BERLÍN / Karina Canellakis, o el arte de emocionar desde el rigor y la estructura

Berlín. Philharmonie. 31-VIII-2025. Liv Redpath, soprano. Groot Omroepkoor. Radio Filharmonisch Orkest. Directora: Karina Canellakis. Obras de Messiaen, Boulez, De Raaf y Rachmaninov.
Tras el espectacular concierto que Klaus Mäkelä y la Concertgebouworkest nos ofrecieron en la jornada de apertura del Musikfest Berlin 2025, un día después continuamos en territorio orquestal neerlandés, pues la segunda cita del Musikfest estuvo protagonizada por el Coro y la Orquesta Filarmónica de la Radio de los Países Bajos, formaciones que llegaban a la capital de Alemania con su actual titular al frente, la neoyorquina Karina Canellakis, primera de las muchas directoras que en esta edición del Musikfest contribuirán a normalizar la presencia de la mujer sobre los podios orquestales; una apuesta que, bajo la dirección artística de Winrich Hopp, el festival berlinés multiplica igualmente con el muy considerable número de compositoras cuya música sonará, a lo largo de las próximas semanas, en la Philharmonie.
No era éste el caso del segundo concierto del Musikfest 2025, con un programa íntegramente masculino que, en su primera parte, sirvió para dar comienzo a las celebraciones que nos ofrece el festival berlinés con motivo del centenario del nacimiento de Pierre Boulez, cuya música sonará en formato orquestal, completando —como señaló Winrich Hopp en su entrevista con SCHERZO del pasado 24 de agosto— una programación camerística de la que ya se han encargado otros auditorios berlineses a lo largo de este año, como la Pierre Boulez Saal.
Pero, antes de adentrarnos en la música de Pierre Boulez, pudimos escuchar una partitura de otro compositor francés que fue una de las influencias más importantes para Boulez en su juventud, Olivier Messiaen, de quien la Orquesta Filarmónica de la Radio de los Países Bajos interpretó la meditación sinfónica Les offrandes oubliées (1930).
Divida en tres partes que siguen un programa religioso que expresa la profunda fe católica de Messiaen, La Croix muestra la culminación de la Pasión de Cristo a través de unas cuerdas que multiplican el grito de dolor del crucificado. Le Péché fue definido por Messiaen como una «carrera hacia el abismo» marcada por una armonía que se precipita al registro grave en glissandi, punteada por las trompetas, al modo de solemne advertencia. Por último, L’Eucharistie remeda la imagen de una vidriera gótica, perfilada por largos motivos de las cuerdas ascendiendo cual guiadas hacia la Divinidad.
Karina Canellakis ha dulcificado especialmente las partes primera y tercera, que ha dirigido sin batuta, buscando suavizar los desarrollos melódicos con los ecos que del Impresionismo aún persistían en un veinteañero Messiaen. Destaca, asimismo, el medidísimo control de las dinámicas a través del cual Canellakis perfila cada sección de las cuerdas a la hora de hacer brillar ese cromatismo iridiscente que parece, en Les offrandes oubliées, el destello de una aureola divina. La directora estadounidense marca el pulso de un modo extremadamente claro, muy firme y concisa en los acentos, pero con un punto zen que casa a la perfección con esta música tan suspendida, aunque el ataque orquestal de la segunda parte haya sonado imponente, con una agresividad por parte de la Orquesta Filarmónica de la Radio de los Países Bajos cual el Dios de la ira del Antiguo Testamento, por medio de unos metales y unas percusiones atronadores. Es por ello que el contraste con la sección final se ofrece de un modo más marcado, dejando su batuta Karina Canellakis sobre el atril para sumergirnos en un mar de cuerdas que es pura luz vivificada en un vibrato que con tanta delicadeza han articulado los violines: música convertida en Gracia y pura iluminación.

Compuesta (en la que fue su versión definitiva) para soprano, coro y orquesta, Le Soleil des eaux (1948, rev. 1950/1958/1965) es un buen ejemplo tanto de los largos periodos de composición a través de los cuales Pierre Boulez forjó su catálogo (con sucesivas revisiones de sus partituras al modo de un work in progress) como de su intensa relación con la ciudad de Berlín, pues fue en la actual capital alemana donde Le Soleil des eaux conoció el estreno de su última versión, bajo la dirección del propio Boulez al frente de la Filarmónica de Berlín, con Catherine Gayer como soprano.
