MÚNICH / El Arditti Quartet celebra su medio siglo de existencia y homenajea a Wolfgang Rihm en musica viva

Múnich. Allerheiligen-Hofkirche. 29-IX-2024. Arditti Quartet. Dirección de sonido: Zoro Babel. Obras de Nemtsov, Lachenmann y Rihm.
Un día después de presenciar el debut de la Orquestra Sinfónica do Porto en musica viva, tuvimos la fortuna de disfrutar, igualmente dentro de este ciclo de la Bayerischer Rundfunks, de un nuevo programa que explica por qué musica viva es una de las referencias europeas en lo que a creación contemporánea se refiere, manteniéndose en cartel dos de los protagonistas del concierto del pasado 28 de septiembre: Helmut Lachenmann y el Arditti Quartet, un binomio cuya trayectoria conjunta es parte sustancial del medio siglo de existencia que el Arditti celebra en 2024, como lo demuestra el hecho de que dicha formación estrenase tanto el segundo cuarteto de cuerda de Helmut Lachenmann, Reigen seliger Geister (1988-89), como el tercero, Grido (2001), motivos más que suficientes para que el compositor alemán se refiera al conjunto londinense —parafraseando a Morton Feldman— como «The Arditti in my Life», protagonizando Lachenmann, asimismo, uno de los capítulos más importantes del libro de memorias publicado por Irvine Arditti el pasado año, y del que ya les hemos dado cuenta en Scherzo.
Pero antes de adentrarnos en la música de quien hoy es, tras la muerte de Wolfgang Rihm, el compositor alemán vivo más importante, pudimos conocer de primera mano, en los instrumentos del Arditti Quartet y en la dirección de sonido de Zoro Babel, la música de una de las compositoras alemanas nacidas a finales del siglo XX que más presencia está ganando en la escena de la nueva música europea, Sarah Nemtsov, de quien escuchamos or bahir (2023), partitura para cuarteto de cuerda amplificado y banda magnética que estrenaron los Arditti el pasado 11 de mayo en la Elbphilharmonie de Hamburgo.
Dedicada asimismo a un Arditti Quartet que, precisamente, encargó esta partitura para las celebraciones de su quincuagésimo aniversario, en or bahir (título que podemos traducir como «luz brillante») Sarah Nemtsov bascula muy conscientemente entre la necesidad de olvidar lo que un cuarteto de cuerda significa, intentando crear un nuevo metainstrumento (idea, por otro lado, netamente lachenmanniana), y respetar una tradición de la que ella misma se siente heredera y que en tantas ocasiones le llegó (en sus últimos estadios evolutivos) a través de las interpretaciones del Arditti (aunque el repertorio de este cuarteto se remonte hasta la mismísima Grosse Fuge (1824-25) de Ludwig van Beethoven, como demuestra su tan particular grabación de dicha genialidad para el sello Gramavision).
Basado en el libro de Gershom Scholem Das Buch Bahir – Ein Schriftdenkmal aus der Frühzeit der Kabbala (1923), or bahir se adentra en las contradicciones que todos experimentamos a lo largo de la vida; de ahí, que Sarah Nemtsov juegue constantemente con los contrastes entre la luz y la oscuridad, el brillo y la sombra, la noche y el día, a raíz de los pares poéticos, filosóficos y espirituales con los que Scholem trabaja su lectura de la cábala en Das Buch Bahir. Para encontrar dichos brillos en la oscuridad, Sarah Nemtsov altera la afinación del cuarteto con el objetivo de crear nuevos campos armónicos y una atmósfera de sombrío y nebuloso fulgor. Se sintetiza, así, una de las cuestiones más interesantes, a nivel técnico y conceptual, de or bahir: su tratamiento de la luz como un continuo en el que los opuestos dialogan como extremos de un mismo todo (cuestión que tan alejada parece, hoy, del ámbito hebreo, refiriéndose la propia Nemtsov en sus notas sobre esta obra al momento de ruptura que el mundo vive de nuevo, redoblado por el conflicto bélico en Oriente Medio).

