MADRID / Anna Netrebko en el Real: una diva generosa en un recital irregular

Madrid. Teatro Real. 30-VI-2026. Concierto de Anna Netrebko. Pavel Nebolsin (piano), Elena Maximova (mezzosoprano), Kurt Mitterfellner (violín). Obras de Cilea, R. Strauss, Rachmaninov, Chaikovski et al.
Llegamos al cierre de temporada y tras un colosal estreno de Il Trovatore, del que ha dado cumplida cuenta nuestro compañero Santiago Martín Bermúdez aquí, el Teatro Real continúa con sus salvas previas al cierre veraniego. El pasado 30 de junio, Anna Netrebko ofreció un concierto de esos que los fans esperan con regocijo y entrega. Si hace algo menos de dos años, en la Gala Puccini de apertura de septiembre de 2024, la vimos sobre esta misma escena acompañada de su entonces recientísimo “ex” Yusif Eyvazov y unos cuantos secundarios de lujo, esta vez la rusa ha cambiado de troupe y nos presentó a un muy joven violinista alemán, Kurt Mittelfellner y una mezzo también rusa, Elena Maximova. He de decir que eché mucho de menos al tenor azerí al que siempre he defendido porque, a pesar de no tener una voz bella, siempre cumple sobradamente, con enorme profesionalidad y arrojo. En este caso, los acompañantes eran mero atrezzo y en el caso de la mezzo, mejor que así fuera.
En el momento justo de enviar esta reseña, me llega la noticia de la cancelación de las cuatro participaciones de la soprano en ese Trovatore en las que será sustituida por Eleonora Buratto, razón por la cual me veo obligada a editar algún comentario que había hecho esperando y deseando que su Leonora estuviera a la altura de la Netrebko que conocíamos y que en este recital apareció un tanto deslucida. Dada la situación, el barrunto de que la voz de la rusa sufre de algún incoveniente, que esperamos pasajero y de pronta recuperación, no hace sino confirmarse: aduce “agotamiento físico y fatiga vocal, agravados por las extremas condiciones climáticas” que necesitarían de total reposo.
Netrebko preparó un programa de ésos de baúl de diva, ya me entienden, de “a ver qué tengo yo por aquí”: retales, grandes hits, antiguos éxitos —que pueden convertirse en futuros fracasos— y piezas de aplauso seguro. O sea, una mezcolanza de repertorio italiano, ruso y alemán sin ninguna coherencia modelo gala veraniega, que, en cierto modo, es lo que toca. Pero dicho esto, hay que reconocerle que se pasó dos horas completas cantando, lo cual no ha debido favorecer esa fatiga vocal.
Comenzó nada más y nada menos que con el recitativo “Del sultano Amuratte…” y aria “Io son l´umile ancella” de Adriana Lecouvreur de Cilea, en donde pudimos apreciar el bonito sonido y la afinación de Mitterfellner. Netrebko hizo un anuncio de lo que sería todo el concierto: una exhibición de larguísimas respiraciones —como siempre en ella, no siempre cuando tocan y a la inversa— y de esos pianissimi filados que le han reportado buen parte de su fama. Hay que decir que hoy en día los incrusta excesivamente entre la nariz y la gola, de manera que el cambio tímbrico es evidente pero aún así, muchas veces funciona. El problema de todo esto es que ese regodeo en sus cualidades redunda en un estancamiento musical, en una arbitrariedad de fraseo que quizá colme a sus incondicionales, pero que resulta un tanto soporífera a lo largo de todo un recital. Suerte tiene con un pianista como Pavel Nebolsin, solvente como pocos, también un tanto caprichoso, pero que se adapta a la diva y sabe conducirla y hasta reconducirla. Pero como en soltura escénica no le gana nadie, se paseó de aquí a allá, semi-representando su escena, cosa que haría de principio a fin del concierto.
Primer bloque ruso dedicado a Rimski-Korsakov, con La alondra canta más fuerte y la escena final de La doncella de nieve. Sin duda este repertorio tan afín le ayudó a asentarse y templarse más que ese Cilea, pero es que a ella le gusta entrar a tumba abierta. Siguieron tres lieder de Richard Strauss comenzando por Ständchen, que no fue lo mejor de la noche. Le faltó ligereza y matices, además de ciertos problemas de afinación aproximativa en más de un momento (tampoco esto de la afinación en el medio-agudo ha sido nunca uno de sus fuertes). Siguió Morgen!, para lo que volvió a llamar a escena a Mitterfellener. Sus partenaires violinista y pianista plantearon una bella y delicada introducción que ella transformó a su guisa, volviendo a las andadas de estar más en su voz que en el texto y su sentido. Personalmente no me gustó nada, pero parece que dio el pego. El tercer lied, Cäcilie, fue el más convincente, en buena parte porque la música avanza sí o sí y Nebolsin se encargó de que así fuera. Bien los agudos y el fraseo.
