BERLÍN / Esa-Pekka Salonen comienza su ruta hacia París en el Musikfest 2025

Berlín. Philharmonie. 1-IX-2025. Stephan Dohr, trompa. Orchestre de Paris. Director: Esa-Pekka Salonen. Obras de Berio, Salonen y Sibelius.
Si en el comienzo de la actual edición del Musikfest Berlin están siendo las orquestas neerlandesas y francesas las que copan la mayor parte de la programación; por lo que a las batutas se refiere, la región del mar Báltico es la que provee una mayor cantidad de representantes sobre el podio de la Philharmonie, dejando constancia del privilegiado granero de directores que es dicha zona de Europa: desde Klaus Mäkelä, en la apertura del Musikfest, a Mirga Gražinytė-Tyla, pasando, en el concierto del que hoy les damos cuenta, por uno de los más grandes directores de las últimas décadas, Esa-Pekka Salonen, que llegaba a Berlín al frente de una formación con la que ha mantenido una sólida relación a lo largo de los últimos años, la Orchestre de Paris, agrupación que lo acaba de nombrar titular a partir del año 2027, por lo que no podía haber coincidido este concierto en un momento más propicio, con un feeling entre director y orquesta que ya mostraba la complicidad refrendada por dicho nombramiento.
Juntos, nos han ofrecido el segundo capítulo del homenaje a Luciano Berio que el Musikfest está tributando al compositor italiano en 2025 con motivo del centenario que de su nacimiento se cumplirá el próximo 24 de octubre, mostrándonos, en esta ocasión, al Berio más luctuoso, al compositor que dedicó Requies (1983-85) a quien fue su esposa durante catorce años, Cathy Berberian, tras el fallecimiento de la tan versátil y extraordinaria cantante estadounidense en 1983 (esa «voz sin etiquetas» a la que nuestro compañero Ismael G. Cabral acaba de dedicar un estupendo artículo en SCHERZO).
Precisamente, esa idea de la ausencia es la que articula Requies, partitura para orquesta de cámara en la que, más que melodías, Berio nos muestra las sombras de las mismas, la imposibilidad de alcanzar una fisicidad que se ha perdido en una región intangible, de la que sólo nos quedan, en términos musicales, el eco, la reverberación y unos contornos difusos que son la antesala del olvido, pues la uniformidad de sus constructos armónicos se va disolviendo a medida que avanza la obra y se esfuma dicho recuerdo.

Estamos, por tanto, ante una partitura de compleja definición, en la que se precisa una dirección que sea capaz de evocar lo implícito de dichas melodías y de construir una forma nada sencilla, por cómo Berio la fractura constantemente. Esa-Pekka Salonen se antoja, como compositor que también es, una batuta ideal para dirigir Requies, y así lo ha demostrado en Berlín, conduciendo una versión primorosa que se ha apoyado en una Orchestre de París que nos ha dejado momentos de total perfección tímbrica, como unos acordes de maderas y metales que parecían una textura organística, así como con dejes que evocaban al otro homenajeado en el Musikfest 2025, Pierre Boulez, ya no sólo por el gesto de Salonen sobre el podio, sino por cómo maneja algo tan importante en la música de Boulez como las resonancias; especialmente, en este caso, en arpa y marimba, redondeando la orquesta francesa un prístino sonido orquestal desde su pianissimo inicial hasta el frullato en el que se resuelve el último tema en la flauta.
A pesar del carácter elegíaco de Requies, Salonen buscó insistentemente la luminosidad que se encuentra en esta partitura, producida muy inteligentemente a través del continuo roce de las capas armónicas que se solapan en la orquesta; las cuales, unidas a un nimio vibrato en las cuerdas, genera esa ya citada sensación de que la orquesta se convierte un organismo de luz, en una referencia para guiar en su último viaje a la propia Berberian.
Otro aspecto que en la dirección de Salonen refuerza lo programático es cómo éste tensa esa multiplicidad del tejido armónico desde unas melodías que se rozan en cortos intervalos, lo cual nos recuerda al canto de la soprano estadounidense, capaz de evocar la polifonía en una sola voz, con ese procedimiento de impostación que bebía tanto de la música contemporánea como del acervo armenio de sus antepasados, algo que podemos asimismo relacionar con los tapices de dicha región caucásica, por cómo Requies evoca el hilado de la melodía y su progresiva expansión cromática a través de la orquesta, con modulaciones microtonales del color: de nuevo, un procedimiento muy propio del canto de Berberian, por lo que esta soberbia interpretación de la Orchestre de Paris expresó, incluso más que algo propiamente fúnebre, un deseo de celebrar lo que de iluminación queda en nuestras vidas al evocar a quienes nos siguen alumbrando tras su muerte.
