SANTIAGO / Las espirales históricas de Pablo González y la Real Filharmonía

Santiago de Compostela. Auditorio de Galicia. 13-III-2025. David Fernández, trompa. Real Filharmonía de Galicia. Director: Pablo González. Obras de Chin, Chabrier, Dukas y Beethoven.
Tras el soberbio concierto que, con Peter Rundel por primera vez al frente de la orquesta, nos ofreció la Real Filharmonía de Galicia (RFG) el pasado 6 de marzo, una semana más tarde regresaba a su podio el ovetense Pablo González, un director que en otoño de 2023 nos había dejado muy buenas impresiones en la que fue su última visita a Santiago, dirigiendo a la RFG en obras de Gerhard, Schoenberg y Dvořák.
Una temporada después, Pablo González nos ha ofrecido un programa muy heterogéneo que, de algún modo, adoptó una forma circular, aunque, por cómo lanza su mirada al pasado la surcoreana Unsuk Chin, casi podríamos decir que ésta es espiral (forma que tanto gustaba a Anton Webern), por la posibilidad de desarrollo en una variación infinita que nos ofrece la primera partitura del concierto, subito con forza (2020).
Cumplido ya el primer cuarto del siglo XXI, Unsuk Chin parece asumir, en varias de sus obras orquestales, el legado de ese gran parafraseador que fue Bernd Alois Zimmermann, aunque la reflexión sobre la historia como materia prima musical también se deba, en el caso de Chin, a uno de sus principales maestros, György Ligeti, dando lugar a los guiños humorísticos y a la excelencia compositiva que escuchamos en partituras como el caleidoscópico diálogo entre estilos y periodos históricos que es Frontispiece (2019), o en la propia subito con forza.
Otra lección, en absoluto menor, que de Ligeti aprendió Unsuk Chin fue la de escribir sus partituras con un grado de claridad y pragmatismo que no ponga en situaciones imposibles a las orquestas, sin que por ello se pierda en audacia artística ni en imaginación tímbrica: razón que, sin duda, está detrás de la gran presencia que la compositora seulense disfruta hoy en tantos auditorios de Europa, Asia y América.
subito con forza es un perfecto ejemplo de esa maestría en la escritura y de ese continuo homenaje a la gran tradición que es la música de Unsuk Chin, desde una personalidad rotundamente propia. Compuesta en el marco del 250º aniversario del nacimiento de Ludwig van Beethoven (lo que confería al programa esa circularidad abierta a lo espiral a la que antes nos referíamos, pues éste concluiría con la música del genio de Bonn), subito con forza comienza citando los tres primeros compases de la Coriolan-Ouvertüre, Op. 62 (1807) en su Allegro con brio inicial (matiz de tempo que Chin extrae, igualmente, de la obertura beethoveniana). Ahora bien, ya en el tercer compás, tras el tutti orquestal en fortissimo (calca aquí también Chin los rangos dinámicos de Coriolano), se comienza a producir la metamorfosis de los motivos originales, con una primera dispersión en percusiones y piano de sonoridad metálica y ecos orientales sobre un pedal de las cuerdas en pianississimo que, fluctuando dinámicamente y ampliando su espectro armónico en las maderas (nuevo deje ligetiano), va conformando los grandes cuerpos discrepantes que se alternan en subito con forza a través de los reguladores de velocidad y dinámica, a partir de los cuales Chin da sentido al título de su partitura, con esas explosiones en las que los cambios en la aceleración y en la intensidad crean formas desde sus matices.
No se agotan en Coriolano las paráfrasis históricas, pues del propio Beethoven se cita en el piano —del compás 87 al 93— el Concierto “Emperador” (1809-11), así como, tras sucesivas transformaciones del tema inicial de Coriolano, dejes que calificaría de schubertianos —con la mistérica densidad en las cuerdas de la Incompleta (1822)—, así como se asomarán el Concierto para piano (1996-97) de la propia Unsuk Chin y el vigor de la Obertura Egmont (1809-10), reforzando las sucesivas referencias a un mismo periodo compositivo beethoveniano.
