SANTIAGO DE COMPOSTELA / El Festival RESIS y la Real Filharmonía nos acercan a la música del futuro

Santiago de Compostela. Auditorio de Galicia. 8-V-2026. Real Filharmonía de Galicia. Director: Armando Merino. Obras de Cabizza, Babajanyan, Caballer, Poveda, Franek y Díaz.
Como ya les contamos en Scherzo el pasado 2 de mayo, la feliz colaboración que desde hace un año han establecido la Real Filharmonía de Galicia (RFG) y el Festival RESIS está deparando algunos de los mejores conciertos que, en el campo de la música actual, se hayan vivido en Galicia a lo largo del 2026; excelencia en la que hemos de enmarcar el programa que, con Josep Planells al frente, ofreció la RFG para cerrar el mes de abril, con partituras de Rebecca Saunders, Francisco Domínguez y Francisco Guerrero.
Dos días después de aquel concierto, SIGMA Project y Chaya Czernowin estrenaban en La Coruña el primer cuarteto de saxofones de la israelí, UNDERSONGS (2025), momento que aprovechamos para conversar con quien es, como Rebecca Saunders, una de las mejores compositoras del mundo (entrevista que podrán leer en la Scherzo de junio). Al preguntar a Chaya Czernowin si suele estudiar de forma regular las partituras de los grandes maestros del pasado, nos contestó que «en realidad escucho la música del futuro, pues me dedico a la docencia y estoy en contacto con muchos de los mejores compositores jóvenes del mundo, en la Universidad de Harvard».
Pues bien, esa música de un futuro que ya es presente fue la que llegó a Santiago de Compostela el viernes 8 de mayo, nuevamente de la mano de la colaboración entre la Real Filharmonía y RESIS, que juntos nos han invitado a su Taller de Composición RFG / RESIS.LAB IV, este año con José Manuel López López como profesor de composición y Armando Merino en la dirección musical, presentando seis partituras de seis jóvenes compositores procedentes de cinco países que son el resultado de una selección de entre las más de setenta obras presentadas esta temporada a la que es una de las iniciativas que mayor trascendencia y eco internacional depara hoy a la RFG.
Volviendo a la entrevista con Chaya Czernowin, en la misma se define como una guardiana del espíritu que muestran las partituras de sus alumnos, buscando que éstos consigan «conectar con su identidad como artistas». Pues bien, tras escuchar las seis obras tocadas en el Auditorio de Galicia el 8 de mayo, es evidente que José Manuel López López ha pretendido exactamente lo mismo, habida cuenta la variedad de estilos que nos han ofrecido estos seis jóvenes compositores, trazando un mapa muy amplio de la música actual, así como de sus preocupaciones cotidianas en el siglo XXI.
Aunque cada uno de ellos presentó su partitura antes de que la escuchásemos, éste no fue el caso de la italiana Maria Vincenza Cabizza, que prefirió hablar tras su estreno, pues considera que la música ha de ser elocuente per se. Desde luego, la suya lo ha sido, e Infinito nos permitió reflexionar sobre nuestra relación con el tiempo y esa infinitud que da título a la partitura, tan sólo abordable por nosotros como abstracción y concepto, pero del que únicamente podemos experimentar siquiera un nimio pestañeo. Es, por ello, que Infinito nace dal niente desde una cuerda bellamente hilvanada en armónicos que da la sensación de ser una sustancia transversal a la que simplemente nos incorporamos en un determinado momento, pero que, tras esa exigua mirada que le lanzamos, proseguirá independiente de nosotros: así es como se reintegra al gran silencio de la eternidad la obra en sus compases finales, progresivamente acallada.
Entretanto, y más allá de la siempre limitada experiencia que cada ser humano tiene del infinito, la partitura de Maria Vincenza Cabizza se adentra en la vida y en una auténtica fisiología del tiempo, en los corpúsculos que lo van organizando desde el aire sin tono inicial, más estático sobre las cuerdas, a toda una serie de técnicas extendidas que, hibridadas con una armonía muy desarrollada, van mostrando esa orgánica del tiempo, las edades del infinito, incluyendo pasajes más sincopados y robustos, en los que éste muestra su poderío; especialmente, en los metales. Son los violines en glissandi los que impulsarán progresivamente un gran clímax que convierte al tiempo en placas tectónicas, polirritmos y frenesí (¿la juventud del tiempo?), antes de que el infinito se repliegue sobre sí mismo y regrese sus orígenes, a otra forma de tiempo, el circular, que cierra una partitura más que idónea para comenzar este retrato de la música del futuro.
