BERLÍN / Jordi Savall imprime energía y dirección a los viajes musicales de Felix Mendelssohn

Berlín. Philharmonie. 29-VIII-2026. Le Concert des Nations. Director: Jordi Savall. Obras de Felix Mendelssohn.
La celebración de los setenta y cinco años de existencia que en 2026 cumplen los Berliner Festspiele tuvo su continuación, tras el soberbio concierto de inauguración del Musikfest, en el que escuchamos Le Grand Macabre, con el regreso a la Philharmonie de quien no sólo es uno de los más grandes directores que España haya tenido jamás, sino uno de nuestros principales embajadores en los ámbitos de la cultura, la ética y el humanismo.
Nos referimos a Jordi Savall, que a Berlín llegaba de nuevo con Le Concert des Nations para ofrecernos un programa íntegramente dedicado a Felix Mendelssohn Bartholdy, un compositor a cuya discografía sumó, hace tres años, una muy sólida aportación, con su registro para Alia Vox de las versiones de 1833 (la más difundida) y 1834 de la Sinfonía nº 4 en La mayor, op. 90 “Italiana”, en unas lecturas que en su día merecieron las alabanzas de nuestro compañero Rafael Ortega Basagoiti por su carácter tan contrastante, intenso y vibrante: señas de identidad que han vuelto a definir lo escuchado a Le Concert des Nations el pasado 29 de agosto en la Philharmonie.
En 2025, aprovechando mi presencia en Berlín para asistir al Musikfest, me acerqué, en la mañana del 1 de septiembre, al Dreifaltigkeitskirchhof, cementerio próximo a la Hallesches Tor donde reposan, tras diversos traslados y avatares históricos, los restos mortales de Felix Mendelssohn y buena parte de su familia (aunque la tumba de su abuelo, el filósofo Moses Mendelssohn, se halla más al norte, en el Alter Jüdischer Friedhof). Mientras frente a la tumba de Mendelssohn escuchaba el Adagio de su Sinfonía nº 3 en La menor, op. 56 “Escocesa” (1829-42) —uno de mis pasajes predilectos de su música, en versión de Frans Brüggen (Philips, 1994)—, se me acercó un cuidador del Dreifaltigkeitskirchhof para preguntarme si estaba interesado en la historia de los Mendelssohn, de la que se mostró un profundo conocedor (además de presentarse como cantante y organista: ¡cosas de los cementerios alemanes!).
Entre las muy interesantes historias que me contó sobre los Mendelssohn, destacó cómo la propia disposición de sus tumbas revelaba la alternancia que en la familia se había dado entre generaciones dedicadas a la empresa y las finanzas, mientras otros de sus miembros, aprovechando la bonanza económica previamente aquilatada, podían entregarse a una vida artística de la que Felix Mendelssohn es, como su hermana Fanny, uno de sus mejores ejemplos. A ello sumaba mi inesperado guía por la genealogía de los Mendelssohn la gran importancia que para dicha familia habían tenido los viajes, comprendidos como un camino de perfección y conocimiento, algo de lo cual el catálogo de Felix Mendelssohn es paradigmático; en especial, las tres partituras reunidas por Jordi Savall en su singladura berlinesa del 29 de agosto, un viaje musical que hemos de poner en perspectiva con el comandado por el director catalán en el Musikfest 2024, cuando nos condujo a las rutas del esclavismo entre Europa, África y América: oscuro reverso de los viajes de esa intelectualidad europea cuyos Grand Tours tantas veces se hicieron a costa de los padecimientos que Savall había desvelado musicalmente en su concierto hace dos años.

El primer viaje de Felix Mendelssohn a Gran Bretaña está detrás de su Tercera sinfonía; en concreto, unos itinerarios por Escocia que, asimismo, dieron lugar a la Ouvertüre “Die Hebriden oder die Fingalshöhle”, op. 26 (1829-33), pieza que también figuraba en el programa de Jordi Savall y que, históricamente, tan entreverada está en el largo proceso compositivo de la Escocesa, sinfonía cuya partitura fue interpretada por Le Concert des Nations en la edición de 1843.
Pero, ya antes de atacar la primera nota de la Escocesa, pudimos ver el exquisito cuidado que Le Concert des Nations pone en todo lo referido al proceso de afinación; en especial, si el conjunto de Jordi Savall vuelve a tener como concertino a la siempre espléndida Lina Tur Bonet, ligeramente elevada con respecto a los ocho primeros violines, un peralte que suele realizar cuando toca con Jordi Savall para así favorecer su conexión visual con el director catalán y con los restantes músicos (redundando en una búsqueda de la cohesión que manda en todo momento en la sección de cuerda, como la procura de una afinación perfecta en la que Tur Bonet estuvo incidiendo a lo largo de todo el concierto con su propio violín).
