MADRID / Volodos, la tremenda intensidad de la calma

MADRID / Volodos, la tremenda intensidad de la calma

Madrid. Auditorio Nacional (Sala sinfónica). XVI Ciclo de Grandes Intérpretes de la Fundación Scherzo. 25-V-2021. Arcadi Volodos, piano. Obras de Schubert y Brahms.

Este concierto de Volodos es uno de los que hubo que cancelar del ciclo anterior por la pandemia y ha podido ser recuperado para esta temporada (el otro es el de Zacharias, a celebrar en junio). Como algunas otras veces en este convulso periodo de restricciones, el programa ha sido modificado en el último momento, de forma que no escuchamos la prevista sonata de Clementi (Op. 25 nº 5), y han cambiado tanto la Sonata de Schubert (escuchamos la D. 894 en lugar de la prevista D. 850) como las piezas de Brahms (Op. 118 en lugar de las Fantasías Op. 116 previstas).

Se describe a menudo la D. 894, última de las sonatas que fueron publicadas en vida del compositor, como una página calmada y serena, frente al drama de las tres últimas y al más encendido lirismo de las precedentes. No falta razón en tal afirmación, aunque personalmente creo que la partitura va más allá, bastante más allá de una serenidad quintaesenciada que sin duda existe, pero que también sirve de armazón, por momentos incluso de camuflaje, para una hipnótica, densa y ultraconcentrada mezcla de nostalgia, de añoranza, de un lirismo a menudo melancólico, muy especialmente en el largo primer movimiento.

Schubert era ciertamente proclive a esos primeros tiempos densos y prolongados. La D. 894 no está sola en ese campo. El primer tiempo está presidido por una indicación explícita: Molto moderato e cantabile, bien próximo a los de la D. 840 (Moderato) y la última, D. 960 (Molto moderato). La fluidez del canto, sin embargo, se hace esperar, porque el comienzo es sereno, sí, pero los acordes en pp, que muy poco después se adentran en el ppp, encierran también una intrigante mezcla de misterio y nostalgia. El contraste viene en el rotundo desarrollo, en el que Schubert reclama exactamente el otro extremo de su gama dinámica (fff) y en el que la calma queda por momentos desgarrada por un diálogo de inesperada tensión. Pero es esa calma profunda, atemporal, entre etérea y evanescente, la que impregna la mayor parte del discurso en ese movimiento. Y la que es a la vez un reto incandescente: si se precipita, pierde todo su encanto. Si se detiene en exceso sin dotarse de la intensidad necesaria, el discurso se cae. El equilibrio es mucho más complejo y difícil de lo que parece.

Luego llega el canto inefable del segundo, el bellísimo e inicialmente plácido andante, donde el hermoso canto lírico y el ramalazo melancólico se funden con pasmosa facilidad, salpicados por episodios fuertemente contrastantes de evidente y más contundente carácter afirmativo. Y si el minueto es más decidido y hasta de rotunda luminosidad, el trío es un ejemplo típico y delicadísimo de delicia cantable schubertiana. Lejos ya esa atemporal y casi elusiva calma del movimiento inicial, asoma la luz de manera más definitiva en el allegretto final, desde el sencillo desenfado de su estribillo, y en el que se dan la mano efusión, canto y energía vital.

Gran sonata schubertiana a la que no es fácil sacar todo el partido que encierra. Porque esa calma elusiva que antes apunté también puede escapar al pianista que no se adentre en la profunda serenidad y busque resolver, por así decirlo, el enigma antes de tiempo. La sutileza de matiz, la exigencia del canto fluido, la densidad de muchos acordes que demandan del pianista el sonido lleno, pero con el peso justo, la intensa y prolongada concentración que (como los movimientos hermanos de las otras sonatas mencionadas antes) se demandan por parte del intérprete, son exigencias que, no por alejarse de aparatos pirotécnicos, son menores en cuanto a dificultad.

Arcadi Volodos (San Petersburgo, 1972), en su octava presentación en el ciclo de grandes intérpretes, cumple con ella 22 años desde su debut en el ciclo (quién lo diría). A quien esto firma le complace haber sido testigo de la enorme evolución de quien era ya un pianista descomunal cuando le vimos por vez primera. Sin embargo, la dedicación entonces se centraba en el repertorio ultravirtuoso, ese en el que Horowitz hacía algún que otro arreglo para complicar aún más la vida del pianista porque consideraba que Liszt aún había dejado sitio para más saltos mortales con doble tirabuzón. Francamente, al que suscribe tal repertorio le capta más bien poco, porque cuando ya ha sido testigo del enésimo salto mortal la cosa empieza a cansar.

