BARCELONA / Triunfal inicio de la gira española de la Orquesta del Festival de Bayreuth y Pablo Heras-Casado

Barcelona. Palau de la Música Catalana. 29-VIII-2026. Catherine Foster, Klaus Florian Vogt, Nicholas Brownlee. Orquesta del Festival de Bayreuth. Director: Pablo Heras-Casado. Wagner: escenas de El anillo del nibelungo.
Casi diez minutos de bravos y aplausos entusiastas del público premiaron con rotundidad el ya histórico concierto de la Orquesta del Festival de Bayreuth y el director granadino Pablo Heras-Casado en el Palau de la Música Catalana, con la soprano inglesa Catherine Foster, el tenor alemán Klaus Florian Vogt y el bajo-barítono estadounidense Nicholas Brownlee como solistas vocales de una velada que marcaba el cierre de la edición del cuarenta aniversario del Festival Castell de Peralada, y el inicio de la primera gira española de la Orquesta del Festival de Bayreuth, que conmemora el 150º aniversario de la Tetralogía inaugural del Festspielhaus en 1876. La gira, con un programa que reúne significativas escenas y fragmentos de El anillo del Nibelungo, incluye en su agenda conciertos en el Festival Internacional de Santander, el Teatro de la Maestranza de Sevilla, el Teatro Real de Madrid y el Palau de les Arts de Valencia.
Concierto, pues, de exaltación del genio de Richard Wagner, de la gloriosa tradición del teatro soñado por el compositor alemán para representar sus dramas como él deseaba, y de un festival que hoy dirige, no sin polémicas, su bisnieta, Katharina Wagner, que finalmente no viajó a Barcelona para este singular evento. Velada también muy especial para el Palau, que acogía por fin el ansiado debut en el templo modernista de la orquesta del emblemático festival alemán: un gran concierto que enriquece su larga y rica tradición wagneriana.
La relación del Festival de Bayreuth con Barcelona es muy anterior. Wieland Wagner, que ya había estado en la Ciudad Condal en 1951 para asistir al 50º aniversario de la Asociación Wagneriana, que coincidieron, por cierto, con el estreno de Rienzi en la capital catalana, título incorporado este verano al canon oficial del templo de la Colina Verde que acoge el mítico Festspielhaus. En esas jornadas, celebradas en plena efervescencia del wagnerismo en Barcelona, se iniciaron las conversaciones para conseguir la visita de la compañía del Festival de Bayreuth en el Gran Teatre del Liceu: el sueño se hizo realidad con las representaciones de La valquiria, Tristán e Isolda y Parsifal en el coliseo lírico barcelonés celebradas entre el 16 de abril y el 1 de mayo de 1955, que obligaron a realizar una reforma parcial en el escenario para ubicar los cicloramas de los montajes de Wieland Wagner. Las funciones contaron en el foso con dos grandes directores, Eugen Jochum y Joseph Keilberth, y en los repartos actuaron glorias del canto wagneriano como Martha Mödl, Wolfgang Windgassen, Josef Greindl y Ludwig Weber.
La orquesta del festival alemán regresó al Liceu en septiembre de 2012 para ofrecer, en versión de concierto, tres grandes títulos: dos bajo la dirección de Sebastian Weigle: El holandés errante, con Samuel Youn, Ricarda Merbeth, Fran-Josef Selig y Michael König en el reparto, y Lohengrin, con las voces de Klaus Florian Vogt, Annette Dasch, Susan Maclean y Thomas Mayer en los principales papeles. El Festival Bayreuh en el Liceu se cerró con Tristán e Isolda bajo la dirección de Peter Schneider, con Robert Dean Smith, Iréne Theorin, Robert Holl, Jukka Rasilainen y Michelle Breedt.
En su tercera visita a Barcelona —y en su primera actuación en el Palau— impactaron sobremanera el poderío, la brillantez y la riqueza expresiva de la orquesta de Bayreuth, dirigida con inspiración, precisión y sentido dramático por Pablo Heras-Casado. Desde su debut con Parsifal en 2023, la evolución del director granadino como intérprete wagneriano ha sido espectacular, Su relación con la orquesta es, además, excelente; este verano, al término de cada función de Parsifal, orquesta y director se llevaron los más atronadores aplausos. En el horizonte, su próximo reto será dirigir el Anillo en 2028, otra muestra de la estrecha relación artística con la formación alemana y Katharina Wagner, quien ha colaborado con Heras-Casado en la elaboración de un programa especial que va más allá de la simple sucesión de fragmentos para brindar al público un recorrido por las cuatro partes del monumental ciclo.
