Roberto González-Monjas: “Una orquesta como la OSG es un regalo para una ciudad”

Roberto González-Monjas (Valladolid, 1988) es, desde el pasado mes de octubre, el nuevo director titular de la Orquesta Sinfónica de Galicia, un puesto que simultaneará con el que desempeña en la orquesta suiza Musikkollegium Winterthur y con el de director invitado permanente de la Mozarteum Orchester Salzburg (junto a Constantinos Carydis, Andrew Manze y Jörg Widman). A finales de la presente temporada concluirá su compromiso con la Dalansinfonietta sueca. Además, González-Monjas trabaja intensamente en Iberacademy, un programa de desarrollo humano a través de la excelencia musical, fundado en Medellín (Colombia) por el director de orquesta Alejandro Posada.
¿Quiénes han sido sus maestros?
Desde los cuatros años, que empecé con el violín, he tenido muchos. Los primeros, tres maestros polacos: Stefan Zabek, su hija Wioletta —que era entonces concertino de la Orquesta Sinfónica de Castilla y León— y el exmarido de esta, Krzysztof Wisniewski, que estaba en la misma orquesta. Después, Sergei Fatkulin, en Madrid, que me abrió muchas puertas, Igor Ozim en Salzburgo y David Takeno en la Guildhall de Londres. Y, sin base fija, Ana Chumachenco. Ellos me han creado las manos de violinista.
¿Y como director?
Nunca hice estudios formales de dirección. En Salzburgo encontré a un argentino amabilísimo, muy bueno para empezar, Jorge Rotter. Luego trabajé con Mark Stringer. Yo lo llamo el director iluminado, una especie de escáner para directores, que me enseñó lo que significa ayudar a la orquesta en cada gesto.
¿Y en lo musical, más allá de la interpretación?
He tenido grandes mentores que musicalmente me han cambiado la vida y que, curiosamente, son húngaros: el gran Ferenc Rados, András Schiff o Gábor Takács-Nagy. Y gente que te abre la mente, como Christian Tetzlaff, Leonidas Kavakos o el Cuarteto Hagen.
Personalidades muy especiales todos ellos.
Uno tiene que darse cuenta de que no hay que copiar sino aprender el proceso por el cual se llega a una determinada idea, cómo puedes transformar las notas en algo especial, eso que, en definitiva, te hace ser un buen músico. Ninguno de los nombres que le he citado llega a sus conclusiones de la misma manera, pero hay una suma de amor y de intelecto que los lleva a esas interpretaciones tan personales, tan elocuentes, tan radicalmente humanas. No tanto a dónde llegan sino cómo llegan es lo que me interesa.
Usted ha sido concertino en la Orquesta de la Accademia di Santa Cecilia con Antonio Pappano. También ahí habrá aprendido lo suyo.
Es como ser aprendiz de arquitecto viendo trabajar a Frank Gehry o de cocinero a un gran chef. Como concertino eres la mano que realiza aquello que el director muestra. No sólo debes entender sus ideas sino ser para la orquesta un catalizador de ellas. Con eso se aprende lo que no está escrito. No podría estar más agradecido.
¿Cómo es Pappano?
Pappano es un verdadero animal musical, una fuerza, un amor, una devoción absoluta por la música. Es impresionante verle trabajar. No solo es maravilloso hacer Verdi o Respighi con él, que se supone que son verdaderas especialidades suyas, sino Pelleas und Melisande de Schoenberg, o música contemporánea, obras menos obvias, pero de las que él se ha estudiado cada nota. Es tan humano que lo único que puedes hacer es ir con él, es tan convincente que solo piensas en que tienes que apoyar esa visión. Ese es su carisma.
¿Qué le decide a pasar del violín a la dirección?
Siempre tuve curiosidad por la visión vertical de la música, pero no fue una decisión de un día. Empecé poco a poco, de manera casi casual, y se ha ido convirtiendo en la parte más importante de mi carrera. Por eso tengo una relación tan bonita con la dirección, porque nunca me formé ni me planifiqué para hacer esa carrera. Es un regalo de la vida, bienvenido, sorprendente y fresco. Cada día en el podio me siento afortunado y sigo aprendiendo.
