BUDAPEST / Triunfo de Magnus Vigilius como Siegfried en el Müpa

Budapest. Müpa. 27-VI-2026. Magnus Vigilius (Siegfried), Jürgen Sacher (Mime), Derek Welton (Wotan, como Caminante), Jochen Schmeckenbecher (Alberich), Sorin Coliban (Fafner), Erika Gál (Erda), Magdalena Anna Hofmann (Brünnhilde), Zita Szemere (Pájaro del bosque). Orquesta Sinfónica de la Radio Húngara. Director musical: Ádám Ficsher. Director de escena: Hartmut Schörghofer. Richard Wagner: Siegried.
A la lista de grandes triunfadores en la segunda entrega del ciclo Der Ring des Nibelungen (1851-74) en los Wagner Days del Müpa de Budapest (el que tuvo lugar entre los días 25 y 28 de junio de 2026) se sumó, llegados a Siegfried (1851-71), el cantante que dio voz en la Sala Béla Bartók al protagonista de la segunda jornada del Anillo, Magnus Vigilius.
Este tenor en su día ya fue destacado en este mismo papel por nuestro compañero Bruno Serrou, cuando septiembre de 2024 el danés encarnó a Siegfried en el Théâtre de La Monnaie bajo la dirección de Alain Altinoglu, afirmando entonces Serrou que Vigilius era «una auténtica revelación», con un timbre brillante y una presencia sólida y fuerte, contando con la edad y el físico adecuados para el papel, además de con la inteligencia precisa para «pasar de la inocencia a la consciencia con una naturalidad que sorprende».
Pues bien, dos años después de aquel Siegfried en Bruselas, Magnus Vigilius ha vuelto a bordar su papel protagónico en el mismo personaje, mereciendo el aplauso unánime tanto del público como de la crítica que sobre esta segunda jornada del Anillo en el Müpa se ha pronunciado, y no es para menos, pues sin duda estamos ante uno de los grandes Siegfrieds de nuestro tiempo, hasta el punto de que el segundo cantante que asumió el papel en este Anillo magiar, el tenor Stefan Vinke, palidecería un día después en Götterdämmerung frente al recuerdo de lo ofrecido por Vigilius en Siegfried.
Como en Das Rheingold y Die Walküre, Magnus Vigilius y el resto de un elenco, en global, muy sólido y compacto, se vieron favorecidos por dos cuestiones que no nos cansaremos de destacar en este Ring del Müpa: la transparente acústica de la Sala Béla Bartók y el gran detalle con el que Ádám Fischer ha acompañado a cada voz en el que ha sido su último Anillo (decimoséptimo en el Müpa en los veinte años que en 2026 cumplen sus Wagner Days). Ese cuidado se volvió a evidenciar en Siegfried ya desde un preludio orquestal soberbio en texturas, conducción de las energías y transparencia en la diseminación de los leitmotivs, como soberbio brotó el sonido del yunque en el primer acto, de una precisión rítmica y un volumen idóneos.
Al igual que en las dos primeras entregas de este Anillo en los Wagner Days del Müpa, la dirección escénica del austriaco Hartmut Schörghofer apuesta por un ascetismo en cuanto a medios que, sin embargo, se desdoblan (muy especialmente en la proyección de vídeo) para dar salida a lo narrado por Richard Wagner en su libreto.
En este comienzo, mostrando un espacio terroso sobre el que van quedando las huellas que imprime el oso que consigo trae Siegfried, así como dibujos alegóricos que nos remiten a lo prehistórico y, progresivamente, todo un sistema radicular que perfora la tierra en correlación con el deseo de Siegfried de conocer sus propias raíces y origen en su inquisitivo diálogo con Mime: un estupendo Jürgen Sacher que ya nos había convencido en El oro del Rin y que vuelve a dejarnos una recreación ahora más sólida y prominente, creándose un muy logrado contraste en la primera escena entre el laborioso y práctico Mime de Sacher, de voz sinuosa, cambiante y engañosa, y el impetuoso, juvenil y arrebatador Siegfried de Magnus Vigilius, con el punto justo entre el sardónico y crepuscular humor del primero y la inocencia salvaje del segundo, recalcando Ádám Fischer desde el foso esta dualidad, con un clima distendido y burlón.

La entrada de Wotan como Caminante cambia dicho ambiente, precedido por sus cuervos en la pantalla del Müpa. Aquí hemos echado de menos al bajo-barítono polaco Tomasz Konieczny, cuyo Wotan en Das Rheingold y Die Walküre me pareció muy superior, tanto en timbre como en técnica y, muy especialmente, en presencia escénica: más matizada que la de un Derek Welton cuyo Caminante se antoja circunspecto de más, con una voz más grave de bajo, pero sin las inflexiones ni la sensibilidad arrolladora de Konieczny (como Magnus Vigilius, otro de los triunfadores de este Anillo).
El de Welton es un Wotan más monocorde, anclado a su certeza del fin de los dioses, pero sin la vitalidad de Konieczny, aunque, en lo que a desarrollar esa tristeza crepuscular con una notable autoridad vocal, sí podemos decir que Welton estuvo convincente, como en su recapitulación de las dos primeras óperas del Anillo, aunque la orquesta sobrepasó su voz, algo que no había ocurrido en Die Walküre en la correspondiente recapitulación, más equilibrada y perfecta en el juego de leitmotivs entre Tomasz Konieczny y la Sinfónica de la Radio Húngara.

