OPORTO / Dos miradas al sinfonismo austriaco desde Casa da Música

Oporto. Casa da Música. 13-XII-2024. Orquestra Sinfónica do Porto Casa da Música. Director: Stefan Blunier. Obras de Haydn y Bruckner.
Como nuestros lectores saben ya, la Casa da Música de Oporto organiza su temporada siguiendo el año natural, de forma que, alcanzados los últimos días de diciembre, la programación del 2024 toca a su fin, cerrando otra brillante propuesta que, habiendo tenido como eje temático a la música portuguesa de todos los tiempos, ha conservado esa misma mirada abierta y plural en las muchas obras de distintos países que hemos escuchado en Casa da Música desde el pasado enero, con el portuense Vasco Mendoça como compositor residente, un puesto que en 2025 asumirá la australiana Liza Lim, refrendando la vocación internacionalista y transcultural que Casa da Música ha mostrado desde su fundación y, muy especialmente, desde la llegada a la dirección artística de António Jorge Pacheco.
Estos últimos conciertos del 2024 están sirviendo, precisamente, de despedida a ese grandísimo programador que es António Jorge Pacheco, que al finalizar este mes dejará su puesto al frente de Casa da Música, para el cual se conoce ya la designación de François Bou, gestor francés de origen catalán con una dilatada experiencia en el campo orquestal que fue nombrado tras un concurso internacional abierto en Oporto el pasado mes de mayo.
Alto, altísimo listón, el que le deja António Jorge Pacheco a François Bou, haciendo de la Casa da Música uno de los auditorios de más heterogénea y viva programación de Europa, algo que se ha visto refrendado no sólo por la participación de Casa da Música en algunas de las redes de encargos y promoción musical más selectas del continente, sino por las numerosas invitaciones recibidas por sus conjuntos residentes para que mostrasen su envidiable nivel artístico e interpretativo en auditorios y ciclos tan prestigiosos como la Philharmonie de Berlín, los Donaueschinger Musiktage, la Elbphilharmonie de Hamburgo o musica viva Múnich, presentación en Baviera de la que en Scherzo les dimos cuenta en su día.

Uno de los puntos álgidos de esta despedida de António Jorge Pacheco se vivió el fin de semana del 13 al 15 de diciembre, días en los que, una vez más, pudimos escuchar ese fértil diálogo de la gran tradición con la mejor creación actual que ha sido seña de identidad no sólo en los quince años que Pacheco ha estado al frente de Casa da Música, sino en los veinticinco que lleva trabajando para la institución portuense.
De este modo, una ambiciosa propuesta con partituras de Joseph Haydn, Anton Bruckner, Sara Ross, Hèctor Parra y Helmut Lachenmann nos ha mostrado la quintaesencia del ideario de António Jorge Pacheco como director artístico, incluido el fomento de nuevo repertorio, que ejemplificaría el estreno absoluto, el domingo 15 de diciembre, de When She Died (2024), partitura de Sara Ross nacida como un encargo de Casa da Música a su joven compositora residente en 2024 y ofrecida en primicia mundial en el marco de la Academia del Remix Ensemble.
Pero, antes de adentrarnos en el programa del Remix Ensemble (que protagonizará nuestra siguiente crítica dedicada a la Casa da Música esta semana) nos quedamos hoy con el concierto celebrado en la Sala Suggia el pasado 13 de diciembre, con dos partituras en cartel, incluida una de las mejores páginas sinfónicas de todos los tiempos, la Sinfonía n.º 9 en Re menor (1887-96) de Anton Bruckner, obra interpretada por la Orquestra Sinfónica do Porto Casa da Música (OSPCM) con su director titular al frente, el suizo Stefan Blunier, para celebrar el bicentenario del compositor de Ansfelden.
Bruckner es un creador al que António Jorge Pacheco ha prestado una atención especial, con una mención muy destacada para un año, el 2018, en el que Austria había sido el país-tema en Casa da Música, programándose entonces la integral sinfónica bruckneriana, cuya Novena había dirigido Michael Boder con la Kammersymphonie n.º 2 (1906-39) de Arnold Schoenberg completando aquel concierto.
Cinco años más tarde, de la Segunda Escuela de Viena hemos pasado a la primera, con Joseph Haydn y su Sinfonía n.º 26 en Re menor “Lamentatione” Hob. I:26 (1768). Dos páginas sinfónicas, por tanto, en Re menor y de inspiración cristiana, pero qué distinto ambiente, el que ha imprimido a cada una de ellas Stefan Blunier, con un Haydn espontáneo, elegante y expresivo, repleto de guiños a la vitalidad inherente al compositor austriaco, lo que ha rebajado los elementos dramáticos asociados tanto a la tonalidad como al texto litúrgico en el que se inspira.
