ZAMORA / La ópera (de cámara) toma Zamora

ZAMORA / La ópera (de cámara) toma Zamora

Zamora. Teatro Principal. 28-VII-2019. Idoris Duarte, soprano, Enrique Sánchez-Ramos, barítono. Rosa Blanco, clavinova. Orquesta Filarmónica de España. Director: Javier Corcuera. Directora de escena: Marta Eguilior. Poulenc, La dame de Montecarlo / Telemann,Pimpinone.

En nuestro país sigue habiendo, afortunadamente reconfortantes iniciativas privadas en el terreno de la música clásica, a veces ignoradas por las administraciones y, con frecuencia, por el INAEM, y que se mantienen gracias al empeño de aquellos que las organizan y defienden. Hoy hablamos aquí del Festival LittleOpera, que, gracias al empeño de Conchi Moyano, directora de la Asociación Lírica, ha cumplido su cuarta edición en Zamora con el patrocinio del Ayuntamiento y la ayuda de la Junta de Castilla y León y la Fundación Caja Rural, con la colaboración de la Escuela de Canto de Madrid, el Teatro Principal y el rotativo La Opinión.  El certamen se ha desarrollado entre el 24 y el 28 de julio con actividades diversas entre las que se han incluido talleres divulgativos, espectáculos infantiles, las típicas degustaciones, siempre bienvenidas, de productos de la tierra y las esperadas visitas guiadas por el románico de la zona.

Ha habido una gala lírica con la participación de los prometedores Romina Cicoli, soprano, y Antonio Poli, tenor, con la Orquesta de la Comunidad al mando de José Luis López Antón, y se ha producido, y esto es importante, el estreno, en versión española, de la ópera Après moi, le déluge de Miquel Ortega (recordemos su exitosa La casa de Bernarda Alba esta temporada en la Zarzuela de Madrid), con las voces tan acrisoladas de la mezzo Marisa Martins y el tenor Antoni Comas. La producción, que adapta la escena original de Jordi Prat Coll, ha sido dirigida por el propio compositor desde el piano dirigiendo a un pequeño grupo de cámara.

Hemos tenido oportunidad de asistir a la última sesión del Festival, en la que veían la escena el monólogo La dame de Montecarlo de Poulenc (1961) y el intermezzo cómico Pimpinone de Telemann (1725). El recinto elegido fue el muy bello del Teatro Principal, uno de los más antiguos y con mayor historia de nuestro país. Allí se desarrollaron estas dos breves obras, cuya acción fue dirigida por la joven y talentosa regista bilbaína Marta Eguilior, que en la primera imaginó un espacio reducido dominado por la proyección del agua espejeante, de la superficie de una piscina, algo que resulta evidente porque la única protagonista —la susodicha Dama— va embutida en un traje de baño y coronada por un gorro propio del caso. Su recitado —7-8 minutos— que ilustra el demoledor texto de Cocteau, pierde en este caso valor y dimensión destructiva por cuanto deja escapar el trasfondo de la triste historia de la señora, que llega al casino con sus últimas reservas económicas y vistiendo una ropa antaño lustrosa y rica, ahora ruinosa, como su espíritu. Piensa en tirarse al mar y todo queda en suspenso.

El curso del monólogo, lento al principio, acelerado paulatinamente hacia el obsesivo y depresivo final —en conexión con el estado emocional del compositor en el momento en el que se sitúa la acción y en el que vivió a principios de los años veinte precisamente en la ciudad del principado— fue bien alimentado desde el clavinova por la pianista Rosa Blanco. Idoris Duarte [en la foto] recitó y canto con intención un poco encorsetada en su recatado bañador. Quizá la voz, que es la de una ligera rozando lo lírico-ligero no es la más idónea para una escritura más bien central que fue pensada para la creadora Denise Duval, que en el momento del estreno y en ocasiones posteriores vestía las galas añosas de una vieja Dama.