Tanto en el realce de estas citas como en sus transformaciones dentro del lenguaje de la compositora surcoreana, Pablo González y la RFG han estado muy notables hasta el denso final en las cuerdas, reforzando nuestra sensación de que la RFG es una orquesta cada vez más convincente en este repertorio. Mención muy especial, aquí, para esa enorme pianista que es Haruna Takebe, excelsa en digitación, virtuosismo y adecuación al estilo de las sucesivas citas que despliega su instrumento, de una gran exigencia técnica que Takebe ha resuelto con su perfección habitual.
Tras el breve pero intenso fogonazo de subito con forza, turno fue para dos páginas compuestas para trompa y orquesta; ambas, con el vigués David Fernández como solista: Larghetto (1875), de Emmanuel Chabrier, y Villanelle (c. 1905), de Paul Dukas. El propio Fernández nos contó, en su charla previa al concierto con Pablo González y Sabela García, que no quiso seleccionar partituras demasiado manidas en las salas de conciertos. Ahora bien, ni Larghetto ni Villanelle son dos obras que tengan mucho sentido en una temporada de abono llamada Inconformistas, a la que nada aportan desde su factura tan simple y convencional, retrotrayéndonos su estilo a los años más anodinos de la RFG. Ya que Unsuk Chin abría el concierto, qué buena oportunidad hubiese sido para programar (sin habernos salido del repertorio para trompa y orquesta) el mucho más sustantivo Hamburgisches Konzert (1998-99, rev. 2003) de György Ligeti, página ya programada en Santiago de Compostela, pero en el marco de sus Xornadas de Música Contemporánea (por tanto, con otro público).

Nada que ver, las obras de Chabrier y Dukas, con la excelencia ligetiana, de modo que, pese a las correctas interpretaciones de David Fernández y al empeño de Pablo González y la RFG por insuflarles charme, color y delicadeza melódica, Larghetto y (la algo más interesante) Villanelle sonaron como simples entremeses insustanciales entre los dos platos fuertes del programa, los que cocinaron con más proteínas y condimentos Unsuk Chin y, en la segunda parte, Ludwig van Beethoven.
Coincidiendo con este concierto de la Real Filharmonía, la prensa local señalaba estos días que el gran estanque situado en el exterior del Auditorio de Galicia será objeto de una regeneración integral a lo largo de los próximos meses, con el objetivo de darle nueva vida, retirando del mismo los detritos, los lodos y cuantos sedimentos se han ido acumulando en los últimos años, degradando su naturaleza.
Algo similar podríamos decir que es lo que ha pretendido Pablo González al frente de la RFG en su soberbia dirección de la Sinfonía n. º 3 en Mi bemol mayor, Op. 55 (1802-04) de Ludwig van Beethoven, en la que, sin duda, ha sido una de las mejores y más vigorosas interpretaciones que de la Eroica haya ofrecido la orquesta de la capital gallega en sus casi tres décadas de existencia; una RFG que parecía impulsada por ese retrato psicológico del genio alemán, entre la serenidad contemplativa y el desgarro de la vehemencia, en el que González había convertido previamente subito con forza.
Sin embargo, para encontrar lo más lírico y pausado de su lectura tendríamos que esperar, pues en el inicial Allegro con brio mandó una contagiosa direccionalidad rítmica desde su primer compás, marcando Pablo González un tempo que, en general, fue rápido, así como apoyado en una acerada articulación, en línea con las versiones historicistas, aunque el estilo del director asturiano no se inscriba propiamente en dicha corriente, ni por instrumentos de la RFG ni por sentido de la estructura y el tempo, en manos de González más flexible, informado no sólo por cuestiones metronómicas (asunto siempre complejo en Beethoven), sino por el halo poético de cada movimiento.
