BUDAPEST / György Kurtág, cien años en diálogo con la historia

Budapest. Müpa. 19-II-2026. Víkingur Ólafsson y Halla Oddný Magnúsdóttir, piano. Csaba Klenyán, clarinete. Máté Szűcs, viola. Pablo Márquez, guitarra. Danubia Zenekar. Director: Markus Stenz. Obras de György Kurtág.
El pasado 19 de febrero, György Kurtág se convirtió en el primer gran compositor europeo en alcanzar los cien años de edad. Para festejar tan señalado aniversario, el Budapest Music Center, en colaboración con diversas instituciones húngaras, como el Müpa Budapest, la Academia Ferenc Liszt, la Casa de la Música Húngara o el Instituto de Musicología, ha organizado el festival Kurtág 100, que está teniendo lugar del 15 al 28 de febrero de 2026, subiendo a los escenarios de la capital húngara a un buen número de los intérpretes más cercanos a Kurtág en la actualidad, para así rendir tan merecido homenaje al ya centenario maestro.
Además de los conciertos propiamente dichos, el Kurtág 100 Fesztivál nos propone todo un cartel de eventos que incluyen conferencias, exposiciones o el que fue, el pasado 18 de febrero, el estreno de Kurtág Fragments (2025), una excelente y poética película de Dénes Nagy que en sus casi dos horas de duración fluye con un pulso genuinamente musical en el que vemos la cotidianeidad de György Kurtág y cómo éste guía los ensayos de músicos como Pierre-Laurent Aimard, Benjamin Appl o Víkingur Ólafsson con una exigencia, una sabiduría y una vitalidad envidiables para un hombre que vino al mundo cuando Alban Berg completaba la Suite lírica.
No es baladí, el remitirse aquí a la historia (aunque, en lo que a la Segunda Escuela de Viena se refiere, la cercanía de Kurtág es mayor con Anton Webern), pues, buenos conocedores como lo son de la querencia de Kurtág por los grandes compositores del pasado, los organizadores del festival han incluido en el programa de sus conciertos a toda una galería de creadores con los que Kurtág tiene una especial afinidad, como Bach, Haydn, Mozart, Beethoven, Schubert, Schumann o Bartók, entre otros.
El concierto del jueves 19 (celebración del centenario de Kurtág que despertó una gran expectación en Hungría, con todas las entradas vendidas desde días antes) comenzó, precisamente, con varios de esos diálogos históricos en manos del pianista islandés Víkingur Ólafsson, actual artista residente en el Müpa de Budapest que lleva años trabajando con György Kurtág, por cuya música siente una marcada afinidad (como nos explicó un día antes en el coloquio celebrado tras el estreno del documental de Dénes Nagy). En la selección de Játékok (1973…) y transcripciones con los que abrió el programa, se mostró Ólafsson especialmente poético y delicado, con un piano (de cola, en la primera parte) repleto de ecos y silencios, ya sea en las piezas en solitario, ya a dúo con Halla Oddný Magnúsdóttir, incluyendo una de las obras más bellas e intemporales que Kurtág haya escrito: su transcripción del año 1985 para piano a cuatro manos de la Sonatina de la cantata Gottes Zeit ist die allerbeste Zeit, BWV 106 (c. 1707) de Johann Sebastian Bach; en el caso de la pareja islandesa, más articulada y con mayor acentuación (especialmente, en la primera voz de Halla Oddný Magnúsdóttir, cuyo pianismo nos remite al clave) que en las tan cálidas y fluidas versiones del matrimonio Kurtág, intérpretes por antonomasia de esta transcripción.

Como parte del recital pianístico con el que se abrió el programa, quiso Víkingur Ólafsson incluir un regalo de cumpleaños para György Kurtág: su transcripción del Aria de la Suite para orquesta nº 3 en Re mayor, BWV 1068 (c. 1730) de Johann Sebastian Bach, pieza de compleja traslación a otra plantilla instrumental, algo en lo que hasta Gustav Mahler patinó en su día y en la que Ólafsson, queriendo acercarse al estilo de los Játékok, peca en diversos momentos de un esteticismo y de un ornamento algo impostados, frente a lo que es el universo tan ascético y esencializado del propio Kurtág, siempre más cercano al espíritu de las partituras originales (además de un artista capaz de disolver su ego en ellas, mientras que esa presencia del yo se encuentra (¿todavía?) más inflamada en el joven y glenngouldiano pianista islandés).
Otro diálogo histórico, de nuevo en el formato que más gusta a Kurtág: el arreglo para piano, nos condujo a la parte propiamente camerística del programa, con el Adagio del Cuarteto de cuerda en Sol mayor, op. 76 nº 1 (c. 1797) de Joseph Haydn como puente musical, tocado de forma nuevamente muy refinada por un Ólafsson a quien se unirían Csaba Klenyán (clarinete) y Máté Szűcs (viola) para continuar sus fértiles diálogos históricos, con la evocación de Robert Schumann en Hommage à R. Sch., op. 15d (1990), trío kurtagiano en el que coexistieron dos formas muy diferentes de entender la música del compositor nacido hace cien años en Lugoj: por una parte, con clarinete y viola de raíz más genuinamente magiar, dada una articulación del fraseo que es directa impronta del idioma húngaro; por otra, con un piano que continúa el estilo antes mostrado en los Játékok, de impecable técnica en una aproximación más ‘internacional’ y evocadora de la influencia de los grandes maestros occidentales que tanto han influido a Kurtág, como el propio Schumann. El excepcional trabajo del violista Máté Szűcs merece una mención muy especial en esta versión del Hommage à R. Sch.

