MADRID / OCRTVE: Gran concierto de Lindberg y extraordinario ‘Anillo’ de Wagner

Madrid. Teatro Monumental. 16-IV-2026. Orquesta Sinfónica RTVE; Christian Lindberg, trombón; Christoph König, director. Obras de Lindberg y Wagner-Maazel.
El jueves y viernes de la semana pasada tuvieron lugar sendos conciertos de la temporada de la Orquesta y Coro OCRTVE con un programa bien interesante: el Concierto para trombón y orquesta ‘Golden Eagle’ de Christian Lindberg y El anillo sin palabras de Wagner en el arreglo de Lorin Maazel. Esta reseña se refiere al primero de los conciertos, el del jueves, que tuvo un Teatro Monumental mediado de público. La interpretación en general fue de una calidad elevada. El anillo sin palabras suele durar unos 75 minutos, razón por la que suele interpretarse como obra única en los conciertos. Llama la atención que se programe esta obra con otra como el Concierto ‘Golden Eagle’ de Lindberg. Pero así fue, y tanto el solista como la orquesta brillaron y ofrecieron lo mejor de cada casa.
En la primera parte, escuchamos el Concierto ‘Aguila dorada’ del trombonista, compositor y director de orquesta sueco Christian Lindberg, quien salió al escenario del monumental con una de esas llamativas camisas que suele llevar en los recitales —la del jueves de un fucsia rabiosamente chillón— seguido del titular de la ORTVE Christoph König. En palabras del propio Lindberg: «La obra fue un encargo de la Orquesta Sinfónica de Taipéi, allá por 2010, y se la dediqué al por entonces director musical Gilbert Varga. Siempre he admirado a la gente que se atreve a ir a contracorriente, y Gilbert era un hombre así. Nunca transigió en cuanto a la calidad se refiere e insistió en dedicarle el mayor tiempo posible a los ensayos, algo muy raro hoy en día. Su valentía me recordaba a la de un águila real, de ahí el título. Los subtítulos de cada sección deberían dar una pista clara al oyente, pero también les animo a que simplemente se relajen y dejen que la música les llegue hasta lo más profundo del alma, donde las palabras no alcanzan».
Se trata de una obra muy virtuosística y exigente para el intérprete. De hecho, durante el ensayo general que se celebró esa misma mañana del jueves, Lindberg se reservó para el concierto de la tarde solo marcando con el trombón algunos pasajes. Sin duda, quería estar en plena forma. El maestro König dirigió con batuta para marcar los ‘variopintos’ ritmos de esta obra que dura algo más de veinte minutos y consta de cinco movimientos interpretados sin solución de continuidad: I. Fanfarria de la tierra (I y II) (una obertura en tono majestuoso); II. Danza del águila (I–V) (una serie de secciones muy técnicas y con humor); III. Cadencia «Cielo roto»; IV. Altas alturas (I–V) (secciones en las que se exploran registros altos del trombón creando y se crea una atmósfera sonora distinta); V. Cadencia: Soledad (una segunda cadencia más introspectiva que la primera); y VI. Alas ardiendo (I–VIII) (final vertiginoso y de gran virtuosidad). Lindberg y la orquesta se fundieron en una gran interpretación en la que el trombonista mostró toda la calidad de matices, sonoridades y dinámicas del trombón. Da igual si con sordina o sin ella, Lindberg se mostró como lo que es: un veterano virtuoso de su instrumento que puso en pie a parte del público cuando terminó el concierto, lo cual le llevó a ofrecer dos muy buenas propinas: una muy melodiosa y lenta My funny Valentine y otra muy divertida y teatral que hizo reír al público —Lindberg saltando y gritando mientras tocaba—, la Cadenza de la Mancha, un extracto del Concierto para trombón y orquesta ‘Don Quijote’ del sueco Jan Sandström. Fue un muy buen preludio para lo que vendría en la segunda parte tras el descanso.
Lorin Maazel arregló El anillo del nibelungo de Wagner allá por 1987. Fue un encargo que le hicieron Jack Renner y Robert Woods el año anterior. Permítanme aquí una breve digresión que tiene que ver con la duración de la obra y la historia del cedé. Renner y Woods fundaron el sello discográfico Telarc en 1977. Las primeras grabaciones de Telarc fueron en colaboración con la Orquesta de Cleveland. ¿Quién dirigía esa orquesta cuando se fundó la discográfica? Un director estadounidense llamado Lorin Maazel. A finales de la década de los 70, dos ingenieros —el neerlandés Kees Immink de Philips y el japonés Toshitada Doi de Sony— crearon el sistema de lectura y codificación digital, respectivamente. El cedé empezó a comercializarse el 1 de octubre de 1982. Telarc fue de los primeros sellos en emplear el cedé. Renner y Woods querían comprimir la música de Wagner en los 75 minutos de música que se podían grabar en un cedé de la época. Por eso llamaron a Maazel, con quien ya habían trabajado muchas veces en los comienzos de Telarc. El encargo tenía una serie de condiciones que Maazel quiso cumplir: no habría ninguna nota que Wagner no hubiese escrito, no se adaptarían las voces de los cantantes a la orquesta —es decir, solo se utilizarían pasajes instrumentales—, los fragmentos deberían estar ordenados cronológicamente y no habría pausas. Y así como nació El anillo sin palabras, que algunos wagnerianos acérrimos consideran un sacrilegio, pero que para el resto del público que jamás escuchará las más de quince horas que dura la tetralogía de El anillo del nibelungo, es un rotundo éxito, porque en el arreglo de Maazel están los pasajes instrumentales más conocidos. Así, se convierte en una suerte de poema sinfónico que se estructura de la siguiente manera:
Para la interpretación de El anillo sin palabras, el maestro König dejó la batuta en el camerino y se dispuso a dirigirlo a manos desnudas. Se notó que se sentía como pez en el agua y la ORTVE ofreció una hermosísima interpretación. La tupida sección de trombas y tubas wagnerianas fue de lo mejor, y en general, los metales. Llamó la atención ver al trombonista principal Ximo Vicedo tocando la trompeta baja para la ocasión, un instrumento al que no debe de estar acostumbrado. El maestro König supo hilar bien el tejido musical de esta obra que, por su duración y estructura, puede resultar tediosa si no se hace bien, como un centón de retales literarios sin conexión alguna. La orquesta dio lo mejor de sí —cabe destacar el solo al violonchelo de Javier Albarés, siempre tan expresivo, en la Contemplación amorosa de Sigmundo— y ofrecieron una interpretación que culminó en la Inmolación de Brunilda —qué bien las cuerdas— que, al concluir, provocó la inmediata ovación del público con un prolongado aplauso para las distintas secciones de la orquesta y solistas según los iba señalando el maestro König para quien este concierto es el penúltimo antes de dejar la titularidad de la orquesta que concluirá los próximos 14 y 15 de mayo con La Atlántida de Manuel de Falla.
Michael Thallium


