BAYREUTH / La IA eclipsa la (no) producción de ‘Das Rheingold’, musicalmente extraordinaria gracias a Thielemann
Bayreuth. Festspielhaus. 12-XVIII-26. Michael Volle (Wotan), Anna Kissjudit (Fricka), Jochen Schmeckenbecher (Alberich), Gerhard Siegel (Mime), Klaus Florian Vogt (Loge), Evelin Novak (Freia), Alexander Grassauer (Donner), Siyabonga Maqungo (Froh), Christa Mayer (Erda), Mika Kares (Fasolt), Peter Rose (Fafner), Katharina Konradi (Woglinde), Natalia Skrycka, (Wellgunde), Marie Henriette Reinhold (Flossilde). Concepto artístico y técnico: Marcus Lobbes y Nils Corte. Dramaturgia: Andri Hardmeier. Código creativo / Arte visual: Nils Corte y Phil Hagen Jungschlaeger. Escenografía: Wolf Gutjahr. Vestuario: Pia Maria Mackert. Narración digital y con IA: Roman Senkl. Orquesta del Festival de Bayreuth. Dirección musical: Christian Thielemann. Wagner: Das Rheingold (El oro del Rin).
Justo a las 20:32 horas de la tarde de ayer, mientras media España estaba pendiente del primer eclipse total de este siglo, Christian Thielemann aparecía tras el inmenso cortinón de boca del escenario del Festspielhaus de Bayreuth y se producía un auténtico terremoto en la sala con un monumental y sonoro pateo (aquí el pateo es sinónimo de éxito), seguido de interminables bravos hacía el que había sido el gran artífice de una dirección musical impecable que salvó de la quema la fallida (no) producción creada por primera vez en un teatro de ópera gracias a la inteligencia Artificial (IA), en conmemoración de los 150 años de la inauguración del Festival de Bayreuth con la primera Tetralogía de 1876, dirigida escénicamente por Wagner y musicalmente por Hans Richter.
Christian Thielemann, como ya nos tiene acostumbrados, hace una verdadera recreación de esta música excelsa que conoce al dedillo y que además sabe explicar con una naturalidad apabullante mediante una narración musical sin fisuras donde todo lo que se escucha tiene un sentido unitario y posee una gran belleza. En ningún momento el discurso musical resulta apresurado, ni ralentizado, sino que siempre es proporcionado y ordenado, con atención milimétrica a los mil y un detalles de una partitura maestra. Cuando el director adopta un tempo más rápido, es para aligerar la labor de los cantantes y siempre sabe utilizar el rubato de forma coherente, sobre todo en las transiciones y en los momentos culminantes de la ópera.
Por otro lado, la atención y el cuidado de las voces es máxima en todo momento, aunque la soberbia orquesta de Bayreuth suene algo más contenida si la comparamos con la brillantez orquestal de su última Tetralogía de Berlín en noviembre de 2025. Se podrían citar decenas de detalles a lo largo de las casi dos horas y media ininterrumpidas que dura la ópera, pero nos llamó poderosamente la atención el arranque del preludio en un pianísimo casi imperceptible de los contrabajos construido sobre un único acorde de Mi bemol mayor, que en conjunto dura aproximadamente cuatro minutos y consta de 136 compases.
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Aquí Wagner utilizó el principio del crescendo no solo mediante un volumen pausado y progresivo, sino añadiendo paulatinamente más instrumentos cada pocos compases (crescendo de texturas), creando así un efecto de oleaje, donde las cuerdas ejecutan arpegios rápidos que suben y bajan de forma constante. Este diseño imitativo genera visualmente el movimiento constante de las olas y las corrientes submarinas y produce un efecto de gran impacto en el espectador. Todo este torrente sonoro crea una especial atmósfera en la mítica sala del Festspielhaus de Bayreuth, ya que la ópera comienza en una sala completamente a oscuras desde el silencio más absoluto. ¡Realmente estremecedor! Con músicos así la ópera entra en una tercera dimensión que no es fácil de explicar, pero que supone un gozo máximo si tienes la suerte de vivirla en directo en Bayreuth.
Los otros dos grandes triunfadores de la velada fueron el tenor Klaus Florian Vogt, muy querido y aplaudido en Bayreuth, que este verano cantará los tres grandes papeles del Ring (Loge, Sigmund y Sigfrido). Sin duda, un reto histórico que no convence a todo el mundo por las características de una voz que se considera demasiado ligera y blanquecina a la hora de abordar papeles de corte más dramático y tan comprometidos como el Sigfrido. Pero Vogt aquí encarna el papel de Loge con soberanía y un gran refinamiento, haciendo gala de una proyección vocal estupenda.
El otro fue el gran barítono Michael Volle, que encarnó, una vez más, el mejor Wotan de nuestros días. El poliédrico papel del padre de los dioses solo podría haber sido interpretado de manera tan excepcional por este veterano barítono alemán, que se encuentra en la cima de su carrera, poseedor de gran volumen, una voz ágil y flexible, un hermoso timbre y una excelente inteligibilidad del texto. Sea cual sea el momento de la representación su garganta, siempre segura, emite sonidos puros sin el más minimo vibrato. A diferencia de otras interpretaciones escénicas suyas, Volle no pudo cautivarnos en esta ocasión por su gran entrega dramática al tratarse de una versión de concierto (con imágenes) con todos los cantantes situados en el centro del escenario sin apenas movimiento.
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Otro cantante que rayó a gran altura fue el barítono Jochen Schmeckenbecher (Alberich), en plena forma vocal, que ya escuchamos en Berlín el año pasado. Aunque ayer pasó mucho más desapercibido que entonces al hurtarle del componente escénico, imprescindible para recrear al malévolo personaje. Un enano de la raza subterránea de los nibelungos, obsesivo y rijoso, cuya ambición altera el orden del mundo.
El resto del reparto estuvo a la altura de las circunstancias con un estupendo Mime en la voz del veterano Gerhard Siegel y un buen Donner (Alexander Grausser). Suficientes los dos gigantes, cantados por Mika Kares (Fasolt) y Peter Rose (Fafner), la episódica Freia de Evelin Novak y el Froh de Siyabonga Maqungo. Las tres hijas del Rin tuvieron calidad y estuvieron bien conjuntadas, sobresaliendo entre ellas la voz de grato timbre de Katharina Konradi (Woglinde). Y tan solo podríamos anotar que hubo dos pequeñas máculas: la no siempre entonada Fricka de Anna Kissjudit y la poco profunda Erda de Christa Mayer.
En cuanto a la (no) producción realizada con la ayuda de la Inteligencia Artificial (IA) por Marcus Lobbes y Nils Corte, sin el mayor interés visual ni dramatúrgico, baste decir que fue un bodrio. Un reiterativo bombardeo de imágenes generadas por la IA a partir de las últimas producciones vistas de la Tetralogía en Bayreuth (Chereau, Kupfer, Rosalie Dort y Castorf, entre otros), mezcladas con fotos históricas y una abundancia de abstracciones pictóricas e imágenes inventadas sin mayor interés. Al final era mejor no mirar la escena porque molestaba tanto color y abundancia de imágenes. Por último, el horrible vestuario de Pia Maria Mackert, no solo no aportó nada positivo a la escena, sino que nos confundió aún más con unos figurines monocromos en tonos grises muy parecidos entre sí, llenos de plumas y diseños muy poco afortunados.
¡Si este es el futuro de la ópera, vamos apañados!
Antonio Moral
(fotos: Enrico Nawrath – Festival de Bayreuth)


