MADRID / ‘Giulio Cesare’: Orliński vence, Devieilhe y Corti convencen

Madrid. Teatro Real. 21-II-2026. Jakub Józef Orliński, Sabine Devieilhe, Beth Taylor, Yuryi Minenko, Rebecca Leggett, Alex Rosen, Remy Brés-Fèuillet, Marco Saccardin. Il Pomo d’Oro. Francesco Corti, director. G.F.Haendel: Giulio Cesare in Egitto.
Volvió a sonar el Giulio Cesare de Haendel más de veinte años después en el Teatro Real. O, lo que es lo mismo, se programó por segunda vez en toda su historia después de su estreno en 2002. Y es que la vocación del coso madrileño por las óperas —y oratorios— de Haendel es más bien reciente y hasta el momento no ha terminado de dar los frutos deseables. Bien porque los mimbres —director, orquesta, cantantes— no eran los más adecuados, bien por montajes desafortunados, o por ambos aspectos a la vez, la contribución del Teatro Real al repertorio haendeliano es más bien magra hasta la fecha. Sin embargo, en esta ocasión hemos asistido a una de las más afortunadas aportaciones, quizás la mejor, realmente excelente en el plano musical. Bien es verdad que en versión concierto, con todas las renuncias que ello supone. No nos vamos a extender sobre este particular por no resultar reiterativos, ya que nos hemos referido a esta política de las óperas en versión concierto en anteriores reseñas y otros compañeros le han dedicado acertados y oportunos artículos. Pero no podemos obviar que la ausencia de escena adultera, limita y pervierte el espectáculo teatral y que, así como en un auditorio puede tener coartada, es más difícil de justificar en un teatro de ópera.
Vayamos pues a lo estrictamente musical, donde hay mucho y bueno que contar. Con esta son tres las ocasiones en el último año en las que quien esto suscribe ha tenido la oportunidad de enfrentarse a esta obra en las manos de los mejores especialistas de la actualidad. En los tres casos la dirección ha sido sobresaliente pero del terceto ni Ottavio Dantone ni Christophe Rousset pudieron contar con un reparto tan completo como el que ha estado a disposición de Francesco Corti.
El papel titular corrió a cargo del mediático contratenor polaco Jakub Józef Orliński, que cosechó un gran éxito. Orliński es un cantante al que hemos podido escuchar en Madrid y otras ciudades con bastante asiduidad desde hace casi una década. Recuerdo su Rinaldo de 2018 en el Auditorio Nacional con Harry Bicket, donde causó una gran impresión por su elegancia en el fraseo y buenas maneras. Parecía un cantante que podía marcar una época y en cierta manera lo está haciendo. Su capacidad para embelesar al público es indudable y su popularidad también. Pero esto quizás ha jugado en su contra. El hecho de contar con el favor del público desde tan joven ha podido influir en su estancamiento artístico. Técnicamente no ha progresado lo que debía y su timbre, cristalino al principio, se ha ido perturbando por una emisión más engolada. A mi entender, se ha vuelto un cantante previsible, en el que se puede intuir cuándo va a buscar una disonancia, cuándo va a utilizar la voz de pecho, cuándo va a apianar y cuándo se va a saltar la partitura. Pero su presencia y sus ganas de agradar siguen ahí, y suele contar sus apariciones por triunfos. En esta ocasión no fue menos. Aunque a su Giulio Cesare le faltó algo de nobleza, jugó sus cartas con inteligencia. Consciente de sus problemas con la coloratura, no arriesgó demasiado en los da capos y llevó el canto a su terreno, consiguiendo bellos momentos, como en el recitativo y aria del tercer acto “Dall’ondoso periglio… Aure deh per pietà”, cantada con sensibilidad.

