TOKIO / Toshio Hosokawa estrena la ópera ‘Natasha’ en el Nuevo Teatro Nacional

Tokio. Nuevo Teatro Nacional. 11-VIII-2025. Ilse Eerens, Hiroka Yamashita, Christian Miedl, Mari Moriya, Akiko Tomihira, Jun Bo Tang, Masanori Oishi, Gaku Yamada. Sumihisa Arima, electrónica. Coro del Nuevo Teatro Nacional. Orquesta Filarmónica de Tokio. Dirección musical: Kazushi Ono. Dirección de escena: Christian Räth. Toshio Hosokawa: Natasha.
Encargo de Kazushi Ono como director artístico de la sección de ópera del Nuevo Teatro Nacional de Tokio, a quien la partitura está dedicada, Natasha, octava ópera del compositor japonés Toshio Hosokawa, fue estrenada el pasado 11 de agosto culminando un largo proceso comenzado en julio de 2019 al que, dos años después, se sumó la escritora japonesa Yoko Tawada como autora de un libreto completado en marzo de 2023, mientras que la partitura fue firmada Hosokawa en abril de 2025: un total de seis años en los que el mundo ha sufrido una pandemia, sucesivas crisis económicas, desastres naturales y guerras, incluyendo las ocupaciones de Ucrania y Gaza.
Todo ello se asoma a Natasha, ópera en un acto estructurada en un prólogo y siete escenas que se adentra en las vivencias de dos jóvenes desplazados que han perdido su familia y hogar: la ucraniana Natasha, refugiada de guerra, y el japonés Arato, huérfano a causa de un tsunami. Ambos se sientan, perdidos, frente a un océano primordial sobre el que reverberan voces de otras víctimas en idiomas para ellos desconocidos, cuya esencia musical será capaz de comprender Natasha, gracias a su condición de chamana, de la que va tomando conciencia a medida que progresa la ópera, con su paralelo perfeccionamiento espiritual. El tercer protagonista, que se presenta como nieto del Mefistófeles del Fausto de Goethe, conducirá a Natasha y Arato a través de siete infiernos que hoy definen a nuestro mundo: desde la destrucción del medioambiente a la codicia, pasando por el consumismo o la idolatría, superando una serie de pruebas que nos recordarán a las de Tamino y Pamina en La flauta mágica.
Como en la ópera mozartiana, en Natasha triunfará finalmente el amor entre los protagonistas, que regresan del Infierno de la sequía con el tesoro de un nuevo lenguaje que permitirá a los seres humanos comprenderse, una vez que el espacio y el tiempo se han disuelto en el silencio. La música será crucial para alcanzar ese entendimiento, asumiendo el rol que en el teatro nō desempeña el hashigakari, corredor que nos conecta con el océano del inconsciente colectivo —o el alaya-vijnana budista, tal y como ha afirmado Toshio Hosokawa—, derribando las fronteras culturales y políticas: todo un espejo de la carrera artística del compositor de Hiroshima, cuya función, al armonizar los hasta treinta idiomas en que está cantada Natasha y hacer de la música un ciclo resonante del agua en el que todo se interconecta, es igualmente parangonable a la de un chamán —dimensión de lo ritual que, desde hace años, interesa especialmente a Hosokawa, y que ya se encontraba presente en algunas de sus anteriores óperas, como Futari Shizuka (2017), de la que les dimos cuenta en Scherzo el pasado mes de marzo, a raíz del que fue su estreno en España, efectuado en el Palau de la Música de Valencia—.

