BERLÍN / Mirga Gražinytė-Tyla une la modernidad con la música popular en el Musikfest

Berlín. Philharmonie. 2-IX-2025. Antoine Tamestit, viola. Orchestre Philharmonique de Radio France. Directora: Mirga Gražinytė-Tyla. Obras de Berio, Čiurlionis y Ravel.
El cuarto concierto del Musikfest Berlin 2025 nos mantuvo, por segunda jornada consecutiva y por lo que a sus formaciones sinfónicas se refiere, en territorio musical francés, con una Orchestre Philharmonique de Radio France que llegaba a Berlín con la segunda directora a la que hemos visto sobre el podio de la Philharmonie en la actual edición del Musikfest, la lituana Mirga Gražinytė-Tyla, una de las jóvenes batutas que más interés está despertando en esta tercera década del siglo XXI y que rubricaba la buena racha de directores bálticos presentes en este comienzo del festival, tras haber disfrutado del gran trabajo de Klaus Mäkelä y Esa-Pekka Salonen.
Como ambos finlandeses, Mirga Gražinytė-Tyla nos ha ofrecido una nueva entrega del homenaje que a Luciano Berio está tributando el Musikfest, con motivo de los cien años que en 2025 se cumplen del nacimiento del compositor italiano; en este caso, con una de las partituras de Berio más extensas de cuantas presentará el festival berlinés, Voci (Folk Songs II) (1984), página para viola y dos grupos instrumentales que muestra la querencia del compositor de Imperia por la música popular; de forma especial, en lo que a Voci respecta, por la siciliana.
Es Voci una obra que rompe con la disposición habitual de la orquesta sobre el escenario, como lo hacen otras partituras de la segunda mitad del siglo XX que reformulan la topología orquestal, desde Gruppen (1955-57), de Karlheinz Stockhausen, a Nachtmusik II (1981, rev. 2000), de Emmanuel Nunes. En el caso de Voci, dos son los grupos que, sobre el papel, rodean al viola solista, formando dos semicírculos; pero, en la realidad, tres sets de percusión se emplazan en diversos puntos entre dichos grupos, lo que complejiza notablemente la labor de dirección, al tener que reaprender Mirga Gražinytė-Tyla la ubicación de cada músico, algo en lo que no ha tenido ni el más mínimo problema la lituana, que en dar las entradas para conseguir un fluido y equilibrado balance orquestal tiene una de sus principales funciones en Voci.

En ello ha estado soberbia Gražinytė-Tyla, así como en algo que ha cuidado con muchísimo detalle a lo largo de la media hora que dura Voci: los rangos dinámicos de cada músico de la Orchestre Philharmonique de Radio France en las sucesivas entradas con las que conforman ese diálogo entre el canto popular y la naturaleza que inspiró a Berio su partitura, asignando a los instrumentos —como señala Olivia Artner en sus notas al programa— una función de comentario, ilustrando la comprensión que Berio aquilataba del contexto cultural de la tradición. Es por ello que la orquesta no podía adoptar una distribución canónica sobre el escenario, convirtiéndose en Voci en una dispersión de apariencia más libre y caótica que remeda la abigarrada proliferación de voces que el propio Berio conoció en los mercados sicilianos, de donde provienen las canciones que van entonando los instrumentos de la orquesta, pasando por comentarios, murmullos o una algarabía digna de los momentos de mayor ebullición en el ágora.
Esa sucesión de materiales folclóricos, que igualmente comprende nanas, cantos elegíacos e canciones obreras, ha servido de puente entre el viola Antoine Tamestit y los dos grupos instrumentales de la Orchestre Philharmonique de Radio France, intercambiando diferentes arreglos y modulaciones de dichos cantos, convirtiéndose la orquesta gala, por cómo Mirga Gražinytė-Tyla ha trabajado la profundidad espacial y las dinámicas, no sólo en ese parlamento popular que escuchamos en las calles sicilianas, sino en un diálogo del presente con el pasado, conformando (especialmente, el segundo grupo, ubicado al fondo del escenario) un coro de espectros, en una construcción armónico-espacial de muy interesantes lecturas dramatúrgicas e históricas: uno de los puntos más fuertes de esta versión berlinesa; algo que, por descontado, no se escucha con tales relieves en disco.
Y es que, por lo que a la discografía de Voci se refiere, dos son las versiones a las que hemos de prestar una especial atención: la de Aldo Bennici (solista que estrenó la partitura), la London Sinfonietta y Luciano Berio (RCA, 1988) y la de Kim Kaskashian, la Radio Symphonieorchester Wien y Dennis Russell Davies (ECM, 1999). La interpretación dirigida por Gražinytė-Tyla comparte con la de Russell Davies su pulcro cuidado por los detalles; mientras que en el caso de Antoine Tamestit nos encontramos con un trabajo verdaderamente magistral que ha de ser puesto en valor como se merece. El músico parisino es capaz de hacer cantar a su viola con la naturalidad y el lirismo de un Aldo Bennici, pleno de matices en un glissando que remeda el portamento y las inflexiones del canto siciliano, al mismo tiempo que de Kim Kaskashian toma la modernidad de su lectura, con un flautando en la viola que es pura magia y que, unido a los armónicos orquestales y a la presencia de instrumentos como el glockenspiel, el vibráfono, el xilófono o los cascabeles, evoca en nuestra memoria los espectrales paisajes firmados por Berio en otra partitura prácticamente coetánea, Rendering (1989-90), página escuchada tres días en el Musikfest a la Concertgebouworkest.

