Barbara Hannigan: Riesgo y pasión

Barbara Hannigan: Riesgo y pasión

Es soprano y directora de orquesta, pero también una artista integral sin dobleces ni fronteras. El nombre de la canadiense Barbara Hannigan (Waverley, Nueva Escocia, 1971) se asocia con la excelencia en el ámbito de la ópera contemporánea. Lleva desde los diecisiete años estrenando nuevas composiciones y su listado de premières se aproxima ya al centenar. Destacan Written on Skin de George Benjamin o el ciclo de canciones Let Me Tell You de Hans Abrahamsen. Pero su carrera, como cantante de ópera, se ha cincelado con algunos éxitos incontestables en papeles de extrema dificultad vocal y teatral de óperas como Lulu de Alban Berg, Die Soldaten de Bernd Alois Zimmermann y Le Grand Macabre de György Ligeti. Hannigan participó, en 2011, en el estreno español de esta ópera de Ligeti, en el Gran Teatre del Liceu, y ha convertido el arreglo de sus tres arias de coloratura, Mysteries of the Macabre, en una de sus señas de identidad como artista.

(…) ¿Cuándo empezó a interesarse por la dirección?

Empezó a interesarme cuando asumí compromisos musicales que no precisaban de un director. Me refiero a música de cámara o música antigua, pero también a música contemporánea para conjuntos pequeños. A veces dirigía yo misma durante los ensayos y descubrí que era algo completamente natural para mí. Quien me conoce sabe que ser líder forma parte de mi carácter. Después vino mi debut, en 2010, en el Théâtre du Châtelet de París. Y fue entonces cuando empecé a recibir la atención de los medios como directora de orquesta. Pero, para mí, lo más importante ha sido la posibilidad de desarrollar aspectos musicales que exceden mi labor como cantante.

¿A qué aspectos se refiere?

Por ejemplo, mientras hablo con usted tengo delante la partitura del Concierto en Re de Stravinsky, que voy a dirigir este mes de julio a la Orchestre Philharmonique de Radio France. Si sólo fuera cantante no estaría estudiando esta partitura. La dirección de orquesta está ampliando mis horizontes musicales, además de los profesionales. Otro ejemplo que le puedo poner son las sinfonías de Haydn. Como cantante, le confieso que no tengo una particular inclinación hacia la obra de Haydn, pues siento que la música vocal no era su fuerte. Pero, cuando empecé a dirigir sus sinfonías, se me reveló como compositor. Y fue una alegría explorar el sonido de su música de una forma imposible como cantante. Ahora suelo incluir una sinfonía de Haydn en casi todos mis conciertos. Me pasaría todo el tiempo dirigiendo esta música. En resumen, dirigir no sólo forma parte de mis habilidades, sino que fortalece mi relación con la música.

Me interesa preguntarle por la forma en que diseña los programas de sus conciertos, donde a menudo el repertorio clásico dialoga con la música contemporánea y donde su faceta como cantante convive con la dirección musical. Por ejemplo, ahora que cita a la Orchestre Philharmonique de Radio France, en marzo pasado iba a dirigir con ellos un programa que combinaba a Djamila Boupacha para soprano sola de Nono, con la Sinfonía nº 49, “La Pasión”, de Haydn, y Friede auf Erden para coro de Schoenberg, con el Requiem de Mozart.

En todos mis conciertos la combinación de obras responde a fines dramáticos. Como cantante, amo el texto y actuar, y trato siempre de encontrar una historia común, una sensación o una dramaturgia en cada uno de mis programas. Concretamente, ese concierto de Nono, Haydn, Schoenberg y Mozart trata de la vida después de la muerte. El Requiem es tanto para los vivos como para los muertos y también es la búsqueda de un lugar para reposar. Y me da igual que sean obras de diferentes épocas. Creo que podría incluir en un programa hasta una canción de un grupo actual de música popular si funcionase. Por ejemplo, una canción de Lady Gaga, como la balada Joanne, donde trata de la hermana de su padre que murió siendo adolescente. Para mí un programa es como esas exposiciones, en muchas galerías de arte, que combinan pinturas, imágenes, dibujos y bocetos de diferentes épocas, pero con un nexo común. Me interesan más que las exposiciones convencionales donde las obras de arte se agrupan siguiendo el criterio de que son de la misma época o del mismo autor. Por tanto, busco siempre un sentido a la hora de combinar las obras en todos mis programas.

En su último disco, titulado La Passione (Alpha), la referida Sinfonía nº 49 de Haydn adquiere otra dimensión entre obras contemporáneas de Luigi Nono y Gérard Grisey. ¿Cómo concibe sus grabaciones?

Como una estrecha colaboración con mi ingeniero de sonido. Creo que no puedo grabar simplemente algo con una orquesta y dejar a los técnicos para que lo mezclen y lo terminen. En La Passione, que ha sido lanzado durante el confinamiento, elegí cuidadosamente el programa siguiendo esa idea del tránsito entre la vida y la muerte, y preparé la partitura de Haydn. Me refiero a que marqué en las partes de la orquesta cada detalle de la interpretación antes de empezar a trabajar con los sensacionales músicos de la Ludwig Orchestra. Después mezclé las tomas con mi ingeniero, Guido Tichelman, tratando de resaltar las conexiones entre la sinfonía de Haydn y los Quatre chants pour franchir le seuil para soprano y conjunto instrumental, de Grisey. Nuestro objetivo ha sido crear un mundo sonoro. He hecho mis últimos cuatro discos con Guido, aunque he trabajado con él en los últimos veinte años. Por tanto, las grabaciones requieren, además de músicos maravillosos, de un ingeniero de sonido con la capacidad de plasmar la música de la mejor manera posible. (…)

 

(Comienzo de la entrevista publicada en el nº 364 de SCHERZO, de julio-agosto de 2020)

[Foto: Elmer de Haas]