BUDAPEST / Ádám Fischer rubrica en el Müpa su último ‘Anillo del nibelungo’

Budapest. Müpa. 28-VI-2026. Stefan Vinke (Siegfried), Birger Radde (Gunther), Jochen Schmeckenbecher (Alberich), Albert Pesendorfer (Hagen), Daniela Köhler (Brünnhilde), Lilla Horti (Gutrune), Szilvia Vörös (Waltraute), Erika Gál (Primera Norna), Andrea Szántó (Segunda Norna), Andrea Brassói-Jőrös (Tercera Norna), Orsolya Sáfár (Woglinde), Gabriella Fodor (Wellgunde), Zsófia Kálnay (Flosshilde). Coro de la Radio Húngara. Coro Masculino Nacional de Hungría. Orquesta Sinfónica de la Radio Húngara. Director musical: Ádám Fischer. Director de escena: Hartmut Schörghofer. Richard Wagner: Götterdämmerung.
Tras unas soberbias Das Rheingold, Die Walküre y Siegfried, de cuyas bondades escénicas y musicales ya les hemos dado cumplida cuenta en Scherzo, el segundo ciclo de Der Ring des Nibelungen (1851-74) dirigido por Ádám Fischer en los Wagner Days del Müpa llegó a su fin en Budapest con Götterdämmerung (1848-74). Ese final de ciclo lo fue, además, por partida doble, pues se trata del último Anillo que Ádám Fischer ha dirigido, tras ciento dieciocho representaciones por él conducidas en un festival en el que no dejará, en todo caso, de dirigir la música de Richard Wagner, pues en 2027 bajará de nuevo al foso del Müpa para ponerse al frente de Tristan und Isolde.
Sin embargo, para tamaño esfuerzo como el que supone dirigir las cuatro óperas del Anillo, en cuatro días consecutivos y en dos ciclos completos (entre los días 18 y 28 de junio), considera Fischer que sus setenta y seis años piden ya una retirada, de forma que su último Ring fue vivido por el público del Müpa con sensaciones agridulces: entristecidos, por la despedida de quien ha llevado a sus niveles más altos la música del Anillo en Hungría este siglo; pero, el mismo tiempo, convirtiendo cada entrega de la tetralogía en una celebración por lo que han sido estas dos décadas de Fischer al frente de los Wagner Days, festival en el que completó su primer Anillo en el año 2008.

Ello explica el hecho de que cada salida al foso del director de Budapest se hubiese vitoreado de un modo más propio del final de una ópera, creando un ambiente mágico de comunión entre intérpretes y espectadores que alcanzó su mayor nivel en El ocaso de los dioses; de nuevo, con las localidades de la Sala Béla Bartók prácticamente agotadas.
Como ya les contamos en el prólogo y en las dos primeras jornadas, las líneas maestras de este Anillo aquincense son, en lo musical, su gran equilibrio entre voces y orquesta (gracias a la exquisita dirección de Ádám Fischer y a la extraordinaria acústica del Müpa), así como un elenco vocal muy compacto, con varios cantantes a la altura de lo mejor que hoy podamos escuchar en la música de Wagner; mientras que, en lo escénico, ha primado un ascético minimalismo, desarrollando el austriaco Hartmut Schörghofer una dirección en la que la proyección de vídeo y el juego de luces y colores han seguido fielmente la concepción cromática del propio Anillo, por lo que, como en voces y orquesta, mandó una gran cohesión que en escena se vio simbólicamente multiplicada por la danza y el uso de puntuales recursos como máscaras o algunos de los objetos que forman parte del libreto de Richard Wagner, como la espada, el yunque o la lanza.
Ese cromatismo ha presidido un preludio fastuoso, de gran transparencia y fuerza en una Sinfónica de la Radio Húngara que, como señalamos en Siegfried, alquitara con criterio la evolución orquestal habida en las dos últimas jornadas del Anillo, haciendo resonar aquí los motivos del despertar y la muerte con la mezcla de ambientes antagónicos que confieren al Ring buena parte de su sabiduría y grandeza artística.