En la versión dirigida por Karina Canellakis, fue la cantante estadounidense Liv Redpath quien puso voz (y de forma sobresaliente, tanto en dicción como en musicalidad propiamente bouleziana) a los poemas de René Char seleccionados por Boulez para los dos movimientos que conforman Le Soleil des eaux.
Por lo que respecta a Karina Canellakis, su dirección, sin batuta, recuerda en muchos aspectos a la del propio Boulez (así que no me cabe duda de que habrá estudiado con detalle el modo en que el compositor francés dirigía su propia música). Ahora bien, como Carlo Maria Giulini (y, por tanto, prácticamente en los antípodas de Boulez), Karina Canellakis es de esas directoras que canta la música mientras la dirige, aunque con la prudencia de que dicho canto no se escuche (no estamos, por tanto, ni ante el citado Giulini ni ante un John Barbirolli), aunque con ambos maestros comparte Canellakis un mayor gusto por la expresividad y la sensualidad en el fraseo que la que el propio Boulez destilaba sobre el podio, por lo que ese canto, la asimilación de la melodía en el rostro y en el gesto de la directora neoyorquina, no es, en absoluto, baladí.
Ello da lugar a una lectura menos áspera y seca que la de Pierre Boulez (Erato, 1989), convocando en Le Soleil des eaux pertinentes ecos del expresionismo; especialmente, y por lo que al coro se refiere (en los pasajes más crispados de arpa, percusión y metales en la orquesta), con el Schoenberg de Moses und Aron (1923-37), partitura tan estudiada por el propio Boulez. La excelente versión de Karina Canellakis, Liv Redpath y el Coro y la Orquesta Filarmónica de la Radio de los Países Bajos recibió una ovación muy considerable (mayor que la escuchada en Messiaen), lo que nos habla de que, si la música de Boulez es tocada con la unión de perfección técnica y cálida expresividad con la que se escuchó en la Philharmonie el pasado domingo 31 de agosto, el francés es un compositor que perfectamente puede emocionar al público del siglo XXI, como lo hace la poesía del propio Char.
En términos poéticos, el programa dirigido por Karina Canellakis no podría haber continuado por unos derroteros más netamente boulezianos, pues en otra de las máximas querencias en la poesía del compositor francés, Stéphane Mallarmé, basó el compositor holandés Robin de Raaff su cantata para coro y orquesta L’Azur (2025), tomando el poema homónimo de Mallarmé, un escritor que a Boulez inspiró Pli selon pli (1957-62/1989), obra que Les Siècles interpretará en el Musikfest el 6 de septiembre.

Encargo del Festival de Lucerna en coproducción con la Fundación Pierre Boulez y la NTR ZaterdagMatinee, L’Azur llegaba a la Philharmonie recién estrenada, pero sin que haya podido evitar algo que uno viene pensando desde hace ya muchos años: que los Países Bajos son una tierra con mejores intérpretes que compositores, entre los que acostumbra a primar una suerte de lenguaje híbrido entre influencias alemanas y francesas, sin que se alcance una personalidad netamente propia ni figuras que hayan marcado sustancialmente la música contemporánea en nuestro continente.
Desde luego, parece que Robin de Raaff tampoco lo hará, tirando en L’Azur como lo hace de un expresionismo con ecos de Wolfgang Rihm y Peter Ruzicka, a los que incorpora los mecanismos de un George Benjamin, lo que confiere a L’Azur un virtuosismo orquestal que en varios momentos de la partitura impone, pero que no esconde el que ésta se construya a base de clichés y de un manierismo repleto de lugares comunes que muy poco casan con la esencia poética de Stéphane Mallarmé. Proliferan, de este modo, los paisajes heteróclitos en la partitura, la constante alternancia entre la tensión y la distensión, a través de un baile de partículas orquestales que comprende arquetipos y estilemas de la música contemporánea en sus col legno, armónicos, glissandi, contrapuntos tímbricos y fuertes cambios en los modos de ataque, aunque todo ello derive en la ya citada falta de personalidad y estilo unitario.