De este modo, la tan poliédrica, bella y desasosegante música de Natasha evoca, desde su obertura, una suerte de génesis de reminiscencias bíblicas, con registros extremos en la orquesta dando nacimiento al mundo desde el susurro y el viento, lo que convoca evocaciones de otros relatos fundacionales sobre el origen de la vida en distintas culturas del planeta. Repetidos túneles de sonido, a modo de inquietantes cuevas resonantes, y motivos cíclicos (que remedan orquestalmente los latidos cardíacos de la naturaleza, con una función parangonable al leitmotiv) acompañan a Natasha y Arato en sus sucesivas catábasis y anábasis por los infiernos del mundo actual, esfumadas en claroscuros que dibujan orquestal, coral y electrónicamente desde el atronador vacío que hoy nos rodea en esta ubicua sociedad del espectáculo hasta el caos o las presencias de músicas que, como el pop y el rock en el Infierno del hedonismo, con dúo vocal, saxofón y guitarra eléctrica sobre el escenario, contaminan la pureza del océano musical con sus empalagosas melodías en Do menor de inspiración comercial.
Pero, además de su carácter reflexivo y trascendente, se asoma también a Natasha algo menos frecuente en la música de Hosokawa, como el humor, con dejes hasta ligetianos, como los que escuchamos en el citado Infierno del placer o en un Infierno de los negocios punteado por frenéticos ritmos minimalistas (cual hiperactivas escalas bursátiles), onomatopeyas y citas grotescas en los idiomas del poder económico replicadas por los instrumentos de forma paródica hasta contaminar, nuevamente, ese océano de la conciencia orquestal con una música huera que espolea la voracidad de la codicia y una feroz ansia de expansión vocal y orquestal.
Como contrapunto a esas corrientes de desorden social, en el final de Natasha, y a modo de horizontes de un nuevo paisaje para la convivencia, se alzan la serenidad, la apertura al otro desde la intimidad y el respeto por la naturaleza, por ese tan oriental ciclo de la eterna renovación de las aguas físicas y espirituales: todo un mensaje que sintetiza el humanismo, el ecologismo y el pacifismo que Toshio Hosokawa siempre ha defendido desde que su música se convirtiese, a finales de los años setenta del pasado siglo, en un privilegiado puente cultural entre Asia y Europa que es perfectamente extensible al conjunto del planeta, pues pocas son las sociedades que, desgraciadamente, hoy en día no se vean reflejadas en los siete infiernos que Natasha nos presenta.
Si antes citamos la influencia de György Ligeti, a través de Le Grand Macabre, otras improntas se alquitaran igualmente en Natasha, confiriéndole la enorme dimensión artística y la tan efectiva fuerza de su mensaje, como la de Luigi Nono, ya no sólo en la denuncia política aquí tan explícita, sino, como en Prometeo, por la creación de un medioambiente acústico espacializado, con varios músicos de la orquesta ubicados en los palcos del Nuevo Teatro Nacional y una envolvente electrónica de recitados y sonidos sintetizados; la del Helmut Lachenmann de Das Mädchen mit den Schwefelhölzern; o la de Bernd Alois Zimmermann, evidenciada tanto por la saturación de motivos discrepantes en el aparato vocal-instrumental como por la poderosa unidad que Hosokawa confiere a una partitura repleta de capas de metafóricos sonidos que luchan entre sí. El Infierno de la ciénaga es paradigmático al respecto, recordándonos a las colosales Die Soldaten y Requiem für einen jungen Dichter.

Como en Zimmermann, en Natasha se infiltran músicas de diferentes estilos que, desde el pop, el minimalismo y el rock a los recitativos y arias tonales de raigambre europea, conforman un tumultuoso caos poliestilístico al que Hosokawa no sólo otorga una coherencia formal (para así mostrar los lazos que unen y articulan el poder destructivo del mal), sino, en dicho Infierno de la ciénaga, una resolución tan desoladora como poética, con la entrada, entre el desorden de unos activistas sociales convertidos en pura pose (con sus proclamas marxistas tan bien asimiladas por el poder), de un clown que, desheredado y errante, entona versos de Shakespeare: eco tanto de la mítica Ran de Kurosawa como de la que fue, en 1998, la primera ópera de Hosokawa, Vision of Lear, llevando al escenario a un personaje de solitaria y honda humanidad que, absorta Natasha frente a él, precipita un cambio de rumbo en el desarrollo de la ópera, al exhortarnos al encuentro de los seres humanos desde su más pura e íntima esencia.
Dicha esencia adquiere, tras el Infierno de la ciénaga, una presencia de gran pureza en dos instrumentos que aquí serán cruciales en la orquesta, convocando las raíces japonesas de la música de Hosokawa: el arpa, con las reminiscencias del koto que tocaba la madre del compositor, y la flauta, un instrumento fundamental en su estética, llevando a Natasha una sonoridad primordial que, evocando al shakuhachi, remeda el rumor del viento en la naturaleza, por lo que dibuja un círculo desde el rumor inicial de dicho viento con el que había nacido la ópera en sus sucesivos trazos caligráficos (aunque la caligrafía musical, consustancial a Hosokawa, en Natasha se convierta en trazos de una violencia inusitada que adquieren un polimorfismo pocas veces conocido en su catálogo: algo que ha llevado a Hosokawa a calificar su octava ópera como el final de un capítulo compositivo en su carrera; de ahí que su intrincada síntesis de recursos nos permita hablar de toda una Gesamtkunstwerk hosokawiana que, quizás, dé paso en el futuro a una nueva etapa más intimista y esencial).
Por lo que a los intérpretes de este estreno mundial se refiere, en primerísimo lugar es obligado destacar a Kazushi Ono, ya no sólo por ser el promotor (como director artístico de la sección de ópera del Nuevo Teatro Nacional de Tokio, con el apoyo de la Ernst von Siemens Musikstiftung) de Natasha (segundo estreno operístico de Hosokawa que Ono dirige, tras el de Hanjo, en el Festival d’Aix-en-Provence del 2004), sino por la solidez y unidad que ha conferido a Natasha, en línea con lo antes expuesto, uniendo en una sola ópera el caos, la violencia, el desorden y pasajes de un acusado lirismo.

