BAYREUTH / Siegfried: “No gas today”
Bayreuth Festspielhaus. 15-VIII-2026. Klaus Florian Vogt (Siegfried), Camilla Nylund (Brunilda), Michael Volle (Wanderer), Jochen Schmeckenbecher (Alberich), Gerhard Siegel (Mime), Peter Rose (Fafner), Christa Mayer (Erda), Victoria Randem (Pájaro del bosque). Editor: Marcus Lobbes. Concepto artístico y técnico: Marcus Lobbes y Nils Corte. Dramaturgia: Andri Hardmeier. Código creativo / Arte visual: Nils Corte y Phil Hagen Jungschlaeger. Escenografía: Wolf Gutjahr. Vestuario: Pia Maria Mackert. Narración digital y con IA: Roman Senkl. Dirección musical: Christian Thielemann. Wagner: Siegfried.
Siegfried es sin duda la ópera más compleja musical y psicológicamente de toda la Tetralogía y también la más difícil de seguir para un público de lengua no alemana o menos familiarizado con las óperas wagnerianas. Götterdämmerung (El ocaso de los dioses) es la más monumental, Die Walküre (La Valquiria) mucho más dramática y Das Rheingold más diversa y con una gran riqueza de personajes.
Su complejidad radica en que Wagner hace coincidir problemas dramáticos (a pesar de su duración casi no existe la acción teatral), estructurales (se tienen que sostener larguísimos diálogos entre dos personajes durante más de tres cuartas partes de la obra), orquestales (se necesita una orquesta gigantesca con una transparencia muy difícil de conseguir para el director, para más inri, a veces el foso debe sonar como si fuese música de cámara). Y por supuesto los vocales, que aquí están llevados prácticamente al límite de la resistencia humana pues el tenor ha de cantar muchísimo durante la mayor parte de la ópera con pasajes endemoniados, como ocurre en la escena de la fragua (los temibles Schmiedelieder), en su incesante enfrentamiento con Mime o en el larguísimo dúo con el Wanderer (Caminante). Y después de cantar más de dos horas, ha de llegar fresco al gran dúo final con Brünnhilde, que dura media hora larga y contiene algunas de las exigencias más comprometidas del papel: ha de cantar con un gran lirismo, pero también con la potencia vocal de un heldentenor.
Como se ve, la empresa no es nada fácil y el desafío es total para cualquier tenor dramático que se precie. En los últimos treinta años, desde 1996 hasta 2026, la lista de los tenores que han cantado este endemoniado papel es más corta de lo que en un principio podíamos creer. En total han sido siete: Wolfgang Schimdt (1996 – 2004), Christian Franz (2001 – 2009), Stephen Gould (2006 – 2008). Lace Ryan (2010 – 2014), Stefan Vinke (2015 – 2017), Andreas Schager (2022 -2023) y por último Klaus Folrian Vogt (2024 – 2026). Son siete cantantes vocalmente muy diferentes y se podrían resaltar pros y contras. De todos ellos, personalmente me quedo con Gould, sin duda el más completo, ya que poseía una voz heroica, tenía una resistencia increíble y contaba con una gran flexibilidad musical. Quizás no tenía el impactante agudo de Schager ni la facilidad tímbrica de Vogt, pero era el más emocionante en vivo, al menos para el firmante de esta crónica.
Y ahora centrándonos en nuestro héroe actual, Klaus Florian Vogt, al que ya habíamos escuchado en este papel, la cuestión estribaba en cómo lo cantaría después de abordar en los días previos Loge (Rheingold) y Siegmund (Walküre) y aún le queda el Siegfried de El ocaso de los dioses. Una hazaña histórica que ningún otro tenor había conseguido antes en Bayreuth. Pues bien, diremos que su Loge fue extraordinario, su Siegmund quedó algo desdibujado, pues la tesitura resulta demasiado grave para él, mientras que su primer Siegfried fue casi atlético, no mostró el menor signo de fatiga en toda la ópera, aunque fuera con esa voz tan peculiar de adolescente emocional. Está claro que en los Schmiedelieder su cuerpo vocal no tiene el peso heroico requerido y tampoco produce el impacto sonoro en el oyente como ocurría con Schager o Vinke. Su instrumento es claro y luminoso y posee una excelente técnica con una proyección y un agudo lacerante con el que salva los muebles de principio a fin. A veces una buena parte del público y la crítica valora a este tenor muy a la ligera. Lo cierto es que Vogt es un tenor anómalo, pero tiene un gran mérito. Por supuesto, puede gustar más o menos o simplemente no gustar, pero hay que intentar ser un poco más objetivo en las valoraciones.
