BERLÍN / El Musikfest Berlin celebra los noventa años de Helmut Lachenmann

Berlín. Philharmonie. 3-IX-2025. Ensemble Modern. Directores: Yannick Mayaud y Sylvain Cambreling. Obras de Streich, Chin y Lachenmann.
A las conmemoraciones de los respectivos centenarios que en 2025 se cumplen de los nacimientos de Pierre Boulez y Luciano Berio, el director artístico del Musikfest Berlin, Winrich Hopp, ha querido sumar la celebración de dos aniversarios muy especiales de dos compositores vivos y en activo: el octogésimo cumpleaños de la surcoreana Younghi Pagh-Paan y el nonagésimo del alemán Helmut Lachenmann, a los que llegarán, ambos, el próximo mes de noviembre.
Nos quedamos, hoy, con el de Helmut Lachenmann, cuyo primer concierto-homenaje en el Musikfest 2025 tuvo lugar el pasado 3 de septiembre, contando con la presencia del propio Lachenmann en la Philharmonie y con el Ensemble Modern sobre el escenario, una agrupación que, antes de cerrar su concierto con la música de alemán, nos ofreció tres partituras de dos compositoras también presentes en la sala: la sueca Lisa Streich y la surcoreana Unsuk Chin.
Comenzó el concierto con la más joven de ellas, pues en 1985 y en la localidad de Norra Råda nació Lisa Streich, de quien escuchamos, en primer lugar, HIMMEL (2021), con Yannick Mayaud dirigiendo al Ensemble Modern. Estamos ante una partitura inspirada por la contemplación de los cielos romanos cuando Streich vivía en la capital de Italia, en 2017; unos cielos en los que destaca su cualidad pictórica, que envuelve como una obra de arte a la vida cotidiana a pie de calle. Esa densidad cromática es la que la compositora sueca lleva a una partitura marcada por su refinada escritura microtonal, en la que la tensión y la distensión de la armonía evolucionan desde fuertes contrastes y golpeos (en los cambios más súbitos de ese cielo romano) a una armonía espectral que se modula por medio de una iridiscencia realmente bella, con el ensemble convertido en un cielo brillante que es observado con fascinación.

En todo este paisaje, un instrumento adquiere un rol preponderante, casi a modo de solista: el piano de Hermann Kretzschmar, que cual si fuese una cajita de música, desgrana lo más tierno y mágico de HIMMEL; aunque por su microtonalidad se esconda asimismo en su armonía algo inestable y desasosegante, empecinado como lo está en mantener su voz hasta su completa disolución entre los agresivos ataques de un ensemble convertido en trasunto de las tensiones sociales que nos rodean, pero que no logra, en todo caso, alterar esa arrebatada mirada al intemporal cielo de Roma.
También Mayaud dirigió VOGUE (2024), otra obra caracterizada por su fluidez y búsqueda de un ambiente suspendido sobre el que se alzan los cantos que, sucesivamente, van entonando diferentes músicos del ensemble. Y es que Lisa Streich concibió su partitura como una serie de «canciones pop microtonales» preludiadas por una curiosa obertura tocada por Jagdish Mistry alternativamente con violín y piano; una melodía armónicamente rarificada que sirve, asimismo, de interludio entre las ocho canciones que escuchamos a los miembros del ensemble, acompañadas por variadas combinaciones instrumentales; cuando no, por su propio instrumento, en contrabajo, viola o percusión, mientras que a maderas como el oboe o el clarinete no les impone Lisa Streich la compleja (pero en absoluto imposible) tarea de cantar y tocar a la vez.
Si a tales planteamientos le añadimos que los músicos se balancean a ambos lados mientras cantan y que los miembros del Ensemble Modern no tienen, precisamente, las voces del Collegium Vocale Gent (la siguiente agrupación coral que participaría en el Musikfest 2025), el resultado casi parece fruto de un encuentro beodo como parte de una sociedad fracturada, algo que es consecuente con los temas que aborda Streich en estas canciones (por ella misma escritas), como la soledad, la explotación, el abuso o la prostitución. Por tanto, y aunque por momentos se asome la influencia del Mauricio Kagel de las partituras para ensemble cantadas, el conjunto de voces e instrumentos adquiere un aspecto más crepuscular; de forma que lo que en Kagel es elegante y fino sentido del humor, en Streich se convierte en un paisaje humano maldito y desolador.
