VALENCIA / Toshio Hosokawa pone en dialogo a los mares del mundo en el Palau de la Música

Valencia. Palau de la Música. 28-III-2025. Ryoko Aoki, voz nō y danza. Christina Daletska, soprano. Orquesta de Valencia. Director: Alexander Liebreich. Obras de Hosokawa y Takemitsu.
Desde que a principios de marzo se anunciase la concesión del XVII Premio Fundación BBVA Fronteras del Conocimiento en Música y Ópera a Toshio Hosokawa, el compositor japonés ha sido objeto de una especial atención en España, país en el que una de sus formaciones sinfónicas, la Orquesta de Valencia, ya había establecido una relación privilegiada con su música, pues a lo largo de la temporada de abono 2024-2025 Toshio Hosokawa es su compositor residente, ofreciendo al público levantino algunas de sus partituras recientes más destacadas, con una mención muy especial para el último concierto del mes de marzo, ya no sólo por la presencia del propio Hosokawa en Valencia para trabajar con la orquesta y conversar con sus abonados, sino por el diálogo que en dicho programa se establecía entre la música de Hosokawa y la del otro gran compositor japonés de la contemporaneidad, Tōru Takemitsu, a quien Toshio Hosokawa considera uno de sus mentores.
Esta influencia se deja escuchar, de forma sutilmente asimilada, en piezas como Meditation to the victims of Tsunami (3.11) (2011-12), una partitura estrenada por otra de las figuras clave en el éxito de este concierto de la Orquesta de Valencia: su titular, el bávaro Alexander Liebreich, director de larga relación con la música de Hosokawa, de la que nos ha dejado excelentes muestras tanto en vivo como en disco, así como en la interesantísima charla preconcierto que, conducida por Nieves Pascual, nos acercó, a través de las reflexiones de Alexander Liebreich y Toshio Hosokawa, a ese «diálogo sutil y continuo» entre Oriente y Occidente que es la música de este último —como bien señala José María Sánchez-Verdú en sus notas al programa—.
En el caso de Meditation, la habitual contemplación zen de la naturaleza que conocemos a Toshio Hosokawa se convierte en una muestra del poder de destrucción que ésta encierra, algo que bien saben en Japón, un país tan expuesto a las fuerzas de la naturaleza por tierra, mar y aire. De hecho, el habitual comienzo de las partituras de Hosokawa, en las que el sonido gana progresivamente cuerpo sobre un lienzo primordial de silencio (evocando el concepto japonés del Ma), como forma musical de caligrafía, ve aquí rota dicha dinámica y su serenidad por golpeos que, desde una percusión asociada con cuerdas y metales en distintos orgánicos, va mostrando ese pulso en latencia del terremoto inminente, siendo cada uno de los primeros ataques (dentro de una partitura de gran coherencia y homogeneidad métrica) una construcción disonante diferente cuya expansión en resonancias explicita el temblor y la catástrofe.
Tal comienzo sirve a Hosokawa, asimismo, para mostrar la naturaleza como una realidad cambiante, con lógicas propias que nos son ajenas, quedando relegado el ser humano a un mero observador que padece en su cuerpo los estragos de esa violencia que en Meditation transforma las distintas formas de impacto, la fluctuación microtonal de las ondas sísmicas y las reverberaciones de las fuerzas que se expanden por la orquesta. La percusión tendrá, en todo este proceso, un papel principal, como epicentro del golpeo, desplegando grandes clímax en los que las texturas orquestales explicitan la dimensión matérica a través de la que se expanden las fuerzas tectónicas, sea por mar o por tierra. De ahí, la dialéctica de opuestos que, una y otra vez, recorre los atriles de la Orquesta de Valencia, con los contrapuntos texturales entre los glissandi de contrabajos y el flautín, o los golpeos en fortissimo a las membranas expandidos en resonancias prácticamente sinusoidales por el roce de varillas contra el tam-tam, explicitando un furor redoblado que nos remite, dentro del catálogo de Toshio Hosokawa, a partituras como Voiceless Voice in Hiroshima (1989-2001).

