LA CORUÑA / Pierre Hantaï desgrana los múltiples Bach de Johann Sebastian

La Coruña. Iglesia de las Capuchinas. 25-VI-2025. Pierre Hantaï, clave. Obras de Johann Sebastian Bach.
A la Iglesia de las Capuchinas de La Coruña casi tendríamos que rebautizarla, hermanándola así con el elegante bulevar parisino con el que comparte nombre, como Église des Capucins, dadas las sucesivas perlas de excelencia francesa que en los últimos meses allí hemos escuchado: en mayo, con el memorable concierto del Quatuor Diotima dentro del Festival RESIS; en junio, y ya alcanzado el verano, con el no menos soberbio recital de Pierre Hantaï integrado en el ciclo Concertos de Verán, promovido por el Ayuntamiento de La Coruña y la Orquestra de Cámara Galega.
Ha sido el segundo de los cuatro conciertos que conforman este ciclo el que ha traído de vuelta a La Coruña a Pierre Hantaï, a quien ya habíamos escuchado en el Teatro Rosalía de Castro de la ciudad herculina el 27 de febrero de 2024, en un excelente recital con el que entonces celebramos los sesenta años que el músico francés cumplía un día después, rubricando las inmejorables sensaciones que, a su vez, Hantaï nos había dejado en Lugo en mayo de 2023, con lo cual sus visitas a Galicia han establecido una frecuencia anual que realmente es de agradecer, pues pocos intérpretes en la actualidad muestran un dominio del clave con el grado de interiorización y maestría del parisino.
A que dicha excelencia brillase en todo su esplendor, contribuyó nuevamente el mismo clave que Hantaï ya había tocado en sus recitales de la Semana del Corpus de Lugo y de la Sociedad Filarmónica La Coruña: un Andreas Kilström construido a partir de un modelo de Thomas Hitchcock fechado en torno a la tercera década del siglo XVIII; instrumento propiedad del clavecinista coruñés Fernando López Pan, cuya amistad con Pierre Hantaï, así como este clave, tan querido por el músico francés, está propiciando en buena medida el gozo de reencontrarnos anualmente con Hantaï.
En esta tercera visita consecutiva a Galicia, Hantaï optó por un programa íntegramente protagonizado por Johann Sebastian Bach, un compositor que, como hace un año señalé en estas mismas páginas, me parece especialmente afín al clavecinista galo, por técnica, poética y sensibilidad. Además, la propia conformación del programa le permitió explorar diversos estilos, estructuras y matices dentro del inmenso catálogo bachiano, tanto en lo que serían sus piezas de naturaleza didáctica como en su primera colección de suites para clave, las conocidas como Suites inglesas BWV 806-811 (c. 1715-23), de las cuales la cuarta y la sexta marcaron los puntos álgidos de este concierto.

Pero, antes de adentrarnos en los jardines ingleses de Johann Sebastian Bach, del propio Kantor escuchamos una selección del Clavier-Büchlein vor Wilhelm Friedemann Bach (c. 1720-26), convirtiendo Pierre Hantaï estas piezas de formación para el mayor de los hijos varones de Bach en todo un festín del contrapunto, ya no sólo en cada una de las piezas, sino entre las que fue seleccionando a lo largo del primer tramo del concierto: procedimiento que en Hantaï siempre resulta fascinante e imprevisible, pues uno no acaba de dilucidar, por cómo hojea, avanza y retrocede en sus partituras, si el programa viene cerrado de antemano o si éste se va decidiendo según (pues con un compositor alemán estamos y ya que ésta es una palabra tan rica en matices anímicos y musicales) la stimmung del clavecinista en cada momento del concierto.