Está claro que a Eguilior no le faltan ideas, aunque a veces éstas no acaben de centrar, según el punto de vista del que esto escribe, la auténtica almendra dramática de lo que la partitura y el libreto dicen en cada caso. Otro ejemplo lo tenemos en su visión de Pimpinone, que, aparentemente, trata de enviarnos un mensaje distinto al fuertemente feminista –revolucionario para su tiempo- que se desprende del texto original de Piero Pariati, escrito para la ópera precedente de Albinoni: la astuta criada acaba convirtiéndose en señora, claro antecedente, por ejemplo, de la más famosa La serva padrona de Pergolese y de sendos intermezzi de Paisiello y Lully. Efectivamente, en la composición de Telemann —estrenada en Hamburgo en el curso de una representación de Tamerlano de Haendel con el larguísimo título Die Ungleiche Heirat zwischen Vespetta und Pimpinone oder Das Resch-süchtige Camer Mägden (El matrimonio desigual entre Vespetta y Pimpinone o La dominante camarera)— Vespetta, la mucama, termina enseñoreándose del hogar y comiéndole las papas al “amo”.

La directora de escena cambia las tornas y, pese a lo que dicen el texto y la música, la muchacha acaba zaherida y hasta ultrajada por Pimpinone, lo que no tiene mucho sentido. Quizá ha pretendido la joven regista practicar una crítica a ultranza del machismo que, pese a todo, impera en buena parte de la sociedad actual y que debía de ser norma en la de 1725. La falta de correspondencia entre música y libreto, por un lado, y acción, por otro, lastran en buena medida esta puesta en escena, que no deja de poseer su atractivo de raíz desde el momento en el que Pimpinone —antecedente asimismo, por ejemplo, del Don Pasquale de Donizetti— es aquí un joven oficial nazi, apuesta arriesgada, aunque no exenta de interés; en busca de reforzar el paradójico toque machista de la producción.

Durante las idas y venidas, las discusiones, los conflictos de la pareja, dos figurantes, artistas plásticos, Le Frere y Eva Zaragozá, provistos de mascarillas, van pintando de rojo, brochazo va, brochazo viene, sobre un supuesto lienzo blanco, un paisaje nocturno barroco, con luna incorporada, una imagen extraída quizá de alguna tela de Watteau. Las actitudes de los dos protagonistas, que van siguiendo el contenido de una partitura —¿teatro dentro del teatro?— se nos antojan en exceso cambiantes y caprichosas y alejadas muchas veces de la lógica argumental, que evidentemente, no siempre en paralelo en este caso, es subrayada por la espirituosa y chispeante partitura, que se ha ofrecido aquí de acuerdo con el original: recitativos en alemán y arias da capo en italiano, excepto un par de números.

A las cinco arias y tres dúos previstos por Pariati, Praetorius, autor de la adaptación, sumó tres números más, que hicieron un total de once. Sobre la escena en esta ocasión, los dos cantantes previstos —aparte los “pintores”—, en este caso Idoris Duarte y Enrique Sánchez-Ramos, que actuaron con solvencia, siguiendo las instrucciones de la regidora, incluidas las indicaciones que marcaban cómicos gestos propios de la commedia dell’arte, se movieron con soltura sobre el mínimo escenario. Ella luciendo su timbre agradable de ligera con atractivos reflejos líricos y ofreciendo una plausible reproducción de agilidades, no siempre perfectas; él mostrando sus buenas maneras de barítono lírico —no de basso buffo, como en principio parece exigir la parte— de canónica emisión, de toques levemente nasales, su timbre caluroso y su igualdad. En los momentos requeridos supo cantar, como se pide, en falsete, como si fuera un avezado contratenor

En el estrechísimo foso se movió con soltura Javier Corcuera al frente de una pequeña y juvenil orquesta de cuerda que se comportó son cierta suficiencia. Echamos de menos a ratos una mayor precisión, una movilidad rítmica más acusada, unos contrastes dinámicos más evidentes y una vitalidad más punzante. En todo caso, la música fluyó de manera muy natural, con un aire muy doméstico y cercano. Se echó de menos la presencia de un clave de verdad.