Otro aspecto en el que Le Concert des Nations se mostró totalmente escrupuloso bajo la batuta de Jordi Savall fue en el respeto a los tempi indicados por Mendelssohn, y, así, si el primer impulso del Andante con moto de la Escocesa sonó un poco abrupto en las maderas, después mandó en este movimiento la fluidez y un trabajo melódico ejemplar en toda la introducción, realmente orgánica, hasta el paso a un Allegro un poco agitato progresivamente acentuado, y aquí hay que señalar no sólo el lógico peso del timbal, sino de la cuerda grave, con unos violonchelos y unos contrabajos cuyo ataque marca otra capa percusiva que refuerza, desde sus bajos, el peso de Le Concert des Nations, confiriendo una sólida base armónica al continuo juego de variaciones habido entre violines y maderas. La tormenta que nos ofreció Savall en este primer movimiento no fue tan aguerrida y violenta como las que podemos escuchar en versiones discográficas de referencia como la del llorado Thomas Fey (Hännsler, 2009), pero, estructuralmente y por dinámicas, resultó impecable, siendo rubricada en la Philharmonie con un detalle camerístico digno de destacar, evocando circularmente el comienzo del movimiento.
Sin pausa intermedia (tal como Mendelssohn prefería), atacó Jordi Savall el Scherzo. Vivace non troppo, lo que le confiere un mayor contraste, agudizando los diferentes ambientes aquí destacados entre el paisajismo del primer movimiento y un Scherzo que Le Concert des Nations puebla de (elegantes) ecos folclóricos, más juguetones y sutilmente sublimados, sin literalidad. Es, por ello, que las maderas casi han cantando sus partes, adquirieron en esta lectura un protagonismo muy especial, soberbiamente articuladas y con una acusada vivacidad en sus bellos contrapuntos con la cuerda.

De nuevo sin interrupción, en el Adagio nuestra escucha se ha beneficiado de la disposición de la cuerda con los primeros y los segundos violines enfrentados (con los tres contrabajos a la derecha del escenario, tras los segundos violines), pues ello muestra con mayor definición el arco tan delicadamente melódico de la sección comandada por Lina Tur Bonet frente al más danzarín pizzicato de violas y segundos violines. Pero, sin duda, es aquí a los violonchelos de Le Concert des Nations a los que hemos de poner en un primerísimo lugar, con su fraseo tan noble y bien paladeado: verdadero corazón de uno de los movimientos más bellos del sinfonismo mendelssohniano.
Mientras, los metales me han parecido algo más rudos, tanto en timbre como en realce, sin que encontremos unas personalidades musicales tan destacadas como en las cuerdas o en las maderas, por lo que su participación más poderosa se reservó para un Allegro vivacissimo – Allegro maestoso assai que volvió a marcar un acusado contraste, ya fuere en tempo, ya en el protagonismo que, ahora sí, Savall concede al timbal, desbordando con más énfasis y cierta marcialidad los acentos, dejando a las maderas un paisaje cromáticamente fascinante en el que es obligado destacar a Josep Domènech como primer oboe: excelente durante todo el concierto. Con su mayor dispersión de los temas reexpuestos y un diálogo de clarinete y fagot impresionante sobre el paisaje dibujado (esfumado) por las cuerdas, progresivamente Savall nos dejó un final asertivo e inflamado (que no rimbombante), poniendo en eco y transformando los temas populares rescatados por Felix Mendelssohn en su periplo escocés, aquí trascendidos en una partitura cuya soberbia interpretación en el Musikfest desató una gran ovación del público berlinés (que prácticamente llenaba la Philharmonie), demostrando el enorme respeto que por Jordi Savall se tiene en la capital alemana.
En los paisajes de Escocia continuamos, ya en la segunda parte del concierto, con la obertura Die Hebriden, rubricando aquello que decía Mendelssohn de que «mi profesión es la de viajero» —así lo cita Savall en su entrevista con Volker Hagedorn para las notas al programa—. El director catalán pone un énfasis especial en lo paisajístico de esta partitura, que presenta con calma, haciendo que las cuerdas se muevan cual olas, tras dibujar la cueva que también da nombre a esta obertura. Progresivamente, ese ambiente marino va ganando nervio y relieves, con un mayor músculo de la orquesta catalana, en la que, de nuevo, es de justicia poner en valor a sus primeros atriles de clarinete y oboe, redondeando otra lectura ejemplar.