De este modo, la selección de piezas del Clavier-Büchlein realizada por Hantaï ha conformado lo que podríamos calificar como una suite en sí misma, por su bella y acusada alternancia de tempi, modos, tonalidades y números en los que han primado, bien un pensamiento polifónico informado por el propio órgano bachiano, bien una melodía que se convierte en el eje estructural del discurso. Así, preludios y fantasías han ido evocando sucesivamente en nuestra memoria las páginas bachianas de las que proceden, jugando Pierre Hantaï con ellas en registros, fraseo, timbre o color para que su último barnizado musical sobre el soberbio Kilström de López Pan adquiriese otro temperamento y carácter, lo que abunda en que en este concierto Pierre Hantaï —como hemos señalado en el título de esta crítica— nos mostrase los múltiples Bach que habitan en las partituras del Kantor: proteica multiplicidad de estilos, técnicas y formas que después, pese a ser, ambas, parte de una misma colección, se reforzó por la selección de suites realizada por Hantaï de entre las seis Suites inglesas.
La tonalidad y el modo han jugado un papel fundamental a la hora de aumentar el contraste en color y ambiente entre la Suite n.º 4 en Fa mayor BWV 809 y la Suite n.º 6 en Re menor BWV 811, las dos tocadas por Hantaï el pasado 25 de junio en La Coruña; si bien después, a nivel interno, la coherencia formal e interpretativa desgranada ha sido extremadamente sólida. No se lanza Hantaï, como otros clavecinistas que últimamente buscan extremar el tempo, la articulación y el ataque en cada movimiento, al artificio ni al contraste-por-el-contraste, y, en este sentido, se muestra un alumno aventajado de Gustav Leonhardt, cuyo registro de las Suites inglesas (EMI, 1984) con el clave Nicholas Lefebvre del año 1755 sigue resultando modélico en homogeneidad y elegancia, con ese regusto (a pesar del título de esta colección de suites) netamente francés que Hantaï enfatiza, incluso, un grado más, como la construcción de las voces en el contrapunto y unos detalles, en cromatismo y precisión técnica, superlativos.
Ello resultó más que evidente en el Prélude de Suite en Fa mayor, atacado por Hantaï a tumba abierta y con una digitación de un virtuosismo pasmoso, incidiendo continuamente en una forma de circularidad una y otra vez lanzada en giros hacia adelante que tiene algo tan propio del laúd como del órgano, por cómo pone el énfasis en la polifonía y el progresivo encadenamiento de sus voces, en ese «eterno y grácil bucle» que apunta Douglas R. Hofstadter en su libro sobre Gödel, Escher y Bach.
Parte de la homogeneidad antes señalada se escucha en una Allemande en la que Hantaï no ralentiza considerablemente el tempo, poniéndola, así, en la estela del Prélude, con una ligereza que no deja de acumular densidad. Ello no quiere decir que no se expongan matices propios en esta danza, como los que le confiere el uso de los dos teclados, ampliando la tensión tímbrica, armónica y contrapuntística, lo que corporiza en su clave los dos caracteres más acusados en danza. La Courante es otro buen ejemplo de esa coherencia, pues su incisividad nace no tanto de lanzar el tempo al estilo italiano de esta danza (aunque Hantaï sí recoge algo de esa tendencia) como de perfilar más sus acentos, lo que redobla los intervalos y los pasos, con una solemnidad contenida. Ello es algo que en la Sarabande se convierte en una versión altiva y distinguida, con un fraseo más punteado y galante. En él, Hantaï aumenta los contrastes internos en ritmo y armonía, haciéndolos más espaciosos, pero con brío, sin arrastrarlos en exceso ni llevarlos al mundo de lo que son estas zarabandas en las suites para violonchelo: otra de las muchas virtudes del clavecinista francés, pues bien sabe que esos múltiples Bach que habitan en Johann Sebastian no sólo se informan desde las respectivas danzas europeas que inspiran cada movimiento de sus suites, sino por el propio instrumento, algo que en sus lecturas de las Suite inglesas Hantaï enfatiza en movimientos como esta Sarabande.
Si Allemande, Courante y Sarabande habían estado marcadas por la respiración y el espacio, Menuet I-II y Gigue lo han estado, en la primera danza, por su vivaz articulación, juego de voces y ecos (a través del continuo con la mano izquierda), así como por la explotación del doble teclado para crear volúmenes y timbres; mientras que en la segunda hemos vivido el que diría momento cumbre del concierto en cuanto a exuberancia interpretativa, con una giga que (aquí sí, remitiéndonos al mundo inglés), Hantaï ha expuesto con una vitalidad desbordante, dando una lección de técnica, digitación y fraseo para rubricar una portentosa Suite en Fa mayor.

