BAYREUTH / Monumental abucheo a la Inteligencia Artificial (IA): Luces y sombra de una ‘Tetralogía’
Festspielhaus de Bayreuth. 16-VIII-2026. Camilla Nylund (Brunilda), Klaus Florian Vogt (Siegfried), Mika Kares (Hagen), Michael Kupfer-Radecky (Gunther), Magdalena Hinterdobler (Gutrune), Jochen Schmeckenbecher (Alberich), Christa Mayer (Waltraute), Anna Kissjudit (Primera Norna), Alexandra Ionis (Segunda Norna), Magdalena Hinterdobler (Tercera Norna), Katharina Konradi (Woglinde), Natalia Skrycka, (Wellgunde), Marie Henriette Reinhold (Flossilde). Editor: Marcus Lobbes. Concepto artístico y técnico: Marcus Lobbes y Nils Corte. Dramaturgia: Andri Hardmeier. Código creativo / Arte visual: Nils Corte y Phil Hagen Jungschlaeger. Escenografía: Wolf Gutjahr. Vestuario: Pia Maria Mackert. Narración digital y con IA: Roman Senkl. Coro y Orquesta titulares del Festival de Bayreuth (director de coro: Thomas Eitler-de Lint). Dirección musical: Christian Thielemann. Wagner: Götterdämmerung (El ocaso de los dioses).
A pesar del recorte del presupuesto hace tres años para la celebración de la edición del sesquicentenario, Katharina Wagner, biznieta del compositor y directora de la actual etapa del Festival desde 2008 (primero de forma conjunta con su hermanastra, Eva Wagner-Pasquier y desde 2015 en solitario) se empeñó en hacer esta Tetralogía de circunstancias. En un principio, se anunció que este Ring se haría en versión de concierto, pero luego surgió la feliz idea de poner en marcha este ‘invento’ acudiendo a la Inteligencia Artificial (IA) que ha dado como resultado el “Ring 10010110 – vom Mythos zum Code” a base imágenes caprichosas incentivadas por la pareja artística formada por Marcus Lobbes y Nils Corte.
No sabemos qué se le ordenó exactamente a la IA ni qué ideó ella por sí misma. No sabemos qué hubiéramos visto con un planteamiento diferente y desde luego más imaginativo. Personalmente creo que las posibilidades de las nuevas tecnologías son infinitamente mayores. La IA no parece tener límites. Pero, visto lo visto esta última semana en Bayreuth, el resultado final es muy pobre. Quizás, podría haberse establecido un dialogo visual y dramático entre la IA y el equipo humano que suele participar en una representación operística: cantantes, figurantes y personal técnico con el apoyo de los potentes medios audiovisuales actuales. Ya ocurrió con el famoso e icónico laser usado por primera vez por Harry Kupfer, que rompió moldes y abrió una puerta a la modernidad audiovisual. Algo que no sucederá con esta propuesta fallida.
Al final nos hemos quedado con un batiburrillo de miles de imágenes que se disuelven en menos de un segundo en superficies abstractas, que se alternan con fotos históricas del festival e instantáneas de las algunas producciones modernas, esencialmente las de Patrice Chéreau (1976-1980), Harry Kupfer (1988-1992), Jürgen Flimm (2001-2004), Tankred Dorst (2006-2010) y Frank Castorf (2013-2018). Los resultados, que hemos venido comentado en anteriores reseñas de este Anillo, carecen de la más mínima conexión musical.
Seguro que los creadores se han divertido mucho jugando con esta nueva herramienta, pero los espectadores hemos sufrido las consecuencias siendo bombardeados de manera inmisericorde con unas imágenes decorativas, que en la mayoría de las veces no hemos entendido y no han aportado nada a este circunstancial Anillo, a caballo entre la fallida propuesta escénica de Valentin Schward que terminó el año pasado, y la próxima que se estrenará en el verano de 2028 con dirección escénica el director de teatro ruso Vasily Barkhatov y Pablo Heras-Casado en el foso. En fin, creo que fue un error de Katharina Wagner, ante la escasez de dinero, el empeñarse en mantener la nueva producción de Rienzi y ahorrar precisamente en el Anillo con el que el Festspielhaus se construyó e inauguró en 1876 y que marcó el inicio del Festival de Bayreuth, hace nada menos que 150 años.
La parte musical, que al final ha salvado los muebles del festival, se ha erigido como la gran triunfadora gracias a Christian Thielemann. El sumo sacerdote de Bayreuth, desde hace 26 años, entró de manera imprevista en el foso de la Verde Colina para sustituir a Daniel Barenboim en la producción de Los maestros cantores de Núremberg (Die Meistersinger von Nürnberg), dirigida por Wolfgang Wagner. Hoy día el gran director alemán es venerado y aclamado por la filarmonía wagneriana como ningún otro maestro. Cada noche, cuando Thielemann sale a saludar tras el inmenso telón gris del escenario al término de cada representación, el teatro se viene abajo con vítores y pateos que solo se dispensan a los “grandes”.
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En reseñas anteriores de este Ring (El oro del Rin, La Valquiria, Siegfried) hemos ido desgranado las virtudes del músico alemán, que quizás sea el que mejor conoce actualmente el universo wagneriano. En la última jornada del Anillo la orquesta siguió igual de motivada y entonada que en jornadas anteriores, a pesar de que este verano los ensayos musicales han sido mínimos en comparación con las largas jornadas de preparación musical que se hacen en Bayreuth habitualmente (un ensayo por acto).