Pero, además de las versiones de Voci a cargo de Bennici y Kaskashian, por lo que a la técnica y al estilo de Antoine Tamestit se refiere, he de sumar una tercera influencia que, aunque no haya grabado esta obra, sí cuenta con otras partituras de Luciano Berio en su catálogo. Me refiero a Christophe Desjardins, antiguo viola del Ensemble intercontemporain, cuyos registros de piezas como Naturale (1985) me parecen de lo más cercano al trabajo y al estilo en Berio de un Antoine Tamestit colosal.
El final de Voci en manos de Mirga Gražinytė-Tyla apuesta por la progresiva evanescencia y desaparición de esos cantos en el espacio y en el tiempo. De hecho, los últimos compases suenan como el tic-tac de un reloj en las percusiones: pura cuenta atrás que tanto parece la musicalización de una vanitas en la pintura barroca italiana como de esos relojes que (aunque de arena) proliferan en tantas tumbas berlinesas de los siglos XVII y XVIII, como las que se conservan en la Marienkirche, una de las pocas iglesias de la ciudad que sobrevivió a los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial.
Tras finalizar Voci, a la guerra también se refirió Antoine Tamestit en sus palabras dirigidas al público berlinés, antes de regalarnos un muy bello y pertinente encore, y es que, tomando la zarabanda de la Partita para violín n.º 2 en Re menor, BWV 1004 de Johann Sebastian Bach y una canción popular ucraniana (cuya melodía, curiosamente, parecía extraída de las sicilianas de Voci), el violista francés convirtió su instrumento en un canto por la paz, con una especial mención para la ocupación de Ucrania por Rusia, algo que fue premiado con un fuerte aplauso por el público de una ciudad, Berlín, en cuyas calles abundan las banderas ucranianas como símbolo de solidaridad.
Precisamente, las repúblicas bálticas conforman una de las zonas de Europa que, en este momento, más cerca sienten ese afán expansionista ruso, y quizás ello explique tanto la presencia del embajador lituano en la Philharmonie como la programación, ya en la segunda parte del concierto, de una partitura que nos mostró el empeño de Mirga Gražinytė-Tyla por familiarizarnos con la música de los compositores de su Lituania natal; en este caso, la del compositor y pintor Mikalojus Konstantinas Čiurlionis, de quien escuchamos Jūra (1903-07), título traducible como Mar.