En la tercera escena del primer acto nos hemos vuelto a encontrar con un soberbio manejo del yunque (entendemos que por parte de uno de los percusionistas de la orquesta), así como con un Magnus Vigilius cada vez más radiante e impetuoso como un Siegfried que pareciera cumplir años, y no minutos, en escena: toda una bildungsroman en apenas un acto que va consolidando la personalidad del welsungo, cuya aparente ingenuidad es guiada por un fatum irresistible, algo que apuntala un Ádám Fischer que, de forma muy evidente, realza los temas de Siegfried para ir acompañando ese progresivo crecimiento de su personalidad a lo largo de la ópera.
Al forjar la espada Nothung, resulta curioso cómo Hartmut Schörghofer lleva al público (en tiempo real) a la pantalla tripartita del Müpa, cual si los espectadores se pusiesen frente a su propio espejo, ya fuere para arropar a Siegfried en ese momento crucial del Anillo, ya interpelados, como parte misma de la escenografía, sobre cuáles son sus Nothungs personales y cuánto, hoy en día, somos capaces de sacrificar por ello.

Si radiante fue la progresiva afirmación vocal, escénica y orquestal de Siegfried en el primer acto, extremadamente sombrío resultó el ambiente al que Ádám Fischer nos condujo en el comienzo del segundo (nuevamente, tras una pausa de una hora en la que, como entre los restantes actos que conforman el Anillo, el Müpa nos ofreció toda una suculenta variedad de gastronomía inspirada en las óperas de Wagner, así como fuimos —en el más puro estilo Bayreuth— llamados a la sala con las correspondientes fanfarrias entonando los leitmotivs de Der Ring des Nibelungen).
Ese ambiente oscuro y cavernoso se destaca, en el preludio del segundo acto, en un magnífico equilibrio entre la cuerda grave y, de un modo muy destacado, una tuba que, gracias a la acústica del Müpa, parece convertir el conjunto de sala principal en una textura resonante en capas, en la lobreguez de los paisajes a los que iríamos penetrando, con la correspondiente obscuridad que aquí aportan tanto Wotan como Alberich y Fafner en su monstruosa forma de dragón-serpiente (remedada en la pantalla con un dibujo de inspiración china).
Es, por ello, que frente a ese ambiente tan dominado por el metal grave y la densidad de la oscuridad en las cuerdas, la entrada de Siegfried y Mime en sus andanzas hacia la conquista del anillo marca un nuevo contraste muy señalado, así como, con respecto a los diálogos en el primer acto, a un Siegfried que en Magnus Vigilius va madurando en sus tribulaciones sobre su origen, la figura de su madre y un destino que ya se prefigura en los temas orquestales.
Pero no todo es sombrío y acechante en este Siegfried de Ádám Fischer y, así, la parte del pájaro que remeda un corno inglés destemplado llegó a arrancar risas al público de Budapest, tanto por lo logrado de sus disonancias como por la contraposición de su seriedad en el desastre de sus notas frente a la algarabía de Magnus Vigilius en cada una de esas pifias.

Otro ambiente se desencadena tras la llamada de la trompa (también en escena) y la llegada de Siegfried y Mime a la cueva de Fafner, a quien escucharemos desde detrás de la pantalla, llegándonos su voz a través de un megáfono de metal para redoblar el efecto de distancia y resonancia cavernaria, alcanzando aquí Sorin Coliban como gigante-dragón un perfil más destacado que en Das Rheingold, donde el Fasolt de Tijl Faveyts me había convencido más por sus matices y humanidad.
En Siegfried, Coliban nos deja un Fafner terrible pero con un interesante deje de fatalismo que casa muy bien con el conjunto del Ring y su destino para dioses y gigantes, cumpliéndose su maldición tanto por el propio anillo como por su fin de raza como gigante al clavar Siegfried la espada en el corazón de Fafner: pasaje que orquestalmente ha sido acongojante por su violencia e impacto, tiñéndose la escena de un rojo-sangre al venir al frente el agonizante dragón para su final conversación con Siegfried. El sucesivo diálogo entre Magnus Vigilius y una encantadora Zita Szemere, como grácil Ave del bosque, ha estado marcado por la delicadeza y un bello juego de las maderas en la Sinfónica Húngara, disipando las sombras y el ambiente tan lóbrego tras la muerte de Fafner, con un nuevo equilibrio de gran refinamiento entre el dueto vocal y la orquesta.
Ya en la tercera escena del segundo acto, el encuentro de Mime con Alberich nos deja, como en Das Rheingold dos días antes, a un impresionante Jochen Schmeckenbecher de saña y odio redoblados en su Alberich; de nuevo, poliédrico e inquisitivo. La toma del anillo por Siegfried nos ha regalado otro ejemplo de nitidez en la Sinfónica de la Radio Húngara bajo la dirección de Ádám Fischer, con el leitmotiv del oro del Rin tan bien expuesto y fraseado como los restantes temas de la tetralogía en cada ópera. Entre ellos se movió como pez en el agua la voz tan bien timbrada y heroica de Magnus Vigilius, juvenil y vigorosa, y, aunque el ajusticiamiento de Mime resultó un tanto deslucido a nivel escénico, la orquesta lo compensó con un cierre de la cueva de Fafner expeditiva y contundente, con especial aplomo en los metales.
Mejor resuelto estuvo, a nivel escenográfico, el final de la tercera escena del segundo acto, pues el pájaro de la nuevamente delicada y exquisita Zita Szemere se movió (como indica el libreto de Wagner) en círculos alrededor de Siegfried, pero, en este caso, a una altura considerable, pues la soprano húngara fue cambiando de emplazamientos en la balconada del Müpa, lo que depara un nuevo juego de planos y distancias entre las voces de ambos que confiere mayor impacto dramatúrgico a este Anillo en lo que a sus capas acústicas se refiere, pensadas hasta el último detalle. El anuncio de Brünnhilde que Szemere pronuncia a Siegfried produce una nueva e inflamada exaltación en el arrebatado Vigilius, que concluye el segundo acto en plenitud, afirmando en cada nueva escena su total identificación e idoneidad como Siegfried.

