SANTIAGO DE COMPOSTELA / Encrucijadas geográficas y artísticas de la Real Filharmonía de Galicia

Santiago de Compostela. Auditorio de Galicia. 14-III-2024. Darío Solari, barítono y narrador. Real Filharmonía de Galicia. Director: Baldur Brönnimann. Obras de Moncayo, Ginastera, Ascone, Mejía y Márquez.
Superado el ecuador de su temporada de abono 2023-2024, la Real Filharmonía de Galicia invitó a su público, el pasado 11 de marzo, a un encuentro con el director artístico y musical de la orquesta, Baldur Brönnimann, así como con su directora técnica, Sabela García, con el objetivo de poner en común ideas y conocer, de primera mano, cómo valoran (una parte de) sus abonados la nueva etapa abierta en la RFG.
En las casi dos horas que duró dicho encuentro, muchos fueron los temas abordados: desde los horarios de los conciertos a cuestiones de financiación, pasando por la presencia de la RFG en los medios fonográficos o la posibilidad de que su temporada se complemente con ciclos de música de cámara. Pero, sin duda, la cuestión de más encendido debate fue la del repertorio, pues, sin que existan diferencias muy significativas en porcentaje de presencia histórica (por siglos) con respecto a temporadas pretéritas de la RFG, un sector del público siente que existe “demasiada música contemporánea”, cuando el siglo XXI (periodo histórico de la globalización surgido tras el final de la Guerra Fría que, por tanto, es nuestra nueva contemporaneidad) tan sólo representa el 16% de obras programadas (siendo, en términos cronológicos, incluso menor este porcentaje, pues las obras del tercer milenio en cartel suelen presentar una duración menor que las de siglos XVIII, XIX y XX).
¿Qué produce, por tanto, esa sensación de exceso y rechazo en los sectores más conservadores del público? Posiblemente, el hecho de que dicha contemporaneidad está representada, desde la llegada de Baldur Brönnimann a la RFG, por partituras que, además de actuales cronológicamente, son modernas en estilo y, por tanto, comportan un lenguaje y una serie de técnicas combinando ruido y armonía que apenas se habían estilado bajo la dirección de los tres primeros titulares de la orquesta. Evidentemente, cualquier abonado puede decir, de forma legítima, que no le gusta esta música de hoy; pero esa legitimidad se pierde cuando se tergiversa la realidad y se arma un discurso que tilda a la música actual y a los estrenos efectuados por la RFG (dos, en los últimos cuatro meses: no parecen demasiados) de “dodecafónicos”, “basados en matemáticas”, “conformados por ruidos sin sentido” o “carentes de estructura” (sic): calificativos que lejos están de definir, por tomar como ejemplos a dichos estrenos, a las obras de Hugo Gómez-Chao y Jacobo Gaspar, de las cuales ya hemos dado cuenta en Scherzo.
Otra línea argumental esgrimida por una parte del público fue la de la escasa representatividad geográfica que presentaría la actual temporada de la RFG: nueva tergiversación desinformada de la realidad, pues, con presencia de cuatro continentes (así como de África, a través de la composición afroamericana en los Estados Unidos), la de la Real Filharmonía es una de las temporadas orquestales más inclusivas, geográficamente, de toda España. Un buen ejemplo lo tenemos en sus dos últimos conciertos de marzo, en los que la RFG ha incluido partituras firmadas por compositores mexicanos, colombianos, argentinos, uruguayos, rusos, australianos y austriacos (a los que, entre otros, se sumarán en los próximos meses autores chinos, finlandeses, británicos, italianos o estadounidenses). La verdad, como suele (o solía) pasar, habla por sí sola.
Nos quedamos, hoy, con uno de esos conciertos en los que la Real Filharmonía nos conduce por la vibrante heterogeneidad musical del mundo; precisamente, con paradas en algunos de los países a los que la población gallega emigró en masa el pasado siglo: parte de la temática que articula la actual temporada de la RFG. A ello se suma la larga experiencia que Baldur Brönnimann aquilata en el repertorio hispanoamericano: fruto ya no sólo de su etapa como director de la Orquesta Sinfónica Nacional de Colombia, entre los años 2008 y 2012, sino de sus muchos conciertos en Argentina.
De más al norte, México, provenía la primera de las cinco obras programadas el pasado jueves en el Auditorio de Galicia, Huapango (1941), de José Pablo Moncayo, que escuchamos en su versión de cámara y con un sonido compacto por parte de la orquesta digno de destacar, en la que quizás haya sido la interpretación más redonda de la noche. El programa presentado por la RFG el 14 de marzo abundaba en temas folclóricos y un pujante nacionalismo musical que se hibrida con una forma europea que aquí podríamos denominar como poema sinfónico especiado con numerosos ritmos y melodías del estado mexicano de Veracruz. Sin dejar de primar ese frenesí rítmico y la sensualidad de las danzas, ha destacado la RFG, también, por el color y por la profusión tímbrica, con instrumentos muy presentes, como el arpa de la siempre soberbia Bleuenn Le Friec, mientras que en los metales ha sobresalido la trompeta del muy aplaudido esta noche Ramón Llátser, aunque su sonido presenta más dejes europeos que propiamente mexicanos, con mayor circunspección y seriedad en el fraseo.