Tras un preludio tan firme y bien matizado, a Erika Gál la hemos escuchado hoy mejor, como primera Norna, que en su oscurecida Erda en El oro del Rin, completando Andrea Szántó y Andrea Brassói-Jőrös un trío de Nornas bien equilibrado. En el interludio destacó la cuerda y su primer violonchelo, dejándonos ante la que sería tercera Brünnhilde de estos Wagner Days, Daniela Köhler, soprano alemana de bella voz algo más fría que las cantantes que previamente habían asumido este papel, pero de un fraseo y una técnica impecables. También técnica posee el Siegfried del tenor alemán Stefan Vinke, pero carece de la personalidad vocal de Magnus Vigilius, cuyo soberbio Siegfried un día antes sería imbatible, como la presencia escénica mucho más adecuada para este rol del tenor danés. Es más, Vinke tuvo que forzar su voz en varios pasajes para hacerse audible tanto frente a una imponente Sinfónica de la Radio Húngara como ante una Daniela Köhler con mayor proyección en su dueto, resultando especialmente evocador cómo Ádám Fischer y sus músicos transformaron los motivos del despertar de Brünnhilde para cohesionar este Anillo del Müpa y sus múltiples redes internas.
En el interludio orquestal del viaje de Siegfried volvimos a disfrutar de ese ir y venir de leitmotivs, afianzándose aquí la percusión como había ocurrido en el fuego que en Siegfried rodeaba a Brünnhilde, así como el motivo de la trompa, que concede un realce heráldico a la travesía del welsungo hacia las tierras de los guibichungos. Alcanzado el primer acto, nos reencontramos con Albert Pesendorfer, al que habíamos escuchado como un enorme Hunding en Die Walküre y que en El ocaso de los dioses nos ha dejado un Hagen nuevamente incontestable, con una voz de bajo cavernoso a la que quizás se falte algo de vuelo en el registro agudo, pero capaz de un tenuto digno de destacar, lo que mantiene su fraseo de forma imponente en los diálogos, reforzando su autoridad. A su lado, el Günther de Birger Radde nos ha sonado correcto, sin mayores alardes, pues tanto a él como a Stefan Vinke la orquesta los ha sobrepasado en alguno de sus diálogos; especialmente, en lo que a metales y percusión se refiere.

Es, precisamente, la tierra de los guibichungos uno de los pocos espacios de este Anillo que ha servido a Hartmut Schörghofer para traer a escena algo de nuestro tiempo: un paisaje de rascacielos, quizás para mostrar las relaciones entre el poder financiero y su responsabilidad en la destrucción de la naturaleza, aunque diría que la puesta en escena en Götterdämmerung ha sido, en global, menos inspirada que en las óperas precedentes, abundando las primeras escenas en proyecciones un tanto secas. La tercera escena del primer acto por esos mismos derroteros transitó, con una nueva transición orquestal bien trabajada (enfática en cuerdas y maderas), conduciéndonos a unas alturas rocosas en las que imperan Brünnhilde y una Waltraute impecable en la voz de una Szilvia Vörös (con merecimiento, muy aplaudida) que carga de humanidad a su personaje, mostrándose idónea en dicción, voz y fraseo en una narración del ocaso de los dioses en la que prima la compasión. Su balance con la orquesta, como el escuchado a Brünnhilde, ha sido muy equilibrado, algo a lo que el propio Wagner ayuda, con un acompañamiento más lírico y menos cargado de metal y percusión que en los testosterónicos personajes masculinos. El camelo de Siegfried y Günther en el final del primer acto resultó modélico, con una Daniela Köhler que aquí se impuso tanto vocal como actoralmente, rubricando la Sinfónica de la Radio Húngara el final de un primer acto en el que, precisamente, la orquesta magiar nos dejó lo mejor a nivel musical.
Alcanzado el segundo acto, de nuevo hemos escuchado a un Jochen Schmeckenbecher cuyo tercer Alberich ha estado a la altura de los dos primeros, siendo uno de los cantantes de este Anillo que más matices y perfiles ha dejado con una voz de barítono, cambiante y maliciosa, que da perfecta muestra del progresivo desquiciamiento de Alberich a medida que pasa el tiempo y acumula frustraciones. A Schmeckenbecher sí lo ha acompañado aquí la danza: un cortejo de negros bailarines que, como en la introducción orquestal, hacen que prime la oscuridad, sobre la que un Hagen imponente llama a los guibichungos a las armas, con unos metales espacializados en los balcones del Müpa que me han recordado a las partituras de György Kurtág que aquí escuchamos el pasado mes de febrero en el festival por su centenario. Si la música de Kurtág, en piezas como Grabstein für Stephan, era lacónica, fúnebre y desolada, en esta llamada a la guerra el Müpa se convirtió en una imponente y acongojante polifonía militar, como lo fue la entrada del coro, de voces inflamadas y un equilibrio con el Hagen de Albert Pesendorfer y la orquesta ideales, sin que aquí se haya dado problema alguno para disfrutar por completo de cada plano vocal, coral e instrumental.
En la pantalla, el equipo del Szupermodern Filmstúdió Budapest (obligado es reconocer su labor en todo este Anillo) nos ofreció una sobrecogedora imagen de combatientes con máscaras antigás, en lo que parecía un pelotón de la Primera Guerra Mundial (aquélla que desmembró al Imperio austrohúngaro). También en este acto nos hemos reencontrado con Lilla Horti como una notable Gutrune, aunque nos había gustado más como Freia, mostrándose aquí más comedida que como diosa. La que no se anduvo con miramientos al descubrir a Siegfried y al anillo fue la Brünnhilde de Daniela Köhler: arrebatadora, histriónica y de una violencia en su voz que contagió a una orquesta que lindó un expresionismo más propio del siglo XX (por algo tantos transformadores de la música en dicha centuria admiraron como lo hicieron Götterdämmerung: desde Gustav Mahler a Alban Berg, pasando por un Arnold Schoenberg de cuyas lecciones wagnerianas bien aprendidas son los Gurrelieder el mejor ejemplo).