El apasionante viaje por el Anillo se inició con la Entrada de los dioses en el Valhalla, majestuoso final de El oro del Rin que causó un gran impacto por el poderío sonoro de una orquesta deslumbrante en todas sus secciones. Impresionó (en toda la velada) la potencia avasalladora de los metales, la suntuosidad del sonido orquestal, bien controlado en las tensiones dinámicas por una batuta atenta a los detalles, pero sin obsesivos refinamientos, pues incide más en la creación de la atmósfera adecuada a cada escena, en la vertiente dramática, en la humanidad y el intenso lirismo que late en el canto wagneriano. Nicholas Brownlee, que encarnará a Wotan en el próximo Anillo del Liceu, impresionó tanto por la potencia vocal como por la autoridad, la rotundidad de acentos y la imponente presencia escénica. Tras el formidable arranque, que nos dejó sin aliento, clavados en la butaca, el concierto continuó con la primera de las dos páginas seleccionadas de La valquiria, el monólogo de Siegmund del Acto I “Ein Schwert verhieß mir der Vater” a cargo de Klaus Florian Vogt. La claridad y luminosidad de su voz (tenor muy lírico), la transparencia, la dicción, exquisita en los matices, son la gran baza de una voz que despierta más fobias que filias; pero el intérprete es de gran clase, con momentos de gran belleza lírica, un fraseo siempre elocuente y agudos bien proyectados. La técnica es soberbia, con emisión y proyección excelentes, pero la voz carece del peso adecuado. Regresó Brownlee al escenario para ofrecer una emocionante interpretación de “Leb wohl, du kühnes, herrliches Kindt¡”, la despedida de Wotan, una de las escenas más hermosas y conmovedoras del legado wagneriano. Y estuvo sencillamente colosal. La fuerza en los acentos, la nobleza, el paso del recogimiento lírico a la explosión de temperamento y autoridad en el doloroso castigo a su amada Brünnhilde, encontraron en el acompañamiento de Heras-Casado una bien trazada construcción del relato, suntuosa en los densos colores y la riqueza temática de un Wagner en estado de gracia. Aclamado por el público, Brownlee fue el más impresionante de los tres solistas, que recibió con sincera emoción los bravos y aplausos más sonoros de la velada.
La primera parte culminó en el mundo de Siegfried con dos muestras del genio wagneriano: en Murmullos del bosque se disfrutaron momentos de pura magia sonora, con una orquesta prodigiosa dirigida con inspiración. Y después, como primera traca final, la exaltación del dúo de Siegfried y Brünnhilde iluminó la sala modernista. Heras-Casado, mucho más maduro como intérprete wagneriano, aseguró la progresión dramática de una escena culminante que lo exige todo a los dos solistas vocales. La veteranía es un grado y Catherine Foster atesora una experiencia wagneriana y un aplomo técnico que le permite brillar en los temibles saltos al agudo, atacados de forma admirable, y dar su justo valor a cada frase que refleja ese tránsito a la exaltación del amor con un sentido dramático y una intuición escénica que supera los límites del simple concierto para transmitir con máxima intensidad las emociones del personaje. Sin el peso heroico de un heldentenor, Klaus Florian Vogt juega sus bazas y mantiene el tipo ante una tesitura infernal que hunde a tenores de mayor peso vocal. La verdad, tiene su mérito la valentía del tenor, la resistencia (aunque ya muestra cierta fatiga) y la seguridad técnica.
En la segunda parte, consagrada a El ocaso de los dioses, se disfrutaron momentos inolvidables, primero con las maravillosas atmósferas en el Amanecer y viaje de Siegfried por el Rin, con unas maderas de ensueño en una evocación de la naturaleza prodigiosa en su orquestación y belleza sonora. Después, en la Muerte de Siegfried, “Brünnhilde, heilige Braut¡”, Vogt mostró su arte en el fraseo, con momentos de gran belleza. Y llegó lo más espectacular de la velada: la Marcha fúnebre tras la muerte de Siegfried, que sonó con sobrecogedora potencia en metales y timbales, una tensión dramática arrolladora y una brillantez espectacular: la atmósfera solemne de la escena impresionaba tanto como el acierto la exposición de los leitmotivs que retratan la vida del héroe asesinado. Y en la escena final del Ocaso, Heras-Casado acertó en la dosificación de las dinámicas, nada fácil en un escenario sin las ventajas que ofrece la disposición del foso del Festspielhaus. Foster, que, ante el calor reinante en la sala aligeró su vestuario con un mantón de Manila —no deja de ser insólito ver una Brünnhilde con una prenda tan castiza— afrontó con sabio aplomo la crucial escena final en sus infinitos matices, y mostró la nobleza, el arrojo y la determinación final del personaje con entereza y potencia vocal. Ante la avalancha de aplausos y bravos, Heras-Casado y la orquesta ofrecieron como única y jugosa propina una Cabalgata de las valquirias que sonó a gloria. Una gran velada en el marco de una gira histórica que los wagnerianos celebrarán como merece.
Javier Pérez Senz
(fotos: Mario Wurzburger)