El preludio del tercer acto mostró algo que, tal y como Ádám Fischer conduce a la Sinfónica de la Radio Húngara, es aún más evidente: el crecimiento que en la concepción de la orquesta se da en Richard Wagner entre Die Walküre y Siegfried, con las conquistas alcanzadas de por medio por el compositor alemán en sendos títulos cruciales en su estética como Tristan und Isolde y Die Meistersinger von Nürnberg. Así, el despliegue del cromatismo en la formación aquincense es ahora más denso, tanto golpeado por los rayos y los vientos de la tormenta como progresivamente oscurecido en la entrada del Wotan/Caminante a la cueva de una Erda que Erika Gál ha encarnado algo escasa de voz y, quizás, demasiado distante, mientras aquí Derek Welton gana enteros, más hercúleo y asertivo en su diálogo con la diosa de la tierra.
Sin embargo, en el duelo entre Derek Welton y Magnus Vigilius ganará el Siegfried del tenor danés, tal como en el libreto, en todos los aspectos: más audaz en su actuación, con una voz mucho más brillante y plena, así como técnicamente impresionante, donde el Wotan de Tomasz Konieczny sin duda hubiese perfilado mucho más este decisivo momento de la derrota de la deidad ante el welsungo.
Perfiles, desde luego, no han faltado en la orquesta húngara a la hora de remedar el fuego que rodea a Brünnhilde, especialmente ardoroso en la percusión, con un titileo en sus láminas realmente logrado, cual si musicalmente saltasen chispas alrededor de la antigua valquiria. Entre sus centelleos, el motivo de la muerte se agazapa, fundiéndolos ejemplarmente Fischer en otra derivada orquestal de Tristan und Isolde.
De ello se contagia Magnus Vigilius en sus intentos de despertar a Brünnhilde, enternecedor en la suma de sus deseos e impotencia, perfectamente matizados por el tenor antes de llegar a uno de los pasajes del Anillo que más impresiona y conmueve a quien estas líneas escribe: el despertar de Brünnhilde, impecablemente desarrollado por Ádám Fischer, con una precisión analítico-camerística propia de las grandes batutas magiares, muy apoyado en unas arpas, unas cuerdas y unos metales esplendorosos para desbordar la mezcla de anhelos, fascinación y plenitud que este pasaje nos regala.
Y así, finalmente despertó Brünnhilde (¿cómo no hacerlo, arropada por semejante maravilla orquestal?), encontrándonos aquí con la segunda cantante que dio vida a la valquiria en estos Wagner Days del 2026, Magdalena Anna Hofmann, soprano austriaca que había recreado una gran Sieglinde un día antes en Die Walküre y que en Siegfried se mostró más lírica y ensoñadora que la descollante e impetuosa valquiria de Elisabet Strid el día 26. El inflamado dueto de Magdalena Anna Hofmann y Magnus Vigilius rubricó un final de Siegfried que diríamos de disco, cual si escuchásemos una grabación en estudio por la perfección de cantantes, orquesta y dirección, así como por la nitidez con la que se escuchó cada elemento en la Sala Nacional de Conciertos Béla Bartók.
Fue por ello que, cuando al acabar un Siegfried que quizás haya sido el punto más alto de este Anillo del Müpa los intérpretes salieron a saludar, los mayores aplausos se los llevaron tanto Ádám Fischer como un Magnus Vigilius exultante al escuchar la ovación a él dirigida, y que debe encaminarlo hacia un Siegfried en Bayreuth, festival donde ya ha dado vida a Froh, en Das Rheingold, y a Walther von der Vogelweide, en Tannhäuser.
Paco Yáñez
Fotos: János Posztós – Müpa Budapest


