CÓRDOBA / La ‘Novena’ de Mahler por Salvador Vázquez y la Orquesta de Córdoba

Córdoba. Gran Teatro. 9-IV-2026. Orquesta de Córdoba. Director: Salvador Vázquez. Mahler: Sinfonía nº 9.
Al lector o lectora de SCHERZO poco más se le puede contar acerca de Mahler y su Novena Sinfonía. Hay tanto y tan bueno escrito sobre ambos que solo cabe remitirnos, por ejemplo y no sólo, a las publicaciones del inolvidable José Luis Pérez de Arteaga, y si es a su biografía del compositor publicada al alimón por Antonio Machado Libros y Scherzo, mejor todavía. En la reseña de Rafael Ortega Basagoiti sobre la Novena que Altinoglu y la Sinfónica de la Radio de Frankfurt ofrecieron recientemente en Madrid, publicada en esta misma página, se apuntan muchas de las trágicas circunstancias que rodearon y hacen de esta composición una de las mayores vías dolorosas de la historia de la música occidental. Por no repetir lo que está impecablemente presentado, a ella me remito.
Operación de riesgo para la Orquesta de Córdoba programar una obra de estas hechuras y convertirla en el pináculo de la temporada. Para empezar, se optó con buen criterio por emplear la adaptación para orquesta de cámara del especialista británico Iain Farrington que pide una dotación mínima de cuerda 2/2/2/2/1 y un intérprete por cada instrumento de viento y de percusión. La Orquesta de Córdoba, no obstante, se presentó con su plantilla habitual, por lo que la propuesta no fue de cámara en puridad ni tampoco sinfónica en el sentido de la amplitud de medios que las sinfonías mahlerianas demandan y a la que estamos habituados por grabaciones o en sala de conciertos.
En medio de un ambiente de gran expectación, trufada con su pizca de morbo, todo hay que decirlo, arrancó la sinfonía con sumo cuidado, a tempo cómodo y con una articulación muy flexible, muy bellamente fraseada, en línea de lo que hacía Lorin Maazel, buscando en el juego elástico del fraseo invocar lo que de vienés hay en esta música —de lo que fuimos, precisamente, testigos en Sevilla aquella vez con la Radio de Baviera—. Fue un arranque amoroso, vivo y fluido que, conforme avanzaba la interpretación, daba las claves de la propuesta expresiva de la mente rectora: el amor en todas sus derivadas, el lirismo, la pasión, también la delicadeza.
La serenidad y la ternura con la que Vázquez abordó algunos tramos del Adagio final remitían antes al Langsam de la Tercera que a los sonidos que podamos guardar en la memoria de la escucha de esta obra singular. Curioso e inesperado paralelismo. Ambas sinfonías comienzan con un despertar: uno, exultante, y otro, reducido al latido primordial. El drama cósmico de marchas y fanfarrias, todo pura exterioridad, se transmuta en un llanto angustioso encerrado en los pliegues de la interioridad. En ambas dos, el final es, literalmente, una reflexión sobre la vivencia del amor, que, si en la Tercera es más amor juvenil de la idea del amor, en la Novena es experiencia adulta del amor que porta todos los traumas y desgarros de la vida. Los movimientos centrales, aquí y allí, son divertimentos en toda su grandeza mundana.
Podríamos concluir que lo que escuchamos en Córdoba fue una versión wunderhorn de la Novena que, por fuerza, puede ayudar a resolver parte pero no toda la obra: funcionó a medias en el Andante cómodo inicial, con episodios muy bellos alternados con otros que pedían una propuesta expresiva más clara —los momentos más fúnebres y fantasmagóricos—, y que arrojó luces inesperadas en un ardiente Adagio final de gran emotividad. Desconcertantes resultaron, sin embargo, el Ländler y el Rondo-Burleske donde el exceso de atención a las mil inflexiones del discurso exageraba el contorno de la música sin que consiguiera transmitir el peculiar humor sardónico encerrado en la partitura. La decisión de frasear excesivamente sincopado el Rondo-Burleske ayudó a ordenar la ejecución instrumental a costa de restar continuidad y dificultar la atención.
Meritoria labor de la Orquesta de Córdoba por descontado, que resolvió, dentro de sus actuales posibilidades, el tormento instrumental de la escritura mahleriana. Honestamente no podía esperarse la pegada sonora, el refinamiento tímbrico y la riqueza de colores que ofrece la escritura mahleriana, y en parte por culpa de la acústica de la sala, una desgracia para la ciudad de Córdoba, pero a cambio disfrutamos de largos pasajes de la cuerda con una intensidad de vértigo y particular sentido de la belleza, como el crescendo en la reexposición del primer movimiento o todo el Adagio conclusivo. Otra mención directa merece Francisco Antonio García, solista de trompa, por sostener de manera impecable el diálogo del arranque tan trascedente para establecer el mood de la interpretación.
Dicho todo esto, y teniendo siempre presente la naturaleza intrascendente de estos traidores ejercicios de estilo que son las críticas —poner en palabras la experiencia de lo inefable—, queda la satisfacción de haber asistido a la presentación en vivo de este torso musical lacerado y sangrante. Sus minutos finales, cuando la música va, poco a poco, tornando al silencio, dichos con un mimo exquisito por Vázquez y la Orquesta, no pueden ser apresados en las redes del lenguaje.
C. Crespo García
(fotos: Rafa Alcaide)