En el Allegro con brio, como en toda esta Eroica, destacaron sobremanera las cuerdas de la RFG (soberbias toda la noche, desde Unsuk Chin hasta Beethoven) y el timbal de José Vicente Faus, un percusionista que se encuentra en un gran momento de forma, como ya demostró la semana pasada, bordando el repertorio estadounidense. Así, casi podríamos decir que Faus se convirtió en el alter ego de Pablo González dentro de la orquesta, por cómo ha doblado el pulso desgranado por director, confiriendo un impulso y un punto de sincronía a una RFG en la que en el primer movimiento las maderas han estado muy grises y escasamente fraseadas, sin carácter ni diría que empaste con el resto de la orquesta en el sentido tan realzado con el que González construyó el Allegro.

También con un tempo, en global, ligero, en la Marcia funebre apareció ya un manejo del rubato que desmarca a Pablo González del historicismo en sentido estricto, mostrando la impronta que en el ovetense tienen otras formas de entender Beethoven, como las heredadas del mismísimo Furtwängler. No ha llevado tan lejos González la flexibilidad ni la agógica, pero sí su forma de tratar las cuerdas cual un grupo de cámara, bebiendo de la mejor tradición germánica, a lo que se suma una distribución de la cuerda en escena (con los violines enfrentados a ambos lados del director y los contrabajos tras los violonchelos, entre primeros violines y trompas) que confiere un juego entre las voces mucho realzado e interesante a nivel contrapuntístico. A ello se añadió, de la mano del flautista Laurent Blaiteau, una progresiva entonación de las maderas que nos llevó a dos movimientos finales realmente notables.
En el Scherzo se sumó, para ganar orgánico y un sonido más compacto, un buen trío de trompas, bien timbrado y de sentido muy unitario con la articulación de unas cuerdas sobre las que Pablo González construyó, de nuevo, el movimiento; aunque lo mejor de esta Eroica llegó con un Finale al que difícilmente se le podría poner pega alguna, en toda una lección de dirección y de interpretación de las ideas de Pablo González por parte de la RFG, y no es que tal cosa resultase sencilla, pues lejos de poner una sola marcha o de cortar todo el Allegro molto por un mismo patrón, González no se ha cansado de encontrar matices de expresividad, ambientes y episodios en una Tercera sinfonía que, fiel a su presentación de la misma, entiende como un ejercicio de superación personal del propio Beethoven en el camino de encontrar un lenguaje musical nuevo en la historia de la humanidad.
Soberbia, la introducción del Finale, desvelando ya desde sus primeros compases en la cuerda cómo jugaría con ella a gusto, mostrando desde el lirismo de sus sucesivas variaciones hasta la firmeza de su fuga. Igualmente, en este Allegro molto hemos de destacar al cuarteto de primeros atriles de cuerda, que por color, fraseo y sentido camerístico crearon un momento mágico dentro de esta sinfonía, tendiendo un puente con el último Beethoven: planteamiento que ya había anticipado Pablo González en los primeros compases, por su inventiva en el fraseo y flexibilidad. También apuntó el asturiano algo tan poco habitual en la dirección de las sinfonías de Beethoven como el humor, dejando inflexiones, pausas y sorprendentes cambios de articulación que muestran un desparpajo inherente a lo que, con frecuencia, se convierte únicamente en un ejercicio de heroica autoafirmación personal frente a las penurias personales, artísticas y políticas sufridas por Beethoven.
Precisamente, a la convulsa situación política que hoy vivimos se refirió Pablo González en su charla previa al concierto, poniendo el énfasis en la vigencia y en el valor revolucionario de las sinfonías de Beethoven, que calificó de «regalo maravilloso para muchos políticos», pues para el director ovetense no hay ninguna duda de que «el arte tiene la capacidad de remover conciencias».
A lo que desde luego movió Pablo González fue a la satisfacción tanto del público como de la propia orquesta, pues los músicos de la RFG se sumaron a la enorme ovación recibida por González tras un concierto, en global, nuevamente muy satisfactorio y que nos vuelve a demostrar la importancia de que batutas como Pablo González, Amandine Beyer, Peter Rundel o el propio Baldur Brönnimann sigan consolidando el innegable crecimiento artístico de la orquesta gallega.
Paco Yáñez
(Fotos: Manu Vidal – Real Filharmonía de Galicia)


