Luisotti y el (pseudo)bis de Lisette

Luisotti y el (pseudo)bis de Lisette

Madrid. Teatro Real. 28-VII-2020. Verdi, La traviata. Lisette Oropesa, Ivan Magrì, Nicola Alaimo. Director: Nicola Luisotti.  Director del coro. Andrés Máspero. Concepto escénico: Leo Castaldi.

No se insistirá lo bastante en lo valiente y ejemplar de la decisión del Teatro Real de sacar adelante estas funciones de La traviata, cuando muchos de los principales coliseos líricos permanecen cerrados por la pandemia de covid-19. Si los trabajadores se desplazan en transportes públicos en los que es imposible mantener la “distancia de seguridad”, si los aviones no limitan el número de pasajeros (todos enmascarados), y viajar se considera “seguro” (“¡la economía, estúpido!”) no tiene sentido que los teatros permanezcan cerrados o vacíos. La normalidad (la de antes, no la “nueva normalidad”, patético eufemismo, sinónimo de derrota) hay que volver a ganarla. Con buena organización, que garantice la seguridad de artistas y público. Y esto lo ha hecho impecablemente el Teatro Real con un eficaz despliegue. En mi opinión, esto sí es noticia, cultural y socialmente relevante, y no los microconciertos para vegetales, aunque la banalidad de la sociedad actual tiene el periodismo que se merece, que a veces, más de lo que sería deseable, oscila entre el sensacionalismo y la publicidad (“¡la economía, estúpido!”).

También en lo musical el Teatro Real se ha apuntado un merecido éxito. La función del día 28, penúltima de las ¡veintisiete! programadas, tuvo dos claros triunfadores… y un tercero inesperado. Ver dirigir a Nicola Luisotti, de maneras elegantes y porte aristocrático, un director que respira con los cantantes y pone a la orquesta a sus pies, es siempre un placer estético que magnifica el enorme placer que produce escuchar la maravillosa música que sale del foso. El Verdi de Luisotti, gran conocedor del repertorio italiano, Principal Director Invitado del Real (esa suerte tenemos), es sobrio y refinado. Dirigió con pulso firme y sentido teatral (lectura por Alfredo de la carta de Violetta en el segundo acto, por ejemplo), dosificando las tensiones y huyendo de efectismos, de toda grandilocuencia, de la tentación de la banalidad o el melodrama. Después de los correspondientes ensayos y veintiséis funciones, la Sinfónica de Madrid “habla” Verdi con fluidez y brindó una gran actuación, con una cuerda tersa y detalles de clase en las maderas.

La ascendente Lisette Oropesa regresaba al Teatro Real tras el éxito de su Lucia de Lammermoor de 2018. Aunque el primer acto es el que, sobre el papel, mejor conviene a su voz de lírico-ligera, Oropesa me convenció más en los otros dos, que piden una soprano de mayor anchura, una voz de mayor fuste. Después de un espléndido recitativo (“È strano!”), en el aria “Ah, fors’è lui” fue perdiendo fuelle. El primer “croce e delicia” fue lo primero para ella. En la cabaletta “Sempre libera” los ascensos al agudo resultaron algo justos y faltos de expansión, y faltaron también volumen y garra. Pero Oropesa es artista, gran actriz además de gran cantante, y segundo y tercer acto los llevó a su terreno, imponiendo la emisión mórbida, el extraordinario control respiratorio y una notable presencia escénica. Violetta Valery, c’est moi. En particular, el dúo con Giorgio Germont (magistral, una vez más, el concurso de Luisotti) o la escena final fueron memorables. También el desgarrado, suplicante “Amami Alfredo”, de impecable ejecución y con el punto justo de expresión. Las intervenciones de Oropesa fueron muy ovacionadas, al punto de tener que salir a saludar en solitario al final del primer acto. Esto preparó el terreno para el bis del “Addio del passato”, aunque en realidad cantó la segunda estrofa del aria, cortada en esta producción (no fue éste el único corte) para reducir la duración de las funciones. También se corta en otras producciones sin la excusa del virus. Y la segunda vez, concluyendo con una impresionante messa di voce, fue mejor que la primera.

Al lado de esta Violeta de clase superior (una mantis sopranil) palideció el digno Alfredo del siciliano Ivan Magrì, tenor de escaso atractivo tímbrico, emisión irregular, sonidos sofocados, voz mate, corto de volumen y aspecto de mindundi. Quizá sea esta una imagen buscada por la propuesta escénica, en cuyo caso habría que quitarse el sombrero ante las dotes actorales de Magrì. Le valen la franqueza y las intenciones (“De’ miei bollenti spiriti”), la tan apreciada italianità. Las notas altas suelen quedarse atrás, y en la cabaletta “Oh mio rimorso” el “laverò” final, a tumba abierta, le quedó muy forzado. Nicola Alaimo fue un Giorgio Germont algo rústico, tanto por presencia como por vocalidad, si bien dramáticamente eficaz. Supo disimular la rudeza de su material y arrancó una ovación en “Di provenza il mar il suol”, página agradecida. El resto del elenco cumplió con solvencia.

El tercer triunfador fue Leo Castaldi, responsable del “concepto escénico” (no confundir con Konzept). Castaldi supo hacer de la necesidad virtud, y demostró que se puede hacer teatro sin traicionar la obra para contar otra cosa (terrorismo artístico), con sencillez, sin carísimas puestas en escena y sin obligar a los cantantes a hacer cosas grotescas o a vestir de payaso o de fruta (y esto no es una broma). Con ingenio, trabajando al servicio de la obra, con finos detalles de dirección de actores, apoyándose en una inteligente iluminación, Castaldi logra superar las dificultades derivadas de los protocolos de seguridad. Así, distancia y estatismo obligados no limitan el papel del coro (excelente y feliz de volver a la actividad el Coro Titular del Teatro Real) en la acción. Para más detalles sobre la propuesta escénica, les remito a la crítica de Fernando Fraga del “segundo reparto” (https://scherzo.es/madrid-violetta-entre-dos-virus-segundo-reparto-de-la-traviata/).

Artistas, público y todos los que han contribuido a hacerlas posibles nos merecíamos estas funciones, después de meses de silencio. Todos estábamos felices de volver al teatro, a casa. Esperemos que la próxima temporada, que el Teatro Real ha anunciado como si aquí no hubiera pasado nada, sea la del regreso de la normalidad. La de siempre. Quizá esa deba ser la actitud: Make Opera great again (perdón por el trumpismo). A su debido tiempo ya se verá. Mientras tanto, les dejo con el “bis” de Lisette.