SAN SEBASTIÁN / Gli Incogniti y Telemann, maridaje perfecto

San Sebastián. Claustro del Museo de San Telmo. 21-VIII-2026. Quincena Musical. Ciclo de Música Antigua. Gli Incogniti: Amandine Beyer (violín), Manuel Ganatiero (traverso), Baldomero Barciela (viola da gamba) y Anna Fontana (clave). A charming rarity. Obras de Telemann y Haendel.
Ya hemos señalado en otro lugar nuestra admiración y simpatía por Georg Philipp Telemann, reservándole un puesto de honor en el Club de los Compositores Minusvalorados (en adelante CCM). Dos años y medio después del estupendo concierto que nos brindaron L’Apothéose y Dorothee Oberlinger en el Auditorio Nacional, hemos tenido la ocasión de reencontrarnos con un programa en el que Telemann vuelve a ser protagonista, bien es verdad que no absoluto como en el anterior, sino compartiendo cartel con su buen amigo Haendel. La relación entre estos dos compositores era el hilo conductor del programa pero en realidad sólo era el “mcguffin”, el pretexto para poder justificar la música del de Magdeburgo. Y es que, tal y como dijo Amandine Beyer, todavía es difícil que un programador “compre” un concierto consagrado a Telemann, así que hay que acompañarlo de alguien más popular como Haendel en este caso. Entre el público tampoco es un compositor que goce de gran favor, bien por desconocimiento, bien por cierto desprecio o más probablemente por una mezcla de ambas. La realidad es que es difícil encontrar un caso similar en la historia de la música en el que una prolificidad casi inverosímil —estamos hablando de un catálogo de miles de obras— vaya acompañado de una calidad media también difícil de explicar.
Entre todas ellas los llamados Cuartetos de París ocupan un lugar destacable. De hecho, se trata de una de las colecciones de música de cámara más importantes del barroco. En 1737 Telemann emprendió un largamente deseado viaje a París equiparable al que llevará a cabo Haydn décadas después a Londres, en su madurez y cuando era reconocido como un maestro en la Europa de tiempo. Telemann gozaba de una gran reputación en la capital francesa: otra de sus más famosas colecciones, la Tafelmusik de 1733, contaba con numerosos suscriptores allí; circulaban ediciones piratas de sus obras y piezas suyas eran interpretadas en el Concert Spirituel, la institución fundada en 1725 que ofrecía conciertos públicos de música sacra e instrumental durante el periodo de Cuaresma y los días festivos en los que los teatros permanecían cerrados. Durante los ocho meses que permaneció en París consiguió un privilegio real para publicar sus propias obras y entregó varias a la imprenta, siendo los conocidos como Nuevos Cuartetos de París la más importante. Pero si estamos hablando de “nuevos cuartetos”, ¿es qué había unos “cuartetos de París” anteriores? No exactamente. Lo que ocurría es que Telemann había publicado en Hamburgo en 1730 seis quadri —término utilizado para referirse a obras escritas a cuatro partes— para la misma formación (flauta, violín, viola da gamba o violonchelo y bajo continuo) que los que acababa de dar a conocer en París en 1738 y decidió reimprimirlos allí aprovechando el tirón de sus nuevas obras. Así que cuando nos referimos a los Cuartetos de París de Telemann estamos agrupando en realidad dos colecciones separadas por varios años y compuestas en dos ciudades distintas, pero que comparten forma y estilo. Porque, aunque en los ejemplares genuinamente parisinos predomina el carácter francés, en ellos también encontramos elementos italianos y alemanes, ejemplificando lo que François Couperin denominó les goûts reunis, una síntesis de los tres lenguajes más importantes de la época barroca.
