Scherzo | CRÍTICAS / MADRID / Un 'Orfeo' de luces y sombras en el Real, por Eduardo Torrico

MADRID / Un ‘Orfeo’ de luces y sombras en el Real

MADRID / Un ‘Orfeo’ de luces y sombras en el Real

Madrid. Teatro Real. 20-XI-2022. Monteverdi: L’Orfeo. Julie Roset, Georg Nigl, Charlotte Hellekant, Alex Rosen, Luciana Mancini, Kostantin Wolff, Julián Millán, Cécile Kempenaers, Leandro Marziotte, Fabio Trümpy, Hans Wijers, Florian Feth. Vocalconsort Berlin. Freiburger Barockorchester. Director musical: Leonardo García Alarcón. Directora de escena y coreografía: Sasha Waltz.

No termina de dar con la tecla el Teatro Real cuando se anima a acometer una ópera barroca (los recitales, como ha podido comprobarse con los recientes de Cecilia Bartoli y Bejun Mehta, y los espectáculos no escenificados, como el purcelliano King Arthur de Vox Luminis y Le ballet Royal de la Nuit del Ensemble Correspondances son, afortunadamente, harina de otro costal). En mi opinión, al margen de otras cuestiones que también podrían ser objeto de cuestionamiento, el problema estriba en la elección de las voces. No es que sean voces malas, que no lo son, sino que en la mayoría de los casos resultan inadecuadas.

Es un error bastante extendido dar por hecho que esas consideradas ‘grandes voces’ van a funcionar en cualquier repertorio por el mero hecho de serlo, sin tener en cuenta que en no pocas ocasiones son voces que están por completo fuera de estilo (generalmente, debido a falta de conocimiento en la materia). Ha vuelto a pasar en este Orfeo monteverdiano, que tampoco deja muy claro si se trata de una ópera con ballet o de un ballet con ópera. A juzgar por la reacción del público al acabar la función, me atrevería a decir que se mostraron más entusiasmados quienes habían asistido a este estreno atraídos por la danza que los que querían escuchar uno de los títulos más emblemáticos de la historia de la ópera.

No tiene mucho sentido contratar como director a Leonardo García Alarcón, uno de los mayores especialistas en la música del Seicento, si luego no puede contar con sus habituales cantantes. García Alarcón presentaba hace no mucho una formidable versión discográfica de L’Orfeo en el sello Alpha. Pues bien, del reparto que participaba en dicha grabación, solo Julie Roset figura en esta producción del Real (en el disco, cantando un papel secundario, el de Ninfa, y aquí, abordando el apetitoso doble rol de La Música y Eurídice).

Tampoco sé si tiene mucho sentido que en el amplio elenco vocal no haya ni un solo cantante italiano y sí, en cambio, muchas voces del centro y del norte de Europa. En el Orfeo monteverdiano se canta, sí, pero se recita también. Y es aquí cuando hay que recordar la expresión del ‘recitar cantando’ que empleaban aquellos italianos para designar el nuevo estilo de canto con el que fueron compuestas las primeras óperas en los albores del siglo XVII. En una ópera en la que el texto es tan importante o más que la música, mal asunto es que no se entienda bien lo que se canta ni lo que se recita. Porque lo de recitar en una ópera del Seicento es sumamente trascendente, hasta tal punto el propio Monteverdi prefería actores que cantaran antes que cantantes que actuaran, en el convencimiento de que los primeros superaban a los segundos en el recitado.

Y ya que estamos con lo de cantar y actuar, hay que tener mucho desconocimiento sobre lo complejo que es el canto (o ser muy sádico) para obligar a bailar sin parar o a hacer endiabladas piruetas a un señor o a una señora que está cantando algo peliagudo. ¡Como si no tuviera bastante con ello! Quizá alguien se lo tendría que explicar a Sasha Waltz para que lo tenga en cuenta en lo sucesivo. Pero bueno, en este mismo Teatro Real hemos visto recientemente a cantantes (en la Partenope haendeliana, por ejemplo) que tenían que cantar una complicada aria mientras trepaban por una escalera (¡con lo fácil que habría sido que subieran peldaño a peldaño, como hace todo el mundo!).

Con todo, este Orfeo tuvo cosas buenas. Y hasta muy buenas. En lo vocal, hay que destacar la magnífica labor de la antes mencionada Julie Roset, uno de los innumerables talentos emergentes de la inagotable cantera barroca francesa. Estuvo también impecable, en el papel de Caronte, el bajo californiano Alex Rosen (acaba de cantar en Barcelona y La Coruña el papel de Il ré di Scozia en el Ariodante haendeliano). Y respondieron como se esperaban, porque las suyas sí son voces que dominan este repertorio, el tenor murciano Julián Millán (Apolo, Eco y Pastor 4), el contratenor uruguayo Leandro Marziotte (Pastor 2 y Espíritu) y la mezzosoprano sueco-chilena Luciana Mancini (Proserpina). Esta última, impresionante, con ese timbre oscuramente bello que posee, en la reanudación tras el intervalo.

Lo peor en el apartado canoro lo protagonizó la soprano Charlotte Hellekant (La Mensajera y La Esperanza), con un insoportable vibrato fijo digno del tubo de escape de una Harley Davidson de 1.130 c.c. El Orfeo del barítono austriaco George Nigl fue casi igual de decepcionante. Voz mortecina y penosa prosodia. De los muchos Orfeos que he tenido la dicha (o la desdicha) de escuchar, solo uno me ha resultado menos convincente que este: el que protagonizó en 2008, en este mismo Teatro Real, Dietrich Henschel con Les Arts Florissants. Frustrante, asimismo, el Plutón de Konstantin Wolff (¡quién le ha visto y quién le ve!). El resto de los comprimarios, imperceptibles.

En cuanto a la orquesta, la reputadísima Freiburger Barockorchester (debidamente reforzada con especialistas), superó con creces la papeleta. No tocó en el foso, sino en el escenario. García Alarcón situó a la izquierda a las cuerdas altas, la flauta, el violonchelo, el contrabajo y los dos claves, y a la derecha las dos tiorbas, las dos violas da gamba y el arpa (magnífica la madrileña Sara Águeda acompañando a Julie Roset en el solo inicial de La Música). El director argentino pasó, frente al clave, la primera parte del espectáculo con la primera sección, y la segunda parte, frente al órgano positivo (habría venido mejor un realejo, pero ya me hago cargo de que no es fácil disponer de un instrumento así), con la segunda sección. Dirigió con la energía, la autoridad y el saber que le son característicos, aunque, a mi entender, sin llegar a obtener el mismo rendimiento que le podría haber sacado a la Cappella Mediterranea, su orquesta. Sobresaliente para todos los vientos: los cinco sacabuches (entre ellos, el navarro Miguel Tantos Sevillano), los dos cornetos y los dos trompetas. Notabilísima labor del Vocalconsort Berlin, sin discusión alguna uno de los mejores coros de cámara que hay actualmente en Europa.

Nota: Comprobarán que no escribo nada sobre la cuestión dancística. Roger Salas, crítico de SCHERZO especializado en esta materia, ha escrito su crítica en esta misma página web.

Eduardo Torrico

(Foto: Javier del Real / Teatro Real)