El segundo estreno vino de la mano del armenio Arsen Babajanyan, que nos presentó Pre-Fragments II, obra dividida en tres partes que igualmente nace desde una densa textura, aunque más ruidista, sobre la que se individualizan elementos como tañidos de campanas o melodías de flauta que suenan en demasía a lugar común. Y es que Pre-Fragments II muestra un estilo más disperso y heterogéneo, con grandes oleadas de sonidos, clímax y saturaciones disonantes punteadas con técnicas extendidas enraizables en Krzysztof Penderecki, aunque sobre su magma acústico se asomen estilemas hasta cinematográficos, convocando ecos del expresionismo postromántico.
La presencia de instrumentos como la batería refuerza ese poliestilismo, al desarrollar en ella Diego Ventoso una improvisación sobre la parte percusiva de On the Way Home to Earth, tema de la Mahavishnu Orchestra que convoca ecos norteamericanos que van del rock y el jazz a un ecologismo musical con dejes hindúes, reforzando el carácter de heteróclito popurrí de esta partitura, lo cual no quita el que en algunos de sus clímax Pre-Fragments II nos haya impresionado por su rotundidad, desplegados por una RFG plena de potencia y carácter en el ataque, bajo la batuta de un colosal Armando Merino.
Sin que se lea en esto nacionalismo ombliguista alguno, hay que señalar que los dos estrenos firmados por los dos compositores españoles el pasado 8 de mayo estuvieron entre lo mejor del concierto, mostrando —como recientemente destacaba Fabián Panisello en Scherzo— que «la composición española es de las más vitales de Europa».
De la calidad como compositora de Mar Caballer ya habíamos sido testigos en RESIS, pues en su séptima edición la castellonense había trabajado su cuarteto Saurina con el Arditti Quartet, dejándonos muy buenas impresiones. Éstas se han confirmado con Deixar ser al buit, una obra que vuelve a explicitar sus improntas estilísticas, pero que lo hace de forma sutil y sublimada, con lo que la partitura gana en personalidad, siendo esos ecos parte de un discurso más coherente y reconocible. Basada en una frase de Ortega y Gasset tomada de Apuntes sobre el pensamiento, Deixar ser al buit reflexiona sobre la necesidad que hoy tenemos de dejar descansar al alma en el aburrimiento, dadas las aceleradas vidas que padecemos, con una saturación de músicas, imágenes y comunicaciones superpuestas que se han convertido tanto en una nueva forma de ansiedad como en un impedimento para el silencio y el pensamiento en profundidad.
Según Mar Caballer, su partitura despliega una auténtica apología del aburrimiento, cuestión que cree a reivindicar en su generación, como espacio para la reflexión y el encuentro con la singularidad. De este modo, Deixar ser al buit ofrece prácticamente una radiografía de ese proceso de búsqueda, desde una tensión inicial que es la que sobreviene a quien, inmerso en tal avalancha de estímulos, se abisma al silencio, generándose cierto síndrome de abstinencia comunicacional que desborda crispación en la orquesta, con una rotundidad que me ha recordado al Cristóbal Halffter de las colosales Elegías a la muerte de tres poetas españoles. En toda una genealogía del aburrimiento paralela a un retrato musical de las últimas décadas perfectamente asimilado por Caballer, la siguiente fase de distensión se embebe de ecos rítmicos y tímbricos de Helmut Lachenmann, con una dispersión métrica muy atractiva que la subsiguiente fase de la partitura reorganiza de un modo más ligero, convocando improntas de Steve Reich para abrir la obra a una nueva luz: la de un tiempo redescubierto en el que se serena el discurso, ganando en ligereza. Como en el caso de la pieza de Maria Vincenza Cabizza, el cierre de Deixar ser al buit tiene algo de forma espiral, con sus glissandi y fricciones en la percusión, capaces de convocar la circularidad del tiempo y su potencial como orteguiano motor de pensamiento.
El compositor colombiano Andrés Poveda nos ofreció el estreno de Aleaciones, una partitura en la que aborda la pérdida de la espiritualidad, por medio de una evocación del sonido de las campanas. En una ciudad como Santiago de Compostela, éstas aún son una presencia cotidiana que pauta las horas del día y que en Aleaciones hemos rememorado con los tañidos de la percusión y su transformación armónica a lo largo de la orquesta. Así, la partitura nos invita a adentrarnos en una espectrografía orquestal del sonido de esas campanas, que se va encontrando con otras sonoridades propias de las urbes contemporáneas, con silbatos, gritos instrumentales, ruidos y cristalizaciones que nos han recordado a la música contemporánea anglosajona. Un uso muy contundente de los timbales sirve nuevamente a Andrés Poveda para mostrar ese conflicto entre la espiritual presencia de las campanas y los sonidos más agresivos que hoy nos asaltan por doquier. La pugna entre ambos mundos domina el final de Aleaciones, con la búsqueda de un motivo ascendente que, cual mantra, pretende acallar el ruido y recobrar el tañido de las campanas perdidas frente a un enorme crescendo que, con caja y bombo, actúa como una sístole y diástole de esas presencias, hasta su rúbrica final.