La segunda partitura de la noche se convirtió en el plato principal del concierto, pues de Alberto Ginastera escuchamos Estancia, Op. 8 (1941) al completo, algo que me parece un acierto por parte de Baldur Brönnimann, pues haber tirado de la tan habitual suite de danzas hubiese hecho del programa una sobreabundancia de folclorismos nacionalistas, aunque, como señala Carme Tubío en sus notas, en el caso de Estancia estamos en el periodo de “nacionalismo objetivo” de Ginastera. En ello ha puesto el acento Brönnimann, así como en lo dramatúrgico de Estancia en relación con el poema Martín Fierro (1872) de José Hernández: vínculo que se refuerza con la narración del texto efectuada por Darío Solari: estupenda y cargada de acentos de lo más pertinente para la ocasión, como su canto, entre la ensoñación, lo descriptivo y lo reivindicativo.
La versión de la RFG ha destacado por su cuidado en las transiciones entre los doce números de Estancia, muy refinadas y de bello sonido en las partes más lentas y suspendidas en tempo y dinámicas. En las danzas, es difícil olvidarse del ímpetu de una Orquesta Simón Bolívar para este repertorio, por lo que la versión de la RFG sonó más fría, aunque, de nuevo, muy ajustada en planos y estructura, por lo que nos ayudó a comprender mejor esa arquitectura global de Estancia tan a menudo hurtada cuando únicamente se tira de sus danzas. La conclusiva Malambo ha vuelto a ser el festín que siempre acostumbra, de un ímpetu rítmico por parte de la RFG que ha hecho mover las cabezas entre el público con más desparpajo de lo que en auditorios como éste es habitual (cierto es que el programa ha atraído a más gente, con una destacada presencia juvenil, como viene siendo habitual esta temporada, aunque el pasado 11 de marzo los comulgantes con ruedas de molino llegasen a afirmar lo contrario).

Del vigor y de la más variada factura musical de Estancia —sin duda, la obra de mayor categoría artística del programa—, pasamos a escuchar las Cinco canciones al estilo popular rioplatense, una obra asertiva y lírica del compositor ítalo-uruguayo Vicente Ascone en la que persisten ecos de la ópera italiana, así como nuevas muestras del folclore hispanoamericano, uniendo danzas y cantos rioplatenses. Muy delicada en las cuerdas que conforman el grueso del entramado camerístico, la RFG acompañó con calidez al uruguayo Darío Solari (en estas canciones, en la tesitura de barítono), con gran carácter y, de nuevo, un acento de lo más propio para estas canciones, pleno de encanto y de esa seriedad tan habitual en los uruguayos. Gran ovación, para un Solari muy solvente y notable en todo el programa, y obligado destacar, asimismo, a las maderas de la RFG, con miembros de la orquesta que, como Vicente López, no se cansan de buscar un sonido bien fraseado y destacado dentro de su sección, para conseguir una presencia más camerística del conjunto.
Pasar de las Cinco canciones al estilo popular rioplatense al pasillo colombiano que, como danza folclórica, es Acuarela (c. 1938), supone otro nuevo y acusado contraste con el que Baldur Brönnimann nos ha querido mostrar la amplia paleta musical que palpita en Hispanoamérica. Obra del compositor sinceano Adolfo Mejía, en Acuarela se hibridan el vals vienés y la tradición de las bandas populares colombianas, lo que le confiere su poderío en el metal y la oralidad de sus melodías. Obra menor, dentro del programa, ha servido para dar otra de esas pinceladas a un recorrido de la RFG que, para poner su broche más popular, regresó a México, de la mano de la que quizás es la partitura contemporánea más tocada hoy del repertorio orquestal hispanoamericano: el Danzón nº2 (1994) de Arturo Márquez, una obra tan asociada a Gustavo Dudamel.
En versión de la RFG, el Danzón nº2 suena bien estructurado y con un ritmo claramente marcado que ha vuelto a hacer mover a parte del público en sus butacas, con la orquesta generosamente ampliada sobre el escenario, habiendo pasado por la RFG hasta siete percusionistas esta noche. Es algo que se agradece, pues nos posibilita el ampliar el repertorio y la experiencia tímbrica más allá de las muchas limitaciones que, por plantilla, tiene la Real Filharmonía (una plantilla, por cierto, tan válida para la música de los siglos XX y XXI). Es por ello que, cuando voces entre el público esgrimen el argumento de que la RFG tiene un «repertorio natural» y que el repertorio que no lo sea debe ser excluido (ya por instrumentación, ya por periodo histórico), y cuando, además, se reclama tal cosa invocando a una supuesta «mayoría» a la que unos pocos se arrogan el representar, a uno se le aparecen los fantasmas del pasado y de discursos análogos de orden político y racial, aquí aplicados a la música. Terror da.
En tan encendidos debates y encrucijadas, bien hacen las direcciones técnica y artística de la Real Filharmonía en perseverar en su ambicioso recorrido por las músicas del mundo, buscando conferir significatividad artística y social a la orquesta en ese siempre necesario diálogo entre la tradición y la modernidad. En dicha apuesta, esperamos que los músicos sean conscientes de su rol tan importante, pues, como en los campos de la educación, de la sanidad o de la investigación con fondos del Estado, los trabajadores pagados por las Administraciones públicas han de contribuir a la actualización, la innovación y el desarrollo de sus campos laborales.
Paco Yáñez
(Fotos: Real Filharmonía de Galicia)


