MADRID / ORTVE: Torres y Beethoven para recordar a las víctimas del terrorismo

Madrid. Auditorio Nacional (Sala Sinfónica). 10-II-2022. XX Concierto homenaje a las víctimas del terrorismo. Esmeralda Espinosa, mezzosoprano; Jone Martínez, soprano; Cristina Faus, mezzosoprano; José Luis Sola (tenor), Sebastiá Peris, barítono. Orquesta y Coro de RTVE. Director del coro: Marco Antonio García de Paz. Director: Pablo González. Obras de Jesús Torres y Ludwig van Beethoven.
La Fundación Víctimas del Terrorismo (FVT) fue creada en diciembre de 2001 y anoche celebró el XX Concierto homenaje a las víctimas del terrorismo. Es verdad que veinte años no es nada, como cantaba Carlos Gardel, pero veinte años recordando el silencio de aquellos que no gritan significan mucho para quienes han perdido a un familiar, a un amigo, a un compañero, a un vecino… Hace apenas dos semanas, y también en el Auditorio Nacional de Música, pudimos asistir al concierto —reseñado por Arturo Reverter en SCHERZO— que el Centro Superior de Investigación y Promoción de la Música de la UAM organiza todos los años en memoria del profesor Francisco Tomás y Valiente, asesinado por ETA el 14 de febrero de 1996. Anoche, víspera del 11 de marzo —fecha luctuosa en el recuerdo de muchos—, presenciamos un concierto memorable que fue retransmitido en directo por RTVE.
Dado que el concierto lo presidía Su Majestad la Reina Letizia, la velada comenzó con la interpretación del himno nacional de España por parte de la ORTVE, dirigida por su titular, el asturiano Pablo González. Seguidamente, el presidente de la FVT, Tomás Caballero Martínez —recordemos que su padre, Tomás Caballero, fue asesinado en 1998 por el terrorista etarra Patxi Ruiz—, dirigió unas palabras de agradecimiento por el apoyo de la Casa Real a las víctimas del terrorismo y reivindicó su memoria y derechos —una voz masculina entre el público gritó “¡exigimos!” cuando el presidente de la FVT decía “solicitamos”— que, tras veinte años, parecen diluirse en el limbo de los intereses partidistas. También mostró su apoyo al pueblo ucranio y recordó a los periodistas David Beriain y Roberto Fraile, asesinados en Burkina Faso en abril de 2021. El público aplaudió el discurso y, cuando el auditorio quedó en silencio para que comenzase el recital, no faltó el grito de una mujer —malicia o no— exclamando “¡Viva Sofía!”, refiriéndose a la reina emérita, que no estaba presente y de la que todos conocemos su gusto y apoyo por la música.
Vayamos, pues, a la música. El concierto propiamente dicho comenzó con Once de marzo, para mezzosoprano y orquesta, una obra del compositor zaragozano Jesús Torres, que en realidad es el tercer movimiento de otra de mayor envergadura titulada Final, cuyo estreno absoluto tuvo lugar hace poco más de dos meses en Oviedo con la Orquesta Sinfónica del Principado de Asturias. Once de marzo —en recuerdo de las 193 víctimas del atentado del 11 de marzo de 2004 en Madrid— está basada en un texto del poeta Alejandro Duque Amusco. La interpretación de Esmeralda Espinosa, mezzosoprano del Coro RTVE, fue maravillosa. La obra, lenta y meditativa, se apaga en pianissimo con “oigo el silencio de los que no gritan”. El público aplaudió y el compositor Jesús Torres subió al escenario para recibir el reconocimiento al estreno de esta obra en Madrid.
Parafraseando al escritor Andrés Trapiello, “así como es difícil mirarse en un espejo y no tratar de quedar bien”, es difícil escribir sobre el dolor de las víctimas sin ensayar alguna frase repujada y pomposa para la posteridad, porque en estos asuntos de los homenajes musicales a todos nos tienta la postura, quiero decir, que ahuecamos el plumaje como el pavo y ensartamos en nuestra pava cola real adjetivos ostentosos del tipo “¡apoteósico!, ¡incomparable!, “¡insuperable!”… En resumidas cuentas, que decir algo que no se haya dicho o escrito ya de la Novena de Beethoven —obra que sigue emocionando tras casi dos siglos de existencia— es pura entelequia. Esta fue la obra que siguió a la de Jesús Torres. Cada uno de los movimientos de esta sinfonía fue aplaudido por el público como si de obras separadas se trataran. Quien subscribe esta reseña ignora si el público lo hizo por desconocimiento de que se trataba de una sinfonía con cuatro movimientos o porque realmente sentía que había que aplaudir ante la emoción que produce la cosa bien hecha. No obstante, lo que sí puede uno decir, es que daban ganas de aplaudir, porque la interpretación de la Orquesta sinfónica y coro RTVE fue excelente. Cuando llegó el esperado cuarto movimiento en el que intervienen el coro y los solistas, el alma de muchos de los presentas —la de quien subscribe al menos, si es que la tiene— pujaba por asomarse en los ojos transformada en una lágrima emocionada. Nos gustó mucho la voz del barítono Sebastiá Peris cuando cantó O Freunde, nicht diese Töne! antes de que llegase la famosa melodía que todo el mundo conoce como “Himno de la alegría”. La bella voz del tenor José Luis Sola también nos gustó, aunque no sabemos si su proyección llegaría a quienes estaban sentadas más lejos del escenario. Igualmente buenas fueron las intervenciones de la soprano Jone Martínez y la mezzosoprano Cristina Faus. Un pequeño detalle que nos llamó la atención: Cristina Faus mostraba una avanzada barriga, de esas que albergan el misterio de una nueva vida… ¿qué sentiría el niño o niña que lleve en sus entrañas al escuchar esa música que llegaba de un mundo loco por el que dentro de poco asomará la cabecita?
Al concluir la Novena, el público aplaudió y se puso en pie, sobre todo cuando Pablo Gonzalez señaló al coro que dirige —magníficamente, en opinión de quien subscribe— el también asturiano Marco Antonio García de Paz. No fue una noche para la alegría, sino para la paz, pues al igual que hiciera hace más de 30 años Leonard Bernstein en el concierto por la reunificación de Alemania, anoche el coro no cantó Freude (alegría), sino Frieden (paz). Y la velada se nos pasó como “lo que tarda una ola en llegar a la playa y deshacerse”. La espuma que allí dejó nos trajo paz y consuelo… y un inmenso agradecimiento por la música y la vida.
Michael Thallium


