SANTIAGO DE COMPOSTELA / Alberto Rosado inaugura, con acentos húngaros, el ciclo ‘Solos en el CGAC’

Santiago de Compostela. Centro Galego de Arte Contemporánea. 26-V-2025. Alberto Rosado, piano. Obras de Bartók, Ligeti y Kurtág.
La relación del Centro Galego de Arte Contemporánea (CGAC) con la música se cuenta entre las más acusadamente guadianescas de cuantas se conozcan en nuestras instituciones públicas dedicadas al arte actual.
Dos periodos destacan sobremanera en dicha relación a lo largo de las tres décadas de programación estable que en 2025 cumple el CGAC: el que Manuel Rodeiro dirigió hasta 1998, con el Taller Instrumental como ensemble residente; y el que entre los años 2011 y 2018 desarrolló Vertixe Sonora, con el ciclo Música y Arte. Correspondencias Sonoras como máximo exponente no sólo de la conexión del CGAC con la música actual, sino de cómo un centro de arte público se puede convertir en agente de producción de partituras inspiradas en las exposiciones de dicha institución, de lo cual fueron una perfecta muestra los noventa y tres estrenos ofrecidos por Vertixe en el CGAC, algo sin apenas parangón en el mapa museístico español contemporáneo.
Tras la defenestración de este último ciclo en diciembre de 2018, Santiago Olmo, actual director del CGAC, ha venido incorporando a la programación del centro actividades musicales de forma mayoritariamente puntual, sin que ninguna de ellas haya alcanzado, ni remotamente, la importancia tanto del Taller Instrumental como de Correspondencias Sonoras, dando lugar a la paralela desaparición del CGAC de los circuitos internacionales de producción musical.
Aunque con unos presupuestos muy distintos a los vividos otrora con Vertixe y el Taller Instrumental (más parecidos ambos a lo que sería una residencia artística), parece que en 2025 el CGAC ha encontrado una mayor estabilización de su actividad musical, basada en tres proyectos muy diferentes entre sí: el que, desde hace años, lleva a cabo en dicho centro el ensemble de improvisación Liberdade; la serie de performances a cargo de José Iges y Concha Jerez asociadas a su exposición Resignificacións; y el ciclo que el 26 de mayo se inauguró, con dirección artística de la musicóloga Rosa Fernández, bajo el título de Solos en el CGAC, una propuesta más próxima a la del Taller Instrumental, por cuanto incluye en su programación a algunos de los mejores compositores de la contemporaneidad (algo que tanto se había echado en falta en los conciertos de Vertixe), si bien no comprende la producción propia que este último ensemble había liderado, enriqueciendo el mapa de la música actual.

Para el concierto inaugural de Solos en el CGAC, Alberto Rosado seleccionó treinta y cuatro piezas compuestas por Béla Bartók, György Ligeti y György Kurtág, repartidas en tres bloques que enlazó a través de las relaciones habidas entre dichas partituras en cuestiones de ambiente, ritmo, armonía o en la inspiración que, proveniente de la música popular, tanto marcó a la composición magiar del pasado ciclo (ya no sólo la llevada a cabo en la propia Hungría, sino la creada por muchos de estos compositores en el exilio, donde dicho acervo se convirtió en una patria musical en la distancia).
Cada uno de estos tres bloques (progresivamente menguantes en cuanto a duración, alcanzando el total del concierto una hora y media) estuvo dividido, a su vez, en tres secciones, marcadas todas ellas por lo que Rosa Fernández calificó de «exquisita coherencia», convirtiendo el programa en una pieza musical en sí misma que, dudo, otro pianista español hubiese podido construir con tal lógica y sentido interno, por cómo muestra este concierto el paso de Rosado por la Academia Ferenc Liszt de Budapest, donde no sólo se impregnó de la tradición húngara, sino que fue alumno del propio Kurtág (algo que, cualquiera que haya asistido a sus clases, sabe que marca de por vida).
No era ésta, en todo caso, la primera ocasión en que Alberto Rosado visitaba Santiago con tal repertorio, sonando este programa sobre el eco, aún vívido, de su interpretación del Concierto para piano (1985-88) de György Ligeti con la Real Filharmonía de Galicia y Baldur Brönnimann, en octubre de 2023; un concierto en el que, como encore, Rosado nos había asombrado con uno de los Études (1985-2001) ligetianos incluidos en el primer bloque de su programa en el CGAC, Der Zauberlehrling.
Proyectando en pantalla (virtudes de las nuevas tecnologías) su propia partitura, pudimos seguir no sólo cada obra, sino las anotaciones de Alberto Rosado, algo que permite profundizar en las sucesivas piezas, así como demuestra una no menor valentía por su parte, pues expone su interpretación de forma más evidente, con el texto delante (además de que nos permite ver algunas de las más originales formas de notación que, en este concierto, se corresponden con el ciclo Játékok (1973…), de György Kurtág).
Para darnos la bienvenida de forma festiva, la primera sección abundó en fanfarrias, con una mención muy especial para el cuarto estudio de Ligeti, Fanfares, en el que Rosado imprimió un ritmo y una vitalidad a su ostinato que no deja de matizar con el color tímbrico de un Yamaha C3 que, pese a su reducido tamaño, en manos de Alberto Rosado pareció un piano mucho mayor, por cómo explotó sus dinámicas y resonancias. Otro punto álgido en esta sección fue el Allegro vivace de la Táncszvit (1923), tanto por la rareza de escuchar esta reducción para piano (debida al propio Bartók) como por el aliento orquestal que Alberto Rosado le confiere; de nuevo, agigantando el piano del CGAC a una escala cuasi sinfónica que nos habla de un mecanismo, de un ataque y de una digitación, por parte del salmantino, realmente portentosos en cada una de estas treinta y cuatro piezas repletas de matices propios.