Dentro de tal exuberancia y dolor orquestal como el que Brünnhilde desplegó al conocer la traición de Siegfried, el metal vuelve a tomar un gran protagonismo, entrelazado con las ínfulas guerreras de los coros, cuyo despliegue triangular sobre el escenario creó una presencia polifónica superlativa y un efecto de espacialización en torno a las voces principales dramatúrgico y torrencial, todo ello multiplicado por la vigorosa concepción acústica ideada por Ádám Fischer para la tercera jornada del Anillo. Con tal refuerzo en voces y orquesta, de nuevo Daniela Köhler estuvo muy por encima de Stefan Vinke en sus respectivos juramentos, tanto en la voz como en el acompañamiento de la orquesta a la soprano alemana, mejor fraseado a tempo y en una línea prosódica más afín.
Y, así, llegamos al tercer acto, a ese «Bravío valle boscoso y rocoso junto al Rin» —tal traducía Ángel Fernando Mayo—, en el que a las hijas de Rin les dieron vida las mismas cantantes que en Das Rheingold, nuevamente destacando la Woglinde de Orsolya Sáfár. En el preludio, sobresalió el juego de planos en eco del metal y, en la escena, la vuelta de las ondinas a la pantalla. En su espejo acuático se han reflejado los rascacielos que ya habíamos visto anteriormente, conduciéndonos la escenografía y la orquesta hacia un asesinato de Siegfried brutal, pleno de impacto en la percusión al clavar Hagen su lanza en la espalda del welsungo. La presencia del motivo de la muerte lo invade aquí todo, y, como en otros momentos de este Anillo del Müpa en los que la muerte viene de manos del mal, un demonio-bailarín salió a escena para personificar las negras sombras que mueven a varios de sus personajes. En la agonía de Siegfried resulta nuevamente conmovedor cómo Ádám Fischer confiere una presencia ecoica y sutil al tema del despertar de Brünnhilde, tan delicado en maderas, cuerdas y arpas, alcanzando una marcha fúnebre que me ha recordado a la legendaria de Sir Georg Solti al frente de la Filarmónica de Viena (Decca, 1964), por su solemnidad e impacto orquestal. Dado que a Ádám Fischer lo podíamos ver desde nuestra butaca ligeramente de perfil, era evidente en su rostro y en sus gestos la emoción de dirigir, por última vez, el que es uno de los pasajes orquestalmente culminantes del Anillo; de ahí, el arrojo con el que lo ha conducido, como marcha fúnebre que, al mismo tiempo, lo era para toda una carrera al frente de la tetralogía wagneriana. Sublime.

La muerte de Siegfried desata a Pesendorfer en su abrumador Hagen, pleno de furia y poder, creciendo aquí la Gutrune de Horti en expresividad, mientras que, en escena, la presencia de un hombre ahogado entre los reflejos de los tótems acristalados del capital redobla las lecturas socioeconómicas en la escenografía de Hartmut Schörghofer, haciendo buenas las palabras de nuestro compañero Ángel F. Mayo, cuando afirmaba que Hagen representaba el summum de la codicia política en Götterdämmerung, algo que se redobló orquestal, vocal y actoralmente en su sañudo asesinato de Günther.
Frente a todo ello, la inmolación de Brünnhilde conduce a este decimoséptimo Anillo de los Wagner Days a su final purificación, desde los abismos del deseo y la codicia en los que había nacido y se fue desarrollando, hasta su final capacidad de entrega y redención, momento en el que la proyección de vídeo excede la pantalla y alcanza al conjunto del escenario y al propio órgano del Müpa, con una Daniela Köhler imponente, como la Orquesta Sinfónica de la Radio Húngara, que progresivamente nos llevó a la total oscuridad (como en la propia sala), dirigiendo Ádám Fischer los últimos compases con una luz led, todo ello medido con la precisión que había desplegado desde esa misma oscuridad en la que había surgido esta tetralogía tres días antes.

Tras las seis horas y media que habían pasado desde que al Müpa habíamos entrado, los mayores aplausos fueron para Albert Pesendorfer, Jochen Schmeckenbecher, Daniela Köhler y, por encima de todos, para un Ádám Fischer que tuvo que salir a escena en solitario después de una ovación de doce minutos, para así recoger la admiración de su público (acompañándolo sobre el escenario la Sinfónica de la Radio Húngara al completo —cuestión del todo infrecuente en una ópera y que da la medida del momento vivido—). La de Fischer es una concepción profundamente humanista del Anillo que muestra la intemporal vigencia de esta cumbre de la cultura universal, en un tiempo en el que vivimos zarandeados por nefandos personajes que parecen salidos de los abismos de Nibelheim y sus insidias avariciosas. Como la tetralogía wagneriana y su ocaso final, el Müpa de Budapest tiene su fachada principal orientada hacia la puesta de sol, hacia un occidente con el que ha de reencontrarse, tras haber defenestrado a su último Alberich. La Unión Europea no puede concebirse, ni musical ni culturalmente, sin Hungría; como Hungría no puede vivir de espaldas a la Unión Europea y a nuestros valores en común. Que éste haya sido, por tanto, un anillo de compromiso con Europa.
Paco Yáñez
Fotos: Attila Nagy – Müpa Budapest


