MADRID / ‘El trovador’, reparto alternativo: La leyenda tenía razón

Madrid. Teatro Real. 15.VII.2026. Juan Jesús Rodríguez (Conde de Luna), Saioa Hernández (Leonora), Teresa Romano (Azucena), Celso Albelo (Manrico), Marko Mimica (Ferrando), Mar Morán (Inés), Fabián Lara (Ruiz), Moisés Marín (Un mensajero). Producción: Francisco Negrín. Orquesta y Coro Titulares del Teatro Real. Director del coro: José Luis Basso. Dirección musical: François López-Ferrer. Verdi. Il trovatore.
Existe una vieja máxima del mundo de la ópera, atribuida indistintamente a Toscanini, Caruso, Serafin y a casi cualquier gran nombre del teatro lírico, según quién la cuente: para representar Il trovatore hacen falta los cuatro mejores cantantes del mundo. Probablemente ninguno de ellos llegó a pronunciarla. Quizá nació, como tantas buenas leyendas teatrales, en un pasillo de La Scala o en boca de algún veterano tramoyista. Sea cual sea su origen, pocas frases resumen mejor las exigencias de una partitura que continúa siendo uno de los mayores desafíos del repertorio. Reunir tres repartos para afrontarla y superar además una cancelación tan relevante como la de Anna Netrebko constituye un logro que merece ser reconocido.
Il trovatore es el Verdi de las grandes pasiones. La acción avanza impulsada por una sucesión casi ininterrumpida de escenas donde la melodía parece imponerse a cualquier consideración dramática. Amor, odio, venganza, violencia o sacrificio aparecen elevados deliberadamente a su máxima intensidad. En Verdi la dramaturgia nace de la voz, y pocas partituras lo demuestran con tanta claridad.
La producción de Francisco Negrín, inspirada visualmente en la pintura española de Zurbarán y Goya, ya fue comentada por mi compañero Santiago Martín Bermúdez, a cuya crítica remito. Dramáticamente sigue pareciéndome eficaz, aunque continúo considerando innecesaria la presencia recurrente del niño y la anciana, mientras que la gran cruz central compromete la visibilidad desde algunas localidades.
La gran sorpresa de la noche fue François López-Ferrer. Bastó verlo dirigir desde el foso para recordar inevitablemente la elegancia gestual de su padre, Jesús López Cobos. Conoce la partitura de memoria, respira con los cantantes y entiende el teatro verdiano desde el fraseo antes que desde el volumen. Su lectura mantuvo constantemente la tensión dramática sin renunciar a la flexibilidad, administrando con inteligencia los cambios de tempo y logrando una concertación ejemplar entre el foso y el escenario. Especialmente inspirado resultó el gran dúo entre Manrico y Azucena, construido con una naturalidad admirable.
La Orquesta y el Coro Titulares del Teatro Real volvieron a confirmar el extraordinario momento artístico que atraviesan. Es fácil acostumbrarse a su nivel, pero conviene recordarlo: pocas casas europeas pueden ofrecer hoy semejante regularidad.
Entre los protagonistas, Juan Jesús Rodríguez volvió a demostrar que ocupa un lugar privilegiado entre los grandes barítonos verdianos de nuestro tiempo. Lo excepcional no es únicamente la amplitud y calidad del instrumento, homogéneo en toda la tesitura, con un centro caudaloso, graves firmes y agudos que cruzan la sala con aparente facilidad. Lo verdaderamente extraordinario es la inteligencia con la que administra semejante material. Su dominio de la cobertura, el fiato, el legato y la media voz le permite afrontar una escritura tan exigente como la del Conde de Luna sin sacrificar nunca la nobleza de la línea. ‘Il balen del suo sorriso’ fue una auténtica lección de canto verdiano, donde quedó demostrado que la técnica no limita la emoción: la hace posible. Fue, con justicia, uno de los grandes triunfadores de la velada.
Saioa Hernández volvió a confirmar que Leonora constituye uno de sus papeles de referencia. El timbre conserva el esmalte y la amplitud propios de una auténtica soprano spinto, con un agudo seguro y un fraseo siempre generoso. El cuarto acto concentró lo mejor de su interpretación: ‘D’amor sull’ali rosee’, el Miserere, el dúo con Luna y el desenlace final mostraron una cantante dueña del legato, de las medias voces y de una admirable capacidad para sostener la tensión expresiva. Sólo la cabaletta del aria inicial apareció algo menos definida.
Magnífica también Teresa Romano, que construyó una Azucena intensa sin caer nunca en el histrionismo que tantas veces amenaza al personaje. El grave sólido, un centro bien apoyado y una convincente salida al agudo dieron consistencia a una interpretación especialmente lograda en ‘Condotta ell’era in ceppi’ y en el gran dúo con Manrico.
Celso Albelo atraviesa uno de esos momentos decisivos que terminan definiendo una carrera. El tránsito desde Bellini y Donizetti hacia los grandes papeles verdianos no consiste únicamente en cantar con mayor volumen. Exige replantear la colocación de la voz, el equilibrio entre cobertura y proyección, la gestión del aire y la relación con una orquesta mucho más densa que la que conocieron los propios contemporáneos de Verdi. Albelo parece encontrarse precisamente en esa búsqueda. Por momentos experimenta con una emisión más amplia, pero sin renunciar al refinamiento musical que siempre ha caracterizado su canto. El recitativo previo a ‘Ah! sì, ben mio’, dicho con exquisitas medias voces, fue probablemente su mejor momento, junto al gran dúo con Azucena. Son procesos que requieren tiempo, valentía y paciencia, pero también resultan apasionantes de contemplar.
En una ópera donde la tradición sigue hablando de “los cuatro mejores cantantes del mundo”, esta representación recordó algo quizá todavía más importante: que Verdi no necesita únicamente grandes voces. Necesita artistas capaces de convertir la técnica en emoción. Y eso fue exactamente lo que ocurrió sobre el escenario del Teatro Real.
Ricardo de Cala
(Fotos: Javier Del Real)