Tres cuartetos de esta colección formaban el núcleo del programa del concierto que nos ocupa: el Concerto primo en Sol mayor TWV 43:G1, el Cuarteto nº 6 en Mi menor TWV 43:E4 y la Sonata prima en La mayor TWV 43:A1 (no se dejen engañar por los títulos, todos corresponden al mismo molde: tres partes solistas y bajo continuo. En el barroco la denominación de las formas musicales gozaban de cierta fluidez). Gli Incogniti, el conjunto que fundó y dirige la violinista francesa afincada desde hace tiempo en Galicia Amandine Beyer, se presentaba en formación de cámara, tal y como lo hizo años atrás en este mismo festival. Beyer es una de las mejores intérpretes vivaldianas de los últimos veinte años; sus lecturas de Bach también gozan de una gran reputación pero quien esto suscribe la prefiere junto a sus fieles compañeros de grupo en pequeño formato porque ahí resaltan más sus virtudes. Si cuando interpreta Vivaldi nos encandila la brillantez y el virtuosismo porque no encontramos afectación ni efectismo fácil, esa naturalidad, ese relajo —en el mejor sentido del término— que emana de Beyer y sus secuaces encuentra su mejor vía de expresión en la música de cámara. Tal y como señalamos a propósito de un concierto del Festival Silva de Sirenas en el Ateneo de Madrid, los componentes de Gli Incogniti encarnan como pocas formaciones el espíritu con el que nació la música de cámara en la época barroca: un grupo de amigos que se reúnen para hacer música juntos. Amigos que no son diletantes sino profesionales del máximo nivel pero que conservan la capacidad de disfrutar como el primer día.
Me van a permitir que en este caso empiece por destacar lo que normalmente en las críticas de música barroca —servidor no está libre de pecado— se despacha al final y de forma sumaria: el bajo continuo. Más concretamente la labor de la clavecinista, Anna Fontana, auténtica ancla de este conjunto, siempre segura, con un sentido de la pulsación envidiable —me recuerda a la gran Béatrice Martin—. Cada vez que hemos tenido ocasión de escucharla nos habíamos quedado con las ganas de que tuviera más protagonismo como solista incluyendo alguna pieza para clave de cierta exigencia y, por fin, esta vez nos ha regalado un Haendel —la Chacona en Sol mayor HWV 435— realmente estupendo, bien estructurado, con las ornamentaciones y el rubato justos. Baldomero Barciela quizás no sea el violagambista más virtuoso de la actualidad, pero su capacidad para escuchar a los otros intérpretes lo convierten en un músico ideal para hacer música de cámara, lo que se puso de manifiesto en los pasajes en los que su instrumento dialoga con la flauta o con el violín en los cuartetos de Telemann. La parte más expuesta correspondió a Manuel Ganatiero, un flautista excepcional que corrió con algunos de los momentos de mayor exigencia del concierto —incluida una fantasía de Telemann para flauta sola— y que solventó con aparente comodidad. Su fraseo, su sentido de la acentuación y la nobleza del sonido no tienen nada que envidiar a los de otros flautistas con más renombre. Y, por último Beyer, prima inter pares en este concierto salvo en la sonata para violín de Haendel —en Re mayor HWV 371—, con esa sensación de facilidad que transmite siempre, ese arco tan suelto marca de la casa y ese don para que la música respire que no recuerdo en otro violinista barroco (quizás Carmignola).
A estos músicos sensacionales la música de Telemann le viene como anillo al dedo, por eso es sorprendente que no la hayan grabado nunca. La ligereza, en su acepción de falta de solemnidad —no de profundidad—, que conlleva cierta modestia y una visión de la vida en la que el humor ocupa un lugar en absoluto secundario, es una de las cualidades más destacables del compositor de Magdeburgo —si alguien piensa que con Haydn ocurre lo mismo estamos de acuerdo—. Pues bien, pocos grupos tan idóneos como Gli Incogniti se me ocurren para conectar con ese espíritu. Así que si tienen la oportunidad de escuchar a este conjunto interpretando a Telemann, no la dejen escapar. Y señores programadores, como secretario del CCM les pediría que si reciben propuestas como esta, no las rechacen. Hay vida en el barroco más allá de Bach, Haendel y Vivaldi.
Imanol Temprano Lecuona