No es casual, la mención a dicho réquiem, pues sobre Meditation gravita igualmente el miedo a la hecatombe nuclear que se padeció en Japón a raíz de la afectación de la central de Fukushima por el terremoto y posterior tsunami del año 2011. Esa mirada humana desde el temblor y la fragilidad toma cuerpo en la orquesta por medio de la flauta, instrumento que para Hosokawa representa la voz del hombre y cuyo asombro ampliarán armónicamente las cuerdas tras haber padecido el ataque de las percusiones. Es, este enfrentamiento especular de vida y muerte, de fortissimo y pianissimo, de sobreagudos y resonancias graves, un procedimiento arquetípico en Hosokawa para dar forma musical a la filosofía taoísta, conduciéndose la orquesta hacia un silencio final que se suspende como un canto fúnebre de las cuerdas punteadas por la percusión sobre la violencia sísmica a modo de elegía, de oración por las víctimas de la catástrofe.
La segunda partitura del programa también convocó ecos marítimos, a través de la insularidad que sobre el escenario despliega Archipelago S. (1993), obra de Tōru Takemitsu que explicita de forma muy evidente cómo las influencias europeas (en el caso de Hosokawa, de ascendencia germánica) a Takemitsu le llegaron más directamente desde el Impresionismo francés, a través de Olivier Messiaen, algo que podemos escuchar en instrumentos como el fagot o la trompa, así como, muy señaladamente, en la concepción del color y de la armonía en las cuerdas.
Archipelago S. ubicó a dos clarinetistas en los palcos superiores del Palau, propiciando una triangulación de proyecciones entre sus atriles y el escenario que profundiza en la exploración del espacio y las calidades del sonido, algo que en la orquesta se produce por continuas reconfiguraciones de sus grupos instrumentales, armonías y colores tímbricos. Como señala José María Sánchez-Verdú, dichos espacios resonantes evocan el Mar de Seto, en Japón, y las ciudades de Estocolmo y Seattle, fluyendo entre sus paisajes urbanos y naturales las olas en progresivas metamorfosis de texturas que musicalizan la labilidad del agua y sus delicadas iridiscencias. Alexander Liebreich y la Orquestra de València nos han regalado una versión de una transparencia, una sensualidad y un refinamiento orquestal dignos de señalar.
Ya en la segunda parte del concierto, cerró el programa una tercera partitura de resonancias insulares y oceánicas, en la que Toshio Hosokawa une a Japón con el Mediterráneo (ese mar convertido en la mayor fosa común del mundo en el siglo XXI), por lo que su audición en Valencia se antoja especialmente pertinente (máxime, en el tenso contexto sociopolítico que hoy padecemos).
Se trata de Futari Shizuka (2017), ópera cuyo título podemos traducir al castellano como Las dos Shizukas, aunque la obra presente como subtítulo, en inglés, The Maiden from the Sea: dualidad lingüística que se corresponde con los dos idiomas empleados en el libreto, escrito por Hosokawa sobre un texto del dramaturgo tokiota Oriza Hirata.
Futari Shizuka fue concebida para acompañar al monodrama The Raven (2011-12), si bien ambas pueden ser interpretadas autónomamente en distintos formatos, como fue el caso en el Palau de la Música de Valencia, con The Maiden from the Sea en una versión semiescenificada a cargo de Andreas Morell y Adán Hernández que incidió en la esencia del teatro nō que tan a menudo inspira los trabajos escénicos de Hosokawa, en los que un espectro del más allá venido nos relata su vida, poniendo en contacto distintos períodos históricos y contextos geográficos para mostrar la consustancial tragedia del ser humano: ésa que Borges decía «historia universal de la infamia».

Dicha infamia se explicita en dos personajes que han sufrido los estragos de la violencia, de forma recrudecida, por su condición de mujeres. Así, tanto el espíritu de Shizuka Gozen (que canta con voz nō Ryoko Aoki) como la joven refugiada actual Helen (que interpretó la soprano Christina Daletska), cuyo cuerpo y alma poseerá Shizuka, nos comunican el dolor de una maternidad rota, la angustia de la guerra, la acechanza de la muerte o la desposesión de la identidad personal y cultural de una Helen que, emigrando al norte, verá las huellas de su pasado borradas por la nieve.