Concluyó el programa viajando del norte al sur de Europa, retratado por Mendelssohn en su Sinfonía “Italiana”, obra que a Le Concert des Nations escuchamos en la edición de 1834, mucho menos frecuente que la de 1833, pero que a Jordi Savall le resulta hoy preferible, destacando la perfección y el carácter menos agresivo que el escuchado en la primera edición, una versión que Felix Mendelssohn finalizó, precisamente, en Berlín, concluyendo así una sinfonía que había comenzado en Italia como fruto de su viaje a la península trasalpina de los años 1830-1831: verdadero contrapunto con respecto a las brumas británicas antes escuchadas; de ahí, la vivacidad y el contraste que la Italiana muestra en esta segunda parte, reforzando la dialéctica paisajística del programa y al propio Savall como hombre-puente en el que dialogan prácticamente todos los puntos cardinales: de América a África o Asia, pasando por una Europa más unida en el catálogo musical del propio Mendelssohn que en su actual mapa político.
Y eso que algo de las ínfulas marciales que hoy rebrotan en nuestro continente dejó Felix Mendelssohn en su Cuarta sinfonía, pero no es Jordi Savall hombre al que le gusten esos obscenos devaneos con lo militar, de forma que el Allegro vivace de su Italiana incide más en la plenitud, el fulgor y la energía luminosa; máxime, en contraste con los paisajes nórdicos de las dos partituras antes escuchadas. Como en la versión grabada para Alia Vox, el comienzo de esta sinfonía es, con Le Concert des Nations, legítimamente mediterráneo en sus colores, de modo que, frente a lo más aguerrido de los Roy Goodman (Nimbus, 1988), Frans Brüggen (Philips, 1990) o Thomas Fey (Hännsler, 2007), Savall acusa más el lirismo inherente a este Allegro vivace, no exento de inflamación, pero en lo que al color se refiere, más esfumado en su batuta y próximo —como Savall dijo pretender— a la pintura de un William Turner.
En el Andante con moto es donde comenzamos a percibir las más claras diferencias entre las versiones de 1833 y 1834 de la Italiana, cuyo movimiento lento hace Savall más poético, desvelando aquí la impronta de los corales bachianos en Mendelssohn, así como la ligereza en el manejo del bajo, esencializando la música y rehuyendo toda ornamentación pomposa —así lo señala, igualmente, el director catalán—.
De nuevo, y como había ocurrido entre los cuatro movimientos de la Escocesa, Le Concert des Nations nos deja un muy marcado contraste con el sucesivo Con moto moderato (algo que se refuerza por la ausencia de pausas entre los movimientos, lo que le confiere un arco muy compacto, casi la sucesión de una única idea programática en diferentes variaciones y estructuras temáticas). Una vez más, los metales suenan aquí un tanto divergentes (no tanto por técnica, como por timbre) con respecto al resto de la orquesta, en la que las cuerdas y las maderas presentan una unidad de color más coherente y poética, frente a unos metales de sonoridad más cruda y rugosa.
Por último, el Saltarello. Presto entró pleno de vitalidad, pura vibración, al mismo tiempo que captando nuevamente nuestra atención hacia las partes que aquí más se diferencian con respecto a la versión de 1833, lo que hace que la interpretación de Jordi Savall nos suene nueva y refrescante por más motivos. La disposición antifonal de las cuerdas vuelve a dejar momentos impactantes por sus contrapuntos y fugas, destacando de nuevo la importancia de Johann Sebastian Bach en el pensamiento y en la construcción sinfónica de Felix Mendelssohn. Danzante y plenamente meridional, cuando las cuerdas de Le Concert des Nations se entregan a fondo (como lo hicieron en la Philharmonie) nos hacen ver con rotundidad su carácter, esplendor y calidad técnica, de nuevo lanzadas por una soberbia Lina Tur Bonet al frente de una orquesta que nos ofreció un festín digno de las mejores versiones históricamente informadas que conozcamos de la Italiana (incluidas las dos del propio Savall).
Con tales mimbres y con unas prestaciones orquestales que han ido progresivamente a más, mostrando el gran dominio que de esta página ya aquilata Le Concert des Nations, el final fue lo suficientemente apoteósico como para que el público del Musikfest se lanzara a una estruendosa ovación, puesto en pie, lo que llevó a Jordi Savall a regalarnos dos encores: el primero, con la repetición del Andante con moto de la Italiana; el segundo, con el final del último movimiento de la Escocesa, ofrecidos con un plus de energía y desenfado, ya a modo de regalo festivo. He de decir que nunca me han gustado estas propinas que repiten movimientos previamente escuchados, pues supone redundar en exceso en el programa, además de desgajar algo que adquiere su sentido en un desarrollo sinfónico completo; pero, matices personales al margen, la posibilidad de ver en escena al venerable Jordi Savall, con sus ochenta y cinco años cumplidos en agosto, es siempre un regalo y una oportunidad que no debemos desaprovechar, pues estamos ante una personalidad única en nuestra historia musical.
Paco Yáñez
(Fotos: Fabian Schellhorn / Musikfest Berlin)


