BUDAPEST / La impetuosa ‘Valquiria’ de Ádám Fischer

Budapest. Müpa. 26-VI-2026. Bryan Register (Siegmund), Albert Pesendorfer (Hunding), Tomasz Konieczny (Wotan), Magdalena Anna Hofmann (Sieglinde), Elisabet Strid (Brünnhilde), Atala Schöck (Fricka), Zita Váradi (Gerhilde), Beatrix Fodor (Ortlinde), Gabriella Fodor (Waltraute), Szilvia Szilágyi (Schwertleite), Gertrúd Wittinger (Helmwige), Éva Várhelyi (Siegrune), Erika Gál (Grimgerde), Zsófia Kálnay (Rossweise). Orquesta Sinfónica de la Radio Húngara. Director musical: Ádám Fischer. Director de escena: Hartmut Schörghofer. Richard Wagner: Die Walküre.
Como ya señalamos en nuestra primera crítica dedicada a este segundo Der Ring des Nibelungen (1851-74) en los Wagner Days del Müpa de Budapest (ciclo que tuvo lugar entre los días 25 y 28 de junio de 2026), éste es el último Anillo que Ádám Fischer conducirá tras toda una carrera dedicada a la música de Richard Wagner, alcanzando un total de hasta ciento dieciocho representaciones por él dirigidas en unos Wagner Days que en 2026 celebran sus dos primeras décadas de existencia; celebración que se suma a los ciento cincuenta años que este verano se cumplen del estreno del Anillo al completo en Bayreuth: dos motivos que han llevado al principal festival wagneriano de Hungría a redoblar sus medios y su calidad, redondeando un Rheingold soberbio que tuvo su continuación en una Die Walküre (1851-56) que corrió por análogos derroteros, con una total transparencia orquestal, un balance vocal-instrumental exquisito y una concepción de la acústica del Müpa pensada específicamente para cada ópera por Ádám Fischer; en esta ocasión, más directa e impactante, para adentrarnos en la virulencia y en los conflictos emocionales de esta Valquiria tan disfrutable como un día antes lo había sido el prólogo de Der Ring des Nibelungen.
Algo que, sin embargo, ha ido in crescendo en cada nueva jornada de este Anillo aquincense, fueron las ovaciones que a Ádám Fischer le tributó el público de Budapest, más propias de un final de concierto que de la salida al foso de un director que pareció contagiarse de esa energía transmitida por los aplausos, pues la tempestuosa introducción del primer acto desató una furiosa tormenta tan bien matizada como todo lo escuchado un día antes en su dirección de Das Rheingold, manejando con exquisitez los reguladores dinámicos para que pareciésemos golpeados por sucesivas oleadas de vientos y copos de nieve, así como con una disposición del metal que, emplazado a izquierda y derecha del foso, produce un efecto envolvente que se redobla gracias a la impactante acústica del Müpa, confiriendo una sensación más inmersiva a este comienzo de Die Walküre que el director de escena austriaco Hartmut Schörghofer remeda visualmente con una paralela tormenta de nieve en la montaña, filmada en un plano subjetivo que confiere aún más verosimilitud a ese adentrarse en el ojo de la tempestad por parte de un Siegmund en camino a ese juego de equívocos y encuentro con su destino que sería el primer acto.
Para remarcar ese cambio de ambiente entre el inhóspito exterior azotado por la tormenta y el interior de la casa de Sieglinde, Ádám Fischer marca un acusado cambio de tempo, que depara un dúo vocal repleto de melancolía y sutil insinuación del creciente deseo, con un grave Siegmund a cargo del heldentenor estadounidense Bryan Register (más tenor que helden en Budapest) y una Magdalena Anna Hofmann que nos ha regalado una soberbia Sieglinde, lírica e impecablemente acompañada por las cuerdas de la Orquesta Sinfónica de la Radio Húngara, en lo que fue otra de las señas de identidad de este último Anillo de Ádám Fischer: el extremo cuidado que el director magiar confiere a cada voz, línea prosódica y planos de relieve desde el foso del Müpa.
Frente al embelesado ambiente que Register, Hofmann y Fischer crearon en el dueto, la entrada del Hunding encarnado por el bajo austriaco Albert Pesendorfer es aguerrida y heráldica, marcada en la orquesta por un reforzado vigor de un metal que anticipa las ínfulas guerreras del personaje y, en lo escénico, por un cortejo de perros (bailarines con máscaras de cánidos) que acompañan a un Pesendorfer soberbio (que volvería a triunfar en este Anillo del Müpa con su impresionante Hagen en Götterdämmerung). Frente a sus crecientes sospechas y enojo, mostrados con una presencia escénica sombría y arrogante, el relato de Bryan Register de las desventuras de Siegmund fue conducido de un modo lento y sombrío, con ciertos desajustes en la dicción del tenor americano, que fue arrastrado por la orquesta con una tensa armonía que anticipa su catástrofe.