La segunda sección del primer bloque fue concebida como un movimiento lento en sí misma, conformada por siete piezas en las que priman el acercamiento a la naturaleza y los misterios de la noche, ya desde una Música nocturna de Szabadban (1926) que Rosado interpreta como un anticipo, sumando rumores de lo popular, de lo que llegaría a ser la colosal Sonata para dos pianos y percusión (1937), por la modernidad que imprimió a sus interpretaciones bartokianas. Otros momentos a destacar en este bloque fueron el Hommage à Farkas Ferenc, de Kurtág, o los endiablados anillos que escuchamos en el Andante de las Bagatelas, Op. 6 (1908) de Bartók: perfecta antesala, dentro esta intrincada relación de obras que se espejean y dan la entrada por un matiz de color, una nota o un ritmo, para el ya mencionado Der Zauberlehrling, en el que Rosado evocó a Conlon Nancarrow con su abrumador mecanismo.
La tercera sección del primer bloque convocó el lamento del vapuleado pueblo húngaro en el siglo XX, algo de lo que Bartók y Ligeti fueron tristes ejemplos. De este último, Automne à Varsovie se convierte, en manos de Alberto Rosado, en una auténtica fuga de tiempos descendientes, lanzados al abismo con un ejemplar contraste métrico y un uso del pedal que abunda en la evocación de ese lamento suspendido como figura inicial.
El segundo bloque estuvo vertebrado por la Sonata para piano (1926) de Béla Bartók, apabullante en ímpetu, ritmo y color por parte de Rosado, así como dejando muestras de buen conocedor de este repertorio, por cómo refuerza la impronta del canto en el fraseo; especialmente, en sus acordes, que parecen expandir la armonía cual coro, lo que estrecha el diálogo con piezas como la kurtagiana Preludio y coral, de bellos y germánicos acordes en pedal; o el ligetiano En Suspens, estudio dedicado a Kurtág en el que Rosado acercó la levitación de su armonía a un halo impresionista, multiplicándose la pluralidad estilística de este programa con dichos ecos alemanes y franceses. Otro pasaje portentoso de este segundo bloque fue Örökmozgó, en el que Rosado reforzó la motilidad de un perpetuum mobile que habría de reaparecer en otra página de Kurtág, el Vivo de las Ocho piezas para piano, Op. 3 (1960), convertido en el CGAC en toda una catedral del arpegio, aún más abrumadora, al ser escuchada en vivo con tal energía, como descollantes lo habían sido antes los estudios ligetianos Désordre, con sus polirritmias danzadas por Rosado en su compartimentación diatónico-pentatónica del teclado, y Cordes à vide, estudio en el que primó el bellísimo rubato imprimido a su andantino, abriendo de forma ingrávida los acordes.
El tercer y último bloque del concierto estuvo dedicado al humor y a la danza: dos aspectos indisociables en los valses de Bartók, Ligeti y Kurtág tocados por Alberto Rosado como parte de esa mirada irónica y de soslayo que los húngaros lanzaban, a través de su propia visión del vals, a esa Viena de la que fueron súbditos tantos años. Hommage à Ránki György, de Kurtág, es un perfecto ejemplo de ello, como la maravillosa interpretación que Rosado nos ofreció del Vals de las Bagatelas, Op. 6 de Bartók, perfectamente preludiado por un Tempo di valse de la Musica ricercata (1951-53) con el cual, tan apabullante e incisivo como lo ha tocado (con ese punto nuevamente mecánico), el pianista salmantino nos muestra cuánto del último Ligeti se anticipaba ya en sus piezas todavía compuestas en Hungría bajo la impronta de esa lengua natal que, para Ligeti y Kurtág, era el propio Bartók. Escuchar en un solo concierto ambas piezas, así como los tres décadas posteriores Études, hace que lo comprendamos mucho mejor, reforzando la coherencia conceptual y musical de un programa ejemplar.
Si este tercer bloque había comenzado con la evocación de las danzas africanas, que en el octavo estudio de Ligeti, Fém, se convertían en frenéticas asimetrías, la tercera parte del mismo nos condujo a la gran influencia que los ritmos búlgaros tuvieron en la música húngara. Parte del quinto libro de Játékok, en la enrabietada La fille aux cheveux de lin Rosado nos dejó otra de las maravillas de este concierto y, aunque uno haya escuchado estas piezas al propio Kurtág, he de decir que pocas veces las había disfrutado en vivo con tan buena técnica y estilo; un estilo que, por la propia concepción del programa y por cómo Alberto Rosado confiere unidad a todo el recorrido de la gran tradición húngara, nos hará rememorar, al escuchar la postrera L’escalier du diable, al propio Liszt, invirtiendo aquí las cascadas armónicas descendentes de Automne à Varsovie para enrevesar el piano arriba y abajo en un delirio escheriano que puso fin a un recital que aún nos reservaba un último detalle de gran valor: cómo Alberto Rosado y el público (que podía ver la partitura en tiempo real) respetamos ese postrero calderón en el que, tan lenta como delicadamente, se fue esfumando L’escalier du diable, regresando a un silencio del que pronto emergerá la música en el CGAC (como lo hizo el sonido, con la gran ovación a Alberto Rosado tributada), cuando el próximo 1 de octubre escuchemos a la mezzosoprano portuguesa Helena Ressurreição en el segundo concierto de Solos en el CGAC, un ciclo que ha comenzado, a paso húngaro, con mejor pie.
Paco Yáñez
(Fotos: La Diapo – Centro Galego de Arte Contemporánea)


