sobresaliente de la tensión, con momentos (los rotundos ataques de la cuerda sobre el tema en cuestión son solo un ejemplo) de enorme impacto y, si se me permite la expresión, cruda e intencionada, amarga rudeza. Como solía decir Wigglesworth, justo lo que quería Shostakovich: repetitivo e hiriente. Y cuando más hiriente se torna, se establece una conexión con el motivo inicial, aquí impregnado de tragedia, que resulta especialmente estremecedora. Consiguió Dudamel con maestría crear la atmósfera adecuada.
También se planteó con ligereza el tempo del segundo movimiento (Moderato). Ligera… de apariencia, diríamos, porque una inquietante tristeza subyace para todo aquel que no quiera permanecer sordo ante ella. Lucieron maderas y cuerdas (excelente precisión y exactitud en los pizzicati de los violines I, nada fácil de lograr con tantos instrumentistas) en este movimiento en el que también asoma, en la sección central, esa suerte de marcialidad grotesca con la que Shostakovich expresaba ese doble lenguaje tan habitual en él.
Hirieron unos vientos que parecieron implacables en el comienzo del Adagio, un movimiento que se movió acertadamente entre la tristeza y una ira que es en realidad una suerte de reacción apasionada. Dudamel extrajo aquí el mejor partido de unos metales rotundos, bien empastados (muy notables las trompas). La orquesta era, lo fue en todo momento, un modelo de apasionada entrega, de entusiasmo contagioso por lo que estaban haciendo. El joven pianista vivía con visible entusiasmo cada compás, incluso cuando no tocaba. Sus compañeros, alerta siempre, ponían el alma en cada nota que tocaban. Pueden encontrarse, claro, orquestas profesionales (por eso lo son) más pulidas y perfectas. Pero el entusiasmo con el que tocan estos jóvenes, como pasa más de una vez con conjuntos de este estilo, es contagioso, y la música que sale de ellos viene bañada con una intensidad no fácil de igualar.
Dudamel, él mismo “nacido” musicalmente en El Sistema, sabe contagiar su propio entusiasmo a los músicos de la SNJV. Construyó admirablemente la transición, llena de desasosiego, del tercer al cuarto movimiento. Éste obtuvo un comienzo ominoso, para luego crecer en una agitación urgente, tensa, cada vez más intencionadamente bombástica. Acentos agresivos (rotundos col legno de la cuerda) y tremendo, estremecedor retorno del motivo del primer movimiento en los metales. El final fue, claro, aparatoso, pero esa aparatosa (y buscada por Shostakovich) contundencia tenía tanto de triunfo como de herida. Pura incandescencia.
El éxito, no podía ser de otra manera, fue clamoroso. El público, que abarrotaba la sala, explotó con entusiasmo y Dudamel destacó a cada solista y cada sección de la joven formación venezolana. Después, y ante la avalancha de aplausos, reconoció (tenía razón) que era difícil tocar algo después de ese Shostakovich. Quien esto firma, francamente, no esperaba propina alguna. Pero estamos ante una formación de jóvenes, y una circunstancia parecida se dio en el festival de Granada hace un par de años, cuando la Gustav Mahler Jugendorchester, después de una Quinta de Bruckner con Kirill Petrenko, se lanzó (sin el director, al que uno no imagina dirigiendo esa música, la verdad) a interpretar el pasodoble Amparito Roca de Teixidor.
Si cabe imaginar, en cambio, lo que ocurrió aquí. Porque si en alguna música Dudamel impresiona sin discusión es en la que lleva en la sangre. Dudamel y la SNJV regalaron una pieza que ya figuró en su célebre disco de repertorio sudamericano Fiesta (editado hace algunos años por DG): la Fuga con Pajarillo, primer movimiento de la Suite para cuerdas del venezolano Aldemaro Romero (1928-2007), ofrecida aquí en versión orquestal, con una “sorpresa” intercalada, como explicó Dudamel, en forma de intervención insertada del cuarteto Armacuaco (arpa criolla, maracas, cuatro y contrabajo). Para qué les voy a contar: es difícil hacer esta música, una fiesta de ritmo y colorido, mejor de lo que lo hacen Dudamel y los jóvenes de la SNJV (incluido este cuarteto insertado). Cierto, no pegaba, claro, después de Shostakovich. Pero lo hacen tan bien que hasta logran que lo disfrutemos a tope. Fue recibido, muy justamente, de manera apoteósica.
Rafael Ortega Basagoiti


