MADRID / Christian Zacharias: ¡que viva la fantasía!

MADRID / Christian Zacharias: ¡que viva la fantasía!

Madrid. Auditorio Nacional. 20-VI-2021. XXVI Ciclo de Grandes Intérpretes de la Fundación Scherzo. Christian Zacharias, piano. Obras de Haydn, J.S. Bach y Schubert.

Como el anterior de Arcadi Volodos (comentado en estas páginas el pasado 26 de mayo), este recital de Christian Zacharias, en su decimoquinta presencia en el ciclo de Grandes Intérpretes, es una ‘recuperación’ del cancelado del ciclo anterior. El pianista alemán (Jamshedpur, India, 1950), ha sido uno de los más asiduos visitantes del ciclo, en el que ha ofrecido, entre otras cosas, un memorable ciclo íntegro de las sonatas de Schubert. Y a Schubert volvió en esta ocasión también, con un programa que había ofrecido la víspera (con gran éxito, según las referencias) en el Festival de Granada.

El cambio del programa que presentó Volodos, que nos ofreció una trascendida, soberbia interpretación de la Sonata D 894 del compositor vienés (en lugar de la prevista D 850) tuvo como resultado que se repitiera la misma obra, con menos de un mes de diferencia, en las manos de Zacharias. Como comentaré después, tampoco importa demasiado.

Zacharias se ha ganado con toda justicia el aprecio del público. Es un pianista con un cuidado exquisito del sonido, una articulación de cristalina claridad y un pedal de envidiable mesura. Pero, sobre todo, su discurso musical es siempre elegante, lógico, sensible y coherente. Nos llega con la misma cercanía e inmediatez con la que el propio artista se expresa en su conexión con el público. Es, en ese y en otros muchos sentidos, un pianista alejado de divismos. Cierto es que, en alguna ocasión no lejana (recuerdo un ciclo de Conciertos de Beethoven en DVD bastante aséptico) sorprendió por lo que parecía un cierto distanciamiento en su aproximación, pero complace informar que, al menos para quien esto firma, el Zacharias del pasado domingo fue bastante reconocible en su perfil.

Hay que agradecer la inclusión de Haydn en su programa. Llevo años sosteniendo que es el gran impulsor de la sonata pianística en el XVIII y que su extraordinaria producción para teclado es tratada con tan notorio como injusto menosprecio por muchos pianistas. Y ello a pesar de que un tal Sviatoslav Richter hizo de las suyas por devolver al compositor de Rohrau al lugar que le corresponde. Las sonatas de Haydn, que en más de una ocasión contienen evidentes resonancias de otro genio del teclado que aguarda también la difusión que merece, C.P.E. Bach, son un maravilloso despliegue de fantasía, elegancia, chispa, contrastes, vitalidad, humor y fina sensibilidad.

De todo ello hubo en las dos ofrecidas en la ocasión, las Hob. XVI:21 (nº 36 en la numeración de C. Landon) y Hob. XVI:39 (nº 52). Zacharias presentó todo ello con una articulación de cristalina claridad y un fraseo de refinada elegancia. Pudo haber algo más de chispa o tensión en alguno de los silencios (Haydn, maestro de crear suspense con sus silencios) de los movimientos extremos, tal vez alguna arista más resaltada, y quizá algún purista hubiera favorecido un legato de más corto recorrido. Pero fueron lecturas de precioso sonido, acertadas inflexiones agógicas, notable fantasía (excelente el adagio de la primera de las sonatas) y envidiable jovialidad (sirva de ejemplo el prestissimo final de la segunda). No insistiré lo suficiente en que deberíamos escuchar más a Haydn, entre otras cosas porque explica magníficamente lo que vino después, léase… Beethoven.

No es Bach el más frecuente de los autores en los programas de Zacharias, pero en todo caso la música del Cantor es siempre bien recibida por quien esto firma, que sigue pensando que es el más grande de la historia. La segunda de las Suites francesas nos llegó con esa elegante inmediatez de la que hablé al principio. Tempi sabiamente elegidos en cada movimiento, con una serena Allemande, una animada pero no arrebatada Courante, una delicada y calmada, pero nada alicaída Sarabande, y un tramo final en el que brilló especialmente la elegancia del minueto y el chispeante ritmo de la Gigue. No pretendió Zacharias otra cosa que una versión pianística, sin asomo de lo históricamente informado (incluso en los adornos, realizados de manera, digamos, muy tradicional), pero huyó con acierto de los extremos románticos y manejó la inflexión de matices y sonoridades con imaginación y notable acierto.

Llegó el turno de la D 894 schubertiana. Hablé sobre ella con cierto detalle al reseñar el recital de Volodos, de forma que no me extenderé de nuevo ahora. Si es obligado comentar, en cambio, que el alemán se acerca a estos pentagramas desde parámetros bien diferentes de los del ruso. Volodos hace del primer movimiento un centro de gravedad trascendente, profundamente dramático, y crea una atmósfera con él que no deja de impregnar, de alguna manera, el resto de la obra. El respeto por la repetición del primer movimiento (ya de por sí de largo curso) ahonda en esa propuesta.

Zacharias, en cambio, con un tempo que, sin dejar de respetar la esencia de la indicación (Molto moderato e cantabile), resultó bastante más vivo, opta por obviar dicha repetición. Ese primer movimiento nos llega con delicadeza y sensibilidad, indudable encanto en el fraseo, cuidadísima diferenciación en el matiz, pero, donde Volodos ponía el énfasis, Zacharias parece entenderlo más como un dolor contenido que buscara transitar a otros climas. Los encuentra en un segundo movimiento exquisito, contrastado entre el lírico canto inicial y la rotunda tensión del episodio siguiente. Pero también en el tranquilo Minueto, más elegante, tal vez menos afirmativo que el de Volodos, y en un trío que difícilmente puede llegar con más encanto y delicadeza.

Zacharias, en fin, elabora un Allegretto magistral donde se dan la mano el desenfadado y pegadizo motivo inicial con los episodios de diferente carácter que salpican este peculiar pero maravilloso rondó. El alemán captó con total acierto toda la hermosa fantasía de una música que parece traer la luz después del severo túnel de aquel primer movimiento que ahora parece lejano. Ese Schubert que afirma, canta y dibuja alegrías, nostalgias y rebeldías en este espléndido caleidoscopio quedó formidablemente retratado en las manos del pianista alemán. Si tuviera que resumir lo escuchado con una sola palabra esa sería, probablemente, la de fantasía. Mucha y muy hermosa.

El éxito, formidable, fue recompensado con dos propinas. La primera fueron dos valses schubertianos engarzados a los que no pude poner apellido (en forma de número de catálogo), y la segunda, una Sonata de Scarlatti, casi con seguridad (lo digo con precaución porque solo pude intentar la comprobación al día siguiente y ahí se pierde la inmediatez de la memoria) la K 162. En ambos regalos actuó con saña el criminal del móvil, obligando al pianista a interrumpir la ejecución en ambos casos, reanudándola cuando el sonido intruso se interrumpió.

El asesino telefónico no logró, sin embargo, empañar la memoria de una gran velada, otra más de las muchas que nos ha dejado este gran pianista.