MADRID / Irregular segundo concierto de Gergiev

MADRID / Irregular segundo concierto de Gergiev

Madrid. Auditorio Nacional. 20-I-2021. IX Temporada de La Filarmónica. Orquesta Sinfónica del Teatro Mariinski. Director: Valery Gergiev. Obras de Wagner, Prokofiev y Berlioz.

En el actual panorama musical, detenido por la pandemia de covid-19, España es de los pocos países que, aún con menos eventos que en una temporada “normal”, mantiene la actividad. Nuestro país se ha convertido así en un oasis en medio del desierto, al que los artistas acuden agradecidos. Y el público, que lleva mal la sequía, se vuelca con los músicos. Los días 19 y 20 de este mes han visitado Madrid Valery Gergiev y la fabulosa orquesta de su Teatro Mariinski de san Petersburgo, la joya de la corona cultural de la Rusia de Putin, en el ciclo de La Filarmónica, del que Gergiev es casi un invitado fijo. Han sido dos conciertos en el marco de una gira española de seis conciertos que comenzó el día 18 en Valencia, y que, tras su paso por la capital, los llevará a Barcelona y Gerona.

El concierto del martes ya fue comentado en Scherzo:

https://scherzo.es/madrid-esplendido-recital-en-tiempos-de-pandemias-y-tempestades/

El de ayer miércoles era un concierto aplazado de la temporada pasada, en el que estaba programado el Réquiem de Verdi. Dado que las medidas sanitarias desaconsejan, cuando no directamente lo impiden, la interpretación de obras que requieren un gran número de ejecutantes, Gergiev se ha presentado con una orquesta reducida, especialmente en la sección de cuerda (9, 7, 5, 4, 3) y optó por ofrecer un programa ecléctico y con atractivo popular, aun cuando, para encontrarle coherencia, haya que requerir la ayuda de uno de esos dramaturgos que (re)inventan los argumentos de las óperas.

Ya en febrero de 2014, también en un concierto de La Filarmónica, interpretó Gergiev el Preludio y los Encantamientos de Viernes Santo de Parsifal. En aquella ocasión la interpretación, rutinaria, anodina y no muy fina técnicamente, precedió a una deslumbrante Novena de Mahler. Esta vez el Preludio comenzó francamente bien, con lentitud y solemnidad, hasta llegar a un imponente motivo de la Fe con metales penetrantes y poderosos. A partir de ahí la tensión se esfumó; ya sólo quedaron notas y más notas y deseos de llegar al final. Final de concierto, con la repetición del motivo del Grial. Los Encantamientos de Viernes Santo no honraron el título. Pesó negativamente la cuerda raquítica (¡Cinco violas, cuatro violonchelos! Casi se podía distinguir su sonido individualmente), a pesar de su enorme calidad. Sobró vibrato en los violines. El oboe fraseó de manera cuadriculada, sin fantasía alguna. No hubo magia. La pradera en primavera pareció tundra fría y yerma. Quizá a la tercera…

En un peculiar salto cronológico siguió la Sinfonía “Clásica” de Prokofiev, primera de un estimable corpus de siete sinfonías de un compositor que lamentablemente se programa poco. Demasiado poco. La “Clásica” es una obra juvenil, chispeante, llena de humor. La Orquesta del Mariinski y Gergiev brindaron una interpretación que por sí sola justifica acercarse al Auditorio Nacional. Gergiev siempre ha sido un paladín de Prokofiev (perduran en el recuerdo sus versiones de las óperas Guerra y paz, El ángel de fuego o Semyon Kotko) y la orquesta podría tocar este repertorio con los ojos vendados y las manos atadas a la espalda. El sonido en el Allegro inicial no fue quizá suficientemente aéreo, ligero (es una orquesta rusa), como tampoco hubo ingenuidad en el Intermezzo-Larghetto, movimientos ambos maravillosamente tocados. Ni falta que hizo. A veces tiene uno grabadas a fuego sus versiones predilectas y cuesta salirse del guión. En la deliciosa y paródica Gavotte, Gergiev subrayó los acentos con cómica exageración –la música lo pide–, y en la repetición de la gavota (Poco meno mosso) la flauta solista prodigó el rubato con estilo y enorme clase. En el Finale, tocado con desparpajo y pasmosa precisión, asistimos a una exhibición de virtuosismo por parte de orquesta y director.

El plato fuerte del programa era la Sinfonía “Fantástica” de Berlioz, un blockbuster, que dicen los angloparlantes. Siempre me ha llamado la atención que Gergiev insista en la música de Berlioz, un compositor que no me parece afín a su estilo (recuerdo un plúmbeo e interminable Romeo y Julieta). El director ruso no es especialmente refinado, ni un mago del color orquestal. Con un sonido escasamente etéreo y delicado, Réveries tuvo poco de evocación y reminiscencia. Debido a la reducida plantilla, las interjecciones en ostinato de la cuerda grave al tema lírico enunciado por los violines carecieron de peso y contundencia. En el comienzo de Un bal las arpas sonaron opacas. Todo el movimiento careció de elevación. Incluso el acelerado final no transmitió sensación de frenesí, de irrealidad. En la Escena campestre se notó una vez más la escasez de cuerda grave, y el fraseo de las maderas sobre el pizzicato de violines segundos y violas, o del corno inglés al final del movimiento, adoleció de falta de imaginación, excesiva literalidad y monotonía dinámica. Los dos últimos movimientos, la Marcha al suplicio y Sueño de una noche de aquelarre, más dramáticos y espectaculares, funcionaron mucho mejor y permitieron concluir en triunfo. Cierto es que detalles de la orquestación berlioziana, como los pasajes de violas sul ponticello o violines col legno en Sueño, perdieron buena parte de su efecto con contingente tan reducido, pero Gergiev y su disciplinada y técnicamente extraordinaria orquesta consiguieron superar estas obligadas deficiencias y rematar el concierto con dos movimientos excitantes.

El entusiasmo del público propició la propina, un muy estiloso Scherzo de El sueño de una noche de verano de Mendelssohn. Junto a la sinfonía de Prokofiev, lo mejor del concierto para este firmante.