Es, ésta, una de las muchas imágenes poéticas que Hosokawa despliega en una ópera manifiestamente política, pero que lleva a cabo su concientización sin caer en el panfleto ni en el adoctrinamiento, sino utilizando la historia de estas dos mujeres expuestas a un mundo que las destruye para que cada espectador saque sus propias conclusiones (que fácilmente se conectarán con las turbulencias políticas que hoy nos rodean: juego de lo implícito y lo explícito que, de nuevo, podríamos relacionar con la caligrafía japonesa, en la que las líneas de fuerza que conducen al reguero de tinta sobre el papel, los gestos de ataque y regreso al punto primordial del konton kaiki, son tan importantes como lo visible, reforzando el significado del silencio junto con lo audible).
De ahí viene la gran relevancia que ese silencio adquiere en Futari Shizuka, con un recorrido circular que, asimismo, nos muestra cómo la historia se repite en ciclos, reforzando Hosokawa esa circularidad por medio de un contrapunto tímbrico que pone a ambas almas en contacto, intersecando sus idiomas (Ryoko Aoki canta en japonés e inglés) y sus respectivos motivos musicales: de un frágil lirismo en medio de una orquesta que, con su atávica violencia y sus vigorosas embestidas (pese a lo reducido de su tamaño), explicita la opresión social que las rodea y, finalmente, aniquila.
Pero no sólo la voz de ambas mujeres (en canto, recitado o sprechgesang) convoca al ser humano en Futari Shizuka, pues la flauta vuelve a mostrar, como en Meditation, ese temblor de quien observa y sufre, con un flautista, Francisco López, en estado de gracia que, en su sobrecogedor interludio con percusión, dio una lección de rigor, tanto en las técnicas extendidas occidentales como en las evocaciones que con aire sin tono lleva a cabo del shakuhachi, algo que podemos hacer extensible al también soberbio David Martínez en el clarinete bajo; ambos, en los compases rituales de danza con abanico desplegados por la siempre idiomática y colosal Ryoko Aoki.
Esos puentes entre tiempos y espacios, entre la música europea y la tradición japonesa, son otra forma más del actual interés de Toshio Hosokawa por el chamanismo como diálogo espiritual, algo que la Orquesta de Valencia ha comprendido a la perfección, ofreciendo una interpretación, como lo hicieron ambas cantantes, primorosa. Sólo había que conversar con Toshio Hosokawa al final del concierto para comprobarlo, pues el nivel alcanzado sobre el escenario del Palau (realzado por su estupenda acústica) está a la altura de lo mejor que hoy podamos escuchar en la música del compositor de Hiroshima, redondeando un estreno en España de Futari Shizuka irreprochable que reafirma la excelencia musical vivida esta temporada en el Palau de la Música, cuya programación cuenta con muy buenos ejemplos previos dentro del catálogo de Toshio Hosokawa, como ese Concierto para violín y orquesta “Genesis” (2020) que, con respecto a la maternidad, vendría a ser el reverso luminoso de esta ópera.
El final de Futari Shizuka vuelve a poner en la voz de la impresionante Christina Daletska las mismas preguntas que Helen se había formulado al principio de la ópera: «¿De dónde vengo? ¿Adónde voy?», en otra muestra más de esa búsqueda de la intemporalidad a través de unas cuestiones que, como el sonido de esa agua fluyendo que somos nosotros mismos, no nos abandonarán nunca, si bien existen momentos, como el actual, en los que cobran un mayor significado (algo que redobló la presencia de una cantante ucraniana en escena; máxime, por el activo antibelicismo que lleva meses desplegando por todo el mundo Christina Daletska para reivindicar el dolor de su patria). A estas y a otras reflexiones nos ha movido Toshio Hosokawa en la triunfal clausura de su residencia artística en la temporada 2024-2025 de la Orquesta de Valencia.
Paco Yáñez
(Fotos: Live Music Valencia / Archivo Palau de la Música)