Por otra parte, resulta de lo más pertinente escuchar or bahir en el marco de este concierto, pues se trata de una partitura directamente heredera de los universos de Wolfgang Rihm y Helmut Lachenmann; de algún modo, sintetizándolos, aunque con un uso de los instrumentos mucho más parco y reducido que Lachenmann, lo cual da como resultado unas texturas más homogéneas y menos imaginativas tímbricamente, si bien la obra fluye y se sostiene gracias a su refinada respiración microtonal. Como parte del trabajo más puramente físico y matérico de la luz, en determinados momentos parece que llegásemos a ver a los propios fotones surgiendo desde los cuatro instrumentos del Arditti, con sus trayectorias aparentemente caóticas y dejes que nos recordarán al Cuarteto de cuerda nº2 (1968) de György Ligeti, con su proliferación de entropías y la ilusión de patrones rítmicos que generan los compases en pizzicati métricamente más heterogéneos y discrepantes.
Lo que no me ha parecido tan sustancial es el uso de la banda magnética, pues si bien la amplificación sí crea una imagen del cuarteto muy poderosa y adecuada para abismarnos hasta los más nimios detalles microinterválicos, la cinta apenas aporta un color de fondo, una textura que expande los campos armónicos de las cuerdas, pero sin que incorpore una solidez que la haga imprescindible. Por descontado, a que la parte acústica de or bahir adquiera tal realce y proliferación de detalles ayuda la interpretación de un cuarteto, el Arditti, que conoce la partitura en profundidad gracias a su trabajo con una compositora, Sarah Nemtsov, que antes del concierto realizó, junto con el violonchelista Lucas Fels, una presentación de su partitura al público muniqués, revelándonos algunas de las claves que aquí hemos comentado.
La primera parte del concierto se completó con Helmut Lachenmann y su primer cuarteto de cuerda, Gran Torso (1971, rev. 1978/1988), fruto maduro de los que Lachenmann dice sus «años heroicos», realizando una aplicación masiva de la musique concrète instrumentale en la totalidad del cuerpo de los cuatro instrumentos, pudiéndonos referir a Gran Torso como uno de los cuartetos más importantes del siglo XX, por cuanto confirma la superación de los rígidos marcos técnicos y estéticos del postserialismo, para afianzar un lenguaje en el cuarteto desde el timbre y el cuestionamiento profundo de las tradiciones armónicas y estructurales al uso.
En el año 2006, el Arditti Quartet nos dejó, en el sello Kairos, una de las grandes versiones discográficas de Gran Torso, junto con las del Berner Streichquartett (col legno, 1991) y el JACK Quartet (mode records, 2008). En comparación con dicho registro, la versión ofrecida por el Arditti en musica viva resultó más serena y contemplativa, marcada por la suavidad en el ataque que le ha permitido la excelente acústica de la Allerheiligen-Hofkirche. Este enfoque, que podría deparar una transparencia especialmente agradecida en una partitura tan compleja y abigarrada como Gran Torso, sin embargo fue llevado un tanto lejos; especialmente, en los compases de roce con arco al cordal en violonchelo y viola: más audibles, en el caso de Lucas Fels, por la mayor caja de resonancia de su instrumento, pero en la viola de Ralf Ehlers prácticamente inaudibles (incluso, en la segunda fila, donde uno se ubicaba).
Así pues, un Arditti Quartet más parco en cuanto a agresividad en el ataque y más atento a construir Gran Torso como un ejercicio a través del cual desvelar el silencio, en el que ha puesto el énfasis de tal modo, que imagino que en las últimas filas de la iglesia muniquesa el público habrá contemplado, en muchos compases, una coreografía gestual, más que escuchar el propio sonido de los instrumentos. De lo que no cabe duda es del énfasis rítmico de los Arditti en las partes más incisivas y dinámicas de Gran Torso, nuevamente marcadas por el poderío y la contundencia; de un modo especial, en los instrumentos de Irvine Arditti y Lucas Fels, mientras que Ashot Sarkissjan y Ralf Ehlers se sitúan en un plano más secundario, compactando al cuarteto.
Obra siempre sorprendente y actual, en el intermedio fueron varias las personas que subieron al crucero de la Allerheiligen-Hofkirche para comprobar cómo Helmut Lachenmann anota en su partitura las fascinantes sonoridades que habíamos escuchado en la interpretación previa, rubricando los galones del cuarteto londinense en la música del compositor de Stuttgart.