Pronuncia con cuidado la palabra ‘carrera’…
Es que me parece un arma de doble filo. La parte positiva es el bagaje vital y artístico que uno tiene, no tanto los planes. Me parece muy importante no obsesionarme con lo que tengo a años vista, porque lo que debe contar es el trabajo diario. Soy un afortunado por tener hoy oportunidades maravillosas y muchas más que van a venir a lo largo de los años. Pero enamorarse demasiado de los nombres que vienen es dormirse en los laureles. Yo prefiero estar preparadísimo cada vez que voy a dirigir, planificar muy bien mi repertorio para no encontrarme con demasiadas obras que hacer, ir logrando una solvencia que a la orquesta le ayude y que, al final yo me pueda ir a dormir con la sensación de que he hecho bien las cosas. ¿La carrera internacional? Pues sí, pues qué maravilla, pero luego ves a la gente que empieza a tomar decisiones erróneas, que se hacen arrogantes porque les dan muchas oportunidades cuando esto debe durar hasta que nos caigamos muertos en el escenario. Y, en mi caso, para eso queda mucho tiempo: tengo sólo 34 años.
“Tengo una relación muy bonita con la dirección,
porque nunca me formé ni me planifiqué para hacer esa carrera”
Es usted muy joven.
Y muy paciente.
El 14 de marzo tocó el concierto de Esa-Pekka Salonen como solista en París. ¿Irá dejando cada vez más el violín en favor de la batuta?
Mientras yo pueda decidir, no. El violín es mi voz. Pero también estoy convencido de que debo quedarme, en ese aspecto, en lo que sé hacer bien y dejar el gran repertorio a esos grandes solistas que tienen cosas que decir en él. Pero mientras el contexto me lo permita, sí que me gustaría seguir con el violín.
¿Por qué acepta la oferta de la OSG?
Porque tiene todo el sentido del mundo. La constelación es perfecta en este momento. Hemos hecho un clic extraordinario y, por todo el pasado que hemos compartido y por el momento en que estamos tanto la orquesta como yo, creo que es ahora cuando tenemos que juntarnos. La orquesta está en estado de gracia, con ganas de seguir progresando, preparada para ser embajadora de Galicia y de España en el mundo, para hacer giras, grabaciones importantes. Cada director, cada solista que viene, no se pueden ni creer la calidad de esta orquesta. Yo también estoy en un momento en el que puedo ofrecer muchos contactos y proyección internacional. Era justo ahora.
Así que cree en el crecimiento juntos.
Absolutamente. Las orquestas son ecosistemas humanos y es muy importante que la ilusión por crecer sea compartida por los tres lados: músicos, dirección musical y gerencia. Creo que son esas constelaciones las que permiten a una institución cambiar de tercio, pasar página, abrir un capítulo nuevo, enfrentarse a lo que viene con otra perspectiva. La orquesta ha tenido unos años maravillosos en los que se ha fortalecido, se han creado unos cimientos inamovibles. Y esa labor nunca se la podremos agradecer suficientemente a Dima Slobodeniouk. Ahora me encuentro con esos frutos, soy un privilegiado.
Antes de su nombramiento ya en la propia orquesta se hablaban maravillas de usted.
Lo que me fascinó, sinceramente, es que conociéndome desde que era un adolescente que, con 15 años, no sabía nada de la vida, que luego fue concertino de la Orquesta Joven, me recibieron con la máxima profesionalidad como director de la orquesta grande. Era un programa difícil, en las condiciones de la pandemia, en un lugar que no era el habitual de los conciertos de la orquesta. Ese respeto y esa elegancia también distingue a esta orquesta, como el pundonor y la disciplina que mostraron. Me llevé un recuerdo maravilloso de ese primer encuentro. Imagínese cuando me llamaron.
La llamada coincide con su despegue como director, internacionalmente hablando, y es de suponer que eso redundará en beneficio de todos.
Claro. Yo soy muy embajador de mis cosas.
¿Advierte un sonido propio en la OSG?
Lo del sonido propio es una cosa muy difícil porque el sonido es una combinación entre director y orquesta. Una orquesta suena diferente con cada director. De igual manera que Beethoven no es igual que Saint-Saëns, el sonido de uno no puede ser igual que el de otro. Yo como director tomo el sonido que la orquesta me ofrece y trabajo para que tengamos un abanico dependiendo del estilo que toquemos. En términos de comida o de lenguas, no es lo mismo crujiente que blando, no es lo mismo una consonante alemana que una consonante francesa. No puedes tocar Debussy en alemán ni Wagner en francés, es muy importante que cada articulación se base en el compositor, no en lo que yo crea que debe ser mi propio sonido.
El Palacio de la Ópera ayuda poco.
En esta sala hay que hacer milagros. Parece que va en tu contra. Es muy difícil escucharse. Si tuviéramos un auditorio como el de Zaragoza o el de Valladolid…
Estará trabajando en la programación futura de la orquesta.
Estamos con la 2024-25 y pensando en las siguientes. La 2023-2024 es una temporada de transición por mero calendario, que está muy lleno para mí. Pero será muy buena también para conocernos, para transitar por estilos diferentes. En la 2024-2025 es cuando empezaré a dejar mi impronta artística en la programación.