Completó la primera parte del programa el Esa-Pekka Salonen compositor, con el estreno en Alemania de su Concierto para trompa (2024-25), un instrumento que le resulta especialmente cercano al finlandés, pues Salonen cursó estudios de trompa en sus años en la Academia Sibelius de Helsinki.

Fruto de un encargo conjunto de varios auditorios y festivales europeos, asiáticos y norteamericanos, entre los que se encuentran los Berliner Festspiele y el Musikfest Berlin, el Concierto para trompa de Esa-Pekka Salonen llegaba a la Philharmonie recién salido del horno, pues fue estrenado el pasado 30 de agosto en el Festival de Lucerna por los mismos intérpretes a los que en el Musikfest hemos escuchado abordar los tres movimientos en los que se divide la obra.
El primero de ellos nos dejó pistas más que suficientes como para volver a pensar que Salonen es, hoy en día, mucho más interesante en su trabajo como director que en su faceta de compositor, en la que puede firmar partituras tan insustanciales como este Concierto para trompa, por más que su escritura evidencie, desde su comienzo en armónicos de las cuerdas, el aquilatado conocimiento que Salonen posee de la orquesta sinfónica, si bien, desde la misma entrada del solista, con sus materiales melódicos tan poco imaginativos y el modo en que éstos se armonizan con maderas y metales, el interés empieza a decaer considerablemente. De hecho, hasta los compases más ‘arriesgados’ (no dejen de verse las comillas), en los que un mismo tema en la trompa natural va pasando de la melodía principal a un doblado de sí mismo en disonancias y a un flatterzunge de inspiración ruidista, suenan con calzador, cual marcas de una modernidad ‘asumible’, pero sin que ello tenga correspondencia ni con el aparato técnico del concierto ni con su propio estilo (que Salonen dice que conforma un homenaje a Mozart); un estilo que hoy ya denominaría como nuevo conformismo escandinavo, y en el que, además de a Salonen, nos encontramos con algunos de sus compañeros de generación (mucho más interesantes otrora), como Magnus Lindberg.
El segundo movimiento confirmó los malos augurios del primero, ya desde su planteamiento ranciamente canónico, con lo que el propio Salonen califica de un Adagio de sereno diálogo entre las cuerdas y un solista cuyo tema porta reminiscencias del célebre pasaje de trompa que abre la Cuarta sinfonía (1874) de Anton Bruckner (partitura que Salonen dirigió, a los 21 años, en su concierto de diplomatura como director). En Berlín, el tempo marcado por Salonen no llegó al de un adagio, buscando, más que un neblinoso ambiente bruckneriano, lo que diría un anhelo de pathos mahleriano, pero construido de forma tan fría e insustancial, que no es posible creerse este concierto como una obra de arte con enjundia. De nuevo, la artificialidad de sus técnicas más ‘modernas’, como el roce del arco contra las láminas del vibráfono o los acordes en disonancias, suenan extemporáneos y hasta frívolos, por lo que, más que en marcas de actualidad, se convierten en puro artificio hasta llegar a la conclusión del movimiento, en lo que Salonen define como «repeticiones tranquilas del “leitmotiv”».
Dando una nueva vuelta de tuerca a esta sucesión de lugares comunes, el tercer movimiento —como no podía ser de otro modo en una estructura tan previsible— se lanza a un virtuosístico tempo en scherzo que retoma materiales del primer movimiento, poblándose de ecos latinoamericanos en la percusión (congas y bongós incluidos). Pero, por más que se acumulen estilos, instrumentos y técnicas, qué diferencia, en profundidad y logro de una forma verdaderamente personal, con el anterior Requies de Berio, agudizando la sensación de que tras este Concierto para trompa se encuentra la mano de un hábil técnico, pero no la de un gran artista, lo que nos mueve a pensar que estamos ante una obra nacida más como fruto de un encargo que de la necesidad.
De hecho, todo el desarrollo del tercer movimiento abunda en el efectismo, con sus continuos accelerandi y fuegos de artificio, acumulando energías hasta ese falso final que intercala una microcadencia que se convierte, más bien, en un destello del solista antes de rubricar la orquesta su catártico final (por supuesto, de manual), por medio del cual —confiesa Salonen en sus notas— el compositor se sintió a sí mismo regresando a su infancia como en un sueño. Quizás sea de allí de donde provengan las citas que Salonen disemina en este último movimiento: desde el trío de trompas con el que evoca la Eroica (1802-04) de Beethoven hasta el acorde místico del Prometeo (1909-10) de Scriabin. Este último lleva a la orquesta una sucesión de cuartas cuyo décalage en las cuerdas ha creado lo más interesante, a nivel textural, de este Concierto para trompa, con su ilusión de un entramado microtonal.
