SANTIAGO DE COMPOSTELA / Jacobo Gaspar convierte a la Real Filharmonía en un océano sonoro

Santiago de Compostela. Auditorio de Galicia. 8-III-2024. Real Filharmonía de Galicia. Directora: Johanna Malangré. Obras de Gaspar, Stravinsky y Schumann.
Por segunda vez esta temporada, la Real Filharmonía de Galicia nos ha invitado al ciclo (EN)FOCO, una serie de conciertos comentados por la musicóloga Rosa Fernández con los que la RFG pretende acercarnos a autores y obras poco frecuentes en nuestras programaciones orquestales. Para dotar de un perfil propio a (EN)FOCO, la RFG ha desplazado estos conciertos a los viernes (frente a un jueves que es el día habitual de su temporada), algo que comporta sus riegos, como el pasado 8 de marzo fue el caso, pues la asistencia de público se redujo de forma considerable, lo que hace que, finalmente, dicho repertorio infrecuente llegue a menos gente que si el concierto hubiese formado parte de la temporada de abono, a lo que sumamos el hecho de que este programa, más allá del estreno que nos presentaba, no es que haya puesto sobre los atriles partituras de compositores, en absoluto, desconocidos.
La novedad más propiamente dicha y sustancial vino de la mano de Jacobo Gaspar Grandal (Mos, 1975), uno de los mejores compositores gallegos del presente y uno de los que, en el conjunto de España, presentan hoy una escritura más sutil, actual y delicada para plantilla orquestal. Con la propia RFG, Gaspar tenía como precedente el estreno, hace seis años, de Vía Láctea. Haiku espiral (2018), un encargo de 4 minutos (!) cuya exigua duración en absoluto hacía justicia a un compositor con una trayectoria tan sólida como la suya, refrendada con importantes premios desde Corea del Sur a Portugal, pasando por Rusia, Italia o la propia España.
Algo de esa ubicuidad espacial se desliza a De Mar a Mar (2023): travesía oceánica para orquesta que, tomando el nombre de una revista publicada en los años cuarenta del pasado siglo en Buenos Aires por el escritor gallego Lorenzo Varela, hace referencia a las migraciones que tematizan la temporada 2023-2024 de la Real Filharmonía; en este caso: la emigración gallega a Argentina. Es por ello que el proceso y las etapas del viaje estructuran la partitura en sus tres grandes secciones. La primera representa —según nos cuenta Carme Tubío en sus notas al programa— la visión del mar en calma desde la tierra, al zarpar; la segunda, la acometida de las olas, en plena singladura oceánica; y la tercera, la llegada a América, con la costa nuevamente en calma: paisaje que parece trascenderse a sí mismo en una coda de extraordinaria transparencia y refinamiento, en la que los materiales precedentes se estilizan hasta refulgir con un suspendido brillo albar que espejea a cielo y mar en toda una red de iridiscentes armónicos.
Más allá de esta travesía programática, De Mar a Mar nos vuelve a mostrar las virtudes de un compositor extremadamente sensible y atento a la respiración de la materia como objeto musical; de ahí, que en el catálogo de Jacobo Gaspar proliferen partituras que reflexionan sobre la fisicidad de la naturaleza y la alteración que en ella lleva a cabo el paso del tiempo, como escuchamos en Sombras de inverno (2012), Fragmentos líquidos (2017), Resonancias arbóreas (2019), Anuario do vento e as follas (2021) o en el tríptico Rumor del frío (2013-22), por tomar algunos ejemplos. Todos ellos dan fe, asimismo, de cómo el compositor gallego ha ido conquistando ese «Total sonoro» sobre el que el propio Gaspar tan lúcidamente reflexionó en José Manuel López López: de la música de notas a la música de partículas (Dos Acordes, 2020), un libro de 394 páginas en el que analiza la obra de quien fue uno sus maestros, sumándose a la impronta de López López en la estética de Jacobo Gaspar la influencia (o la proximidad estilística) de compositores como José María Sánchez-Verdú o Salvatore Sciarrino.
A dichas afinidades (s)electivas hemos de añadir una poderosa (y aquí sublimada) influencia de un Helmut Lachenmann algunas de cuyas técnicas de musique concrète instrumentale utiliza Gaspar en De Mar a Mar, lo que, sumado a un magistral dominio de la granularidad y de la armonía, da lugar al antes mencionado «Total sonoro» que en su día estableció Makis Solomos y que Gaspar aborda desde las categorías de timbre, ruido, escucha, inmersión sonora, composición del sonido y relación espacio-temporal. Este último aspecto resulta fundamental en De Mar a Mar, y por ello se hace más que necesario el que los encargos orquestales vayan más allá de la weberniana duración ofrecida en su día a Gaspar en Vía Láctea, para que, como en De Mar a Mar ha ocurrido, podamos ser conscientes de cómo Gaspar trabaja las partículas del sonido a lo largo de los casi 15 minutos que la interpretación de su obra duró el pasado 8 de marzo.
La escritura para cuerda grave de Jacobo Gaspar es reveladora de su modo de organizar el discurso sonoro: desde la plétora de partículas en divisi que, con distintas formas de articulación y ataque (acerados glissandi de armónicos naturales, trinos de sonidos ordinarios, fricción perpendicular del arco sobre el puente…), escuchamos en la primera sección, hasta su luminiscencia final, pasando por un encrespado mar central en el que se unen a bloque desde los contrabajos las embestidas oceánicas, recorriendo la orquesta dentro de lo que es un constante procedimiento de unidad y dispersión de materiales con calidades musicales muchas veces similares, pero cuya distinta consolidación tímbrica y textural es lo que le confiere a la partitura esa verosimilitud especular con respecto a la proteica mutabilidad del mar en el que se inspira, a lo que se suman evocaciones de animales que parecen los monstruos marinos trazados en sus lienzos por el pintor coruñés Urbano Lugrís o lo más puramente anímico de esta emigración musical que es perspectiva histórica, sociológica, natural y, sobre todo, musical de un exquisito nivel.