Pero el ruso ha crecido para bien. El aplastante dominio técnico le ha servido para dejar el aparato a un lado y poner los medios, formidables, al servicio de un concepto interpretativo de una intensidad excepcional. No está al alcance de cualquiera conseguir, en un ejercicio de largueza y hondura celibidachianas, penetrar, extraer y servir la esencia del bellísimo pero complejo, denso y nada fácil (y hasta, si se me permite, nada agradecido) discurso schubertiano. Es difícil suspender el tiempo para crear la tensión adecuada, lo justo para no paralizarlo, pero Volodos lo hizo ayer en el auditorio. Es difícil que los acordes suenen llenos, pero con igual plenitud cuando son apenas susurrados (los ppp fueron de escalofrío) que cuando llegan con la rotundidad de los fff. Pero el ruso demostró que es perfectamente posible. No es sencillo llevar al oyente, sin brecha alguna, desde ese tremendo primer tiempo a la delicada, elegante y alegre luz del último, que sorprende en un desvanecido final que parece cerrar el círculo iniciado con el suave inicio. La magia estaba creada, y por una vez, los aplausos guardaron su peligrosa tendencia a la precipitación y solo sonaron cuando el pianista se levantó de su silla.

La interpretación de Volodos se ha serenado y tornado más profunda con los años, como podrá comprobar quien retenga algo de lo de esta tarde y escuche su grabación, todavía veinteañero, del año 2001. Y se ha vuelto, si se me permite la referencia, más intensamente richteriana, porque también el ucraniano se adentraba en la calma infinita, suspendida, y se recreaba en ella (y nos recreaba), logrando que la resolución final se haga aguardar lo justo para conseguir que el equilibrio no se quebrara.

Tras abandonar el escenario, y pese a los insistentes aplausos, Volodos solo retornó para encadenar su interpretación de las 6 piezas Op. 118 de Brahms, obras que también ha registrado, aunque más recientemente (2015). Brahms pone siempre a prueba a los pianistas, porque su escritura vertical, sus intrincadas texturas, el papel que reserva a las voces intermedias, que a menudo discurren entre ambas manos, no son ingredientes que faciliten la claridad del discurso. Páginas que alternan climas más extrovertidos y hasta apasionados (primera y tercera, sobre todo) con otras definitivamente nostálgicas, introspectivas e intimistas, climas especialmente evidentes en las bellísimas segunda y sexta de la serie.

Este Brahms de Volodos, de que ya esperábamos mucho quienes disfrutamos de su extraordinaria grabación, cumplió sobradamente las expectativas. Sensacional de principio a fin. Dibujado con exquisita claridad, con la apropiada variedad de atmósferas, con una finísima sensibilidad (la delicadeza en tantos momentos del segundo intermezzo, la etérea ligereza de los trinos y arabescos del último, el evocador clima de la sección central de la tercera pieza (la Balada, que en momentos nos retrae a sus hermanas de la Op. 10), con las voces intermedias maravillosamente expuestas, con una fluidez y elegancia envidiables, era un Brahms de esos que se escuchan pocas veces con esta sutileza y profundidad, y de esos que uno simplemente no desea que acabe.

Esa formidable magia brahmsiana se prolongó en la emocionante hermosura de una de las más bellas páginas de las últimas del hamburgués: el primero de los Intermezzi Op. 117 que se nos ofreció como primera propina. Nostalgia, canto, solemnidad. Y emoción. Por encima de todo, emoción. Profunda, genuina, sincera. Una maravilla.

Pero el éxito era enorme, y la segunda propina fue otro ejemplo magistral de acierto en la atmósfera, además de otra muestra de la riqueza del colorido sonoro y del enorme control de dinámica y pulsación del ruso: El lago, de Mompou (que también ha llevado al disco, otro que no hay que perderse). La serie de propinas se cerró con una sencilla, elegante y encantadora interpretación del Minueto D. 334 de Schubert. Un recital para el recuerdo, el de un pianista que ha pasado de tener unos medios colosales a convertirse en un intérprete colosal. De esos que sabe crear la magia con la habilidad hipnótica de sumergirnos a todos en ella. Es lo que tiene la calma cuando nos llega con tan tremenda intensidad.