Si en nuestra crítica del concierto de apertura de la temporada 2025-2026 de la Orquesta Filarmónica de Berlín nos referíamos al altísimo nivel que aquilata cada uno de los Berliner Philharmoniker, en este tercer programa del Musikfest hemos vuelto a tener otro ejemplo de dicha calidad y, si dos días antes habíamos disfrutado de Albrecht Mayer como oboe solista en la música de Bernd Alois Zimmermann, en el caso del Concierto para trompa de Salonen el solista ha sido otro principal de la Filarmónica de Berlín, Stephan Dohr, que nos ha dejado un excelente ejemplo de sus habilidades técnicas con la trompa natural; como de habilidad en la batuta está sobrado el propio Salonen, especialmente a la hora de dirigir los entramados rítmicos del tercer movimiento, los que le exigieron una mayor atención a una Orchestre de Paris en un gran estado de forma; todo lo cual propició una ovación realmente importante, fruto de una obra planteada para una rápida y plácida digestión orquestal.

La segunda parte del concierto fue íntegramente dedicada a la Sinfonía n.º 5 en Mi bemol mayor, Op. 82 de Jean Sibelius (1915-19), obra que tiene en Salonen a uno de sus mejores oficiantes fonográficos, por medio de su registro para la CBS del año 1986 con la Philharmonia Orchestra: una perfecta muestra del ímpetu y del absoluto control técnico con el que, entonces, el aún veinteañero director finlandés impresionaba en los escenarios de Europa, poco antes de dar el salto a los Estados Unidos.
El contraste entre el pobre Concierto para trompa de Salonen y su descomunal dirección de la Quinta sinfonía vuelve a congratularnos con el hecho de que, en su momento de duda hace unos años, Salonen no dejase progresivamente su puesto en los podios orquestales para pasar más tiempo frente al escritorio, pues no tengo duda de que el mundo de la música podría prescindir de las últimas partituras de Salonen, pero, en modo alguno, de un director capaz de tal rigor y emoción en un mismo gesto.
El más directo precedente que del Sibelius de la Orchestre de Paris tenemos en disco es el dirigido por Paavo Järvi (RCA, 2015), un registro que cuenta ya diez años: tiempo en el que la orquesta parisina ha progresado considerablemente gracias al trabajo de Klaus Mäkelä, lo que, sumado a la cuidadísima dirección de Salonen, nos dejó, ya desde el inicial Tempo molto moderato, una Quinta de una calidad superlativa, con una perfección (digna de estudio) como la que hemos escuchado, de un modo muy especial, a las cuerdas, en la que me ha parecido la sección más descollante esta noche y en la que Salonen se ha volcado más, convirtiéndola en todo un cuarteto de cuerda a gran escala, con un refinamiento en la afinación y un ataque tan marcado, que las capas armónicas de la naturaleza parecían irse materializando físicamente ante nuestra mirada.
Análoga perfección en un Andante mosso, quasi allegretto de grandísima musicalidad en su pizzicato, en el que es obligado destacar a quien ha sido uno de los puntales de esta sobresaliente interpretación: la concertino de la Orchestre de Paris, verdadero puente de plata entre Salonen y sus compañeros. La dirección del finlandés vuelve a compartir, aquí, el control extremo de batutas como Osmo Vänskä o Paavo Berglund y la vital efusividad de un Leif Segerstam (por remitirnos tan sólo a directores finlandeses), cerrando el movimiento con un metal que se despliega como una muy orgánica culminación del intrincado entramado armónico de la Orchestre de Paris.
En el fogoso comienzo del Allegro molto vuelven a resultar tan punzantes como enérgicas las cuerdas (cuya disposición antifonal ayuda a tejer el contrapunto con transparencia), mientras que a las maderas les falta ese punto de musicalidad y volumen que nos había ofrecido la Concertgebouworkest dos días antes. Conducido como ejercicio de vigor y constante crecimiento orquestal, el final tan entrecortado de esta Quinta sinfonía fue pulcramente respetado en su dinámica de ataques y silencios.
Como encore, la Orchestre de Paris y Salonen nos dejaron un guiño francés, desgranando con mimo y delicadeza ese ejercicio de tierna belleza que es el raveliano Jardin féerique de Ma mère l’Oye (1908-11). Ojalá que el periplo parisino de Esa-Pekka Salonen le sea propicio, a partir del 2027, pues lo que en el Musikfest ha anticipado con la que será su próxima orquesta ha sido primoroso, y, quizás, a orillas del Sena Salonen encuentre más inspiración a la hora de escribir, como tantos compositores lo hicieron en el pasado.
Paco Yáñez
(Fotos: Fabian Schellhorn / Musikfest Berlin)