Sabine Devieilhe fue una Cleopatra irreprochable. La soprano francesa es una cantante de una enorme versatilidad, capaz de abordar desde el repertorio barroco hasta el del siglo XX con plenas garantías gracias a una sólida técnica y una gran inteligencia musical. Comentábamos a propósito del Giulio Cesare dirigido por Dantone en Reggio Emilia hace justamente un año que Marie Lys es posiblemente la mejor Cleopatra del momento. Sigo pensando lo mismo, pero después de escuchar a Devieilhe entendería que algunos disientan y se decantaran por ella. Al principio a su papel quizás le faltó algo de sensualidad pero desde “Se pietà” puso el teatro a sus pies y a partir de ahí continuó el recital con versiones inconmensurables de “Piangerò” y “Da tempeste”. En los da capos explotó su facilidad en el registro agudo y nos regaló algunos momentos de gran virtuosismo.
La mezzo escocesa Beth Taylor (Cornelia) destacó por expresividad y carisma. Su aria inicial, la sublime “Priva son d’ogni conforto”, fue uno de los momentos más emocionantes de la noche. Ya destacamos hace un año a propósito de su Arsilda de Vivaldi en el Auditorio Nacional que es una artista con un gran sentido dramático, si bien su entrega a veces le lleva a ciertos excesos, como le ocurrió en algún recitativo. Su voz de timbre oscuro y tendencia al vibrato —sabiamente contenido— dotó al papel de la viuda de Pompeyo de gran profundidad. Contagió su arrojo al Sesto de Rebecca Leggett, que dejó buenas sensaciones, imprimiendo el punto justo entre vulnerabilidad y determinación en búsqueda de la venganza de su padre. Ambas cantantes fueron las que con más acierto construyeron sus personajes y nos ofrecieron juntas un memorable dúo al final del primer acto. (“Son nato/a a lagrimar”).
No tan convincente resultó el Tolomeo de Yuriy Minenko. El contratenor ucraniano demostró que tiene medios, con una voz de caudal apreciable y cierta facilidad para la coloratura. Sin embargo, no supo transmitir del todo la ambigüedad del personaje y abusó en algunos momentos de la voz de pecho. El bajo Alex Rosen, un cantante ya habitual en este repertorio, fue un Achilla de voz poderosa pero poco dúctil. Hay que decir que su papel es de los que se vieron más perjudicados por los inevitables cortes, ya que en dos de sus tres arias se omitió el da capo y fueron suprimidos varios de sus recitativos.

Para completar el elenco fue un auténtico lujo contar con el buen barítono Marco Saccardin haciendo de Curio (un papel que solamente tiene recitativos); y con el joven contratenor Rémy Brés-Feuillet, un cantante en alza que descubrimos en el Festival de Ópera Barroca de Bayreuth de hace tres ediciones y que confirmó la buena impresión que nos causó entonces, cantando con mucho gusto e intención la deliciosa aria de Nireno “Chi perde un momento”.
Y nos atrevemos a decir que hemos dejado lo mejor para el final. Si este Giulio Cesare merece ser recordado por algo debería serlo por la dirección de Francesco Corti. El director y clavecinista italiano se consagra aquí como un gran maestro haendeliano en la mejor de sus composiciones. Desde la obertura consiguió que la orquesta sonara vigorosa y llena de matices. No hubo nada de rutinario en su enfoque. A cada recitativo, cada aria, dúo o número de conjunto Corti le imprimió intención y criterio. La amplia paleta de colores y emociones que despliega Haendel en esta ópera, llevando hasta los límites el molde de la ópera seria barroca, quedaron reflejados en la lectura del aretino. No hubo nada que desentonara o que echáramos de menos —si acaso faltó el arpa en la escena en que Cleopatra, bajo la identidad de Lidia, seduce a Julio César al comienzo del segundo acto, y sobró el sonido de pájaros en “Se in fiorito”—.
La orquesta, Il Pomo d’Oro, sonó deslumbrante, poderosa y precisa. El bajo continuo —con la presencia de dos de los mayores talentos españoles de la música antigua, el laudista Miguel Rincón y el contrabajista Ismael Campanero— hizo un trabajo sensacional a lo largo de la noche, tanto en los recitativos como en algunas de las arias escritas sólo para esta parte de la orquesta. El propio Corti demostró que, además de solista sensacional, es un continuista magnífico, con chispa e imaginación. Los miembros de Il Pomo d’Oro tuvieron ocasión de brillar en las arias con instrumento obligado, que en esta ópera son unas cuantas. La flautista Petra Dámec Ambrosi en la citada “Priva son d’ogni conforto”; el trompista Christian Binde en “Va tacito”, piedra de toque de todo trompista barroco que se precie; la concertino Zefira Valova en la ornitológica “Se in fiorito”; el violonchelista Ludovico Minasi en “Cara speme”; el oboísta Rodrigo Gutiérrez en “V’adoro pupille” y los fagotistas Ángel Álvarez y William Gough en “Se pietá”, todos ellos brillaron en sus intervenciones y demostraron el buen momento de esta orquesta.
Debo confesar que en algún momento de la ópera me asaltó la idea de que ninguna de las versiones discográficas de este título —dejamos de lado el DVD de Glyndebourne con escena de David McVicar y dirección de William Christie— está a la altura de lo que estaba ofreciendo Corti. Pues bien, la buena noticia para los melómanos es que de esta gira de conciertos que ahora les llevará a Varsovia y Essen nacerá un registro que, a juzgar por lo escuchado en Madrid, sin ser perfecto —tarea casi imposible con esta ópera—, está llamado a convertirse en referencial.
Imanol Temprano Lecuona
(fotos: Javier del Real)


