LA CORUÑA / El Quartet Gerhard une los extremos de Europa en el Festival RESIS
Uno de los muchos aciertos del compositor coruñés Hugo Gómez-Chao al frente de la dirección artística del Festival RESIS, ya desde su primera edición, es la de habernos ofrecido de forma prácticamente anual conciertos en los que nos podemos encontrar con una formación, la del cuarteto de cuerda, en cuyos instrumentos se han dirimido buena parte de los avances técnicos y estéticos más importantes de los últimos tres siglos, incorporando RESIS a su programación, a lo largo de estas ocho ediciones, cuartetos que abarcan desde Galicia a Japón, partiendo de una partitura que, en este género camerístico, supuso en 2018 (primera edición de RESIS) toda una declaración de intenciones al respecto: el Cuarteto de cuerda Op. 28 (1938) de Anton Webern.
En 2025, RESIS ha programado dos conciertos con el cuarteto de cuerda como protagonista: el celebrado el pasado 3 de mayo, con una arrolladora demostración de técnica y estilo por parte de un Quatuor Diotima que visitaba por segunda vez el festival herculino; y el que, una semana después, en el Museo de Bellas Artes de La Coruña volvía a traer, igualmente por segunda ocasión, al Quartet Gerhard a RESIS.
Si en abril de 2022 les dimos cuenta en Scherzo de cómo el Quartet Gerhard mostraba esa intemporal modernidad que es consustancial al cuarteto de cuerda, poniendo sobre sus atriles partituras de Robert Gerhard, Matthias Pintscher y Alban Berg, tres años más tarde nos han vuelto a proponer otro viaje hacia atrás en el tiempo, a la par que acercando los extremos de Europa (diálogo, hoy, tan necesario), pues por medio de partituras gallegas, polacas y rusas hemos conocido, con Lluís Castán, Joel Bardolet, Miquel Jordà y Jesús Miralles —integrantes del Quartet Gerhard en RESIS 2025—, tres maneras muy distintas de comprender esta formación camerística.
Con un cuarto de siglo XXI ya recorrido, a estas alturas de la historia disponemos de la suficiente perspectiva como para calibrar qué obras fueron las realmente sustantivas en un siglo, el XX, tan pródigo en excelentes cuartetos de cuerda en los que, una vez más, se fraguaron muchos de los grandes desarrollos estilísticos de la música hoy convertida en el canon histórico. Entre esos cuartetos que, sin duda, perdurarán en el tiempo, está el Cuarteto de cuerda (1964) de Witold Lutosławski, una creación que funde la elegante escritura del varsoviano con una fiereza que los miembros del Quartet Gerhard no han escatimado, dejando pasajes de una crispación endiablada; y eso que los primeros compases muy lejos han estado de tal virulencia, expuestos por Lluís Castán como si de un despreocupado juego de destellos se tratase, con un deje de lúdica improvisación que tan bien casa con una partitura que, como los Jeux vénitiens (1961) del propio Lutosławski, profundiza en esa aleatoriedad controlada que es marca de la casa de este Cuarteto de cuerda (aunque, como afirmaba John Cage, al azar también se le puede hacer decir lo que uno quiera).
La versión del Gerhard no va en la línea de continua agresividad y tensión que conocemos al Arditti (Montaigne, 1990), acercándose más los músicos catalanes a los tan diversificados paisajes que en esta partitura encontramos en grabaciones como las del Alban Berg Quartett (EMI, 1995) o la de quienes estrenaron la obra, el LaSalle Quartet (DG, 1967). Es por ello que el Gerhard nos ofreció un Lutosławski, asimismo, repleto de ecos históricos: desde los últimos cuartetos de Beethoven a los intermedios de Bartók, para acabar incorporando, incluso, la radicalidad de la escuela gráfica polaca de los años cincuenta y sesenta, por lo que el estilo tan masivo de un Penderecki casi resonaba en los arcos del Quartet Gerhard junto a la distinción del propio Lutosławski.