“Mientras el contexto me lo permita, sí que me gustaría seguir con el violín”
¿Es partidario de las temporadas temáticas?
Sí, pero sin obsesiones. Los temas tienen que abrir puertas, no cerrarlas. Es decir, si algún tema lo que hace es abocarte a tocar un estilo o un compositor pues no, pero si abres la perspectiva, propicias diálogos dentro de esa misma temática y encuentras puntos de contacto coherentes, pues sí. Tendremos temáticos en los próximos años, pero van a ser muy amplios.
¿De cuántos programas se hará cargo por temporada?
Soy partidario de ser flexible. A veces parece que los titulares empiezan las temporadas con muchas ideas y el final acaba siendo un cajón de sastre un poco para rellenar. Ocho programas me parece que es un buen número. A partir de ahí, ver si hacemos giras, más los conciertos por Galicia, los de María Pita en verano… El número no es inalterable.
¿Cuál va a ser su criterio a la hora de escoger los maestros o maestras invitados?
La orquesta tiene amistades con directores muy importantes: Jaime Martín, Juanjo Mena, Dima Slobodeniouk, Andrew Litton… Es fundamental mantener esas amistades, esas caras conocidas con las que quiere trabajar y desarrollar sonido y repertorio. Yo traeré a nuevos invitados, y una parte de ellos serán jóvenes interesantes, prometedores, empezando a hacer carrera y a los que estemos decididos a darles una oportunidad.
¿Como pasó con Klaus Mäkelä, que debutó en España con la OSG?
Por ejemplo.
¿Y además?
Pues directores asentados, con un nombre muy hecho, que en principio no vendrían a una orquesta española pero que por mi contacto con ellos es muy probable que vengan. Hay que hacerle saber al mundo la calidad de la Sinfónica de Galicia. Recuerde lo contento que estaba Maazel cuando vino. Hay que crear el proyecto, el programa, el modo de atraer a esos maestros.
Hablaba de giras, un asunto fácil de desear, pero difícil de cumplir.
Me parece muy relevante para una orquesta. No sólo por lo que conlleva mostrar su nivel, sino por sentirse como un equipo que quiere enseñar lo mejor de sí mismo. Es un factor catalizador. Pero las giras son también una máquina de perder dinero. Estamos en contacto con posibilidades muy buenas y factibles, con promotores muy interesados, pero tenemos que trabajar en encontrar financiación.
¿Cuál es su repertorio favorito?
El que me creo de verdad. Tengo que enfrentarme a cada obra como si fuera mi pieza favorita. Parece una bobada, pero es una técnica. Tienes que enfrentarte a una obra cualquiera como si fuera la Quinta de Beethoven o a la Segunda de Mahler. Y con esa perspectiva le sacas el mismo jugo, el mismo gusto que a cualquier tipo de pieza. Como director tienes que ser defensor de la obra y del compositor, encontrar algo especial y hacer justicia a ese repertorio
¿Asume la influencia de lo históricamente informado en determinados casos?
Tengo ahí un gran modelo y también mentor, Reinhard Goebel, que es una de las personas que más generosas han sido conmigo. Una generosidad casi exagerada. Es no sólo uno de los grandes expertos, sino la única mente que conozco que vive en el Barroco. No se trata tanto de reproducir un sonido como de inspirarse en una estética. La corriente historicista enseña a ser muy devoto a las fuentes para encontrar la inspiración desde el punto de vista estético. Es llegar al mismo tipo de interpretación por otros medios. No he tocado el violín barroco, no puedo decir, por tanto, que sea un experto en ese instrumento, pero sí puedo tocar barroco o clásico desde las mismas fuentes, y espero que eso sea también bueno para esta orquesta.

¿Y qué me dice de la música contemporánea española?
Ya tengo mucha sobre mi mesa. Me encanta hacer música contemporánea, pero soy absolutamente alérgico al proceso por el cual esa música se hace mal. Si me paso nueve meses estudiando una sinfonía de Beethoven, con una pieza contemporánea tengo que hacer lo mismo. El concepto de que hay que meter una obra contemporánea por aquí o por allá no me gusta. Hay que hacerlo bien. ¿Sabe cuántas sinfonías de Beethoven hago esta temporada? Una sola, la Pastoral. ¿Cuántas obras contemporáneas? Dos. Necesito la misma aplicación, la misma disciplina con la contemporánea que con el resto del repertorio. Se lo digo a los propios compositores: lo voy a hacer, pero dame tiempo a hacerlo bien porque no nos podemos permitir que salga mal.
