VALLADOLID / Estreno del Concierto para violín de David Moliner

Valladolid. Auditorio Miguel Delibes. 5-XI-2026. Orquesta Sinfónica de Castilla y León. Violín: Carolin Widmann. Director: Andrey Boreyko. Obras de Martucci, D. Moliner y Shostakovich.
El cuarto programa de la temporada se presentaba más que interesante, con el Nocturno en Sol bemol del nunca suficientemente ponderado Martucci, el estreno del Concierto para violín del conquense David Moliner, y la disfrutabilísima Sinfonía nº 9 de Shostakovich.
Dirigida por Andrey Boreyko —uno más entre los artistas que evitan indicar abiertamente su nacionalidad rusa en la biografía del programa de mano, como si no se fiase de que en España valoramos todo lo que de bueno viene de su país, en especial en las artes—, la OSCyL cantó con gusto el Nocturno de Giuseppe Martucci, obra de la que pudo lucir su gran poder melódico a través de generosos unísonos en la cuerda. Exquisita en instrumentación y atmósfera, la partitura fue orquestada en 1901, antes del Adagietto de Mahler al que puede evocar, al tiempo que, como nocturno, también recuerda los Murmullos del bosque de Siegfried y, en su idiosincrasia italiana, puede llamar tanto a Puccini como a Mascagni. Tomando un poco de cada uno, así dicho la obra podría resultar un Frankenstein sonoro, pero no, es una joyita perfecta para que un director saque con ella los más delicados detalles de su orquesta.
Con gran expectación esperábamos el estreno del Concierto para violín de David Moliner. La violinista Carolin Widmann, defendió admirablemente las altas densidades sonoras de la partitura, sobre todo en orquestación, con llamativos momentos del tutti de la OSCyL y destacables momentos de cámara. En una primera audición, solista y orquesta tuvieron aparentemente algunos problemas para escucharse entre sí, con algunos desajustes e instantes de destiempo. Lo que pareció evidente es que la obra ganó interés según se avanzaba en la interpretación. Resulta curioso que, dentro de su dificultad, la cadencia del violín no supusiera un despliegue de virtuosismo, sino que fuese un pasaje contemplativo sobre el devenir discursivo de la obra. Tras ella, David Moliner mantiene esa atención y la aumenta al idear un gigantesco crescendo dinámico y tímbrico. Un recuerdo de la ¿cita? al concierto de Berg con la que abrió su partitura pone punto final a una partitura, compleja en su concepción y difícil de ensayar, que ha ido ganando la consideración del oyente según avanzaban sus compases.
La Novena de Shostakovich, esa brillante concatenación de chistes musicales tan escasamente programada que medio mundo conoció gracias al magisterio de Bernstein en Carnegie Hall, posee un discurso sinfónico tan claro que, en una orquesta competente, avanza solo. No obstante, no significa esto que ese gamberrismo del compositor no necesite cuidado en todos los detalles: que todo varíe, que todo sorprenda, que todo lo desconcertante sea subrayado y todo lo macarra destaque como debe. Gran trabajo de la madera, buena presencia siempre del metal y sobresalientes cada uno de los solistas, con mención a la musicalidad del fraseo y al sonido cálido del fagot de S. Alberola.
Con todo, ante esta magnífica orquesta, que se ha ganado las críticas en positivo, conviene apuntar que todo lo que no sea el nivel de la mejor OSCyL ya nos parece poco.
Enrique García Revilla