Varios compases explicitan en VOGUE, de forma más evidente, la impronta del pop, como aquéllos cantados y tocados por la percusión, en los que sus ritmos sincopados crean dos estratos dentro del Ensemble Modern: el de percusiones y metales, marcados por ese pulso unitario más agresivo; y el de cuerdas y maderas, que exponen otra textura armónica, caracterizada —como HIMMEL— por su densa microtonalidad (aunque la de VOGUE parezca su reverso tenebroso: la obscuridad que hoy puebla tantas vidas en la tierra, más que el brillo suspendido de la ciudad eterna). Quizás, por ello, quienes bajo la bóveda celeste de VOGUE fueron entonando sus respectivas canciones se balancearon, al finalizar la partitura, dramatúrgicamente al unísono, cual coro gestual, redondeando dos propuestas de Lisa Streich muy marcadas por la sociedad de nuestro tiempo, con sus luces y sus sombras, así como por su muy notable interpretación bajo la dirección de un Yannick Mayaud un tanto comedido en lo expresivo.
De expresividad no anda escaso, precisamente, Sylvain Cambreling, una de las batutas de más importante trayectoria en la música contemporánea. El francés se hizo cargo de dirigir la segunda parte del programa, que comenzó con Graffiti (2012-13), tríptico urbano para ensemble de Unsuk Chin que visitó las páginas de SCHERZO el pasado mes de junio, a raíz de su interpretación en el Festival RESIS de La Coruña; entonces, con la Orquesta Sinfónica de Galicia bajo la dirección de Fabián Panisello.

Fue, aquélla, una versión que había merecido nuestros elogios, aunque, como era previsible, con esta interpretación berlinesa del Ensemble Modern ascendemos varios peldaños tanto en perfección técnica (abrumadora) como en estilo, como mejor conocedor que el conjunto de Fráncfort es de la música de la compositora surcoreana, en cuyas partituras nos dejan unas lecturas marcadas por el virtuosismo, la fortísima cohesión (pese a que caras nuevas se van incorporando al Ensemble Modern) y el dominio del estilo. En este último aspecto no es baladí, por otra parte, la larga experiencia que el conjunto alemán tiene, a su vez, en la música de los compositores que han nutrido la estética de Unsuk Chin, algo que potenció Sylvain Cambreling ya en Palimpsest, al evidenciar las huellas que de György Ligeti (maestro de Chin) llegan a este tríptico, con su acumulación, sobrepintado y reaparición de capas cromáticas, vibraciones y polirritmos: planteamiento musical con el que Chin da forma al grafiti que da título a la obra; en Palimpsest, una pintura urbana nerviosa y tensa, como los mecanismos musicales que del Ligeti del genial Kammerkonzert (1969-70) aquí llegan.
Frente a lo escuchado en RESIS, Sylvain Cambreling marcó en Berlín mucho más las técnicas extendidas y ruidistas de la partitura, como las fricciones en la percusión o el aire sin tono en flatterzunge que escuchamos en Palimpsest (reforzando poderosamente la cercanía de ciertos planteamientos estéticos con la música del propio Lachenmann), conduciéndonos el Ensemble Modern, a través de una lograda síntesis final de armonía y ruido, a un segundo movimiento, Notturno urbano, especialmente definido en cada atril para otorgar relieves a un conjunto, en global, muy atmosférico: noche de Los Ángeles que aquí casi se podría cortar en su abigarrada oscuridad. En ella, no dejan de brotar sonidos tan perturbadores y amenazantes como tímbricamente hermosos, como el aguerrido roce de super ball contra el tam-tam, la sobrepresión del contrabajo o la fricción de arco contra las láminas de la percusión (recurso utilizado por Esa-Pekka Salonen en su Concierto para trompa (2024-25) escuchado dos días antes en el Musikfest, aunque ¡qué diferencia entre ambas partituras!). Obligado es mencionar, en Notturno urbano, a los sobresalientes percusionistas del Ensemble Modern, con sus ecos de la música asiática y su dibujo de las vibraciones de nuestras grandes urbes.
Por ellas se paseó el Ensemble Modern, guiado por un pletórico Sylvain Cambreling en Passacaglia, un movimiento en el que el conjunto alemán abruma por la organicidad de su sonido y la violencia de sus acordes más agresivos, que en la Philharmonie suenan cual truenos, pues otra diferencia (ésta, aún mayor que la que existe entre el nivel técnico de los propios intérpretes) entre las versiones escuchadas en La Coruña y en Berlín es la tan diferente acústica de ambos auditorios, que va de una de las mejores de Europa, en la Philharmonie, a una de las más pobres, en el Palacio de la Ópera herculino. Qué importante, escuchar estas piezas tan complejas, refinadas y virtuosísticas en buenas condiciones, para vivirlas con la intensidad que se precisa.