Es, por ello, que el reto de Hunding, pronunciado tras un abismático silencio, cambia totalmente el ambiente desde el embeleso en la fascinación erótica entre Siegmund y Sieglinde, así como en la expectación creada a través de las revelaciones de los cambiantes nombres del welsungo, pasando progresivamente del lirismo a la brutalidad e imponiéndose aquí claramente el Hunding de Pesendorfer sobre el más timorato Siegmund de Register, con una tensión proliferante y un tratamiento orquestal camerístico para adaptarse de forma más precisa a cada temperamento vocal en escena. Sin embargo, se permite el Siegmund de Bryan Register una marcada exaltación en su episodio de la espada, pasando progresivamente del hielo a la primavera en las pantallas (en correlación con texto wagneriano), a las que se asoma el fruto prohibido, la intuición de un amor incestuoso. La final revelación de Siegmund la acompaña Hartmut Schörghofer de un abrasador fuego en su escenografía, con la apertura de los horizontes, así como de un pasado que se revela ya sin subterfugios a través del vínculo con Wälse y su legado en Nothung, abriéndose también el sonido de la Sinfónica de la Radio Húngara, para dejarnos un final de primer acto encendido en el que Fischer no deja de diseminar atisbos de una inestabilidad armónica que anuncia que, bajo esa radiante salida del sol, se agazapan sombras que pronto harán sucumbir al dúo de amantes.
En una Walküre que, como sostenía nuestro compañero Ángel Fernando Mayo, es la más pasional y arrebatada de las cuatro óperas del Anillo, la introducción orquestal del segundo acto fue de nuevo conducida con una energía desbordante por Ádám Fischer, remarcando los efectos espaciales gracias al desdoblamiento del metal y enfatizando un tema de las valquirias que asume en plenitud la soprano sueca Elisabet Strid, primera de las tres cantantes que darían vida a Brünnhilde en estos Wagner Days del Müpa, cada una de ellas con una personalidad diferente que, aunque rompen un tanto la continuidad del personaje, se han amoldado pertinentemente a los sucesivos momentos vitales y emocionales de una Brünnhilde que Strid introdujo en escena de forma torrencial, con unos reforzados portamenti que después asumirían, a coro, sus hermanas, confiriendo unidad a las valquirias y una paleta vocal asentada en unas prestaciones técnicas y en unos timbres idóneos en cada una de ellas.
Frente a la impetuosa entrada de Elisabet Strid, una de las más descollantes de este Anillo magiar y que la sitúa en la estela de su compatriota (y valquiria por antonomasia) Birgit Nilsson, el Wotan de Tomasz Konieczny (como ya señalamos en Das Rheingold, uno de los triunfadores de estos Wagner Days) se podría calificar de realista ingenuo y juguetón, frente al realismo burgués de una Atala Schöck nuevamente imperiosa como Fricka, sin asomos de displicencia ante Wotan en su defensa de los vínculos matrimoniales entre Hunding y Sieglinde (a pesar de su retorcido origen). Es un contraste en actitud y presencia vocal que Ádám Fischer vuelve a reforzar desde el foso, con un despliegue firme e imperioso para acompañar a Fricka, mientras que para Brünnhilde, tras su rotunda entrada, va reservando una mayor ternura y levedad: ésa que en las pantallas nos muestra la naturaleza en las montañas que los dioses habitan.
Al igual que en el prólogo del Anillo, Tomasz Konieczny nos vuelve a dejar en Die Walküre un Wotan de delicados sentimientos, cada vez más humano, no sólo en su voz, sino en los gestos del bajo-barítono polaco, progresivamente atribulado al comprobar la merma de su poder ante la complejidad de las circunstancias que lo rodean. La sumisión de Wotan ante la inapelable Fricka de Atala Schöck se corresponde en la escenografía de Schörghofer con la transformación de las montañas en un paisaje de ruinas: intuición del ocaso de los dioses que desborda en la Sinfónica de la Radio Húngara un pasaje orquestal apabullante para acompañar a Wotan en su creciente pesimismo existencial, pasando de un pathos trágico a una mayor distensión al recapitular el argumento de Das Rheingold, muy sutil y prácticamente en parlato por parte de Konieczny, con un comedido acompañamiento de Ádám Fischer en el que la orquesta va lanzando ecos y los leitmotivs que evocan musicalmente lo narrado por Wotan de un modo tan ejemplar.
En un nuevo giro de los muchos y bien traídos que Tomasz Konieczny ha imprimido a su personaje, la renuncia de Wotan, su «das Ende, das Ende!», lo conduce a una abatida desesperación, convertida por el bajo polaco en un abrumador colapso de la voluntad y en un genuino deseo del fin del mundo, dando sentido a las ruinas que en pantalla veíamos al mismo tiempo y llevando Konieczny su Wotan a lo colérico, al cargar en Brünnhilde la frustración acumulada tras su discusión con Fricka, mostrándose ahora en volumen vocal (y en refuerzo por parte de la orquesta) de un modo acongojante. Sus vigilantes cuervos llevarán la escenografía a negro, adentrándonos en un laberinto (de pasiones) al fondo del cual, ya en la tercera escena, nos reencontramos con Siegmund y Sieglinde, para pasar de lo mayestático al amor entre los hermanos welsungos, en un planteamiento en el que Ádám Fischer prefigura lo que sería la inmediata Tristan und Isolde (especialmente, en el cromatismo de cuerdas y maderas), por su unión de erotismo, éxtasis y muerte, algo que los húngaros pueden comprender mejor que en otras lenguas, dado que las palabras ölés (asesinato) y ölelés (abrazo) comparten la misma raíz: antesala del final de Siegmund ya puesta de especial relieve por Fischer al conferir mayor volumen en metal y percusión a la anticipación de la marcha fúnebre de Siegfried, que escuchamos mientras los amantes descansan, volviendo a evidenciar el modo tan entrelazado y compacto en que Fischer ha desarrollado su último Anillo.