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Muchos aficionados recordarán como Wolfgang Schmidt se desmoronaba en el último acto. Y otros muchos colegas cuando llegaban al dúo final con Brunilda y debían controlar el músculo, apianar y aligerar la voz, se quedaban sin resuello. Algo parecido ocurre hoy con Schager, de voz volcánica y electrizante, que ha cosechado un gran éxito en el estreno de Rienzi en Bayreuth. Al igual que Vogt es capaz de cantar la parte sin despeinarse (aunque últimamente muestre signos de fatiga vocal), pero el refinamiento vocal es otra cosa. Tampoco Vinke o Ryan fueron capaces de aligerar la voz, ni frasear con trasparencia. Todo lo contrario de Gould, que no solo lograba terminar la función vivo, sino que siempre conservó una flexibilidad musical encomiable.
Camilla Nylund, de la que ya hablamos en la jornada anterior, solo canta en ‘El despertar de Brunilda’, que cierra el tercer y último acto. Es el momento que marca la cumbre dramática de la ópera, donde la antigua valquiria es liberada de su sueño eterno por el héroe que no conoce el miedo. El endemoniado papel es uno de los más exigentes, largos y complejos de toda la historia de la ópera. Requiere un centro vocal sumamente robusto y carnoso para que el texto sea inteligible frente a la densa textura instrumental. Aunque en Sigfrido Brunilda solo aparece en los últimos treinta y cinco minutos de la ópera, se enfrenta a retos vocales extremos. Su problema no radica en el desgaste por haber cantado más de una hora neta previa, como ocurre con su amante, sino en el choque técnico inmediato con una tesitura incómoda y la presión de competir contra un tenor agotado. La parte le exige mantener un brillo constante en la zona aguda, abandonando casi por completo los tonos graves y más confortables de mezzo con los que se defiende en la ópera anterior. Siegfried concluye con un clímax total de la orquesta donde la soprano debe emitir y sostener un Do agudo limpio y potente junto al tenor. Algo que no sucedió con la soprano finlandesa. Tampoco Nylund fue capaz de mantener el ritmo frenético del tramo final de la ópera y los saltos interválicos de la partitura le jugaron una mala pasada ya que le fue casi imposible mantener la correcta afinación, mostrando una voz destemplada o chillona en la zona aguda. Veremos que ocurre en la jornada siguiente, Götterdammerung, donde ha de darlo todo.
El veterano tenor de carácter, Gerhard Siegel, que ha cantado el papel de Mime más de doscientas veces, hizo una autentica recreación del personaje. Nunca sonó grotesco y siempre mantuvo la línea musical, a pesar de que ha de cantar durante casi todo el primer acto con frases cortas, picadas y puramente silábicas. Aunque no es un rol heroico, Wagner le exige mucho a Mime, ya que ha de subir constantemente a la zona del “pasaje” y emitir notas agudas que deben sonar estridentes o quejumbrosas, además de tener que gemir, quejarse, reír histéricamente, susurrar con malicia y falsear la voz. Y todo ello lo consiguió Siegel, que también fue capaz de mover la inerte acción actoral de los días previos y arrastrar a los colegas a una semiescenificación improvisada que le agradecimos especialmente. Fue muy elocuente el duelo entre los dos nibelungos, junto a Alberich, muy bien encarnado por Jochen Schmeckenbecher, con una voz igualmente bien dosificada y un toque cómico.