Es por ello que, tras semejante festín, el contraste con la Suite en Re menor se acusó aún más, dejando Pierre Hantaï una interpretación de verdadero artista por cómo trabaja la interválica de forma más abstracta, ya desde el Prélude, rescatando nuevos ecos del órgano por su individualización de las voces y su creación de una masa sonora. Sus juegos de ecos en el espacio, con el doble teclado, inciden en algo tan importante en Bach como la arquitectura musical, siendo en ello muy ayudado por la sutilidad del clave Andreas Kilström que tanto ha refinado López Pan, lo que permite a Pierre Hantaï modular aquí el fraseo y perfilar el peso de las dinámicas gracias a la levedad de sus teclas, por lo que, si en técnica, la Gigue de la Cuarta suite había sido un punto álgido; en cuanto a musicalidad, este Prélude ha sido otro logro mayúsculo de este recital.
La Allemande sonó, en la Sexta suite, de forma más sombría y ensimismada que en la Cuarta, uniendo Hantaï gravedad cromática y lentitud, para concebirla como un progresivo descenso al silencio. Es por ello que la Courante sí marcó en esta suite un mayor contraste de tempo, con una implacable horizontalidad en el fraseo. Mientras, la Sarabande diría que incluso llegó a mostrar un halo gallego, por su carácter morriñoso y melancólico, con el peso que Hantaï ha concedido a un registro grave que parecía impedir el vuelo y la amplitud armónica de la mano derecha, lo que completó una zarabande elegíaca, con un cantabile, igualmente, con dejes de fado portugués.
Esa misma impronta melódica, antesala de las canciones sin palabras que habrían de proliferar en Alemania décadas después, la llevó Pierre Hantaï a la Gavote II, con un fraseo de inspiración netamente vocal, aunque, ‘sólo eso’, en Bach nunca sea posible, de forma que la ampliación armónica de esa voz principal y su multiplicación a través del contrapunto nos dejó, en las infalibles manos del músico parisino, una conversión del canto en polifonía de verdadero impacto, permaneciendo algo lúdico, de juego infantil, cual evocando en el final del concierto algunos dejes de sus piezas de apertura.
Impulsado desde la arquitectura contrapuntística finalmente alcanzada por la Gavote II, la Gigue no se mostró en esta Sexta suite tan independiente ni abrumadora como en la Cuarta, sonando como una conclusión inevitable del movimiento precedente. Pulso y mecanismo han vuelto a ser arrolladores, con nuevos sesgos del órgano, por su volumen (como en el Prélude), así como del peso de un registro grave que, como en la Sarabande, ancla la armonía con fuerza, impeliendo a Pierre Hantaï a acentuar con tal énfasis el fraseo en su clave, que casi hablamos de un protomartellato; por tanto, con mayor libertad poética y flexibilidad (como lo había hecho en su grabación del año 2014 de esta suite para el sello Mirare) que otras lecturas igualmente encomiables, pero algo más encorsetadas, como la de Masaaki Suzuki (BIS, 2016).
Se cerraba, así, un soberbio concierto recibido con tales aplausos y bravos por parte del público que abarrotaba la Iglesia de las Capuchinas, que Pierre Hantaï nos brindó dos encores, nuevamente marcados por los contrastes entre ambas piezas: la primera, con sus truenos y arrollador carácter, el del mismísimo Jupiter de la Suite n.º 5 en do menor de Antoine Forqueray (que escuchamos en una transcripción para clave de Jean-Baptiste Forqueray); la segunda, una intimista y delicadísima Sarabande de la Partita n.º 1 en Si bemol mayor BWV 825 (1726). Ojalá, por tanto, que como muy tarde en 2026 Pierre Hantaï continúe esta racha de excelentes visitas por tierras gallegas.
Paco Yáñez
(Fotos: Paco Yáñez)