La Real Filharmonía de Galicia parece haber ganado conciencia de la significatividad que con estos estrenos adquiere en el mapa de la música actual, pues el trabajo desplegado por sus profesores en De Mar a Mar ha sonado realmente convincente, como lo había sido su estreno en noviembre de schattenhaft (2023), de Hugo Gómez-Chao, el otro encargo gallego de la RFG esta temporada. Desde la heteróclita paleta de fricciones y roces en la percusión (incluidos elementos netamente granulares, como el palo de lluvia) a técnicas raramente utilizadas por la RFG, como el pizzicato fluido en los violines, la fusión de armonía y ruido ha funcionado de forma muy consecuente, musical e integrada en De Mar a Mar, así como con solvencia se ha desarrollado un entramado rítmico que combina la dispersión que remeda al caos de las gotas marinas a la estructuración sincopada de las grandes olas. Así que, de nuevo, y como en schattenhaft o en Entropía (2017), de Inés Badalo, ha sido una gozada el poder disfrutar de una estética tan actual y consistente en versión de la RFG y en su sede del Auditorio de Galicia, bajo la dirección de una Johanna Malangré que nos ha demostrado el porqué de su paso como directora asistente de la Lucerne Festival Contemporary Orchestra.
A pesar de los buenos resultados que, como hemos visto, los músicos de la RFG pueden alcanzar en partituras como De Mar a Mar, quienes llevamos décadas asomados a ese fértil territorio que es la música contemporánea sabemos que no se estila entre los miembros de nuestras orquestas la querencia por este repertorio en sus temporadas de abono, soliendo preferir sus profesores la comodidad de lo reprogramado hasta el sopor. Ahora bien, esa actitud se topa con un espejo frente al que quedan al descubierto muchas de las carencias que generalmente lastran la interpretación del gran repertorio por parte de las orquestas patrias, al entrar en comparación con todo un corpus fonográfico que radiografía y desnuda lo escuchado sobre el escenario.

En el caso de la segunda partitura del concierto, las Danses concertantes (1941-42) de Igor Stravinsky, en nuestra memoria resuenan las grabaciones dirigidas por el propio compositor, así como las de Robert Craft, Sir Colin Davis, Charles Dutoit o la extraordinaria versión de la Orpheus Chamber Orchestra, siendo la impresión, por descontado, muy distinta. Y no es porque Johanna Malangré no se haya esforzado en una dirección que enfocó, incluso, desde otra técnica y gestualidad, para así reforzar lo rítmico y lo incisivo de estas Danzas, pero para que éstas suenen como las versiones antes mencionadas hace falta haber bebido mucho de esta medicina neoclásica contra los males, precisamente, de tocar el propio clasicismo emborronado por una pátina tardorromántica, algo de lo que tantas veces ha pecado la RFG. No anda sobrada la orquesta gallega de levedad, elegancia y humor: cuestiones cruciales en estas Danses concertantes, como lo son el fraseo, la articulación o los planos de relieve camerístico de cada atril; así que, en global, han sido más las buenas intenciones que los logros a un nivel de excelencia, algo que nos recuerda lo terapéutico que es para una orquesta este Stravinsky tardío, tal como lo son la Segunda Escuela de Viena o la música para ensemble de Pierre Boulez: partituras que esperamos escuchar a la propia RFG.
Cerró el concierto una obra un tanto fuera de lugar en un ciclo como (EN)FOCO: la Sinfonía nº 2 en Do mayor, Op. 61 (1845-46) de Robert Schumann, un compositor mucho más frecuente en los programas de la RFG. En un nuevo cambio de enfoque interpretativo y gestual, Johanna Malangré nos dejó una perfecta muestra de la flexibilidad que hoy en día debe poseer una joven directora como ella, pues a sus 35 años la alemana es capaz de ofrecernos un Schumann (en la edición Urtext a cargo de Joachim Draheim para Breitkopf & Härtel) enérgico y bien impulsado desde su batuta, en la que arranca el buen fraseo que, en conjunto, ha mostrado esta noche la Real Filharmonía, más allá de algunos patinazos que no dejan de evidenciar que, por más que un repertorio sea el más programado año tras año, no por ello se toca mejor (a lo que se suma, como antes señalamos en Stravinsky, el que las comparaciones son, aquí, aún más numerosas: desde los Bernstein y Szell a los Goodman, Gardiner o Herreweghe).
Así, en general hemos disfrutado de una versión que, aunque musculada y vigorosa, ha cuidado con esmero un detalle camerístico que parecía emanado no sólo del previo neoclasicismo stravinskiano, sino de concebir esta página cual si de la sinfonía 0 de Johannes Brahms se tratase, tomando del hamburgués su gusto, nobleza y cohesión orquestal. Únicamente esa supina belleza que es el Adagio espressivo fue decayendo un tanto en tensión a lo largo de su desarrollo, pero, en global, este opus 61 de Robert Schumann rubricó con convicción un concierto de extraño programa del que nos quedarán como más gratos recuerdos el estreno de una de las mejores partituras para orquesta compuestas en Galicia y el habernos encontrado con una directora que apunta muy buenas maneras y a la que esperamos volver a ver al frente de la RFG.
Paco Yáñez
(Fotos: Real Filharmonía de Galicia)