También de América llegó John Franek, compositor estadounidense de quien escuchamos Reactors, una partitura que se adentra en los ciclos de información en los que hoy estamos inmersos y en cómo en éstos la verdad y la desinformación de con-funden, generando auténticas explosiones orquestales de posverdad de las que, como oyentes, sentiremos verdadera urgencia de escapar, ante la crudeza de sus colisiones.
De nuevo, Reactors nace en la percusión, con sus dos músicos atacando las membranas con fruición, sobre cuyas texturas se elevan los vientos en frenéticos circuitos que parecen mapas de bits y desenfrenadas autopistas de datos, profusamente punteados por golpeos y disonancias en las cuerdas. Esos flujos de información se abigarran o despejan de forma alternativa, encontrándose entre las partes más camerísticas algunos de los mejores momentos de Reactors, como los lanzados desde el concertino con el apoyo del piano, rarificados en las texturas de contrafagot y cuerdas en sobrepresión. Ante una realidad tan siniestra como la de la actual manipulación de la información, no escatima John Franek algunos pasajes paródicos, por medio de unos glissandi del metal que remedan toda una caída de la red, con la precipitación de sus datos. Pero, necesariamente, todo ello coexiste con algo lúgubre y amenazante en el desarrollo de Reactors, sumidos como por momentos lo estamos en las cloacas de la desinformación, tan oscura y disonantemente trazadas por la RFG. Pese a que, como ocurría en Deixar ser al buit, pareciese que el final de Reactors se encaminara hacia una mayor luminosidad, elevando un discurso ético alternativo (con nuevos asomos postminimalistas), el final nos muestra un cierto pesioptimismo con respecto al futuro que cualquier mente lúcida puede o debería compartir, rubricando John Franek otra reflexión orquestal de lo más significativa en el siglo que habitamos.
Si en esta crítica nos hemos referido en varias ocasiones a las genealogías estilísticas, éstas se concretaron el pasado 8 de mayo de un modo aún más explícito en el último compositor del programa, el vigués Humberto Díaz Galindo, alumno de uno de los mejores compositores gallegos, Jacobo Gaspar, quien, a su vez, fue alumno de José Manuel López López. Ello no quiere decir que Ciudades/restos de piel, luz y otros ruidos, la partitura que estrenó Humberto Díaz con la RFG, nos haya sonado ni al uno ni al otro, habiéndonos sorprendido su gran madurez con tan sólo veintitrés años.
La presencia de Humberto Díaz también nos recuerda la importancia que tiene en un territorio la existencia de iniciativas como Vertixe Sonora, ensemble al que Díaz lleva años escuchando, como demuestran la actualidad y la personalidad de su lenguaje, que se nutre igualmente de la faceta poética del compositor y de los muchos intereses que convergen en sus creaciones. Entre ellos, las relaciones que hoy establecemos como individuos en las urbes contemporáneas, ciudades cuyo continuo crepitar se convierte en el sul ponticello que abre una partitura tan repleta de pálpitos y vibraciones, así como de nuevos pasajes de aire sin tono que consiguen una unidad de sonido impresionante por su coherencia y densidad, sin resto alguno de dispersión o titubeo estilístico. Esa masa textural parece un auténtico estudio de la luz, así como de la luminiscencia que cada individuo aporta al colectivo de tal masa acústico-urbana, con un refinamiento sobresaliente y un pensamiento rítmico tan preciso como diversificado.
Así, la construcción de los clímax resulta plenamente orgánica, tal como lo es, más que su disolución, su súbita desaparición, pues al retirarse sus placas se nos muestran unos vestigios acústicos del todo lógicos con el desarrollo anterior, tanto en el conjunto orquestal como en los instrumentos que protagonizan los pasajes más camerísticos, a los que se otorgan simbólicos matices de color, como los que se extraen del roce del arco en el plato. Esa rica diversidad dentro de un discurso tan unitario nos recuerda al Ligeti micropolifónico, con quien Díaz comparte un trabajo del viento y la cuerda de alto nivel, creando continuas vibraciones, matices y la sensación de un fluido orquestal que, como otras partituras antes escuchadas, busca su propio comienzo para mostrarnos que en cualquier ciudad contemporánea nunca podemos hablar de estos procesos como un punto final, sino como de complejas y sutiles variaciones siempre abiertas al futuro.
Con Ciudades/restos de piel, luz y otros ruidos, Humberto Díaz se suma a los mejores estrenos de compositores gallegos (los de Jacobo Gaspar, Miguel Matamoro o Hugo Gómez-Chao) que la RFG lleva ofrecido en los últimos años; una orquesta plenamente convincente el pasado viernes bajo la dirección de un Armando Merino que no sólo conoce este repertorio en profundidad, sino que destila convicción, sabiduría y musicalidad en cada gesto. Así pareció entenderlo la Real Filharmonía al aplaudirlo.
Paco Yáñez
(Fotos: Manu Vidal – Real Filharmonía de Galicia)