Siguiendo la lógica de crecimiento de las respectivas plantillas instrumentales que han articulado este concierto (hasta su final vuelta al Aleph del piano), del trío pasamos al ensemble, con una de las partituras más importantes de György Kurtág en dicho medio, su ‘concierto’ para piano …quasi una fantasia…, op. 27/1 (1987-88). Obra dedicada a dos de los más grandes intérpretes que Kurtág haya tenido (ambos, tristemente ya fallecidos), Zoltán Kocsis y Péter Eötvös, cualquier aproximación fonográfica a …quasi una fantasia… —incluso, la que tiene a Kocsis y a Eötvös como protagonistas (col legno, 1993), o la soberbia de Eötvös con el Ensemble Modern (Sony, 1990)— es un pálido reflejo de lo que esta página espacializada en diálogo con Ludwig van Beethoven lo es en vivo, dispersos como lo estaban los músicos de la Orquesta Danubia por las balconadas de la Sala Nacional de Conciertos Béla Bartók.
La excelente acústica del principal auditorio del Müpa ha sido la gran baza de esta impresionante audición en vivo de una obra cuyo sonido nos rodea y absorbe, mostrando la gran influencia que en el pensamiento de Kurtág tuvo la vivencia del Gruppen (1955-57) de Stockhausen. En el caso de …quasi una fantasia…, el piano es la alfaguara de la que brota esta obra sombría y crepuscular, de una belleza enigmática, habiendo estado en los sucesivos intercambios y variaciones de motivos entre el piano y los grupos instrumentales espacializados uno de los aspectos más atractivos y logrados de esta versión con Markus Stenz en la dirección. Muestra siempre el alemán un profundo conocimiento de la estética kurtagiana (director, como lo fue, del estreno mundial de Fin de partie [2010-17] en La Scala de Milán), algo que en …quasi una fantasia… se evidencia en el gran protagonismo que ha concedido al piano de Víkingur Ólafsson, para que así fuésemos conscientes de cómo los continuos flujos de sonido en el espacio tienen en dicho piano su centro de gravedad, mostrando más suspensión del tempo estas partes pianísticas (de color más obscuro), mientras que en los compases en los que los grupos instrumentales sobre el escenario y en los balcones se independizan, Stenz da una vuelta de tuerca en violencia e incisividad a sus materiales desde el ensemble, aunque no se llegase a alcanzar la superlativa calidad y definición de las versiones grabadas por Péter Eötvös, mostrándose más contenida la joven plantilla de la Orquesta Danubia.
Avanzando un paso más en el crecimiento del volumen instrumental desplegado en la Sala Béla Bartók (en un programa cuya exquisita elaboración era una obra musical en sí misma), tras el intermedio, la segunda parte del concierto estuvo dedicada a la música orquestal de György Kurtág, más escasa que su obra de cámara, pero tan confesional como esta última. De ello es un buen ejemplo la elegíaca Grabstein für Stephan, op. 15c (1978-79, rev. 1989), partitura para guitarra y orquesta espacializada escrita en memoria de Stephan Stein, cantante y pareja de Marianne Stein, la psicóloga del arte que trató a Kurtág durante su estancia del año 1957 en París a raíz de lo que el musicólogo Gergely Fazekas (que presentó todos los conciertos en los días centrales de este centenario) define como el «colapso mental, político y artístico» sufrido por Kurtág tras la fallida Revolución húngara de 1956 (hecho que vuelve a evidenciar la tan longeva existencia de Kurtág, pues contaba el compositor ya treinta años por aquel entonces).

