John Adams: “Me niego a ser un purista estético”

John Adams: “Me niego a ser un purista estético”

John Adams (Worcester, Massachusetts, 1947) es el flamante ganador del Premio Fronteras del Conocimiento 2019 de la Fundación BBVA en su categoría de música contemporánea. El jurado del mismo utilizaba la palabra audacia para definir la obra de quien es uno de los nombres clave en lo que el llamado minimalismo supuso de diversificación para la música de nuestro tiempo, como una alternativa, también emocional, a lo que parecía una imposición teórica y práctica de una vanguardia que él mismo respeta y admira. Una audacia que le lleva a no desdeñar ningún matiz social, político o espiritual mientras apuesta por la pluralidad y la emoción, por lo nacional y lo universal, por lo popular y lo culto. Por eso la obra de John Adams forma parte de la mejor definición de la cultura de nuestro tiempo.

Su libro de memorias, Hallelujah Junction, lleva como subtítulo Composing an american life. ¿Cómo aparece su país en su música y hasta qué punto se considera un compositor americano?

En primer lugar, hay que afirmar y reconocer que la música, y el arte en general, trasciende las identidades nacionales o culturales. Pero dicho esto, he de confesar que, bien sea en una obra musical, en una novela o en cualquier otra expresión artística, me interesa mucho lo que podríamos denominar su ‘etnicidad’. Disfruto, por ejemplo, con lo que de inglés hay en Dickens, o lo que hay de ruso en Chaikovski, o de español en Cervantes. En cuanto a mi persona artística, creo que mi ADN es muy americano: crecí escuchando el jazz y el rock, además de la música clásica. Digamos que, como compositor, disfruto mucho de mi identidad americana.

¿Piensa que existen rasgos que definen específicamente la música norteamericana, comparada, por ejemplo, con la europea?

Sin duda, y especialmente en lo que tiene que ver con el ritmo, lo que en mi país llamamos beat o groove. Es sabido que durante los años 30 del siglo pasado los compositores ‘clásicos’ norteamericanos —pienso en autores como Copland o Harris— mostraron un enorme interés por la música folk y el jazz, y empezaron a beber de las fuentes populares, de la música que la mayoría de la gente quería escuchar. De ese modo la música de compositores como Gershwin, Bernstein o Reich está marcada por un gran sentido del ritmo, del beat, y esto procede directamente de la música popular y particularmente del jazz, cuyo origen está en nuestras raíces afroamericanas. Y prefiero no imaginar lo aburrida que hubiera sido nuestra música de no haber tenido detrás esa cultura afroamericana.

En Europa se ha menospreciado la música norteamericana durante mucho tiempo, y muy especialmente el minimalismo. ¿Qué piensa de esa especie de aristocracia estética que al cabo de los años da la sensación de haber fracasado?

Pienso que hay diversas razones que lo explican. Una de ellas es que los creadores de gusto, gente con poder, aquellos que creaban los festivales y programaban la música, tenían una agenda estética que pensaban firmemente que era la correcta. Si uno lee las declaraciones de Boulez sobre el futuro de la música contemporánea, queda claro que él y gente como Berio, los que llevaban la BBC durante los 60, 70 y 80, pensaban que había una inevitabilidad histórica que había empezado con Schoenberg y Stravinsky; los únicos compositores americanos que eran aceptados en el canon eran gente como Eliot Carter, aunque, curiosamente, no John Cage. Y, por supuesto, alguien como Leonard Bernstein no era en absoluto aceptable; pensaban en todo caso que era un buen director, pero no un compositor serio. Pero cuando apareció el minimalismo, resultó ser una revolución verdaderamente sorprendente porque reivindicaba precisamente aquellos elementos musicales que gente como Schoenberg o Boulez habían dado por muertos, como la tonalidad, la pulsación o la repetición. Los compositores minimalistas como Reich o Glass utilizaban esos elementos, pero de una forma completamente nueva. Y lo más sorprendente fue que captaron a un público amplio que no estaba compuesto por iniciados, nada que ver con ese minúsculo público de Darmstadt, esa élite intelectual que sólo tenía oídos para el modernismo europeo. (…)

[Foto: Vern Evans]

(Comienzo de la entrevista publicada en el nº 353 de Scherzo, de julio-agosto de 2019)