En el coro, volvemos a escuchar ecos expresionistas, así como puntuales manejos de la tensión cromática en los bajos que nos recuerdan a las masas micropolifónicas de György Ligeti (a menor escala de efectivos y paleta armónica), reconducidas por De Raaff a las derivaciones schoenberguianas en compositores de mitad del siglo XX, como Robert Gerhard. En todo caso, de lo que no hay duda es de que la interpretación de L’Azur en el Musikfest Berlin ha sonado primorosamente, con una orquesta extremadamente precisa y un coro muy solvente, todos ellos conducidos por una Karina Canellakis que me ha parecido una directora ideal para el repertorio del siglo XX y el contemporáneo, por su claridad y firmeza a la hora de construir el discurso orquestal, por cómo, desde el rigor y la estructura, es capaz de emocionar (máxime, en las piezas de las que disponemos de una mayor memoria auditiva, tanto en vivo como en disco).
De hecho, me convenció más la directora neoyorquina en la primera parte del concierto (especialmente, en Messiaen y Boulez) que en la segunda, que se completó con las Danzas sinfónicas, Op. 45 (1940) de Sergei Rachmaninov, una de las partituras más logradas del compositor ruso, pero que, tras lo escuchado con anterioridad, sonó un tanto fuera de lugar en este programa del Musikfest.

Sin salirnos del país del que proviene la Orquesta Filarmónica de la Radio de los Países Bajos, allí se grabó (para la Decca y en 1983) una de las versiones de estas Danzas sinfónicas más logradas de la fonografía: la dirigida por Vladimir Ashkenazy a la Concertgebouworkest de Ámsterdam, lo que nos pone en la estela del concierto celebrado en la Philharmonie un día antes, siendo inevitable comparar lo escuchado a ambas formaciones neerlandesas. Es evidente que la Concertgebouworkest se encuentra un peldaño más arriba, en el que se sitúan las tres mejores orquestas del continente, con las filarmónicas de Viena y Berlín.
En lo que a las Danzas sinfónicas se refiere, tampoco Canellakis le ayudará a dar ese salto de calidad, pues, aunque vuelve a impresionar por su dominio de la estructura, el ritmo y los planos orquestales, le falta algo de flexibilidad y cintura, dirigiendo mayormente desde el torso y los brazos (qué diferente imagen con respecto a Klaus Mäkelä, que un día antes utilizaba todo su cuerpo y se flexionaba casi hasta el suelo para silenciar o lanzar a la Concertgebouworkest). Es, por ello, que esa cierta rigidez carece un tanto de sensualidad, en lo más propiamente ruso y melódico, o de opulencia, en la expansión del color armónico, redundando en una lectura a la que le falta ese pathos decadentista tan atractivo en estas danzas, aunque no podamos dejar de destacar la resolución del clímax del Andante con moto, expeditivo y soberbio.
En la continua alternancia de tempi del tercer movimiento, Karina Canellakis nos deja un dominio métrico ejemplar, con una marcada vitalidad y un intento constante de que las citas diseminadas en la partitura sean perfectamente audibles; especialmente, la del Dies irae y la de las Vísperas (1915) del propio Rachmaninov, volviendo en ellas Canellakis a cantar con sus músicos las melodías desde las que prolifera el tejido orquestal. Así, radiografiando cita a cita y melodía a melodía, Karina Canellakis y la Orquesta Filarmónica de la Radio de los Países Bajos alcanzaron un final de estas Danzas sinfónicas imponente, siendo premiados con una fortísima ovación, especialmente acusada para corno inglés, saxofón, trombones y concertino, así como para la propia Karina Canellakis, una directora cuyo futuro sobre los podios orquestales se antoja largo y fructífero, si continúa siendo capaz de mostrar los entresijos de las partituras como en el Musikfest 2025 lo ha hecho.
Paco Yáñez
(Fotos: Fabian Schellhorn / Musikfest Berlin)


