BAYREUTH / La ‘Valquiria’ de Michael Volle y Christian Thielemann
Bayreuth. Festspielhaus. 13-VIII-2016. Camilla Nylund (Brunilda), Michael Volle (Wotan), Anna Kissjudit (Fricka), Klaus Florian Vogt (Siegmund), Elza van den Heever (Sieglinde), Mika Kares (Hunding), Martina Welschenbach (Gerhilde), Brit-Tone Müllertz (Ortlinde), Karis Tucker (Waltraute), Freya Apffelstaedt (Schwertleite), Magdalena Hinterdobler (Helmwige), Alexandra Ionis (Siegrune), Marie Henriette Reinhold (Grimgerde), Natalia Skrycka (Rossweisse). Concepto artístico y técnico: Marcus Lobbes y Nils Corte. Dramaturgia: Andri Hardmeier. Código creativo / Arte visual: Nils Corte y Phil Hagen Jungschlaeger. Escenografía: Wolf Gutjahr. Vestuario: Pia Maria Mackert. Narración digital y con IA: Roman Senkl. Dirección musical: Christian Thielemann. Wagner: La Valquiria.
Recuerdo que en octubre del año pasado titulé la reseña de La Valquiria de la Staatsoper de Berlín con Thielemann en el foso como “Un tercer acto de La Valquiria que vale por una Tetralogia”. No será fácil repetir algo así. De hecho, las experiencias musicales jamás se repiten. Son únicas. Pero lo cierto es que aquella noche los allí presentes vivimos una de las experiencias más sobrecogedoras que se puede sentir en un teatro de ópera. Fue cuando Volle interpretó de forma abrumadora la despedida de Brünnhilde “Leb‘ wohl, du kühnes herrliches Kind!“ (¡Adiós, niña audaz y maravillosa!), una escena que por sí sola justificó toda aquella Tetralogía. Junto al veterano barítono alemán estaba una soprano dramática del calibre de Anja Kampe, que realizó una de las mejores interpretaciones de Brunilda que este firmante ha escuchado en vivo a lo largo de los últimos cuarenta años.
Pues bien, traigo a colación esta historia, porque esta vez en el Festspielhaus de Bayreuth, como en Berlín, hemos vivido sin duda el mejor momento de la velada en la última escena de la ópera con Wotan, de nuevo Volle, y la Brunilda de Camiilla Nylund. Pero no fue lo mismo en absoluto. En ningún momento saltó la chispa de la magia, a pesar de que aquí estaban el mismo director de entonces, el mismo Wotan y una cantante que aborda con (cierto) éxito uno de los mayores retos para la voz de soprano dramática wagneriana.
Nylund lució una interpretación desigual a lo largo de la ópera. Por un lado, pudimos alabar su lirismo en los momentos más íntimos, como en el Anuncio de la muerte “Todesverkündung” (Acto II) en el sobrio e hipnótico diálogo cuando Brunilda anuncia a Siegmund su trágico destino en el Valhalla, cumbre de intimidad musical que ha de cantarse con una quietud hipnótica extraordinaria, subrayada por los metales graves en pianísimo. Pero por el otro, la soprano finlandesa acusó cierta fatiga y el paso de los años, mostrando falta de fuelle, tirantez en los agudos y un registro grave deslucido en las demandas finales del tercer acto. En su entrada al inicio del Acto II, tampoco consiguió emocionarnos con el control necesario del registro agudo para lanzar los famosos y temidos gritos de guerra “Hojotoho!”.
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Como ya advertimos el día anterior en El oro del Rín (ver crítica), el gran triunfador de la velada volvió a ser el impactante Wotan de Michael Volle, un barítono sensacional que se encuentra en el momento más dulce de su carrera con 66 años cumplidos. El poderoso cantante alemán posee un registro grave aterciopelado, un registro medio bellísimo y sonoro y unos agudos potentes y luminosos. Pero lo que más impacta de este excelente cantante es su intensidad interpretativa y una paleta vocal llena de color. Volle interpretó el conocido monólogo del segundo acto como si se tratara de un Lied de Schubert, con una dicción maravillosa y una concentración tal que llegó a causar un gan impacto. Pero Volle posee también unos agudos aterradores, como ocurrió en la escena en la que ha de enfrentarse a las Valquirias al comienzo del tercer acto.