Čiurlionis, que durante su vida se destacó, precisamente, por su intento de preservar la lengua y el arte lituanos frente a la imposición de la cultura rusa, trabaja intensamente en su creación el simbolismo y la sinestesia, convirtiendo Jūra en poema orquestal arquetípico en su desarrollo a través de paisajes que intercalan el lirismo y lo sombrío hasta su catártico final, en el que hemos escuchado por primera vez en el Musikfest 2025 el órgano de la Philharmonie, rubricando una imponente lectura de la que es la primera versión de esta partitura. La cohesión del programa, en este caso, viene dada por la presencia de motivos de la música popular lituana que, al igual que haría Berio ochenta años más tarde en Voci, Čiurlionis hace dialogar con un estilo compositivo plenamente moderno en su momento, compartiendo con Mahler la cohabitación de lo camerístico y lo sinfónico en la orquesta; con Schoenberg, una poderosa y encendida expresividad; o con otro gran paisajista marítimo-musical, Claude Debussy, las sutilezas y el refinamiento de su impresionismo cromático. Así pues, un mar que no sólo es espacio y continuo cambio de estado físico en Jūra (desde los fríos paisajes congelados del comienzo hasta el encrespado mar agitado por los vientos huracanados), sino un mar que es espejo de la actividad humana, de sus cantos y del diálogo entre el hombre y una naturaleza vista como reflejo de un acervo cultural.

La interpretación de la Orchestre Philharmonique de Radio France tendió, en todo momento, hacia esa conducción de las energías que nos lleva a la suntuosa entrada del órgano, si bien Gražinytė-Tyla es muy consciente de la necesidad de graduar dicho encrespamiento marítimo, e impone prudencia a cada una de las corrientes orquestales que conforman tal océano sonoro, con gestos que, como en Berio, ya parecen señas de identidad de la lituana para templar a la orquesta, como la palma de la mano levantada o esa espalda arqueada hacia atrás, reteniendo el sonido de sus músicos. En los pasajes más rápidos, tumultuosos y complejos rítmicamente, Mirga Gražinytė-Tyla realmente impresiona por su capacidad de atender a las entradas, a marcar el pulso y a insuflar energía a la orquesta, dejándonos la sensación de ser una completísima directora.
Dada la importancia que en la actual edición del Musikfest Berlin tiene la creación francesa, y aprovechando que desde París llegó la Orchestre Philharmonique de Radio France, Gražinytė-Tyla quiso cerrar su concierto con una de las partituras icónicas del repertorio galo del siglo XX, el ubicuo y celebérrimo Boléro (1928) de Maurice Ravel, página que desgranó en poco más de quince minutos, sin lanzarse a cambios de tempo ni a una especial sensualidad en su lectura, sino apostando por convertir el Boléro en toda una máquina implacable que acumula capas de tensión y volumen sin cesar.
Para ello, contó con una Orchestre Philharmonique de Radio France de solistas desiguales, entre los que habría que destacar a músicos como sus clarinetistas o sus saxofonistas, mientras que en otros atriles hemos echado en falta fraseo, color y sensualidad. Con sus inevitables ecos de la música popular (violines cogidos cual guitarras y atacados en rasgueo incluidos), una atronador final levantó una ovación en la Philharmonie de ésas que sólo este tipo de obras suelen despertar.
Y ya que en el Boléro se va produciendo esa amalgama de voces, finalmente unidas en todo un coro orquestal que funciona de forma totalmente compacta, Mirga Gražinytė-Tyla no quiso abandonar tal comunión y nos propuso un inusual encore, pues escuchamos a los profesores de la Orchestre Philharmonique de Radio France cantar una bella melodía popular lituana; canción que Gražinytė-Tyla invitó al público a cantar con la orquesta, si conocían la letra, aunque me temo, al menos por lo que vi alrededor de mi butaca, que pocos se la sabían en la Philharmonie. Sea como fuere, coherente programa en su voluntad ya no sólo de unir las voces de los pueblos en un solo canto compartido, sino en mostrar cómo las músicas folclórica y popular pueden convertirse, a través de los lenguajes de la modernidad, en muy bellas propuestas artísticas.
Paco Yáñez
(Fotos: Fabian Schellhorn / Musikfest Berlin)