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Michael Volle como Der Wanderer (Wotan) mantuvo la excelencia durante la segunda jornada del Anillo, sobre todo en su memorable encuentro con la Erda de Christa Mayer, de voz oscura pero poco penetrante. Ambos estuvieron iluminados por el sublime acompañamiento musical de Thielemann, que se tomó todo el tiempo del mundo para que cada uno de ellos pudiera darle sentido a cada palabra y el énfasis dramático necesario. Por último, citar el episódico Pájaro del bosque (Waldvogel) en la poco atractiva voz de la joven soprano noruego-nicaraguense Victoria Randem y la profesionalidad del veterano bajo Peter Rose en su breve cometido como Fafner.
La parte musical funcionó de maravilla, como en las jornadas anteriores. De nuevo Thielemann fue el gran artífice del triunfo global. Pocos directores vivos, quizás ningún otro, conocen tan bien las partituras de Wagner y las interpretan con tanta inspiración como él. En Sigfrido, como ya ocurrió antes en La Valquiria o El oro del Rín, el gran maestro alemán ofició una liturgia muy especial, capaz de aflorar los mil y un detalles de una partitura tan extensa como intensa, prestando una minuciosa atención tanto a las voces del escenario como a los excelentes músicos de la orquesta de Bayreuth, que lo ama. Tan solo en la escena final el maestro pareció perder un poco de gas, quizás arrastrado por el lastre vocal de los dos protagonistas.
Al menos, en esta fallida (no) producción la música ofrecía toda la exuberancia que la escena nos negaba. Se podrían citar decenas de momentos mágicos como el Preludio del acto I, los murmullos del bosque (acto II), el solemne encuentro entre Wotan y Erda del acto III, el instante en el que Sigfrido atraviesa el fuego mágico, y sobre todo a partir del Despertar de Brunilda “Heil dir, ¡Sonne!” (¡Salve, oh sol!). hasta la caída del telón. Al final bravos y sonoros pateos para el maestro, Vogt y Volle (por este orden).
Las imágenes creadas por la IA para este “Ring 10010110 – vom Mythos zum Code”, que es como se titula la experiencia visual de este año, siguieron una secuencia y un guión similar al de las dos jornadas anteriores, mezclando referencias a producciones anteriores, esencialmente a las de Harry Kupfer (1988 – 1992) y Frank Castorf (2013 – 2018), que incluyó la icónica referencia al Monte Rushmore en Estados Unidos o el cartel de “NO GAS TODAY” que aparecía en la estación de servicio de la producción del polémico regista alemán sacada en una breve imagen proyectada casi sin percatarnos entre las miles de filminas con las que nos bombardearon Marcus Lobbes y Nils Corte. Una imagen y un texto que nos viene al pelo para titular la presente reseña.
Tampoco faltaron las fotos de personajes históricos, esta vez del matrimonio Kennedy, Nikita Kruschev, Fidel Castro o Daniel Ortega. No faltaron guiños a hechos relevantes del siglo XX como el histórico alunizaje de 1969 o símbolos universales como la Torre Eiffel parisina. Hay ciertos momentos que cuando las imágenes se disuelven en superficies de color abstractas, puede resultar hasta estético. La mayoría de las veces, sin embargo, resulta reiterativo, desagradable, sencillamente feo o muy cursi, como ocurrió en la escena final de la ópera, totalmente kitsch, con dos jóvenes besándose en tonos rosa con un corazoncito. Pero la pregunta del millón es: ¿qué se saca al final de todo este mejunje visual? Nada. Los patrones elegidos carecen de la más mínima conexión musical. Y si se reconoce algo, por desgracia no aporta nada.
Para terminar un apunte curioso, que en general ha pasado inadvertido: la representación del pasado sábado 15 de agosto coincidía exactamente con la fecha del estreno de Siegfried en la Tetralogía inaugural del Festspielhaus de Bayreuth en 1876 y de la que este año se conmemora el 150º aniversario.
Antonio Moral
(fotos: Enrico Nawrath – Festival de Bayreuth)


