MADRID / Apuntes de un Anillo en construcción

Madrid. Teatro Real. 3-IX-2026. Catherine Foster, Klaus Florian Vogt, Nicholas Brownlee. Orquesta del Festival de Bayreuth. Director: Pablo Heras-Casado. Wagner: escenas de El anillo del nibelungo.
La Orquesta del Festival de Bayreuth recaló en el Teatro Real de Madrid en la penúltima etapa de una gira histórica. Poco dada a salir de casa, tratándose de una orquesta estacional, de festival, es la primera vez que la extraordinaria formación sale de la Colina Verde para recorrer varias ciudades españolas, Barcelona, Santander, Sevilla, Madrid y Valencia (en anteriores visitas sólo actuó en Barcelona), coincidiendo con el 150 aniversario del estreno de El anillo del nibelungo y de la inauguración del propio festival. La gira ha servido para celebrar por todo lo alto el 40 aniversario del Festival de Peralada (ver la crítica de Javier Pérez Senz en Scherzo) y clausurar el 75 Festival Internacional de Música de Santander. El programa reunió nueve fragmentos de la tetralogía, cinco de ellos cantados, en el orden que ocupan dentro del ciclo. Ese orden impone alguna concesión a la estructura convencional del concierto, que en este caso comenzó con un número vocal, aunque bien se podría haber abierto con el Preludio de El oro del Rin. La elección de los fragmentos y la “economía de medios” obliga a suprimir intervenciones episódicas de otros personajes o del coro, cuyas frases se encomiendan a instrumentos varios. Al frente de la orquesta ha estado Pablo Heras-Casado, que este verano ha dirigido su cuarto Parsifal consecutivo en Bayreuth y en 2028 asumirá allí El anillo del nibelungo. Le han acompañado tres de los nombres wagnerianos más reconocidos del momento: la soprano Catherine Foster como Brünnhilde, el tenor Klaus Florian Vogt en los papeles de Siegmund y Siegfried, y el bajo-barítono Nicholas Brownlee como Wotan.

El comienzo fue inmejorable, con un espléndido pianísimo de la orquesta y brillante intervención de los trombones, para dar paso, en un fragmento de la escena final de El oro del Rin (“Abendlich strahl der Sonne Auge”), a la sensación de la tarde, Nicholas Brownlee, joven bajo-barítono estadounidense llamado a ser un gran Wotan. Brownlee posee una voz tonante, rotunda, caudalosa, de bello y noble timbre, con algo de punta que le confiere autoridad, e impactantes agudos de barítono, cualidades ideales para el Wotan del Prólogo. Pese al sobrado volumen, en ocasiones le costó sobrepasar el muro de sonido de la orquesta situada en el escenario. Heras-Casado mostró un notable progreso respecto a El oro del Rin de 2019 en el mismo escenario: enfatizó el motivo de la espada, que sonó triunfal, e imprimió un eficaz ritardando antes de la peroración final. La temperatura bajó mucho en el siguiente número, “Ein Schwert verhieß mir der Vater”, del primer acto de La valquiria. No se materializó la atmósfera dramática en la introducción orquestal, y la voz meliflua y cuasi infantil de Vogt es la antítesis de lo que pide Siegmund. No puede negarse que Vogt matiza, frasea, apiana… pero la voz no acompaña. Sorprende que, con semejante material, claramente insuficiente, sea el héroe de Bayreuth y “cantante wagneriano” solicitado en todos los teatros. Heras-Casado estuvo muy pendiente del tenor que, con unos “Wälse!” raquíticos, faltos de fuerza, y muy breves, dio una pobre impresión. Volvió Brownlee (¡qué voz!) a escena en los Adioses de Wotan del final de La valquiria, y durante unos minutos regresó la magia, sobre todo con el beso que transforma a Brünnhilde en mortal (“so küßt er die Gottheit von dir”), magia rota por el sempiterno móvil de un canalla. Fue dejar Brownlee de cantar, y desaparecer la tensión, con una orquesta que parecía de vacaciones y tocar con el piloto automático. En este fragmento Heras-Casado se mostró caprichoso en los tempi, acelerando entre los dos bloques cantados, con un clímax sin la grandeza requerida.

En el primer pasaje puramente instrumental de la velada, los Murmullos del bosque de Sigfrido, destacó la transparencia del tejido orquestal en el arranque, con excelsas intervenciones de las maderas, pero faltó gracia e ingenuidad. La primera parte concluyó con la última sección del gran dúo de Sigfrido (“Ewig war ich”). Catherine Foster, que empezó fría y algo distante (la británica es cantante sobria), conserva esa seguridad, bellos sonidos flotantes y agudos de perfecta colocación y proyección que han hecho de ella una gran Brünnhilde con un instrumento lírico en origen. Vogt se desenvolvió mejor como Siegfried que como Siegmund, exhibiendo su capacidad para el matiz y su fabulosa proyección. En los “Sei mein!” la voz incluso timbró. En el cierre no se atrevió con el Do4 y prefirió doblar a la soprano dos octavas por debajo.
La segunda parte, centrada en El ocaso de los dioses, abrió con Amanecer y viaje de Sigfrido por el Rin. Tras un comienzo soberbio, tocado con deleitable lentitud y un sonido orquestal aterciopelado, con ejemplares empaste y belleza, se desembocó, sin transición, en un Viaje atropellado, a la carrera. Los músicos, como en el resto del concierto, estaban absortos en sus partituras y no miraban al director. Podrían habernos ahorrado la prescindible e insustancial Muerte de Sigfrido (“Brünnhilde, heilige Braut!”) de Vogt, y atacar directamente la célebre Marcha fúnebre. En concierto, desgajada de su contexto, es difícil encontrar el tono adecuado, de celebración del héroe caído, grandeza sin pompa, pero fue la página mejor resuelta del programa oficial, con imponente crescendo dramático y un espectacular motivo de la espada en trompetas. Todo estaba preparado para recibir a Catherine Foster en la Inmolación de Brünnhilde. Se reservó para el final, a partir del excelente “Ruhe, ruhe, du Gott!”, donde, con un volumen justo (Heras-Casado se mostró inclemente), sus agudos siguen sonando firmes, seguros y penetrantes. En la gran coda orquestal, fue apreciable la transparencia y belleza del sonido orquestal, claridad y corrección ayunas de emoción.
El éxito fue grande, con ovaciones particularmente calurosas para la orquesta, que fuera de programa obsequió al público con la página mejor tocada del concierto, la Cabalgata de las Valquirias. Aquí la entrega de los músicos fue total.
Pese a todo, Bayreuth sigue siendo Bayreuth. Allí la disciplina y la perfección en el foso cubierto son norma, un ambiente muy diferente al de una gira que pilla a la orquesta cansada tras el festival, con unos músicos que prescinden de sus vacaciones para tocar allí, y que están a punto de reintegrarse a sus orquestas respectivas para comenzar la nueva temporada. Pablo Heras-Casado tiene dos años por delante para terminar de madurar su concepción de El anillo del Nibelungo y apuntalar su posición en el templo wagneriano tras su éxito dirigiendo Parsifal. Pese a los altibajos inevitables de una gira, lo mejor de este concierto sugiere que tiene margen de sobra para lograrlo.
Miguel Ángel González Barrio
Foto: Javier del Real