Con su clarividente y resolutiva dirección (más compleja, aún, por los efectivos espacializados en el Nuevo Teatro Nacional para hacer del auditorio una cueva de ecos resonantes), Kazushi Ono ha vuelto a demostrar por qué es, desde hace décadas, uno de los directores más importantes del repertorio japonés contemporáneo, así como su complicidad con una Orquesta Filarmónica de Tokio portentosa a la hora de dar vida a los múltiples registros que se intersecan en Natasha, con ecos que, incluyendo a la música tradicional nipona, generan una paleta tan amplia que, sin duda, podemos hablar del trabajo más heterogéneo de Hosokawa (de su superación personal de las ideas de Adorno, ha calificado Hosokawa a Natasha), algo que se ha beneficiado de las excelentes prestaciones técnicas y expresivas de los músicos de la orquesta tokiota.
Pasando al elenco del estreno, como Natasha hemos escuchado a la soprano belga Ilse Eerens, de voz sutil y bien matizada, portadora de numerosos ecos de la gran tradición operística europea, desde Mozart a Berg (lo que refrenda las afinidades electivas del propio Hosokawa en el ámbito germánico). Frente a la desorientación de una Natasha vapuleada por sus experiencias en la guerra, aunque se muestre como una mujer más madura y decidida, su complemento lo expuso un Arato que, desde cierto candor e ingenuidad, aporta la nobleza de la búsqueda de los ideales y la belleza. Es un papel que fue asumido por una cantante, la mezzosoprano japonesa Hiroka Yamashita, soberbia al redoblar el contraste del dúo conformado por Natasha y Arato, más frágil y humano, con el tercer protagonista, el barítono alemán Christian Miedl, que dio vida al nieto de Mefistófeles. El suyo ha sido el papel más destacado en Natasha, con una actuación arrolladora tanto en lo vocal como en lo escénico, creando un personaje entre lo histriónico y lo poliédrico, pasando constantemente del recitado al sprechgesang y el canto, uniendo en su actuación el humor, lo maquiavélico y el terror.
Junto al trío protagonista, nos encontramos con una serie de habitantes de estos infiernos cotidianos que, frente a un coro de presencias más indeterminadas que reverberan sin nombre propio como una humanidad herida desprovista de rostro reconocible (ya sea en vivo, ya a través de su espacialización por medio de la electrónica), alcanzan un realce individualizado en distintos momentos de Natasha, como las cantantes Mari Moriya y Akiko Tomihira, a las que en sus edulcoradas melodías pop se unen el saxofonista Masanori Oishi y el guitarrista Gaku Yamada, con sus impostados ataques roqueros en un Infierno del placer que sube a escena el desaforado consumismo que nos rodea, incluido el de la propia música, creando esas idas-y-venidas entre estilos que definen a Natasha.

Con dirección de Kyohei Tomihira, el Coro del Nuevo Teatro Nacional de Tokio ha estado soberbio al recrear a esa humanidad sufriente que se expresa en decenas de idiomas, repartiéndose por el escenario y creando capas de diferentes dinámicas, estilos vocales y densidades, lo que, en sí mismo, ha creado otra forma de cueva musical sumada a la orquestal y a la electrónica, con un diseño del ambiente acústico que, ideado por Sumihisa Arima, es otro de los puntos fuertes de Natasha, lo que acaba de conformar esas galerías interconectadas que recorren los protagonistas desde una puerta de entrada a los infiernos que, en Natasha, toma la forma de un hospital, con la paralela utilización del ser humano por parte de la ciencia al servicio del capital especulativo.
Ello se acrecienta por la soberbia, escheriana y tan sofisticada producción escénica diseñada por Christian Räth, que incide, asimismo, en la dimensión tridimensional de Natasha, al jugar con proyecciones que, unidas al refuerzo de la verticalidad y la profundidad de campo, nos generan la sensación de ser absorbidos tanto por la música como por la propia escena, lo cual no podría ser más pertinente para hacernos conscientes de hasta qué punto los infiernos que Natasha nos presenta no son, ni mucho menos, una distopía de ciencia ficción, sino la tragedia de nuestro propio mundo y, más importante aún, el producto de nuestras decisiones y formas de consumo diarias.
De este modo, y tras la puesta en escena, hace siete años, de Matsukaze (2010), con el estreno de Natasha el Nuevo Teatro Nacional de Tokio vuelve a apostar por la creación operística de Toshio Hosokawa, refrendando paralelamente su apoyo a la música japonesa actual, sin dejar de reflexionar en clave global sobre los conflictos que hoy asolan al mundo. La entusiasta ovación del público, tras las dos horas y media que duró el estreno de Natasha (lo que la convierte en la obra más larga de Hosokawa), vuelve a destacar el importantísimo estatus que hoy disfruta Hosokawa en Japón; precisamente, en un 2025 en el que, el próximo 23 de octubre, cumplirá setenta años de edad, con celebraciones en el mundo de la música que van desde este mismo estreno en Tokio a su residencia como compositor en la temporada 2024-2025 de la Orquesta de Valencia o a la concesión del XVII Premio Fundación BBVA Fronteras del Conocimiento en Música y Ópera. Que sean muchas más, las óperas de Toshio Hosokawa que podamos disfrutar en el futuro; pero que el mundo sea, para entonces, un lugar mejor.
Paco Yáñez
(Fotos: Rikimaru Hotta / Nuevo Teatro Nacional de Tokio)
Caja
El lector curioso puede encontrar una entrevista con Toshio Hosokawa sobre esta ópera AQUÍ