En el primer acto volvió a triunfar como Siegmund el héroe actual de Bayreuth, Klaus Florian Vogt, que había cantado el papel de Loge la noche anterior, y cantará el temido Siegfried en la segunda jornada del Ring el próximo sábado. Los aficionados wagnerianos suelen tener opiniones encontradas respecto a este polémico tenor, generando uno de los debates más intensos y recurrentes del festival. Mientras un sector, más renovador, elogia su frescura, claridad rítmica y su extraordinaria articulación, la otra parte (los talibanes wagnerianos) cuestiona que su peso vocal no es el adecuado para abordar este rol, abusando de una emisión “artificialmente blanqueada” que resta madurez, pasión carnal y peso dramático a la tormentosa relación con su hermana Sieglinde.
Sea como fuere, Vogt se llevó al público de calle y volvió a ser el más ovacionado de la noche junto a Volle y Thielemann. Lo cierto es que Vogt siempre sale airoso y también hay que constatar que este tenor va a ser el único en la historia de la ópera capaz de abordar la integridad de los grandes papeles wagnerianos. Está claro que un espectro vocal tan amplio no puede satisfacer a tirios y troyanos. La polémica por tanto sigue…
De la soprano sudafricana Elza van den Heever como Sieglinde se puede hacer una valoración mayoritariamente positiva, aunque con ciertos matices técnicos. Al inicio de la ópera su voz no parecía tener consistencia en el registro medio, que quedaba algo desvaído. Después fue ganando enteros conforme avanzaba el primer acto consiguiendo un notable dúo de amor junto a Klaus Florian. Si bien el centro de la voz es seguro, las notas más agudas sonaron algo rígidas y tirantes en los momentos de mayor arrebato emocional. Otra de las críticas que se le ha hecho en la prensa alemana fue por su dicción poco idiomática y su deficiente pronunciación del alemán, que se acentúa aún más al compartir escenario con cantantes nativos alemanes que muestran una dicción impecable.
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Hunding fue interpretado con profesionalidad por el bajo Mika Kares, que cantó el gigante Fasolt la noche anterior, aunque no posee el registro demandado por Wagner de bajo profundo, que está específicamente escrito para una voz de bajo pura y oscura. Requiere por tanto un timbre cavernoso que inspire autoridad inmediata en el oyente. Algo que no ocurrió. La Fricka de Anna Kissjudit, que posee un importante caudal de voz, no siempre muestra una afinación inmaculada, aunque fue muy aplaudida y al final consiguió brillar con luz propia, especialmente arropada por la monumental dirección musical de Christian Thielemann. Por último, las ocho valquirias no terminaron de conseguir el rendimiento y el empaste al que nos tienen acostumbrados en Bayretuh. Quizás la falta de acción les pasó factura.
Thielemann y la sensacional orquesta del festival consiguieron encandilarnos con una interpretación apasionante y conmovedora durante toda la ópera y de forma especial en la última escena del tercer acto, devolviendo al foso el resplandor, brillo y la calidad de los grandes maestros de antaño. Además, Thielemann demostró una vez más su maestría absoluta a la hora de manejar el complicado balance sonoro en el teatro, logrando que la orquesta wagneriana fuera opulenta y densa pero sin llegar jamás a tapar a los cantantes. El éxito, como no podía ser de otra manera, fue mayúsculo con toda la platea en pie pateando y gritando encendidos y sonoros bravos.
En cuanto a la (no) producción concebida por la IA, baste decir que los planteamientos no cambiaron demasiado con respecto a lo ya explicado en El oro del Rin, bien es cierto que el reiterativo bombardeo de imágenes generadas por la IA fue menor y estuvo más pausado que la noche anterior, mezclando fotos históricas de Lenin o Hitler, abstracciones pictóricas e imágenes inventadas sin demasiado interés, junto a alusiones visuales de los Anillos anteriores de Chéreau, Kupfer o Kirchner.
Antonio Moral
(fotos: Enrico Nawrath)


