MADRID / ‘La cautela en la amistad y robo de las sabinas’: exitosa interpretación digna de mejor causa

Madrid. Auditorio Nacional. Universo Barroco. 10-XI-2024. Natalie Pérez (mezzosoprano), Carlotta Colombo (soprano), Jone Martínez (soprano), Lucía Cahiuela (mezzosoprano), María Espada (soprano), Aurora Peña (soprano), Judit Subirana (mezzosoprano). Ensemble Los Elementos; Alberto Miguélez Rouco, clave y dirección. Francisco Corselli: La cautela en la amistad y robo de las sabinas.
Había bastante expectación en el mundillo de la música antigua por el “estreno en tiempos modernos” de La cautela en la amistad y robo de las sabinas, ópera de Francisco Corselli, compositor al que se va prestando con justicia creciente atención. Ya reseñamos hace unos meses un estupendo concierto dedicado a la vertiente religiosa de su producción (aquí), la que más tiempo le ocupó, ya que fue durante casi cuarenta años maestro de la Capilla Real y tuvo que acometer la ingente tarea de llenar el vacío causado por la pérdida del archivo musical que ardió en el incendio del Real Alcázar de Madrid en 1734. Y aunque Alberto Miguélez Rouco, director de Los Elementos, afirma en las notas del programa que espera que esta sea “la primera de muchas interpretaciones de gran formato”, parece olvidar que en la temporada 2022-23 del Teatro Real se representó la ópera Achille in Sciro, pospuesta por la pandemia.
Sin ánimo de polemizar, no negaré mi sorpresa al enterarme de que la edición en la que se ha basado esta interpretación corresponde al propio Miguélez Rouco. Me explico: hace ocho años la editorial de música ArsHispana anunció el hallazgo de una nueva ópera de Corselli, la que nos ocupa. Ese descubrimiento fue seguido de una edición crítica a cargo de Raúl Angulo y Antoni Pons, responsables de la editorial. Sin embargo, Miguélez Rouco no ha basado su interpretación en esa edición, sino que ha realizado una propia, basándose en las fuentes encontradas en el Santuario de Lluc en Mallorca y la catedral de Guatemala (aquí sólo cuatro arias), es decir, exactamente las mismas fuentes que manejaron ArsHispana. Ignoro qué de nuevo ha podido añadir el joven director desde el punto de vista musicológico.
Lo que indudablemente ha aportado es el impulso para dotar de nueva vida a esta composición dirigiendo una versión chispeante, exprimiendo a la partitura todo lo que se podía sacar de ella. La ópera se estrenó en 1735 en el madrileño Teatro de los Caños del Peral a cargo de las compañías de Ignacio Zerquera y Manuel de San Miguel, que unieron esfuerzos para montar una temporada de ópera antes de que aterrizaran en España las troupes italianas. Los papeles corrieron enteramente a cargo de actrices-cantantes. El libreto, basado en el conocido episodio de los primeros tiempos de la historia de Roma inmortalizado en un conocido cuadro de Jacques-Louis David y que ha llegado hasta nosotros principalmente por Tito Livio, fue escrito por Juan de Agramont y Toledo, poeta y dramaturgo cuyo apellido denuncia un origen navarro posiblemente noble pero que trabajó en Madrid proporcionando textos a los teatros de la capital durante cuarenta años. La Cautela en la amistad parece que gozó de cierto éxito pues fue repuesta en años posteriores en varias ocasiones en el Teatro de la Cruz y en el del Príncipe. Agramont combina lo serio y lo cómico, mostrando más oficio en el segundo registro.