Como en …quasi una fantasia… una década antes, en Grabstein für Stephan Kurtág dispersa a los músicos por la sala de conciertos, mientras que una guitarra sola, la del argentino Pablo Márquez (exalumno de Péter Eötvös, entre otros), rasga sus cuerdas al aire como motivo primordial desde el que surge la orquesta, ya sea creando un eco de esa escala tan desnuda y esencial, ya contraponiéndole un medioambiente musical de una ferocidad acongojante, que satura el espacio acústico con instrumentos en fortissimo tan sorprendentes como las bocinas de gas: representación de lo efímero y lo mundano (aspecto, éste, en el que hemos echado algo en falta lo orgánico de las versiones dirigidas por Péter Eötvös (col legno, 1993), Claudio Abbado (DG, 1996) o Reinbert de Leeuw (Etcetera, 1996; ECM, 2016); en parte, por la enorme calidad de las orquestas allí involucradas, aunque esta versión húngara nos ha ofrecido una vivencia del espacio tan impresionante como programática). Punteada por diferentes disoluciones del motivo germinal de la guitarra, la obra avanza cual descenso al reino de las sombras, espoleada por los golpeos de la existencia, entre el tenebrismo y la búsqueda de una luz que tantas veces lo agresivo de nuestros contextos vitales empobrece y apaga.
El último peldaño en el crecimiento del orgánico instrumental se alcanzó con la segunda partitura orquestal que de György Kurtág escuchamos el pasado 19 de febrero, una obra que, de nuevo, presenta un intenso halo fúnebre. Se trata de ΣΤΉΛΗ (Stele), op. 33 (1994, rev. 2003/2006), página escrita en memoria del compositor, violonchelista y académico húngaro András Mihály (fallecido en 1993) y dedicada a los músicos que en 1994 la estrenaron, Claudio Abbado y la Filarmónica de Berlín.
No ha sido, la de la Orquesta Danubia, una versión tan contundente como la escuchada a los Berliner en su registro con Abbado de 1996 para la Deutsche Grammophon —en la mejor versión fonográfica de Stele que conozca, junto con la de Michael Gielen y la SWR Sinfonieorchester (RCA, 1996)—, pero sí han poblado, bajo la atenta dirección de Markus Stenz, la obra de detalles, ya en un quejumbroso y muy sólido Adagio que han construido como una rarificación armónica expandida desde su acorde inicial emanado como eco de la Obertura Leonore nº 3, op. 72b (1806) de Beethoven, con sus plantos en los vientos, ya en un Lamento – disperato con moto agógico y crepitante, en el que las fuerzas orquestales parecían multiplicarse desenfrenadamente y entrar en colisión, con sus urgencias y desasosiegos. Pero, sin duda, el movimiento más solemne e impresionante de Stele es su final Molto sostenuto, en el que la Orquesta Danubia se convirtió en una gran marcha fúnebre que avanzó paso a paso, a cámara lenta, con toda la implacabilidad de la muerte hecha música en cada uno de sus pulsos entreverados al ir avanzando, como la vida, dejando estelas musicales a su paso.
Tras sondear los abismos de la muerte en su forma orquestal, el programa se cerró ascendiendo de entre sus sombras, pues desde el patio de butacas y hasta el escenario fue elevado el piano vertical que hoy es propiedad del Budapest Music Center y que en su día tocaron en el Carnegie Hall de Nueva York György y Márta Kurtág, cuyas firmas se pueden ver en el frontal del instrumento, inspirando sin duda éstas la interpretación de las mismas obras que habíamos escuchado al comienzo del concierto, ahora tocadas con este pianínón gracias al cual Kurtág nos ha dejado una concepción del sonido a caballo entre un piano, un órgano y un armonio, lo que le confiere su timbre tan especial. Ello cambia el modo en que Víkingur Ólafsson se relacionó con el silencio (menos expansivo, al faltar la resonancia de un gran piano de cola), articulando más su digitación, por lo que sus lecturas se acercaron a las que conocemos al propio Kurtág en dicho instrumento; como también más cercana al matrimonio Kurtág estuvo, en un momento tan emotivo como sublime, la segunda lectura (tras casi tres horas de música) de la Sonatina de la Cantata BWV 106.

Quienes en el pasado tuvimos la fortuna de escuchar en vivo a Márta y György Kurtág tocar esta transcripción, somos conocedores de que su mensaje último es el de que cada uno de nosotros somos historia viva en diálogo con cuantos nos precedieron: esos diálogos que nunca dejan de articular las obras de György Kurtág, incluso sobrepasados ya los cien años. Es curioso que, como los propios Kurtág, sean varios los matrimonios que hayan tocado esta Sonatina recientemente, ya fuesen Haruna Takebe y David Durán el pasado mes de julio en España, ya en febrero los Ólafsson en Budapest. Y es que, si al mundo llegamos con una familia que nos viene dada por los vínculos de la genética, hay otra familia que todos construimos al ir viviendo: familia de afinidades (s)electivas que estructuramos en diálogo con quienes ayer fueron y con quienes hoy somos, y con la que hemos de seguir compartiendo el amor por la música, el arte y la cultura como Márta y György Kurtág lo han hecho con tantos compositores e intérpretes como conforman su progenie musical. La cerrada ovación, ya con György Kurtág sobre el escenario, que rubricó un concierto tan especial como pocos se hayan vivido en Europa en los últimos años mostró, antes de que degustásemos su enorme tarta de cumpleaños como final de fiesta, que todos los allí reunidos éramos, de algún modo, hijos-en-la-música de un Gyuri bácsi («tío György», como se refieren los húngaros con afecto a sus mayores) que tanto nos ha enseñado; entre otras cosas fundamentales, a vivir la historia legando sus mejores frutos a quienes vengan después de nosotros.
Paco Yáñez
(Fotos: Szilvia Csibi – Müpa Budapest)