Esa concepción tan diversificada del Gerhard, apoyada en la excelente técnica de sus intérpretes y en un detallado conocimiento de la partitura, hace que este colosal Cuarteto de cuerda haya sonado en RESIS como una novela en la que cada personaje-instrumento ha asumido una personalidad propia, dentro de su diálogo a cuatro, reforzada su oralidad por un cuidadísimo fraseo (ya en lo crispado, ya en lo más lírico y melódico) y por la personalidad que asume cada atril: desde el verso más libre en pizzicato de Lluís Castán hasta los cristalinos glissandi de Jesús Miralles, tan límpidos en su tenuto por medio de una afinación soberbia, revelando el espléndido momento que, como afirmó Santiago Martín Bermúdez en Scherzo, vive el Quartet Gerhard.
Tras tan soberbio Lutosławski, llegó lo más actual del concierto, con el estreno (encargo del Festival RESIS gracias al apoyo de la Ernst von Siemens Musikstiftung) de Liñas de auga (2024-25), segundo cuarteto de cuerda de uno de los mejores compositores gallegos del siglo XXI, Jacobo Gaspar Grandal (Mos, 1975).
Dicha posición, además de por la alta calidad de su música, se refrenda por los importantes premios que Jacobo Gaspar ha recibido en países como Corea del Sur, Portugal, Italia, España o Rusia, donde hace catorce años su primer cuarteto de cuerda, Metamorphoseon (2011), recibió el primer premio del Concurso Internacional Jurgenson del Conservatorio Estatal Chaikovski de Moscú, venerable institución en cuya Sala Rachmaninov Metamorphoseon fue estrenado.
Pasada más de una década, en la que Jacobo Gaspar nos ha dejado en RESIS estrenos como Anuario do vento e as follas (2020-21), Liñas de auga nos propone una nueva vuelta a la reflexión musical sobre la naturaleza, algo tan habitual en Gaspar, que sobre su segundo cuarteto nos deja un apunte para contextualizar su obra: «El agua es materia que suena. Fluye de modo sutil, pero también puede ser violenta. Va de lo cristalino a la distorsión eléctrica». De este modo, y de nuevo según Gaspar, Liñas de auga emerge desde un germen que estará presente a lo largo de toda la obra: «la resonancia y los armónicos naturales de las tres cuerdas que comparten afinación en los instrumentos que forman el cuarteto; Sol, Re y La. A partir de estos elementos sutiles, emergen líneas (de agua) que acaban produciendo explosiones en forma de olas y cascadas».
Cuarteto articulado en cuatro secciones, cada una de ellas aborda distintas líneas de dicha agua, convertidas en olas o cascadas, como ocurre en la primera de ellas, que nace desde «dos olas de impulsos serenos y frágiles», desembocando en cascadas electrizantes, mientras que la segunda yuxtapone dos temporalidades distintas, de líneas estáticas y texturas de gran complejidad tímbrico-polifónica que se comportan como nubes de partículas. En la tercera sección, la preparación de la cuarta cuerda del violín con una pinza genera mágicas sonoridades de reminiscencias electrónicas entre el multifónico y unos armónicos que, matizados en ataque, dinámicas y distanciamiento o roce de dicha pinza, van alterando la sonoridad del instrumento de Lluís Castán, convertido en eje desde el que surgen olas que rompen a lo largo del cuarteto, con la misma naturalidad —pretende Gaspar—que como lo hace el mar. La cuarta sección pasa de lo granular (la formación de Jacobo Gaspar con José Manuel López López siempre deja sentir sus frutos) a lo que el compositor gallego define como distorsión, cascadas y efervescencias, completando un círculo que, a nivel estructural, es otra de las señas de identidad de Liñas de auga, y ya no sólo en lo formal, sino en lo conceptual, pues así Gaspar refleja en su partitura el propio ciclo del agua. Esa circularidad se ve mínimamente abierta por una línea tangente que emerge en la coda, transformando el círculo en esa forma tan querida por Anton Webern como lo es la espiral.
Si en Lutosławski nos encontrábamos con pasajes de un pathos muy acusado, en Jacobo Gaspar hay un mayor distanciamiento a nivel emocional, cobrando una gran importancia la luz como reflejo en el agua, con lo cual Liñas de auga adquiere una cualidad igualmente sinestésica, pues vemos musicalmente ese fluido de destellos y reflejos acuosos: luz líquida de armónicos y glissandi con las yemas de los dedos que, junto con el temblor del trémolo, el vibrato, la saturación armónica o la dispersión de cada gota, nos hablan no sólo del agua como forma líquida, sino de su solidificación y evaporación (en un final en el que lo líquido deviene gaseoso en los arcos del Gerhard).