Götterdämmerung (El ocaso de los dioses) cumple la función de una microtetralogía, pues repasa todo lo anterior y está construida con un prólogo y tres largos actos. Es el título más monumental de toda la tetralogía wagneriana y está cargado de una inmensa tensión trágica y posee unos pasajes instrumentales que exigen una genialidad absoluta desde el foso. Christian Thielemann empezó un tanto contenido y algo más pausado de lo habitual en el sombrío e hipnótico inicio con las Nornas y el subsiguiente encuentro entre Sigfrido y Brunilda que acaban de salir de sus aposentos rocosos. No obstante, convierte este feliz encuentro en una verdadera explosión de color y lo ejecuta con meticulosa transparencia permitiendo que las maderas y sobre todo las trompas emerjan con una claridad cristalina en la hermosa acústica de Bayreuth, antes de que la orquesta estalle en un clímax rebosante.
Tras el primer largo descanso (una hora), todo cambió y Thielemann sacó a relucir su vertiente más dramática y telúrica sin acelerar el ritmo, pero manteniendo siempre un tempo compacto y opresivo que incrementa en el espectador la sensación de amenaza latente, para lo cual hace sonar a la sección de metales con una gravedad y una potencia arrolladora que envuelve todo el teatro en una masa sonora impactante. Pero lo más escalofriante de toda la velada se dio en la emocionante Marcha fúnebre (Siegfrieds Trauermarsch), que suena tras el asesinato de Sigfrido. Es el momento en el que la orquesta hace un magistral repaso por los leitmotivs de la vida del héroe, creando un pathos y una solemnidad orquestal absoluta, y dando rienda suelta a los timbales y a los soberbios metales hasta coronar en una gran214 orgía sonora el drama wagneriano.
Con el Acto III llega el final absoluto del Anillo. Brunilda ordena construir una pira funeraria, devuelve el anillo al Rin y se lanza al fuego. La ópera termina con la destrucción de Walhalla y el regreso del motivo de la “Redención por el amor”. Aquí Thielemann hace una auténtica recreación de la transición final desde el foso invisible. Dosifica inteligentemente la energía interna y las dinámicas para que la orquesta no tape a la soprano en sus momentos más líricos, cantados en piano, hasta alcanzar la monumental majestuosidad del radiante y conmovedor final.
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En Götterdämmerung la gran protagonista es Brunilda. Sigfrido lo fue en la jornada anterior. El papel de la valquiria no puede ser más endemoniado y está considerado como una de las cumbres vocales para cualquier soprano debido a sus exigencias técnicas e implacables agudos. Camilla Nylund, que ya había dado señales de fatiga vocal y un vibrato a veces molesto en los días anteriores, sacó a flote el papel con su voz de soprano lírico-dramática desprovista de graves cavernosos y agudos brillantes. Lo mejor, como era de prever, se dio en los momentos más líricos haciendo gala de una frescura y nobleza vocal poco habituales en las colegas de tesitura más pesada que abordan este personaje. Destacó especialmente en los pasajes más íntimos, donde su voz fue capaz de flotar bellamente en los pianos y pianissimos, dotando a la valquiria de una humanidad y ternura emotivas.
El principal problema de Nylund radica en que su instrumento carece del volumen natural, la anchura y el metal punzante en el registro medio que se requiere para atravesar limpiamente la densa orquestación wagneriana, aunque aquí siempre contó con la complicidad del maestro. En la terrorífica escena de la venganza del Acto II, su canto quedó un tanto fuera de control con una emisión de la voz forzada y demasiado abierta, de ahí el molesto vibrato.
Por lo que respecta al resto del reparto, ya hemos comentado sobradamente los pros y contras vocales de Klaus Florian Vogt, que cantó su segundo Sigfrido con la misma facilidad y deportividad que el primero. Excelente, como en los días anteriores, Jochen Schmeckenbecher como un Alberich malvado y de fuerte carácter.
Entre los nuevos personajes que aparecen en la última jornada del Ring, hubo que destacar la buena labor de Mika Kares, que ya había cantado como Hunding en La Valquiria y como gigante Fasolt en El oro del Rin. El Gunther de de Michael Kupfer-Radecky tuvo menor interés y sonó algo rudo. La Waltraute de Christa Mayer convenció solo a medias, ya que su voz a veces suena demasiado estridente. Y por último, es interesante destacar la actuación de Magdalena Hinterdobler en el breve rol de Gutrune. Mejor las Hijas del Rin, que ya aplaudimos en El Oro del Rin, que las tres Nornas, no demasiado conjuntadas.
En los saludos finales los responsables escénicos se llevaron un monumental abucheo y Thielemann fue una vez más el triunfador de la velada (y de toda la Tetralogía). Así pues, peor acaba lo que mal empieza por lo que respecta a la (no) producción escénica de la IA, que no pasará a los anales del Festival de Bayreuth. Todo lo contrario ocurre con la parte musical, que empezó muy bien y terminó aún mejor con un Thielemann fantástico y un reparto que, con sus luces y sus sombras, tuvo un gran mérito. A ver qué sucede en 2028…
Antonio Moral
(fotos: Enrico Nawrath)