Si veintidós fueron las páginas que Irvine Arditti dedicó a Helmut Lachenmann en Collaborations. Reflections on 50 Years of Working with Composers (Schott, 2023), veintinueve fueron las que tuvieron como protagonista a Wolfgang Rihm: diferencia que se justifica, en gran medida, por el mayor número de cuartetos compuesto por Rihm (un total de veintitrés, si incluimos los no numerados), y entre cuyas páginas ocupa un lugar muy destacado el Cuarteto de cuerda nº5 “Ohne titel” (1981-83), partitura estrenada por el Arditti Quartet en 1983 y de la que su grabación para Montaigne Disques (1990) sigue siendo referencial, junto con el registro del Minguet Quartett para el sello col legno (2002).
De las tres partituras tocadas por el Arditti Quartet en musica viva, diría que fue el Quinto cuarteto de Rihm el que alcanzó unos niveles interpretativos más altos, propios de la colosal grabación del cuarteto londinense para Montaigne (aunque sólo Irvine Arditti reste de aquella plantilla en la actual formación del cuarteto). Quizás en la fiereza y expresividad del Arditti haya pesado el hecho de que la interpretación de “Ohne titel” se ofreció en Múnich como homenaje póstumo al propio Wolfgang Rihm, fallecido el pasado 27 de julio, motivo por el cual se cambió el programa original del concierto, en el que figuraba, como segunda parte, el Cuarteto de cuerda nº1 (1979) de Morton Feldman (lo que siempre era una oportunidad para conocer la música del estadounidense en los arcos de un cuarteto, el Arditti, que nunca ha grabado dicha partitura).
No hemos salido mal parados con el cambio, en todo caso; máxime, por la intensidad de la versión escuchada, por la claridad en el contrapunto, por la violencia en el ataque y por la tan pertinente forma en la que el Cuarteto Arditti ha enraizado la música de Rihm en el Expresionismo, multiplicando los ecos de Gustav Mahler y Alban Berg en los cambios de tempo, en las alternancias rítmicas o en la forma tan estructural como aquí integran el silencio: tan digna de ambos genios austriacos en sus partituras postreras.
La interpretación del Arditti Quartet fue premiada con una sonora ovación que refrendaba, como nos comentó Irvine Arditti en su entrevista para Scherzo, por qué el cuarteto londinense ha tenido a Alemania como su principal escenario desde su fundación en 1974 (país en el que, además, se encuentran muchos de los compositores cuya música mejor se adapta a la forma de tocar del grupo, aunque hoy en día se haya suavizado considerablemente con respecto al Arditti que en 1990 grabó el Cuarteto de cuerda nº5 de Wolfgang Rihm).
De la plantilla de aquel Arditti que estrenó y grabó “Ohne titel” formaba parte Rohan de Saram, uno de los más grandes violonchelistas de las últimas décadas, que nos dejó, precisamente, el mismo día que el Cuarteto Arditti tocaba este concierto del que aquí les hemos dado cuenta. De forma que al recuerdo a Wolfgang Rihm sumamos el homenaje al propio Rohan de Saram, recordando su enorme altura humana y sus proverbiales dotes como intérprete, de las que su paso por el Arditti Quartet, entre los años 1977 y 2005, es uno de sus mayores legados musicales. Escuchar su grabación de “Ohne titel” nos parece una excelente forma de recordarlo, manteniéndolo vivo en nuestra memoria. Como sugería Thomas Mann a los estudiantes de la Universidad de Princeton en 1939, a raíz de su conferencia introductoria a La Montaña mágica (1924), la relectura, como el reencuentro con las grandes partituras de todos los tiempos, es la mejor forma de redescubrirlas y acabar asimilando sus formas musicales. Cuando se cumple un siglo de la publicación de La Montaña mágica —una novela cuyas primeras páginas precisamente empezó a escribir Thomas Mann en Baviera— es un buen momento para volver a disfrutar tanto de dicho libro como de la música de Wolfgang Rihm: dos clásicos de la cultura alemana y dos columnas del gran arte universal del siglo XX.
Paco Yáñez
[fotos: Bayerischer Rundfunks – Astrid Ackermann]