Las diferentes formas en que Jacobo Gaspar crea asociaciones dentro del cuarteto (especialmente bellas cuando el violín preparado con pinza lanza motivos que se transforman en los restantes instrumentos) nos hablan, asimismo, de los estados de la motilidad del agua, así como de ésta (tras congelarse en los densos glissandi del violonchelo) como un espejo de otros tiempos y estilos históricos. De este modo, cuando el río de Liñas de auga se congela, sobre su superficie pueden resonar desde el Danubio de la Viena de Haydn y Mozart, en lo más lúdico y espontáneo, hasta el Támesis del rock progresivo, pues Jacobo Gaspar conoce bien la dialéctica de integración estilística que el mejor cuarteto contemporáneo representa, sumando ecos que, sin obviar los de un Salvatore Sciarrino o un Helmut Lachenmann, nos van conduciendo hacia ese final de tapping sobre el diapasón, armónicos y vibrato en el que Liñas de auga se evapora, un cuarteto estrenado con el exquisito refinamiento, precisión rítmica y cuidado del sonido a los que nos acostumbra el Quartet Gerhard.
Si la carrera de Jacobo Gaspar como compositor de cuartetos había comenzado en Rusia, de algún modo el concierto se cerró, por medio de dicha evocación, de forma circular, pues fue en tierras rusas donde se estrenó el Cuarteto de cuerda n.º 8 en Do menor, Op. 110 de Dmitri Shostakovich, aunque, como en el caso de Gaspar (que lo hizo en Galicia), Shostakovich no lo hubiese compuesto en la entonces Unión Soviética, sino en Dresde, donde en tan sólo tres días de julio de 1960 escribió este homenaje «a las víctimas de la guerra y el fascismo», profundamente impresionado por la destrucción de la bella e histórica ciudad sajona en la Segunda Guerra Mundial.
A pesar de su dedicatoria, y de que poco antes Shostakovich había ingresado, finalmente, en el Partido Comunista, estamos ante un cuarteto extremadamente personal que fue escrito, como tantas otras partituras de Shostakovich, en clave autobiográfica, ya sea por la profusión de citas a partituras previas de su catálogo, ya por la presencia reiterada, desde la apertura del Largo, del motivo DSCH (Re-Mi bemol-Do-Si), criptograma no sólo presente en otras piezas orquestales y camerísticas de Shostakovich, sino en su propia tumba en el cementerio Novodévichi de Moscú.
El Gerhard nos ha dejado en RESIS un Cuarteto de cuerda n.º 8 de gran notabilidad, muy sobrio y empastado desde el motivo DSCH inicial, destacando, como en el resto del concierto, la gran libertad y poética en el fraseo de Lluís Castán, el aplomo y la circunspección de Jesús Miralles, y la función tan firmemente estructural que Joel Bardolet, en el segundo violín, y Miquel Jordà, en la viola, despliegan para unir esos dos extremos de fantasía y rigor que insuflan vida y sello propio al cuarteto catalán.
Aunque no alcance el Gerhard la endiablada celeridad y perfección del Emerson String Quartet (DG, 1998), su Allegro molto es, como el de los estadounidenses, una frenética danza macabra que alternan con ecos de la danza popular, reforzando la personalidad de Castán frente al resto del cuarteto. En el otro extremo, la serenidad y el aplomo del Largo conclusivos resultan desoladores, por cómo los ha expuesto el Quartet Gerhard: diálogo de espectros en sordina, tan calmo y lontano, que parecen desprenderse de la propia partitura y de los mismos instrumentos para viajar desde la devastada Dresde hacia tantas otras ciudades como la sinrazón humana ha destruido y, aún, destruirá.
Ya que el programa había terminado con la evocación shostakoviana de la capital de Sajonia, nada mejor como encore, por tanto, que recordar no sólo al más grande compositor que en dicho Estado haya desarrollado parte de su carrera, sino que tan admirado y estudiado fue por el propio Shostakovich, como Johann Sebastian Bach, de quien el Quartet Gerhard nos ofreció una bella versión del Contrapunctus I de Die Kunst der Fuge, BWV 1080 (c.1738-50), cerrando un concierto, de nuevo, para el recuerdo por su calidad y evocaciones históricas, acercando los extremos de Europa.
Paco Yáñez
(Fotos: Xurxo Gómez-Chao / Festival RESIS)