Vuelta al repertorio ruso, esta vez de la mano de Rachmaninov y el Preludio op. 3 nº 2 de las Piezas de fantasía para piano, que Pavel Nebolsin interpretó de manera un tanto incongruente. Una pena, porque con esos medios podía haber hecho algo muy bueno. Netrebko eligió tres canciones que le permitieron, una vez más, hacer alarde de notas tenidas y autoescucha. Precisamente lo que se perdió por el camino fue el carácter intimista de los tres títulos, que fueron Sueños (op. 38 nº 5), ¡Qué bien se está aquí! (op. 21 nº 7) y No me cantes, amor mío (op. 4 nº 4). Esta última recoge una canción folclórica georgiana de belleza misteriosa y extraordinariamente triste, que el pasado octubre pudimos escuchar en una sobrecogedora versión a Asmik Grigorian en este mismo escenario. Nada tienen que ver ambas divas y desde luego la interpretación de Netrebko no hará olvidar la de la lituana. Dramatismo impostado, falto de sinceridad y autocomplaciente que, además, tampoco pareció convencer al público.
Terminó la primera parte con un bloque francés, cuyo punto fuerte fue “Depuis le jour” de Louise de Gustave Charpentier, ópera que constituye el ejemplo más conocido del llamado “naturalismo lírico”. A pesar de la dicción, tan próxima de la francesa como de la tagala, hay que decir que esta aria fue de lo mejor de la noche y sin duda uno de los momentos en los que la gran Netrebko hizo algo más que asomarse. Aquí sí utilizó con sapiencia esos filados tan suyos y consiguió brillar con un fraseo de bello y controlado legato y con unos fantásticos agudos. El cierre fue la primera concesión a la galería, el “Dúo de las flores” de Lakmé de Delibes, interpretado al alimón con su amiga mezzo. ¿Qué pasa cuando una lírica que ha tirado a dramática canta algo que está escrito para una ligera de coloratura y además se busca una mezzo que no carbura? Pues imagínenselo. Un tempo pesante, unas resoluciones siempre caladas… Muy simpáticas y compenetradas ellas, pero mejor olvidarnos de ello.
Tras el elegante vestido morado y rosa de la primera parte, apareció la rusa con un vistoso azul pavo real de mangas abullonadas y de nuevo junto a Maximova —a juego en el color también— para encarar la segunda sección de su recital, en este caso con el Dueto de Polina y Liza, “Ya cae la tarde” de La Dama de Picas, que resultó mucho más convincente que el dúo de Delibes. No cabe duda de que Chaikovski es uno de los mejores caballos de la rusa y así lo hizo ver a lo largo de otras tres canciones, Olvidar tan pronto, Noches de delirio (op. 60 nº 6), y El sol se ha ocultado (op. 73, nº 4) a cuya expresividad la voz, el estilo y hasta los excesos de la soprano se adaptan como un guante.
Vuelta a uno de esos papeles que se convirtió en fetiche de Netrebko hace veinte años: la Giulietta de Capuleti e Montecchi de Bellini en “Eccomi in lieta vesta… Oh! Quante volte ti chiedo”. Afrontó esta muy bella aria —que pierde notablemente con el acompañamiento pianístico sin el timbre de la trompa ni el arpa— con autoridad evidente, pero sin la ductilidad de otrora. Esas inestabilidades que se apreciaron desde el comienzo quedaron patentes en esta línea tan depurada y desnuda. La rusa luchó y consiguió momentos realmente hermosos, pero sin verdadera continuidad. Aún así, fue una de las interpretaciones más aplaudidas de la velada. Tras otra intervención de Nebolsin a solo, con una especie de paráfrasis de Glinka sobre la misma ópera de Bellini, de virtuosismo más pirotécnico que real y carente del más mínimo interés musical, llegamos a la recta final del concierto con algún cambio y alguna sabia supresión en el programa. La rusa nos ahorró “Les tringles des sistres chantaient” de Carmen con toda sensatez: el programa se estaba yendo de tiempo y, francamente, no creo que hubiera salido excesivamente airosa ese día en el que no estaba en la mejor de sus formas. Netrebko decidió terminar con dos obras para lucimiento propio y también para divertir y encandilar al público, Il bacio de Luigi Arditi y “Heia, heia! In den Bergen ist mein Heimatland” de La Princesa gitana de Emmerich Kálmán, en medio de las cuales hubo otra breve y muy bien fraseada intervención de Nebolsin y Mitterfellner con el Vals sentimental de Chaikovski que, por supuesto, no restó un ápice de protagonismo a la gran estrella. Netrebko lo dio todo tanto escénica —baile incluido— como vocalmente en estas dos últimas partituras que aportaron un final burbujeante a un recital un poco pesante de carácter y de ejecución.
Como propinas, “Aprite presto, aprite” de Las bodas de Figaro junto a Maximova, en una ejecución en la que de nuevo apareció titilando la Netrebko de hace años y por último Non ti scordar di me de De Curtis, en versión del cuarteto completo, que cerró otro triunfo en el Real para la soprano. No cabe duda de que Netrebko es una mujer generosa de su tiempo, su voz y su espacio escénico y no quiso acaparar los aplausos finales otorgando protagonismo a todos sus compañeros. Bravo por ella.
Sin duda, no fue el mejor recital de Netrebko en el Real y ahora tenemos la total seguridad de que algo afectaba a su instrumento. Esperemos que esa fatiga vocal pase pronto y que esta gran diva aún nos proporcione noches de mucho interés vocal. Desde aquí le deseamos muy pronta recuperación.
Ana García Urcola
(fotos: Javier Del Real)