Aunque el texto esté escrito en español, el estilo de la música es plenamente italiano. Corselli estaba al día respecto a las tendencias de su época y se sumó al gusto napolitano de moda, con todo lo que ello suponía: el imperio de la melodía, adelgazamiento de texturas, rango expresivo limitado por la práctica exclusividad de las tonalidades mayores, etc. Pero hay que conceder a Corselli una preocupación por enriquecer la gama tímbrica añadiendo a la cuerda, a la pareja de oboes y a la de trompas que configuran tantas plantillas de esta época, sendas duplas de traversos y clarines más timbales. Además, Miguélez Rouco dispuso un rico continuo formado por violonchelo, contrabajo, clave, fagot, archilaúd y tiorba, que sitúo -a excepción de ésta última- a su izquierda. Esto enriqueció los recitativos, con mención especial al violonchelista italiano Giulio Padoin, quien -con la complicidad del clavecinista Joan Boronat- realizó transiciones muy imaginativas y numerosos efectos cómicos que evitaron el peligro de la monotonía. Al lado de esta sección, la cuerda quedó en algunos momentos un poco corta si bien compensó el escaso número con una gran dosis de energía.
En general la prestación de todos los músicos fue excelente, con algunos nombres ilustres como el laudista Jadran Ducumb o el veterano Jean-François Madeuf, quien junto a su alumno Julian Zimmermann, es de los pocos trompetistas en no ayudarse de los famosos agujeros inexistentes en la época. Y qué decir de esa pareja de flautistas de auténtico lujo formada por Luis Martínez Pueyo (La Guirlande) y Pablo Gigosos (Brezza). Martínez Rouco ha conseguido reunir una colección de músicos de gran nivel de los que consigue una gran implicación. Ya lo vimos en su anterior visita con Amor es vendado, no es ciego de Nebra. El joven director gallego ofreció una lectura intensa y vibrante, combinando los instrumentos para conseguir la máxima variedad posible, con soluciones verdaderamente imaginativas y cuidando a los cantantes (ahí se nota que es también contratenor), regulando las dinámicas para evitar taparlos en los pasajes de tutti por exceso de vitalidad.
El elenco vocal, enteramente femenino como correspondía, rindió en general a buen nivel. La mezzo Natalie Pérez encarnó un Rómulo correcto, aunque algo falto de fuerza en las arias de bravura (“Aparta, señora” o la marcial “Victoria y estrella”, con el prescriptivo acompañamiento de trompetas y timbales). La soprano italiana Carlotta Colombo (Eresilea) fue creciendo a lo largo de la obra hasta terminar por todo lo alto con su aria final (“¡Gracias, Neptuno!”), plena de virtuosismo. Jone Martínez (Tacio) mostró su habitual solidez técnica y buen gusto, si bien sus tres arias no eran demasiado agradecidas, aunque alguna era ciertamente exigente (“Cristal detenido”). En cualquier caso, siempre es un deleite escuchar a esta cantante. Fue ella quien puso más empeño en ofrecer da capos más variados y quien mostró una linea de canto más elegante.
Lucia Cahiuela hizo gala de nuevo de su enorme profesionalidad pues sustituía a Carol García en el papel de Camilo. Y digo “de nuevo” porque no es la primera vez que con poco tiempo de antelación es llamada para reemplazar a alguna colega. Cahiuela siempre cumple y desde su primera aria (la vivaldiana “Sube el fuego a su elemento”) hasta la última (“Aquella barquilla”, con acompañamiento de trompas), nos dejó muy buenas sensaciones. Por María Espada parece que no pasan los años y sigue mostrando un estado vocal envidiable. Su aria de Elicia “Copia bella”, con acompañamiento de flautas y cuerda pulsada, fue uno de los mejores momentos del concierto.

Dejo para el final a la pareja de “graciosos”. Aurora Peña (su principal papel fue el de Julieta, aunque también encarnó otros dos) y Judit Subirana (Pastelón) se metieron al público en el bolsillo con sus parlamentos jocosos y su vis cómica. Sus apariciones siempre aportaron aire fresco porque, qué quieren que les diga, estas óperas napolitanas que aspiran a ser serias son como las películas de los Hermanos Marx: estamos deseando que aparezcan ellos para que pongan todo patas arriba. Pero aparte de garbo y salero en los recitativos, Peña y Subirana cantaron, ¡vaya que si cantaron!. Su último dúo (“Un niño es fortuna”), alegato de Pastelón contra la paternidad que rivaliza con Cabeza borradora (David Lynch, 1977), se convirtió en toda una batalla vocal en la mejor tradición barroca. Por cierto, al final de este número, sobre las palabras “mejor es bailar”, los músicos se marcaron una divertidísima improvisación. En relación con el personaje de Pastelón, no me resisto a denunciar cómo el Ministerio de Igualdad ha permitido que se dijera -en horario infantil- algo de este calibre: “Poco pan y mucho palo, que eso no faltará”, en alusión al futuro matrimonio de Pastelón y Julieta, escandalosa apología de la violencia machista que es inadmisible que se pague con dinero público. Me atrevo a decir que se ha hecho la vista gorda, además de por el nulo interés de nuestra clase política en la música que merece tal nombre, porque había mayoría aplastante de cantantes femeninas y vaya lo uno por lo otro.
Dejando estas consideraciones extramusicales al margen, nos quedamos con la sensación de que estos intérpretes merecían una obra de mayor empaque. Es muy loable recuperar patrimonio musical español, pero uno no puede evitar pensar que a veces se desperdicia el talento de jóvenes y muy valerosos músicos en estas causas.
Imanol Temprano Lecuona
(fotos: Elvira Megías)