Como he apuntado en algunas de mis últimas críticas de la Real Filharmonía de Galicia, no creo que este tipo de orquestas, con sus instrumentos modernos, sean las más adecuadas, hoy en día, para abordar el Clasicismo con los mejores resultados tímbricos, aunque siempre están ahí el estilo y la articulación derivados del historicismo para otorgar un plus de pertinencia a sus interpretaciones, de forma que en esa línea se ha movido, muy inteligentemente, Stefan Blunier. Así, su lectura resultó rápida, pero sin perder transparencia ni definición a nivel estructural, dejando guiños en las maderas que, a pesar de la temática de esta sinfonía, evidencian el humor de Joseph Haydn y su ligereza; especialmente, en los movimientos de apertura y cierre, bordando un Adagio más luminoso, de contenida expresividad y sutil pulso rítmico. Lectura, por tanto, bien resuelta a nivel de dirección y orquesta, pero sin que aporte demasiado a lo que en nuestra memoria auditiva tenemos de esta partitura.
Más interesante y pertinente, en cuanto a sonoridad (aunque empiecen a proliferar las lecturas historicistas de las sinfonías de Anton Bruckner) resultó la interpretación de su Novena sinfonía, que se desgranó sin pausa intermedia en el programa, lo que reforzó los vínculos históricos que, entre estos dos compositores austriacos, evidentemente existen y que Stefan Blunier enfatiza por la expresividad con la que dirige la Novena, permitiéndose cierto rubato que hace que la duración estrictamente cronométrica de sus movimientos deba ser matizada por cómo el suizo articula el tempo en cada uno de ellos; especialmente, en el Feierlich, misterioso inicial.
Éste le duró, al frente de la OSPCM, 25:40 minutos; es decir, un tempo moderadamente lento que en algunos momentos afectó a la solidez del fraseo, pues, aunque la interpretación resultó, en conjunto, satisfactoria, en páginas del calibre de esta Novena llegar a lo sobresaliente es cosa de muy pocos directores y orquestas, de formaciones señeras como las filarmónicas de Berlín y Viena o la Staatskapelle Dresden. De este modo, y en parte por ese tempo más suspendido en ciertos compases, en las primeras entradas de trompas y maderas se acusó la falta de la implacable coherencia que dichas formaciones centroeuropeas nos ofrecen, aunque la OSPCM ganó muchos enteros al atacar los grandes clímax del primer movimiento, realmente imponentes, muy bien estructurados en cuanto a planos y conducción de las energías orquestales, coronados por un metal grave al que no le podemos poner ninguna pega, con una tuba y unos trombones a la altura de lo mejor.
Por cómo dirigió Stefan Blunier el Scherzo, podemos decir que en este movimiento nos hemos encontrado con la interpretación más original de la OSPCM; especialmente, por el uso de trompas, maderas y timbal para colorear el fraseo, confiriéndole una articulación rítmica muy creativa y personal. Otra sección que merece nuestro aplauso, ya no sólo en este segundo movimiento, sino en el conjunto de la sinfonía, es la de cuerdas, soberbias, tanto en arco como —destacadamente en este movimiento— en pizzicato, mostrando lo mucho más pertinente de su timbre para una página de finales del siglo XIX, como la Novena de Anton Bruckner.
Movimiento obsesivamente cíclico, Stefan Blunier rescata juegos de ascendencia haydniana para insuflar variedad al Scherzo y no caer en un repetición mecánica, para lo cual utilizó el silencio entre las secciones no sólo de forma dramatúrgica, sino a efectos de conferir impulso a un ataque, en líneas generales, incisivo y vehemente, llevando este segundo movimiento a los 10:35 minutos de duración; por tanto, en la media de lo habitual en el Scherzo.
Culminó la Novena sinfonía un Adagio severamente articulado desde la cuerda, que rubricó una progresiva aceleración del tempo en cada nuevo movimiento, pues si el primero había tendido a la lentitud, y el segundo, a una velocidad media, en este tercero Stefan Blunier apuró hasta los 23:25 minutos de duración, por lo que se echó en falta algo más de aliento en la respiración orquestal y de peso sinfónico, anticipando Blunier en Bruckner algunas de las ideas que acabarían cuajando en Richard Strauss, como el color y el fraseo de las trompas, con algún deje ligeramente efectista. Precisamente, a trompas y tubas wagnerianas les ha faltado aquí algo de aplomo y sentido religioso en los corales, mientras que trombones y tuba se volvieron a convertir, junto con un timbal apocalíptico, en la base de un clímax redondo y feroz en la construcción del tutti orquestal, camino de una aceptación abismática del silencio final.
Por tanto, y aunque un tanto presuroso, este Adagio nos ofreció momentos de una expresividad apabullante, tendiendo un arco tanto hacia el pasado de la forma clásica vienesa como hacia la tectónica de placas sinfónicas que Anton Bruckner lleva al cénit en sus sinfonías tardías, como una monolítica expresión de belleza y fe.
Fe es lo que ha tenido, desde su llegada a Casa da Música, António Jorge Pacheco en los músicos portugueses, y esta Orquestra Sinfónica do Porto que hoy nos ofrece un Bruckner de tal solvencia es el resultado de sus muchos años de trabajo renovando la orquesta residente de Casa da Música, buscando la excelencia y confiando en las mejores generaciones de músicos que haya tenido Portugal en su historia. Los frutos de esa exigencia desde la dirección artística a la vista y al oído están: ¡que sigan brillando así muchos años más!
Paco Yáñez
(Fotos: Rui Oliveira – Casa da Música)