¿Cuáles son sus proyectos además de su trabajo con la OSG?
Estoy siendo alérgico a conocer veinte orquestas nuevas cada temporada. Me parece poco sostenible. Hay que trabajar con orquestas en las que confíes. Me interesan proyectos y programación. Dos perfiles muy diferentes: la obra sinfónica grande en Galicia, la orquesta boutique en Winterthur. Pero, concretando su pregunta: Misa de la Coronación en Salzburgo con Mozarteum y grabación con ellos de los conciertos para violín de Mozart, Filarmónica de Hong Kong, Cámara de Holanda, Sinfónica de Baltimore, Radio de Suecia, Filarmónica de Oslo, Capitole de Toulouse y una versión escénica del Requiem de Mozart y La Bohème de Puccini en la Ópera de Burdeos.
¿Le gusta la ópera?
Me encanta trabajar con la voz, es una gran escuela, el repertorio es maravilloso y no solo la ópera, desde las canciones de Schubert orquestadas por Reger hasta el Jedermann de Frank Martin, pasando por la música francesa. Incluso he dirigido belcanto en gira con Juan Diego Flórez y trabajado con Marie-Nicole Lemieux.
¿Acompañar a un cantante ayuda a aquilatar el sonido?
A ser transparente, porque no hay menos sustancia. No hay que acompañar a la voz sino adorarla, le decía a la Sinfónica de Galicia cuando cantó con nosotros hace unos días Véronique Gens.
¿Y el Coro de la OSG?
Javier Fajardo y Carlos Mena hacen un buen tándem con una buena estrategia de futuro. Tengo muchos proyectos con ellos, pero tienen muy claro que ha de ser una progresión natural y muy consciente: construir repertorio mejor que hacer demasiadas cosas y demasiado pronto.
“Las orquestas son ecosistemas humanos y es muy importante que la ilusión por crecer sea compartida por los tres lados: músicos, dirección musical y gerencia”
Hablemos de Winterthur. Es curioso que, antes que usted, violinista, la orquesta tuviera varios titulares igualmente dedicados a un instrumento solista en el que tenían ya un prestigio enorme: Douglas Boyd, Heinrich Schiff, Thomas Zehetmair…
Es una orquesta muy inteligente, parece un cuarteto de cuerda de esos que llevan cuarenta años tocando y necesitan más que un metrónomo una inspiración. Por eso ha decidido, en determinados momentos, trabajar con músicos que no eran directores desde el punto de vista escolástico pero que sí eran grandes músicos. Fíjese de qué nombres hablamos. Preferían suplir las carencias técnicas y estar en el meollo de la interpretación.
Y con una programación ejemplar.
Que es muy difícil hacer en otra parte porque allí hay un público absolutamente devoto que pide combinaciones diferentes, que pide música contemporánea. Yo puedo mezclar a Kurtág con Bach, a Mozart con estrenos absolutos y a esa clase de conciertos es a los que más le apetece ir a la gente. Allí puedo dar rienda suelta a todos mis deseos y sueños de programación por la mezcla de tradición y modernidad que se respira. Es una programación hecha a medida.
¿Cómo se financia la orquesta?
Hay tres fuentes: la ciudad, el cantón de Zúrich y una parte muy importante privada. En Suiza hay gran tradición de mecenazgo, con una ley buenísima que aquí falta, y en Winterthur una familia económicamente muy poderosa, los Reinhart, que apoyan muy fuertemente la cultura. Hay una tradición de amor por la orquesta que ha pasado de padres a hijos desde 1629. Puedo llegar a firmar mil cartas de agradecimiento a quienes nos apoyan.
¿Se lo puede imaginar en La Coruña?
Bueno, aquí no hay esa tradición de tantísimo tiempo, pero el cariño que le veo al público debería ser muy buen caldo de cultivo para decirles a todos que es el momento de involucrarse con su orquesta.
¿Y usted pondrá de su parte?
Creo firmemente que ser director titular no es una corona sino un trabajo, requiere un compromiso. Mi aportación primordial a la ciudad está en el escenario del Palacio de la Ópera, pero estoy dispuesto, y me parece importantísimo, a involucrarme y hablar con el público, con los Amigos de la OSG, con los estudiantes, hasta con los que no vienen a los conciertos y, desde luego, con la parte política para encontrar con todos los puntos de contacto a través de los que podamos hacer sinergia. Porque tener esta orquesta en esta ciudad y en esta comunidad autónoma es un regalo absoluto, una embajada cultural como ninguna otra. ¶
Luis Suñén
[Fotos: Marco Borggreve]
(Entrevista publicada en el nº 393 de SCHERZO, de marzo de 2023)