Tras una interpretación de Graffiti que encandiló al público berlinés y que propició el que Unsuk Chin se regalase todo un triunfo, al ser aplaudida de tal modo sobre el escenario de la Philharmonie, el Ensemble Modern se tomó unos minutos para distribuir a sus músicos por los diversos emplazamientos que en la sala han ocupado para tocar la postrera y más larga partitura del concierto.
En el último magazine del Ensemble Modern, Lachenmann rememoraba —en conversación con Michael Rebhahn— su relación con el conjunto de Fráncfort, que se remonta a comienzos de los años ochenta y que se ha ido cimentando a través de toda una serie de estrenos mundiales, entre los que se encuentra el de Concertini (2004-2005), partitura compuesta específicamente para el Ensemble Modern, agrupación que la estrenó en agosto de 2005 en Lucerna.
En mi tercer encuentro con esta partitura en vivo (los anteriores, con el propio Ensemble Modern y Johannes Kalitzke, 2006; y Remix Ensemble y Peter Rundel, 2015), diría que he podido experimentar ahora el más alto logro entre dichas interpretaciones en lo que se refiere a perfección técnica (el Ensemble Modern venía de trabajar la partitura en Frankfurt con Lachenmann) y, de un modo muy especial, en cuanto a espacialización e inmersión del oyente en la masa sonora de un ensemble que, proyectando desde algunas de las butacas más altas de la Philharmonie, en sus pasajes más compactos parecía absorbernos al interior del sonido, volatilizando las fronteras entre música y escucha.

Con ello, Sylvain Cambreling ha reforzado en Concertini los lazos históricos que unen a esta partitura con páginas que, a través del Prometeo (1981-85) de quien fuese maestro de Lachenmann, Luigi Nono, llegan hasta la polifonía renacentista y esos coros espaciados cuyos procesos concertantes lleva Lachenmann a la música del siglo XXI, convirtiéndose en toda una suma artística de las técnicas que conforman la musique concrète instrumentale del genio alemán. De este modo, gestos arquetípicos en Lachenmann, como las proyecciones del trombón dentro de la caja de un piano que las modula por medio de los pedales o las fricciones en el cuerpo de los instrumentos con arcos o varillas, han adquirido en la Philharmonie una presencia impactante, que llegó a lo más arrebatador en los pasajes de mayor velocidad, intensidad dinámica y virtuosismo, así como en los compases en los que el empaste armónico entre los distintos músicos y grupos espacializados genera la ilusión de grandes acordes que recorriesen la sala de un lado a otro, tensando sus espacios acústicos, como sucede en Gruppen (1955-57), otra partitura que, sin duda, se encuentra en el árbol genealógico de Concertini, como el Stockhausen de piezas como Mikrophonie I (1964) lo está en la raigambre de la musique concrète instrumentale.
Una situación acústica, por tanto, arrebatadoramente mágica (palabra tan importante para Lachenmann), la que hemos vivido en el comienzo de su homenaje en Berlín, y en las mejores condiciones interpretativas posibles: las de un Ensemble Modern y un Sylvain Cambreling que aún nos reservaban una gratísima sorpresa, pues, tras más de dos horas de concierto, como encore nos ofrecieron una partitura que, más que un encore propiamente dicho, constituyó toda una entrega más de este retrato Lachenmann en el Musikfest: la interpretación íntegra de una de las (pocas) piezas en las que Lachenmann da rienda suelta al humor: Marche fatale (2016-17).
No ha escatimado dicho humor Sylvain Cambreling, bajándose hasta del podio para darnos a entender, mirando sorprendido al público, que el Ensemble Modern podría seguir tocando solo una partitura en la que los ecos de Charles Ives siempre me han parecido muy reconocibles, dada la profusión de capas melódicas superpuestas, además de mostrando que Lachenmann es un compositor que, además de su dominio del ruido como materia musical, tiene una mano para la escritura armónico-melódica propia de los maestros de la tradición; otra cosa es que sea consciente del absurdo de emplear dichos recursos hoy en día como se hacía en siglos pretéritos (algo que muchos compositores actuales no han parecido entender o, incluso, si llegaron a hacerlo, se han olvidado para buscar con el público una comunión por la vía de lo fácil).
Desde luego, Helmut Lachenmann nunca ha pertenecido a esta última categoría de conformistas y, pasados ya los que denomina sus «años heroicos», en los que tanto tuvo que luchar para que su estética fuese aceptada sobre los escenarios, hoy en día el propio Lachenmann ha accedido a la categoría de clásico, algo que refrendó un público puesto en pie como señal de respeto a un compositor que, acercándose ya a los noventa años, siempre es un privilegio poder ver en persona, como historia viva que es.
Paco Yáñez
(Fotos: Fabian Schellhorn / Musikfest Berlin)