La cuarta escena del segundo acto nos vuelve a dejar otro soberbio trabajo vocal de Elisabet Strid, cuya Brünnhilde se convierte en voz del destino, inicialmente (como Erda en Das Rheingold) no visible y desde fuera de escena, en la lejanía de su cueva: otro acierto, por el balance entre planos, del planteamiento acústico desarrollado por Ádám Fischer en el Müpa. Su promesa del Walhall a Siegmund y la renuncia de éste vuelven a mostrar a dos cantantes que redundan en la humanidad de sus personajes, con sus debilidades y anhelos, sabedores, ambos, de lo que sus decisiones les depararán. La quinta escena ha sido descollante, plena de furor orquestal y consolidación del motivo de la muerte, con la renuncia de una implacable Brünnhilde de Elisabet Strid y un duelo entre Bryan Register y Albert Pesendorfer en el que, como en el libreto de la ópera, este último salió victorioso en el Müpa, tanto por prestaciones vocales como por presencia actoral, dejando su Hunding noqueado al Siegmund de Bryan Register. Con un Tomasz Konieczny de nuevo imponente como Wotan colérico, sobreponiéndose incluso a una orquesta en estado de gracia y máxima tensión, concluyó un segundo acto repleto de matices, buen fraseo instrumental y unas voces, en general, apabullantes que nos han dejado unas recreaciones de Wotan, Brünnhilde y Hunding impecables.
El comienzo del tercer acto nos condujo a ese momento estelar por antonomasia que es la Cabalgata de las valquirias, pasaje popular donde los haya de Die Walküre (si tal cosa sigue siendo así hoy), que escuchamos con una orquesta progresivamente inflamada al desarrollar el motivo Walkürenritt y con un octeto de femenino fastuoso, retomando los portamenti ya expuestos por Elisabet Strid en su primera aparición y que sus hermanas convertirán aquí en un festín polifónico en ocho capas de inmaculada perfección técnica y belleza en el timbre que abarca su arco desde las sopranos a la contralto, tan inflamado en el octeto magiar y proyectado soberbiamente por la Sinfónica de la Radio Húngara. Otro pasaje a destacar en esta primera escena es el diálogo entre Brünnhilde y Sieglinde, comprensivo y cálido en ambas cantantes, como emotiva es la petición de clemencia por parte de la valquiria e impresionantes son los diálogos y diferentes estructuraciones polifónicas en el coro de sus hieráticas hermanas.
Infructuoso, resulta todo ello, ante un Wotan que Tomasz Konieczny vuelve a convertir en autoridad implacable en los pasajes en los que se desafía abiertamente su autoridad, imponiéndose a Brünnhilde tanto en voz como en presencia escénica. Ahora bien, el de Konieczny es un Wotan (ya lo señalamos en Das Rheingold) profundamente cambiante en función de cada momento del Anillo y de las relaciones que en sus óperas se establezcan, y al mostrar su cariño a Brünnhilde desborda ternura, pese a la desobediencia de su hija, dejándonos un beso paterno-filial que, como el escritor húngaro Sándor Márai decía en su novela A gyertyák csonkig égnek (El último encuentro, 1942), «es también una respuesta —a su manera distorsionada y tierna— a una pregunta que no se puede formular con palabras».
Tras la tan emotiva y cálida despedida de Wotan a su hija, un Loge encarnado por uno de los demonios-bailarines que ya habíamos visto en Rheingold prendió las llamas que habrían de rodear a Brünnhilde, con su correspondiente correlato visual en la escenografía de Hartmut Schörghofer: danza del fuego que, tras un más inflamado despliegue de maderas y metales, se condujo a un serenísimo final, sin estridencia alguna a nivel musical en su relación con el destino plenamente consciente que cada uno de los personajes había asumido con sus respectivas acciones a lo largo de la ópera, tan bien expuestas por un elenco vocal nuevamente muy equilibrado y compacto, así como premiado por el público que prácticamente volvió a llenar la Sala Nacional de Conciertos Béla Bartók (corazón del Müpa Budapest) con otra prolongada ovación de diez minutos que sonó especialmente atronadora cuando Ádám Fischer subió a escena para acompañar a músicos y bailarines.
Paco Yáñez
Fotos: János Posztós – Müpa Budapest


